Movimiento de los Focolares

Nuestra penitencia

Nov 9, 2020

Una espiritualidad comunitaria conoce también una “purificación” comunitaria, como explica Chiara Lubich en el siguiente texto. Así como el hermano amado con el estilo del Evangelio, es causa de enorme alegría, así la ausencia de relaciones y de unidad con los demás puede causar sufrimiento y dolor.    

Una espiritualidad comunitaria conoce también una “purificación” comunitaria, como explica Chiara Lubich en el siguiente texto. Así como el hermano amado con el estilo del Evangelio, es causa de enorme alegría, así la ausencia de relaciones y de unidad con los demás puede causar sufrimiento y dolor.     Puesto que tampoco el camino comunitario es ni puede ser solo eso, sino que es también plenamente personal, una experiencia que en general hacemos es que cuando estamos solos después de haber amado a los hermanos, sentimos en el alma la unión con Dios. […] Por ello se puede afirmar que quien va hacia el hermano […], amando como el Evangelio enseña, descubre que es más Cristo, más «hombre». Y dado que procuramos estar unidos a los hermanos, además del silencio amamos de modo especial la palabra, que es un medio para comunicarse. Hablamos para «hacernos uno» con los hermanos. En el Movimiento, hablamos para comunicarnos nuestras experiencias sobre la Palabra de Vida o sobre nuestra vida espiritual, conscientes de que el fuego cuando no se comunica se apaga y de que esta «comunión del alma» tiene un gran valor espiritual. San Lorenzo Giustiniani decía: “(…) Nada en el mundo da mayor alabanza a Dios y lo revela más digno de alabanza que el humilde y fraterno intercambio de dones espirituales…”[1]. […] Y cuando no hablamos, escribimos: cartas, artículos, libros, diarios para que el Reino de Dios avance en los corazones. Usamos todos los medios modernos de comunicación. […] También en nuestro Movimiento practicamos las mortificaciones que son  indispensables en toda vida cristiana, hacemos penitencia, sobre todo la que aconseja la Iglesia, pero nos gusta especialmente la que nos brinda la vida de la unidad con los hermanos. Esta vida no resulta fácil para el «hombre viejo», como lo llama san Pablo[2], que está siempre dispuesto a abrirse paso dentro de nosotros. Además, la unidad fraterna no se realiza de una vez por todas; es preciso reconstruirla siempre. Y si, cuando la unidad existe -y por ella la presencia de Jesús en medio de nosotros- experimentamos la inmensa alegría prometida por Jesús en su oración por la unidad, cuando la unidad falta se infiltran las sombras y la desorientación. Entonces vivimos en una especie de purgatorio. Y esta es la penitencia que tenemos que estar dispuestos a afrontar. Aquí es donde debe entrar en acción nuestro amor por Jesús crucificado y abandonado, clave de la unidad. Es en ese momento cuando, por amor a Él, resolviendo primero en nosotros cualquier dolor, hacemos de todo para recomponer la unidad.

Chiara Lubich

De: Una espiritualidad de comunión. Cf. Chiara Lubich, La Doctrina espiritual, Buenos Aires 2005, pp. 65-66. [1] S. Lorenzo Giustiniani, Disciplina e perfezione della vita monastica, Roma 1967, p. 4. [2] Hombre viejo: en el sentido paulino de hombre prisionero del propio egoísmo, Cf. Ef 4,22.  

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