Movimiento de los Focolares

Encontrar a Dios en la cárcel

Ene 19, 2013

Del perdón al compromiso en la pastoral penitenciaria. Nuevas relaciones basadas en la misericordia que producen efectos impensados.

Mirta Zanella es Argentina, de Mendoza, está casada y tiene tres hijos. Ya desde hace tiempo conoce el carisma de la unidad y ha experimentado que vivir la Palabra de Dios nos transforma y también cambia la realidad que nos rodea.

Un hecho. Un día desaparecen las llaves de la casa, el sueldo de su marido y otros objetos de valor. ¿Quién habrá sido? El autor del robo ha de ser necesariamente alguien cercano a la familia… Esto provoca en Mirta un gran sufrimiento, tanto que no logra ni siquiera rezar. Después, recordando que Jesús nos invita a perdonar, lo hace, también a la persona que le había robado.

Pero algunos días después se entera que una señora necesitada que pedía limosna en el barrio y con quien tenía desde hacía tiempo una relación cordial, había robado en la casa de una vecina: mientras ella la amenazaba con una pistola el marido se había llevado el botín. Seguidamente también Mirta recibe fuertes amenazas por parte de ella y para defenderse llama a la policía. La mujer es arrestada y después del proceso se le declara culpable de varios delitos, y es condenada a 17 años de cárcel.

Meses después el marido de Mirta le sugiere que vaya a la cárcel a visitarla, pero esto no está en sus planes: “¡Ni siquiera en sueños!”, responde, llena de temor. Poco tiempo después una nueva solicitud: esta vez es del sacerdote de la parroquia, que le propone que vaya con un grupo de señoras a la cárcel de mujeres donde, entre otras, está presa la mujer que le robó. Un poco confundida, Mirta acepta, recordando la palabra de vida: “Vayan pues y aprendan qué significa: misericordia quiero y no sacrificios” (Mt. 9, 13).

Entonces va con el grupo a la prisión y al final de la Misa ve a la mujer. Es un instante: decide saludarla con un abrazo. “Ella se pone a llorar y me pide perdón –cuenta Mirta- Le respondo que el Señor ya la perdonó y yo también. Me pide que rece por sus hijos y le prometo que lo haré”.

A partir de ese día Mirta, junto con el sacerdote y otros, sigue yendo a la cárcel, hasta que le piden que coordine un grupo de Pastoral Penitenciaria. Las detenidas, impresionadas por el amor concreto de ellos, cambian de actitud, y se ponen a disposición: arreglan la capilla, restauran el crucifijo y pulen las bancas, tanto que ahora si se puede celebrar la Misa con regularidad. Algunas impresiones de las detenidas confirman el clima que se ha ido instaurando: “No sabía dialogar con mis hijos, ahora logro comprenderlos”; “Soy egoísta, veo sólo mi dolor, pero estoy tratando de estar pendiente también del del otro”; “No importa el lugar, aquí descubría a Dios”.

Para la vigilia de Navidad, Mirta y sus amigos organizan, siempre en la cárcel, una gran cena y el Obispo va a celebrar la Misa. Por un lado, es una renuncia a pasar la fiesta con la propia familia, por otra la fuerte conciencia de construir una familia más grande.

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