3 Feb 2015 | Sin categorizar
La Semana de oración por la unidad de los cristianos y el año dedicado por la iglesia católica a la vida consagrada. Dos felices coincidencias en las cuales la vocación de Heike Vesper, focolarina de la iglesia evangélica-luterana alemana, se presenta especialmente significativa.
«Tenía dieciséis años cuando murió mi hermano gemelo, quien sufría una grave discapacidad mental,–cuenta-. A partir de esta circunstancia tan dolorosa nació en mí el deseo de vivir una vida que realmente tuviera sentido. Ciertamente no pensaba en una vida de consagración a Dios. En las iglesias de la reforma la vida monástica casi ha desaparecido. Para Lutero cada cristiano bautizado tiene en sí mismo un llamado totalitario a seguir a Jesús, que se realiza sustancialmente en el trabajo y en la familia. Por lo tanto Lutero no veía en la consagración a Dios un estado privilegiado, precisamente porque todos estamos llamados a la perfección, que se vuelve alcanzable sólo con el amor de Dios, con su misericordia. Por lo que a mí respecta, la consagración a Dios era algo totalmente extraño. Extraño también por el ambiente ateo que me rodeaba con el comunismo de la Alemania del Este de entonces.
Algunos meses después, en la primavera de 1977, conocí a los jóvenes de los Focolares, un movimiento nacido en la iglesia católica, abierto al diálogo con fieles de otras iglesias o religiones, y con personas de convicciones no religiosas. Fuertemente atraída por la radicalidad de su elección evangélica, también yo me comprometí junto con ellos en múltiples actividades formativas y sociales que nos proponían o que nosotros suscitábamos. Nuestros animadores eran personas un poco más grandes que nosotros, los y las focolarinas. Ellos habían hecho una elección totalitaria de Dios, viviendo en comunidad. Su vida me producía una gran fascinación, pero la veía demasiado alta para mí, inalcanzable.
En un momento dado tuvo lugar una situación de incomprensión entre el Focolar y mi pastor, por la elección personal de uno de nosotros. No era algo grave, pero sí lo suficiente para hacerme comprender que basta poco para despertar antiguos prejuicios y volver a abrir heridas que parecían estar en proceso de sanación. Fue una experiencia muy fuerte, en ella percibí que Dios me llamaba a dar, con mi vida, un ejemplo de que la unidad es posible y que esto podía realizarlo a través del Focolar. Ante este llamado sentí alegría y temor. De hecho, no me sentía capaz de afrontar 24 horas sobre 24 la tensión de la diversidad entre nuestras iglesias. Durante dos años traté de hacer callar dentro de mí esta invitación de Dios, pero cada tanto volvía a aflorar con más fuerza.
En una visita de Chiara Lubich a Alemania, un grupo de evangélicos le hacían algunas preguntas. Con sus respuestas todos mis nudos se soltaron. En sus palabras comprendí que entrar al Focolar significaba vivir el Evangelio ayudada por hermanos animados por el mismo propósito radical; querer hacerlo como cristianos católicos y evangélicos juntos; lo que significaba elegir como modelo a Jesús cuando se sintió abandonado por su Padre, gritando un ‘por qué’ que para él quedó sin respuesta, en donde recompuso la unidad entre Dios y los hombres, entre los pueblos, entre las distintas iglesias, entre todos nosotros.
En ese momento no pensé que todo esto significaría consagrarme a Dios, sino sólo responder a un llamado de Dios a dar testimonio con mi vida que la unidad es posible. Esta pasión por la unidad me marcó el corazón y el alma y siempre me ha dado alas también en los momentos de oscuridad o de prueba.
Cuando estaba en el Focolar de Lipsia, a menudo iba a la Santa Cena donde estaban los hermanos de la Christusbruderschaft. Un día, uno de ellos me preguntó cómo hacíamos para permanecer fieles a nuestras iglesias y vivir una vida espiritual intensa con los católicos. Entendí en ese momento el gran valor de la consigna de Chiara: Jesús abandonado. Amándolo a Él, quien se hizo división por nosotros, no sólo encontramos la fuerza para no sentirnos divididos en nosotros mismos, sino para ser unidad para los demás. En Él descubrimos la importancia de vivir con Jesús presente espiritualmente en medio nuestro, atraído por nuestro amor recíproco. Una presencia que no está vinculada a ningún sacramento, sino a la vida de la Palabra».
30 Ene 2015 | Palabra de vida, Sin categorizar
Queriendo ir a Roma y, desde allí, proseguir hacia España, el apóstol Pablo manda primero una carta suya a las comunidades cristianas presentes en aquella ciudad. En estas, que pronto testimoniarán con innumerables mártires su sincera y profunda adhesión al Evangelio, no faltan, como en otros lugares, tensiones, incomprensiones y hasta rivalidades. En efecto, los cristianos de Roma son de diversa extracción social, cultural y religiosa. Los hay que proceden del judaísmo, del mundo helénico y de la antigua religión romana, tal vez del estoicismo o de otras corrientes filosóficas, cada una con sus propias tradiciones de pensamiento y convicciones éticas. A algunos se los llama débiles porque tienen usanzas alimentarias peculiares –son vegetarianos, por ejemplo– o se atienen a calendarios que señalan días especiales de ayuno; a otros se los llama fuertes porque, libres de estos condicionamientos, no están sujetos a tabúes alimentarios o a rituales especiales. A todos les dirige Pablo una invitación apremiante:
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
En esa misma carta ya antes había entrado en el tema dirigiéndose primero a los fuertes para invitarlos a acoger a los débiles «sin discutir sus razonamientos»; y luego a los débiles para que acojan a su vez a los fuertes «sin juzgarlos, pues Dios los ha acogido».
Pablo está convencido de que cada cual, aun en la diversidad de criterios y usanzas, actúa por amor al Señor. Por ello no hay motivo para juzgar a quien piensa distinto, y menos aún de escandalizarlo actuando con arrogancia y con sentido de superioridad. Lo que hay que tener más bien en el punto de mira es el bien de todos, la «edificación mutua», o sea, el construir la comunidad, su unidad (cf. 14, 1-23).
También en este caso, se trata de aplicar la gran norma del vivir cristiano que Pablo había recordado poco antes en su carta: «la plenitud de la ley es el amor» (13, 10). Al dejar de comportarse «conforme al amor» (14, 15), se había debilitado en los cristianos de Roma el espíritu de fraternidad que debe mover a los miembros de toda comunidad.
El apóstol propone como modelo de acogida mutua a Jesús cuando, en su muerte, en lugar de «buscar su propio agrado», cargó con nuestras debilidades (cf. 15, 1-3). Desde lo alto de la cruz atrajo a todos a sí y acogió tanto al judío Juan como al centurión romano, tanto a María Magdalena como al malhechor crucificado junto a él.
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
También en nuestras comunidades cristianas, aunque todos somos «amados de Dios, llamados santos» (1, 7), se dan, igual que en las de Roma, desacuerdos y choques entre diferentes modos de ver y culturas en muchos casos distantes unas de otras. A menudo se contraponen los tradicionalistas y los innovadores –usando un lenguaje quizá un poco simplista pero fácilmente comprensible–, personas más abiertas y otras más cerradas, interesadas en un cristianismo más social o más espiritual; diversidades que son alimentadas por convicciones políticas y extracciones sociales diferentes. El fenómeno migratorio actual añade a nuestras asambleas litúrgicas y a los distintos grupos eclesiales más elementos de diversificación cultural y de procedencia geográfica.
La misma dinámica puede surgir en las relaciones entre cristianos de Iglesias distintas, pero también en la familia, en el ámbito laboral o en el político.
Entonces se insinúa la tentación de juzgar a quien no piensa como nosotros, o de considerarnos superiores, en una estéril confrontación y exclusión recíproca.
El modelo que Pablo propone no es la uniformidad que despersonaliza, sino la comunión entre diversos que enriquece. No es casual que dos capítulos antes, en la misma carta, hable de la unidad del cuerpo y de la diversidad de sus miembros, así como de la variedad de carismas que enriquecen y animan la comunidad (cf. 12, 3-13). Usando una imagen del papa Francisco, «el modelo no es la esfera…, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro», que tiene superficies distintas entre sí y una composición asimétrica donde «todas las parcialidades conservan su originalidad». «Incluso las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos»[1].
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
La palabra de vida es una invitación apremiante a reconocer lo positivo del otro, al menos porque Cristo dio la vida también por esa persona a la que me darían ganas de juzgar. Es una invitación a escuchar desactivando los mecanismos defensivos, a permanecer abiertos al cambio, a acoger la diversidad con respeto y amor, para llegar a formar una comunidad plural y al mismo tiempo unida.
Esta palabra ha sido elegida por la Iglesia Evangélica en Alemania para que sus miembros la vivan y los ilumine durante todo 2015. El compartirla miembros de diferentes Iglesias, al menos este mes, muestra ya un signo de acogida recíproca.
Así podríamos dar gloria a Dios «unánimes, a una voz» (15, 6), porque, como dijo Chiara Lubich en la catedral de la Iglesia Reformada de St. Pierre, en Ginebra, «el tiempo presente […] requiere de cada uno de nosotros amor, requiere unidad, comunión, solidaridad. Y llama también a las Iglesias a recomponer la unidad rota desde hace siglos. Esta es la reforma de las reformas que el Cielo nos pide. Es el primer paso, y necesario, hacia la fraternidad universal con todos los hombres y las mujeres del mundo. Pues el mundo creerá si estamos unidos»[2].
Fabio Ciardi
[1] Francisco, exhortación pastoral Evangelii gaudium, 236.
[2] C. Lubich, Il dialogo è vita, Roma 2007, pp. 43-44.
30 Ene 2015 | Focolare Worldwide

Desde la izquierda: Natalia Dallapiccola, Peppuccio Zanghì, Luce Ardente
«Cuando Luz Ardiente empezó a dar testimonio del Ideal de la unidad entre los monjes budistas, Giuseppe Maria Zanghì, Peppuccio para muchos, quien falleció en estos días, lo definió “Un nuevo san Pablo para el budismo”.
Escribe Luigi: sabiendo cuanto era difícil, para un monje, hacer parte de un movimiento cristiano y extranjero, tenía mis dudas con respecto a la posibilidad de que se concretara su afirmación. Exactamente 20 años después, puedo decir que esas palabras se están realizando.
Todo empezó en 1995, cuando un monje budista apareció por primera vez en el centro del Movimiento de los Focolares. En ese entonces se llamaba Phramaha Thongrattana Thavorn. Había llegado a Roma para acompañar a uno de sus discípulos, Somjit, quien estaba haciendo la experiencia como monje por un breve periodo antes de casarse, siguiendo así la tradición de todos los jóvenes budistas. En esa ocasión, Phra Mahathongrat, que significa ‘oro fino’, conoció a Chiara Lubich quien lo impresionó profundamente. Ella también quedó impactada por esta persona y, bajo su pedido, le dio un nombre nuevo: Luz Ardiente.
En todos estos años, desde que lo conozco, -continua Luigi- nunca había notado en él una fuerza y entusiasmo tan fuertes como en estos días, al anunciar la fraternidad universal, el ideal de ‘mamá Chiara’ (como la sigue llamando). Hoy, en una ceremonia importante, a la que Luz Ardiente me invitó, ante más de 120 monjes, entre los cuales estaban las más altas autoridades budistas de la región, Luz Ardiente pidió la palabra, dando espontáneamente, pero con mucha claridad, el testimonio de su experiencia con Chiara Lubich y con el Focolar, diciendo abiertamente que él es un miembro de la gran familia de Chiara esparcida en más de 120 naciones con millones de miembros.
Los monjes escucharon, para nada molestos: a algunos les pareció divertido, a otros les llamó la atención, algunos quedaron perplejos, como es normal en cualquier ‘comunidad religiosa’. Antes, durante y después de la ceremonia, Luz Ardiente quiso saludar a cada uno, dejando a un lado, a menudo, las reglas, y manifestó el máximo respeto y cariño hacia los monjes más ancianos.
En estos días, Luz Ardiente ama repetir: «Para mí ha llegado el momento de decir a todos los budistas cuánto bien mamá Chiara hizo a mi vida como monje. Yo siento que ella sigue dándome un impulso interior y una fuerza para llevar a todos el ideal de la fraternidad entre las personas».
La muerte de Peppuccio – quien trabajó mucho para el diálogo interreligioso – , el inicio del proceso de beatificación de Chiara, son momentos fuertes e importantes, no sólo para nosotros cristianos, sino para todos los miembros del Movimiento.
Después del 14 de marzo de 2008, día en el que Chiara dejó esta tierra, Luz Ardiente dijo: «Chiara ya no pertenece sólo a ustedes cristianos. Ahora ella y su ideal son un legado para la humanidad entera». En estos días, que definiría especiales, hechos como éstos atestiguan que aquellas palabras de Peppuccio se están realizando ante nuestros ojos.
Siguiendo por internet la ceremonia de apertura de la causa de beatificación de Chiara Lubich, Luz Ardiente comentó: «Ahora tenemos que testimoniar, aún más, juntos, la santidad de Chiara».
28 Ene 2015 | Sin categorizar

Hermana Mariella Giannini (segundo por la izquierda) en el centro de las Religiosas de los Focolares en Grottaferrata, Roma.
Defender la vida humana en condición de fragilidad. Es lo que alienta a las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, la familia de sor Mariela Giannini, religiosa que vive la espiritualidad del Movimiento de los Focolares y protagonista de esta historia. «Por medio del encuentro con el carisma de la unidad de Chiara Lubich – nos cuenta – logré recomponer mi identidad de religiosa en el carisma de la Hospitalidad, que es lo específico de mi Instituto».
Filipinas, España, Italia, son las etapas que vivió en su camino. El descubrimiento que Dios «nos ama inmensamente» la marca fuertemente; a pesar de esto llega pronto un momento triste, uno de aquellos que de buena gana evitaríamos, especialmente después de haber elegido una vida de total entrega.
«Se trataba de un fuerte dolor moral – confía sor Mariela -, un momento de prueba, tal vez también de tentación. Seguramente de lucha contra Dios. Llegó de improviso la oscuridad, bajó en mí la noche, junto con el silencio de un mar oscuro y profundo, de un río cenagoso que tenía que cruzar. ¿Pero dónde iré a parar? me preguntaba. No tenía futuro».
Recuerda con emoción aquellos momentos difíciles y confiesa que, a pesar de la oscuridad, nunca dejó de entregarse a los demás. «Me vino al encuentro de manera inesperada el grito de Jesús en la Cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Aquel que absurdamente no tiene respuesta, ha sido la clave para mi dolor y para cada dolor humano».
Un momento delicado superado no tanto con la fuerza de voluntad, sino con el abandono confiado en Dios. «En el interior de toda familia religiosa – continua sor Mariela – es inevitable que existan problemas, porque el egoísmo no está nunca desarraigado totalmente. Pero ciertas cosas cambian dentro de ti. Lo experimenté especialmente con nuestros colaboradores laicos, que no veo más como extraños, o peor, sólo como dependientes, sino nuestros hermanos y hermanas con los cuales compartir el carisma y realizar juntos nuevos proyectos. Además, Dios me donó una nueva familia también con el Movimiento de los Focolares. Mi corazón se dilató. El carisma de la hospitalidad y el carisma de la unidad llegaron a ser para mí una única fuerza, una dinamita que renueva la casa de Dios, la Iglesia».
Habla con conocimiento de causa, porque las tareas realizadas han sido varias y delicadas, no sólo como superiora provincial, sino también en varios lugares del mundo. «Amor llama siempre Amor – afirma convencida. – Pude constatarlo y vivirlo porque, después de la carga de Provincial de mi Instituto para Italia, fui enviada, come formadora, entre las Junioras de las Filipinas. La formación inicial es una etapa delicada, fascinante y que involucra, pero con la escucha cotidiana y el diálogo recíproco llegamos a comprendernos. En este nivel, o sea cuando acojo la vida de la otra en una relación de corazón a corazón, puedo ser regazo para cada sufrimiento pasado y presente. Vivir así me ayuda a superar toda barrera de lengua, cultura y de generación».
Desde las Filipinas va a España para preparar a las jóvenes hermanas a los votos perpetuos. De regreso a Italia, en Viterbo, se ocupa de un grupo de enfermos síquicos, alcohólicos y personas con disturbios del comportamiento. Visita regularmente a los detenidos en la súper-cárcel de la ciudad: «Jesús dona grande alegría también a estos últimos porque él por primero ha elegido ser el último, y cuando estos dos polos “Dios y el hombre” se encuentran, misteriosamente la relación se ilumina y los corazones se calientan».
24 Ene 2015 | Sin categorizar
«Nos habíamos preparado al matrimonio con la certeza de comprometernos para toda la vida. Sin embargo, ya poco tiempo después del nacimiento de la niña, mi esposo empezó a salir solo y yo, que estaba enamorada pero también cansada por el trabajo y la maternidad, en un primer momento no me di cuenta de que algo no funcionaba. Siguieron 13 años de mentiras y peleas, alternadas con pseudo-aclaraciones a las que seguían indefectiblemente continuas decepciones. Deshecha y al borde del agotamiento (llegué a pesar 36 kilos) finalmente me rendí, y le volví a entregar a mi esposo su libertad.
Tres años después encontré a un compañero del colegio, también él padre separado. Inicialmente trataba de resistir al sentimiento que afloraba en mí, porque, si por un lado el hecho de sentirme amada me daba una gran felicidad, por el otro me ponía ante el problema de mi vida cristiana. Fueron momentos muy difíciles. Pero luego las dudas se desvanecieron porque, me decía, es verdad que me había casado convencida del ‘para siempre’ pero si el amor ya no es correspondido, ¿por qué no podía seguir viviendo con otra persona aquella vocación a la vida familiar que había sentido desde siempre?
Seguros de nuestro amor, decidimos juntar nuestras vidas truncadas. Después de unos dos años de convivencia tuvimos un niño, que hicimos bautizar y que tratamos de educar cristianamente.
Para mi compañero – una persona muy recta que se declara no creyente – el problema de la pertenencia a la Iglesia no existe. En cambio yo seguía asistiendo a la Misa dominical y, aún en el sufrimiento, me conformé a las disposiciones de la Iglesia absteniéndome de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. Hubiera podido ir a una iglesia donde no me conocían, pero por obediencia nunca lo hice.
Sin embargo, con el pasar del tiempo, esta autoexclusión empezó a pesarme y me alejé de la Misa y de la vida de la comunidad. En efecto, me sentía profundamente incómoda viendo que los demás se dirigían hacia el altar, mientras yo tenía que quedarme en el banco. Me sentía abandonada, repudiada, culpable.
Unos años después, gracias a la cercanía con el Focolar retomé el camino de fe. ‘Dios te ama inmensamente’, me repetían. Junto con ellos entendí que Jesús murió y resucitó también por mí y que Él, en su infinito amor, ya había colmado ese abismo en el que había caído y sólo esperaba que yo lo siguiera por el resto de mi vida.
Descubrí así que, más allá de la Eucaristía, hay otras fuentes a través de las cuales se puede encontrar a Jesús. Él se esconde en cada prójimo que encuentro, me habla a través de Su Evangelio y está presente en la comunidad que se reúne en Su nombre. Sobre todo Lo encuentro cuando logro transformar en amor el dolor que me procura la separación de la Eucaristía.
Recuerdo el día en que nuestro hijo hizo su primera comunión. Yo era la única, entre los padres, que no fui al altar con él; un sufrimiento que no se puede expresar. Por otra parte puedo decir que fue precisamente cuando perdí la Eucaristía que redescubrí el gran don que ella representa, así como te das cuenta del valor de la buena salud en el momento en que la pierdes.
Espero que, el día en el que me presente al Padre, Él mire, más que mis fracasos, mi pequeño pero cotidiano intento de amar a los demás tal como Jesús nos enseñó».