En uno de estos centros ofrecieron cursos de inglés, les dieron informaciones útiles sobre Malta, y simplemente pasaron el rato con los emigrantes; mientras que en otro centro, que alojaba también familias, se ocuparon de los niños y buscaron materiales de primera necesidad útiles para los más pequeños. Más tarde, cuando llegaron los permisos necesarios, los voluntarios entraron también en los centros “cerrados”, cuenta Anna: «Los refugiados estaban en habitaciones con literas, había unos doce en cada habitación y no había lugar para todos. Al principio estaban asustados, pero viendo que queríamos solamente ser sus amigos, superaron la desconfianza. De las clases de inglés pasamos también a compartir momentos de alegría, entre música y baile, tanto que los guardias admitieron que no los habían visto nunca tan contentos». También los jóvenes del Movimiento de los Focolares se pusieron a trabajar en este frente. Ellos invitaron a los emigrantes a realizar actividades dirigidas a los muchachos como Run4Unity, a la Mariápolis – un encuentro de varios días de los Focolares, de amigos y simpatizantes. «Nuestro proyecto gradualmente está siendo visible – concluyó Anna- a tal punto que fuimos invitados por los miembros del equipo diocesano a compartir la experiencia con los otros Movimientos eclesiales».
Mirar a todos con benevolencia
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