Movimiento de los Focolares
La música une a los cristianos

La música une a los cristianos

El 16 de mayo pasado, se desarrolló, en el Centro Mariápolis Arnold del Movimiento de los Focolares en São Leopoldo (en el sur de Brasil), la 18ª edición de “Noite Musical ecuménica”, en ocasión de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Participaron en este festival siete coros de varias confesiones cristianas provenientes de Vale dos Sinos y Porto Alegre. “La Velada musical – explica Marines Silva, responsable del Centro Mariápolis- representa un momento de comunión entre coros de distintas Iglesias cristianas, dentro del ámbito de diálogo ecuménico por el cual trabajamos cada día”. En un clima fraternal y alegre, el evento reunió a casi 400 personas, pertenencientes a la Iglesia Adventista del 7º día, la Evangélica Luterana, la Iglesia Católica, Bautista, al JUAD, a las Misioneras de Cristo Resucitado y a la Comunidad de alabanza y adoración Emanuel. Participó también la “Coral Integración”, escuela de canto para la Tercera Edad. El tema elegido para esta edición fue “La mano de Dios nos une y libera” (Ex. 15, 1-21). En el transcurso de los años, la velada musical ecuménica ha reunido a más de 5 mil personas.

Ecumenismo: diálogo y cooperación

Ecumenismo: diálogo y cooperación

Foto: Federico Patti

En presencia   de autoridades civiles y religiosas de la capital de Sicilia, con expositores del mundo de la cultura y de la información, se desarrolló el Congreso ecuménico “Juntos en la Caridad, desde el Diálogo a la Cooperación”. Los protagonistas  fueron varios Pastores y responsables de distintas Iglesias históricas y de otras iglesias de reciente fundación, junto con María Voce y Jesús Morán (presidente y copresidente de los Focolares). He aquí algunos fragmentos de la intervención de María Voce: «Este Congreso bajo el lema “Juntos en la caridad, del Diálogo a la Cooperación”, es singular y nuevo en su género: aunque no se centra de manera explícita en el diálogo ecuménico, quiere crear las condiciones para ello trabajando juntos como Iglesias a partir de las relaciones personales construidas a lo largo del tiempo entre los miembros de las mismas. El Congreso pretende ser, así, una plataforma desde donde relanzar y valorizar esta reciprocidad, un espacio de reflexión y de estímulo para trabajar juntos por el bien de la humanidad. Veo en este especial compromiso de nuestras Iglesias, una respuesta concreta a uno de los imperativos de la declaración de la Comisión internacional luterano-católica, Del conflicto a la comunión (de 2013), confirmado sucesivamente por católicos y luteranos en Lund, el 31 de octubre de 2016.

Foto: Federico Patti

Es una llamada a “dar testimonio juntos de la misericordia de Dios en el anuncio del Evangelio y en el servicio al mundo”. El punto de partida tiene que ser, pues, el de la unidad y de la comunión, para testimoniar juntos la fe en Cristo y prestar un servicio útil a toda la humanidad. ¡El mundo espera este testimonio nuestro! […] ¿qué puede ofrecer la espiritualidad el Movimiento de los Focolares, llamada también “espiritualidad de la unidad” o “de comunión, para la realización de este objetivo? Dios utilizó con Chiara Lubich, fundadora de nuestro Movimiento, y con sus primeras compañeras desde 1943, una especie de pedagogía divina, enseñándoles paso a paso como realizar la unidad. Ante el desmoronamiento de todos los ideales, incluso de los más sublimes, las llevó a descubrir que el único que no pasa es Dios y Él es Amor. Para responder a su Amor, ellas quisieron vivir al pie de la letra las palabras de Jesús y Él mismo les enseñó que todos los hombres son hijos de un único Padre y, por consiguiente, son todos hermanos unos de otros. Al identificarse con cada criatura, Jesús les explica que hay que amar a cada prójimo, sin distinción, con hechos. Pero si las dificultades, los obstáculos, los dolores no faltan en el camino, Jesús le desveló a Chiara el secreto para transformar cada dolor en una nueva vida. Si nos unimos a Él, cuando crucificado y abandonado tomó sobre sí todos los males y divisiones de la humanidad para redimirla, experimentaremos que en nosotros renace la fuerza y la luz para recomenzar a amar siempre. Además, si este amor lo viven dos o más, se hace recíproco, actuando así el “ámense unos a otros como yo les he amado” (Cf. Jn 15, 12). Sucede entonces que Jesús se siente atraído por este amor y viene a establecerse en medio de esos “dos o tres reunidos en su nombre” (Cf. Mt 18, 20). Es así. Es Jesús mismo presente en medio de nosotros el que puede hacer de todos “una sola familia cristiana, una familia que nadie podrá separar, porque es Cristo quien los une a todos» Esta presencia suya entre cristianos de Iglesias diferentes ha abierto desde hace años un nuevo tipo de diálogo: el diálogo de la vida, el diálogo del pueblo, que incluye a todo el pueblo de Dios, laicos y responsables de las Iglesias, actuando como levadura en el gran Movimiento ecuménico para despertar y hacer crecer en los cristianos el deseo de la unidad. […] Si el mundo encuentra a Jesús presente entre nosotros por el amor recíproco, la fe renacerá en muchos, cambiará el modo de pensar y de comportarse, la búsqueda de la paz y de soluciones de justicia vencerá y florecerá el compromiso la solidaridad entre los pueblos. […] Mi deseo es que juntos podamos seguir caminando con Jesús entre nosotros “para que el mundo crea”. Lee la intervención completa

Todos los puentes del Genfest

Todos los puentes del Genfest

«Fui a Budapest por sugerencia de mi tía. Nuevamente confié en ella, una persona especial, abierta y bien dispuesta, que siempre estuvo cerca de mí en esos años difíciles. Todo empezó en el primer año del liceo. La escuela era difícil, había entrado en una nueva fase, con los primeros problemas de la adolescencia, los amigos que tomaban otros caminos, incomprensiones en la familia, una transformación que quizás ocurrió demasiado de prisa. Había conocido a un chico, era mi único amigo verdadero.  Sentí que en mi interior crecía un abismo de angustia. Siempre estaba sola, con excepción de algunos momentos en los que alguno, sin hacer preguntas, acogía mis silencios y compartía algo de ese dolor. Al concluir la escuela las amistades disminuyeron y aumentaron los conflictos en la familia. Yo adelgazaba. Tenía un problema emocional y con la alimentación que trataba de esconderle a todos, y que con el tiempo se estaba convirtiendo en una auténtica patología. Me estaba quitando la alegría de vivir, los colores, el amor, la luz. Estaba encerrada en mí misma y permanecía en una soledad que me había impuesto a mí misma. Fue en ese momento que mi tía, de la comunidad de los Focolares, me propuso que fuéramos juntas a Loppiano, la ciudadela de ellos en Toscana. Pensé: “Tres días quién sabe dónde, sin estudiar, sin escuela, lejos de mi realidad, tan cerrada. Tres días en los que sólo tengo que pensar en cómo esconder la comida. ¡Intentémoslo!”. Fue casi una caricia después de meses de aridez. Por doquier había personas que me acogían y abrazaban con respeto y delicadeza. Una de ellas, después de escucharme, me habló de Chiara Lubich. Me di cuenta de que me había olvidado de mí misma, de mis problemas, y sobre todo del tema de la comida. ¡Era libre! Durante el viaje de regreso, pensé en que me gustaría vivir siempre así, como en una gran familia. Pero volver a la cotidianidad no fue para nada fácil, me di cuenta  de que estaba queriendo recaer. Y así sucedió. Con la cabeza siempre metida en los libros, y la mente lista para hacer programas y cálculos y engaños para que todos cayeran. Mi peso disminuía, mi familia no me reconocía. Pero había alguien que estaba rezando por mí, lo sabía. Empecé a ir a la misa los domingos, en parte con la excusa de salir a caminar, en parte para alejarme de casa. Siempre había sido creyente, pero sólo entonces empecé a creer que Jesús me podía comprender y acoger sin prejuicios. Durante el segundo y tercer año del colegio la situación empeoró todavía más. Cada vez era más intolerante con mis padres y con los demás. La terapia psicológica que había empezado no estaba dando el resultado esperado. Hábilmente lograba tejer muchos engaños que me llevaban cada vez más fuera del camino. El único período de distracción era el verano, lejos de la casa, con los amigos. Pero el verano era breve, y no podía estar bien sólo un mes al año. Al final de ese verano mi tía me hizo una nueva propuesta: Budapest, el Genfest 2012. Acepté, y partí con otros cinco chicos, entre los cuales estaba una compañera de clase. Para mí fue una emoción continua; miles de chicos daban voz a una sola alma. Un auténtico puente, no sólo entre naciones y culturas, sino también entre mí misma y la nueva vida que me esperaba. Tenía delante una mar de chicos, doce mil, dispuestos a compartir conmigo el inicio de una nueva vida. El “flashmob” con los pañuelos, en los que habíamos escrito mensajes, el intercambio con tantos chicos de otros países, en las filas para buscar la comida, la marcha de la fraternidad; me sentía parte de una unidad. Habría podido ir dondequiera y dondequiera me habría sentido en casa. Una vez que regresamos, con mi compañera de clase, nos pusimos en contacto con la comunidad de los Focolares en nuestra ciudad. El camino que quería recorrer era el de Jesús. No todo era fácil. Mi problema con la comida tenía raíces profundas, y las preocupaciones de mi familia no se habían terminado. Pero sentía que era portadora de una nueva luz. Viviendo una a una las palabras del Evangelio, poco a poco retomé las riendas de mi vida. Al donarme a los demás con todo mi ser descubrí que Dios me ama inmensamente y tiene un gran proyecto para mí».  

De la pampa húmeda, un mensaje de unidad

De la pampa húmeda, un mensaje de unidad

Nace un sueño, como las otras ciudadelas de los Focolares esparcidas por el mundo. En los años de la década de 1950, en Suiza, tras haber contemplado desde lo alto de una colina la maravillosa abadía benedictina de Einsiedeln, Chiara Lubich tuvo la idea de que un día la espiritualidad de la unidad también expresaría algo similar: «Una pequeña ciudad, con todos los elementos de una ciudad moderna, casas, iglesias, escuelas, negocios, empresas y servicios. Una convivencia de personas de distintas condiciones, unidas por el mandamiento de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Esas palabras se convirtieron en una realidad primero en Loppiano, Italia, luego en otras 24 pequeñas ciudades, las “ciudadelas” justamente. Entre éstas la “Mariápolis Lía”, en el medio de la “pampa” argentina. Carlos Becaría, uruguayo, actualmente uno de los responsables de la ciudadela, formaba parte del grupo de pioneros. «No había nada aún. Pero había, sí, una inspiración profética. Vittorio Sabbione, uno de los primeros focolarinos, nos dijo: “Estáis aquí porque habéis elegido a Dios. No faltarán las dificultades, entonces tendréis que pensar en Jesús en la cruz. No os ofrezco nada ya hecho, debéis construir todo vosotros”. Y nos quedamos, porque en esa utopía creíamos». La “Mariápolis Lía”, en la localidad de O’Higgins (Provincia de Buenos Aires), lleva el nombre de Lía Brunet (25 de diciembre de 1917 – 5 de febrero de 2005), una de las compañeras de la primera hora de Chiara Lubich, invitada por ella misma a llevar “en primera persona” el carisma de la unidad a Latinoamérica. Originaria de la ciudad de Trento, como la fundadora de los Focolares, fue definida una “revolucionaria” por la pasión con la que vivió el Evangelio en un continente marcado por fuertes problemas sociales. Ciertamente no imaginaba, mientras daba un fuerte impulso al nacimiento y desarrollo de la ciudadela de O’Higgins, que un día ésta llevaría su nombre. “Lía”, como Loppiano en Italia, recientemente visitada por el Papa, y como las demás ciudadelas del mundo, quiere ser el signo tangible de un sueño que se está realizando, el de una humanidad más fraterna, renovada por el Evangelio. Hoy alberga a alrededor de 220 habitantes estables, pero recibe cada año cientos de visitantes, especialmente jóvenes, por períodos más o menos largos de formación. Dentro de sus fronteras surge el polo industrial “Solidaridad”, inspirado en el proyecto de la Economía de Comunión. Más de 250 personas han participado a fines del mes de abril de los festejos, que proseguirán durante el año, por el 50° Aniversario de la fundación de la “Mariápolis”, en presencia de autoridades eclesiásticas, representantes de distintos movimientos, iglesias cristianas, fieles judíos y personas de convicciones no religiosas. «Llegamos de noche – recuerda Marta Yofre, una de las primeras chicas que “aterrizaban” adonde estaba surgiendo la ciudadela – .Tuve una sensación de impotencia, pero al mismo tiempo una certeza: María la construiría». Nieves Tapia, fundadora del Centro Latinoamericano de aprendizaje y servicio solidario, estuvo allí viviendo en los años ’80, en la escuela de formación para jóvenes: «Aquí aprendí a amar a mi patria como a la de los demás y a ampliar mi corazón a toda América Latina». Adrián Burset, músico y productor artístico, creció en la Mariópolis Lía. «Sin ser consciente de ello, recibí el regalo de vivir como si fuera normal algo que, en cambio, es revolucionario: el amor al prójimo». Para Arturo Clariá, psicólogo, máster Unesco en Cultura de la Paz, lo que vivió en la ciudadela hace veinte años es «una marca que jamás podré borrar, la demostración de que el amor trasciende la vida». El obispo de Mercedes–Luján, Mons. Agustín Radrizzani: «Conmueve constatar el significado que ha tenido para nuestra país y para el mundo. Nos une la paz universal y el amor fraterno, iluminado por la gracia de este ideal». Mientras Eduardo Leibobich, de la Organización Judía para el diálogo interconfesional, recuerda las numerosas “Jornadas de la paz” realizadas en la Mariápolis, el pastor metodista Fernando Suárez, del Movimiento ecuménico de los Derechos Humanos, subraya que «la tradición metodista siempre ha trabajado por la unidad, tratando de realizar el mensaje de Chiara». Por último, Horacio Núñez, de la Comisión internacional del Diálogo entre personas de convicciones no religiosas: «Invito a unir las fuerzas, es demasiado bello el ideal de una humanidad libre e igual, hermanada por el respeto y por el amor recíproco». Gustavo Clariá

Pentecostés

La fiesta cristiana de la efusión del Espíritu Santo sobre María y los discípulos de Jesús se celebra en “Pentecostés”, o sea 50 días después de la Pascua. Se lee en los Hechos de los Apóstoles: «Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impeuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban (…) y ellos quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hechos 2,1-4). Escribe Chiara Lubich, refiriéndose al carisma de la unidad: «El Espíritu Santo es el don que Jesús nos hizo para que fuésemos uno como el Padre y él. Sin duda el Espíritu Santo estaba en nosotros antes también, porque somos cristianos; pero con este carisma hubo una nueva iluminación, una nueva manifestación suya dentro de nosotros, que nos hace partícipes y actores de un nuevo Pentecostés, junto con todos los movimientos eclesiales, que dan un nuevo rostro a la Iglesia».