2 Jun 2017 | Sin categorizar
Como última actividad en mi estadía en Jordania, visité la cárcel femenina, en la periferia de Amman. En el corredor donde se encuentra el control, a Omar, el amigo que me acompaña, le piden que se quite el reloj y los lentes de sol. También quieren que deje mis lentes, pero le pido a la joven de la guardia que se los pruebe y se da cuenta que sin ellos, veo mal. Llegamos a la primera sala de espera, después de haber atravesado un largo patio. Es un día de verano. Superamos el enésimo control y dejamos el papel con el nombre de la persona que queremos visitar. En la sala de espera, otras dos jóvenes mujeres esperan su turno de visita. ¿A quién van a visitar?, ¿a una hermana?, ¿a la madre?. Un hombre de unos cincuenta años, de rasgos árabes muy definidos, acomoda sus zapatos gastados. También él está esperando. Mi amigo trata de sentarse, pero la silla se rompe. Ante esta situación, en cualquier otro lugar, todos se habrían reído. Pero allí, en esa sala, nadie se anima a reír, están tomados por su dolor. El clima que se respira es semejante al de alguien que espera el diagnóstico de un médico sobre una enfermedad grave de una persona querida. Por el ruido crepitante del parlante y por el salto que da el hombre al levantarse, comprendo que llegó su turno. Poco después nos llaman a nosotros. Un pequeño corredor, por el lado derecho, cada celda tiene una ventanita con los clásicos viejos teléfonos de cada lado del vidrio. Nuestra amiga, inesperadamente alegre, se agita y gesticula, nos dice por el receptor que podemos pedir que el encuentro se pueda desarrollar en otra sala, “cara a cara”. Es Pascua y para los cristianos hoy está permitida una visita. Salimos del edificio y volvemos a la entrada oficial. Otra vez los pasaportes, preguntas, y el nombre de la persona que vamos a encontrar. Esperamos en una sala, mientras presenciamos el trabajo de algunos empleados que guardan documentos dentro de unas carpetas enumeradas. La espera es larga. También para ella, el camino está hecho por muchas puertas que se abren y cierran. Aquí está, llegó. Margari es una mujer de unos cuarenta años, de Sud América, alegre. «¡Qué envidia tendrán mis compañeras de celda!». Es una mujer dulce, reconoce que se equivocó, sabe que dentro de algunos meses podrá salir, cuenta los días en el calendario que se armó. En estos dos años se convirtió en abuela y no conoce todavía a su nietito. De sus cuatro hijos, los primeros dos ya dejaron la escuela para trabajar, y ella está sin marido. «Cuando vuelva me reprocharán, es justo que estén enojados conmigo. De vez en cuando los escucho por teléfono. Mi deseo –continúa- era el de abrir un horfanato para los niños de la calle. Aquí dentro la vida es dura, a veces pensé en terminar con todo. Te haces malo. Pero yo no logro, si se enojan o me pegan me quedo tranquila, no logro reaccionar. Mi amigas están aquí, algunas desde hace varios años. Fernanda desde hace ocho años, pero saldrá pronto. A los 29 años una grave enfermedad se la está llevando. Entró muy jovencita por una estupidez más grande que la mía. Ella, los rollos de aquella basura, se los tragó. Yo agradezco a Dios, a pesar de todo Lo siento cerca y por este motivo me siento privilegiada». Margari me confía a sus hijos, me pide que les escriba que la visité y que no ve la hora de volverlos a ver. Nos dejamos con un gran abrazo, difícil describir lo que siento en ese momento. Quisiera que fuese un pequeño gesto, para tomar sobre mí mismo su dolor. En un día tan soleado, tal vez un rayo de Su amor pasó a través de las rejas y esos muros grises. Es una mañana de Pascua especial, >no puedo hacer otra cosa más que agradecer a Dios por lo que me hizo vivir: resurrección es verdadera libertad. Encontré en la cárcel a una mujer libre, porque es consciente de ser amada por Dios. (Ago Spolti, Italia)
1 Jun 2017 | Sin categorizar
El primero de junio en muchos países del mundo se celebra el Día Internacional del Niño, instituido en 1925, durante la “Conferencia Mundial sobre el bienestar de los Niños” en Ginebra (Suiza), para poner en evidencia los muchos tipos de violencia que la infancia sufre cotidianamente. Es una ocasión para reflexionar sobre la condición de los niños, demasiado a menudo víctimas de las guerras, de la violencia de abusos, explotación, discriminación a causa de su credo religioso, de su pertenencia étnica o por alguna discapacidad. Pero también para solicitar al mundo adulto –familia, escuela, sociedad e instituciones- un determinado compromiso de tutela y para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, atenta, respetuosa de la dignidad y de los derechos de la infancia.
1 Jun 2017 | Sin categorizar
Bautismo «Es casi la hora del almuerzo, cuando un hombre toca a la puerta de la parroquia para fijar la fecha de un bautismo. Como no es un parroquiano, le pido unas aclaraciones. La situación es compleja: tuvo un hijo con una compañera, y su hermana insiste para que el niño sea bautizado. Trato de anotar rápidamente sus datos y me despido. Saliendo, vuelvo a pensar en la manera tan apresurada con la que lo atendí. Ya que tengo su dirección, sin pensarlo dos veces me voy a su casa y encuentro un pequeño apartamento muy desordenado. Él se queda sorprendido y preocupado: ¿surgieron problemas con respecto al bautismo? Lo tranquilizo: es sólo para verificar si anoté todos los datos necesarios. Él y la compañera se abren con confianza y me invitan a la mesa con ellos para un almuerzo frugal. De esta manera me entero de una situación de marginación, pero sobre todo recuerdo mi único derecho: estar al servicio de los demás». (K. L. – Polonia) Banco de prueba «Administro un almacén de artículos de regalo en un barrio popular. Para mí cada persona que entra al almacén es más que un cliente: considero importante la relación con él, más allá del hecho de que tengo que vender. A veces hay quien viene simplemente para confiarme sus problemas. Yo lo escucho y, si puedo, trato de decir lo que siento. Mi padre me toma del pelo: «Esto en vez de un almacén parece un confesionario». El hecho es que para mí el trabajo es el banco de prueba de mi ser cristiana».(Rachele – Italia) Portera «Trabajo como portera en dos edificios, donde las personas se conocían sólo por apellido. Buscando ocasiones para construir relaciones, empecé a informar a una pareja de la vida de la parroquia. El marido, aunque estaba alejado de la Iglesia, apreció este gesto. Familiaricé también con una tailandesa quien, agradecida, me regaló unos chocolates. Luego los invité a todos a un asado, una velada muy bien lograda, que repetimos otras veces. De vez en cuando les ofrecía un café a los que volvían del trabajo. Gestos simples, pero poco a poco alguien se sintió libre de confiarme también asuntos más personales. Por ejemplo ese inquilino que consideraba la oración como una pérdida de tiempo. Cuando le prometí que rezaría yo por él, me contestó: «Hasta ahora nunca nadie me había hablado así. No lo olvidaré». Una pareja de italianos, al regresar a su país, invitaron a todos los vecinos a degustar una comida típica de su nación antes de partir». (Maria Rosa – Suiza) Basura «Saliendo del colegio, me di cuenta que en el otro andén había un perro que, buscando comida, estaba destruyendo y abriendo unas bolsas de basura. Seguí caminando sin dar importancia al asunto, pero dentro de mí una voz me impulsaba a hacer algo por los demás. Aunque me daba vergüenza, volví atrás y arreglé las bolsas. Acababa de doblar la esquina, cuando a lo lejos vi llegar el camión de la basura. Me quedé muy contento, porque en nuestra ciudad sucede que si los recolectores de basura encuentran demasiado desorden, no recogen las cosas». (M. B – Argentina)
31 May 2017 | Sin categorizar
Del 31 de mayo al 4 de junio, en distintos lugares de Roma, tendrán lugar las celebraciones por el 50º aniversario de la Renovación Carismática, un Movimiento católico nacido en 1967 en los Estados Unidos, durante un retiro espiritual de unos veinte estudiantes de la Universidad de Duquesne de Pittsburg, Pennsylvania. Desde entonces, el Movimiento se ha difundido en Estados Unidos, América Latina, en el Caribe, India y África. En Europa tiene una presencia consistente en Francia e Italia, y recientemente ha empezado a difundirse a los países de Europa Oriental. Mediante grupos semanales, retiros, encuentros se oración y “seminarios de vida en el Espíritu” el Movimiento difunde un estilo de vida pentecostal centrado en los dones del Espíritu Santo.
31 May 2017 | Focolare Worldwide
El Lago Rotorua es el segundo más grande de la Isla del Norte de Nueva Zelanda, en el Océano Pacífico meridional. Formada en el cráter de un gran volcán, activo hasta hace 240 mil años, que hoy es un espléndido gimnasio para canoas y kayaks. También aquí, como en todas partes de la zona, es una meta turística desde el año 800. El fuerte olor a azufre recuerda la intensa actividad termal que empuja el agua caliente para que salga formando pozos de fango caliente de colores increíbles, desde verde manzana a amarillo, lagos azul cobalto e infinidad de fumarolas. A poca distancia el geiser Lady Knox eructa una vez al día un chorro de agua y vapor de 20 metros de altura.
El mismo calor efervescente de los 170 participantes en la “Mariápolis”, que del 26 al 29 de abril pasados se alojaron en un campamento situado precisamente en la rivera del lago. Estre los participantes había también familias originarias de Filipinas, de India y de Corea, había más de 50 entre jóvenes, chicos y niños y algunos “huéspedes” italianos, dos matrimonios, Roberta y Stefano, y Beatrice y Franco. Cuentan: «Partimos para Sydney y, después de un vuelo de alrededor de 4 horas, llegamos a Auckland donde nos encontramos con Yob y Bruno de Melburne. Con ellos, después de 4 horas en carro, llegamos a Rotorua. Fueron tres días riquísimos de relaciones personales y con todas las familias.
Numerosas experiencias del Evangelio vivido y talleres sobre ecología, un tema que aquí es muy sentido, sobre el arte de amar, con algunas reflexiones de Chiara Lubich, y después otros sobre comunicación en la familia y sobre la educación de los hijos. Además de encantadores paseos a lo largo del lago y en el bosque». No por casualidad la Isla del Norte fue elegida como lacación para grabar varias escenas de la saga de novelas de Tolkien “El Señor de los Anillos”. Pero el territorio es particularmente interesante también desde el punto de vista etnológico. De hecho en la Isla vive la comunidad Maori más grande de Nueva Zelanda. Si hasta hace 40 años el idioma de este pueblo era hablado por un número muy reducido de personas, hoy, gracias a un programa de integración promovido por el gobierno, la cultura y el idioma Maori (alrededor del 20% de la población) se han vuelto parte integrante del país. «Durante la Misa – explican Roberta y Stefano – recitamos algunas oraciones en Maori, un pueblo cuya civilización y cultura aquí están bien integradas». Después de la cena, el programa de la Mariápolis preveía una velada animada por los niños y adolescentes, con una interesante reflexión “ecológica” sobre el respeto a la creación y al medio ambiente.
En la sencillez de una gran familia, se comparten en la Mariápolis una fiesta de cumpleaños, un aniversario matrimonial. «Fueron tres días muy ricos de coloquios personales y con las familias, durante los que hemos podido compartir alegrías y acoger y abrazar juntos los dolores, afrontar los desafíos con el apoyo de la comunidad, permaneciendo fieles al compromiso de vivir el Evangelio con coherencia y constancia». Desde aquí regresa el “pueblo de la Mariápolis”, para volver a sus países de origen llevando la energía y el calor de Rotorua.