Me llamo Sarra Marta Lupășteanu, tengo diecinueve años y nací en Trento (Italia). Cada vez que digo esta frase me doy cuenta de que mi historia entrelaza lugares, culturas y creencias que por lo general no se encuentran fácilmente. Soy una chica ítalo-rumana, y sobre todo soy ortodoxa, hija del Padre Ioan, sacerdote de la iglesia rumana aquí en la ciudad, y de la presbítera Delia Rodica. Nuestra iglesia se encuentra en la calle San Marco, en el corazón del centro histórico; es un pequeño mundo rumano incrustado en las cercanías del Castillo del Buonconsiglio, entre calles y casas que cuentan siglos de catolicismo tridentino.
Crecer aquí ha significado, ya desde niña, vivir con naturalidad la conciencia de ser una minoría. No una minoría cerrada o aislada, sino una presencia distinta, que muchas veces hay que explicar. Cuando mis compañeros me preguntaban por qué en Pascua seguíamos un calendario diferente o por qué en nuestra iglesia había tantos íconos, entendía que mi cotidianeidad y la de ellos no coincidían. Sin embargo, nunca me he sentido dividida, pues católicos y ortodoxos creemos en el mismo Dios, sólo con tradiciones, ritos y sensibilidades distintas. Justamente en este punto es donde nace una reflexión que llevo siempre conmigo: es necesario un diálogo entre las comunidades pero también buena voluntad, porque la comprensión no nace sola, hay que desearla.
Ahora estoy estudiando Filosofía en la Universidad de Trento, y esta elección que he hecho ha amplificado mi capacidad de observar y comprender lo que vivo. Entrar en un ambiente universitario, en donde las identidades se mezclan y se chocan, me ha hecho reflexionar aún más acerca de lo que significa pertenecer a una iglesia cristiana que se percibe como “otra” respecto a la de la mayoría.



A veces me siento como si caminase por un puente; por un lado está mi comunidad ortodoxa, con sus raíces, sus cantos y las tradiciones que he ido absorbiendo desde pequeña y por el otro la sociedad tridentina en la que he nacido, he estudiado y crecido y que, desde hace ya dos años, es también mi patria oficial tras haber obtenido la ciudadanía italiana. Hablo rumano, conozco las tradiciones de mi país de origen y mi familia me ha enseñado a custodiarlas, pero también soy una chica profundamente vinculada a Trento, a sus ritmos y sus costumbres. Cuando entro a mi iglesia de la calle San Marco me siento envuelta por una familiaridad que ningún otro sitio me da. Me refiero a los íconos dorados, a las voces del coro durante la Liturgia; o la comunidad que saluda a mi padre llamándolo “Părinte” (en un contexto religioso es como decir: Reverendo o Padre). Sin embargo, esta diferencia nunca me ha hecho sentir ajena a Trento. Por el contrario, me ha enseñado a mirar el mundo desde más de un solo punto de vista. En una ciudad de fuerte tradición católica, la presencia de otras tradiciones eclesiales cristianas demuestra que la fe puede ser pluralidad sin que se pierda nada en lo concierne a la verdad.
Hoy, como joven que construye su propio futuro, sé que mi identidad nace del encuentro de dos dimensiones; es una lente a través de la cual me descubro a mí misma y descubro el mundo. Es la conciencia de que las raíces no impiden que crezcamos en otro sitio. Soy un “puente”, y ya he dejado de tener miedo a quedarme suspendida en el aire, pues es justamente allí, entre dos orillas, en donde he aprendido a vivir. En ese espacio he encontrado mi más auténtica libertad, que es la de tener dentro de mí ambos mundos sin tener que optar por uno de ellos. Debo dejar que esos mundos dialoguen, que se complementen y hagan de mí una persona entera, arraigada, y en camino, con el corazón abierto al futuro.
de Sarra Marta Lupășteanu
Artículo publicado en el periódico de las Parroquias de los santos Pedro y Pablo y de San Martín en Trento, diciembre de 2025
Foto: Chiesa romena di Trento – e Magda Ehlers by Pexels




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