Moscú, alas a la esperanza
https://vimeo.com/162494300
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Foto: Jose Jacome
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Cuando en el ’49 Giordani se encontró con el Movimiento de los Focolares, él era diputado del nuevo Estado italiano después de una vida ya madura de luchas conducidas con vigor tanto por su fe como por su visión religiosa de la vida pública. Su compromiso en este último campo se cobró un precio: la marginación profesional. Su forma de ver el Evangelio detestaba los dos extremos: el espiritualismo desencarnado y la tendencia a reducirlo sólo a un mesianismo terrestre. En su entereza humano-divina, el mensaje evangélico es la semilla de una revolución (“la” revolución) que ha trasformado la historia y continúa hoy su obra en pos de una libertad del ser humano cada vez más profunda. Su concepto de fondo, el “leit motiv” de muchos de sus libros, era la conexión entre lo divino y lo humano, necesaria para los intereses del ser humano: según su parecer la libertad y la dignidad del hombre tiene origen a partir de la aceptación de Cristo en la vida de los pueblos. Libertad, igualdad, solidaridad, uso social de la riqueza, dignidad laboral, armonía entre Estado e Iglesia, animación moral de la vida pública y de la actividad económica, antimilitarismo y pacifismo en el plano internacional: eran los puntos fundamentales de su pensamiento. Era por lo tanto ésta su posición, cuando se produjo el encuentro que imprimió a su vida –que ya tendía decididamente hacia Dios- una empinada vertical. Había plasmado en las páginas de su diario también la angustia por la incoherencia entre su propia fe privada y la vida pública, por la fragilidad de una “ascética” personal frustrada por «fracasos en la política, en la literatura, en la vida social». Había señalado de sentirse incapaz de responder a su propio deseo de «difundir la santidad desde las pobres páginas de un periódico» (en ese entonces era el director de “Il Popolo”), de «difundir la santidad en el pasillo de los pasos perdidos» (la recepción del Parlamento Italiano). «¿Quién podrá hacer este milagro?», se había preguntado en agosto de 1946. La respuesta a tales angustias y a este interrogante se había perfilado en ese encuentro con Chiara Lubich, casi como un “llamado” providencial. Ella le había permitido encontrar la forma de llevar su ya vivo cristianismo a una profundidad todavía más divina, y por otro lado todavía más social. Ese encuentro fue para él el impacto con un carisma. Su espíritu nutrido de profundos conocimientos de las espiritualidades surgidas a lo largo de la historia de la Iglesia, vio inmediatamente en ese carisma su amplia dimensión e implicaciones teológicas e históricas. La espiritualidad de la unidad enseguida le pareció una enorme energía utilizable más allá de la Iglesia, también en la comunidad civil para «transformar la convivencia humana en co-ciudadanía con los santos, para introducir la gracia en la política y hacerla un instrumento de santidad». Así maduró uno de los aportes fundamentales que Giordani tenía que dar al desarrollo del Movimiento de los Focolares: ayudar al pequeño grupo inicial a tomar conciencia de la eficacia también humana del carisma que se estaba manifestando. Ahora que el árbol del Movimiento de los Focolares ha florecido en todos los continentes, le queda como linfa vital, además de la vida de Giordani, su visión del cristianismo social, por el cual trabajó y luchó durante toda su vida, alcanzando la estatura de un profeta bíblico contra la separación entre la fe y las obras y contra todo «liberticidio» que de allí se deriva. Le queda al Movimiento de los Focolares un precioso patrimonio por profundizar, a partir de su pensamiento y de su método. Pienso que sea válido para todo el mundo cristiano el camino por él indicado, en su penetrante atención a las experiencias históricas del Cristianismo y de su equilibrada lectura del Evangelio, lejana de la ingenuidad fideísta y de los integralismos, abierta a la búsqueda de una “colaboración racional” entre las dos ciudades, la de Dios y la del hombre. Tomado de: Tommaso Sorgi, La herencia que nos ha dejado, Città Nuova n.9 – 10 de mayo de 1980

El Papa Francisco visita el campo de refugiados de Moria, en Mytilene, Lesbo, 16 de abril de 2016.
Agradecimiento hacia el pueblo griego, expresada con distintos matices por los tres líderes religiosos. En un momento de grandes dificultades económicas, el pueblo logra encontrar los recursos para abrir los brazos y el corazón a quien está huyendo porque busca un futuro; expresan su agradecimiento a los numerosos voluntarios llegados de todas partes de Europa y del mundo. Pauline, originaria de Sudáfrica, de la comunidad de los Focolares, vive desde hace años entre Atenas y Lesbo. Más de una vez ha asistido a la escena de los desembarques, y ha socorrido a los refugiados: «El Papa también ha dado un mensaje político sobre el cierre de las fronteras. Me pregunto por qué no fue a Idomeni. Quizás hubiera sido un gesto político demasiado explícito». Chiara, de la Asociación Papa Juan XXIII expresó: «Ha dicho lo que yo siento desde hace tiempo: hay que dejar de clasificar a esta gente sólo como ‘refugiados’, como un número. Es la hora del contacto personal, de conocer las historias»; mientras que Eugenio, del Cuerpo italiano de Ayuda de la Orden de Malta, declaró: «Me conmoví cuando habló de los niños que han muerto en el mar, porque yo mismo he visto esas escenas. Le pude estrechar la mano y recibí fuerza para mi trabajo». Cristina es católica y sus abuelos huyeron como prófugos desde Turquía a Lesbo: «Ha sido un evento histórico, inimaginable para esta isla. Me parece un sueño». El Padre Maurice, coordinador del JRS (Jesuit Refugee Service) en Grecia, declaró: «Todo ha sido importante: los gestos, las palabras, el silencio. Todo hablaba. El momento más fuerte en esta especie de ‘cárcel’ fue el contacto personal del Papa con cada uno». «A los refugiados se les dio un mensaje común – afirmó el religioso, comprometido personalmente en la labor de acogida. La mayoría de ellos son de origen y credo musulmán. Están descubriendo una tierra con raíces cristianas, por lo tanto es importante que vean la unidad de los líderes cristianos y la cercanía que ellos les quieren testimoniar». «Fue conmovedor y muy importante desde el punto de vista ecuménico y político, por el encuentro con el Primer Ministro, Alexis Tsipras», comentó Vasileios Meichanetsidis, de Apóstoles, una ONG de la Iglesia ortodoxa. «El Papa reconoció a los griegos todo lo que han hecho, y los griegos lo recibieron con alegría».
«Todos somos emigrantes», afirmó Francisco en la oración en el puerto de Lesbo, donde, al igual que en Lampedusa en el 2013, lanzó una corona de flores en recuerdo de los muertos del Mediterráaneo, un mar que en más de una ocasión ha sido definido como cementerio. ¿Cuáles son las expectativas del mundo político? «Se trata de un ulterior y fuerte llamado sobre todo a Europa, a considerar la cuestión de las migraciones y de los refugiados no sólo en términos de política interna y de emergencia, sino como un nuevo frente en el que se juega el futuro del continente, su credibilidad de en la coherencia entre los principios y sus políticas concretas», declaró Pasquale Ferrara, autor del reciente libro “El mundo de Francisco. Bergoglio y la política internacional” y miembro de El integra la Escuela Abbá por en el ámbito de las Ciencias Políticas. Entre otras cosas Ferrara fue Cónsul de Italia en Atenas. «Yendo allí, el Papa no hizo una visita solamente humanitaria, sino que subrayó esta profunda dimensión», prosiguió Ferrara. «Y que lo hiciera en un modo ecuménico es una señal todavía más fuerte, casi queriendo decir, como la política no está logrando logra resolver este tema, nosotros nos comprometemos, no para sustituir, sino para subrayar que éste es un punto prioritario en la agenda mundial. El hecho de que los refugiados que se llevó al Vaticano son sean todos musulmanes, evidencia que no sólo se protege a los cristianos perseguidos que son objeto de exterminio según por el ISIS. No se trata de un problema de religión, sino de ponerle fin a la guerra, a todas las guerras». Declaración conjunta Maria Chiara De Lorenzo
«Cuando empezaron los conflictos en Siria, viendo que el futuro no prometía nada bueno, pensé que era más prudente dejar el país. Esta decisión la reforzaba el hecho que me llegó una posibilidad de trabajo en Líbano. Así reservé los boletos para viajar y empecé los preparativos para trasladarnos con toda la familia. Dentro de mí surgían muchas dudas; ¿era justo irnos para asegurarle un futuro a mi familia o era más oportuno permanecer en el país que tanto amaba para ayudar a mi gente? Hablando con mi esposa entendí que ella estaba más propensa a quedarse, pero me apoyaba a mí, para ella lo más importante era que permaneciéramos todos juntos. Me sentía muy angustiado y confuso. Hasta que un día –estando en la Iglesia- advertí claramente que nuestro lugar era aquí, en Alepo, para compartir la suerte de nuestro pueblo. Un pueblo muy variado por etnias, religiones y confesiones distintas, pero que sin embargo había sido capaz de vivir en armonía. Un pueblo tan generoso que había acogido en las últimas décadas, a pesar del embargo, a palestinos, libaneses, iraquíes, dándoles igualdad de derechos y posibilidades de trabajo. Decidimos quedarnos. Trabajaba en mi negocio propio y ganaba bien. Pero después de lo sangrientos eventos que empezaron a devastar el país, mi taller fue saqueado y después destruido. Sin embargo, son innumerables las posibilidades de prestar ayuda, en primera persona y también a través del Centro de sordomudos que empezamos a atender mi esposa y yo. Seguidamente se encaminó una sinergia con otras organizaciones humanitarias para llegar, con la ayuda de la providencia que prodigiosamente siempre nos ha asistido, a ofrecer lo indispensable a más de 1500 familias. En estos cinco años de guerra, debido a los bombardeos lanzados ‘por accidente’ en nuestros barrios, hemos visto a muchas familias perder a sus seres queridos y a muchas personas quedar discapacitadas permanentemente. Un día el chofer del Centro para sordomudos donde trabajamos, mientras caminaba por la calle con su familia, perdió a su esposa y a su hija, heridas por un mortero. También él quedó gravemente herido y fue llevado en estado de shock al hospital. Les pude contar de esta grave situación a un sacerdote y al obispo, que al enterarse se hicieron cargo del funeral de la esposa y la hija. Por mi parte empecé a buscar la cifra necesaria para la operación del papá. El hospital, viendo la solidaridad de tantos, disminuyó los costos y algunos médicos renunciaron a su paga. Así logramos cubrir todos los gastos, y nos quedó dinero para las sucesivas operaciones a las que tuvo que someterse el chofer para poder recuperarse. Otra vez me llamó un musulmán que trabaja en la iglesia a la que asistimos, para pedirme que lo ayudara a conseguir una casa donde vivir. Había visto entrar a rebeldes armados en su barrio y estaba preocupado por la seguridad de sus tres hijas. Después de muchas llamadas finalmente logré encontrar una habitación para ellos. Cuando se pasó a la casa nueva se dio cuenta de que necesitaba urgentemente un tanque de gas, pero no lograba encontrarla. Entonces me llamó a mí. “Te pido esta ayuda –dijo- porque eses mi hermano ¿verdad?”. Yo le respondí: “Cierto somos hermanos”. Después del reciente ‘cese al fuego’ estamos atravesando un período de aparente calma, aunque de vez en cuando se escuchan retumbos que nos dejan inquietos y no logramos dormir durante la noche. Con respecto a mi actividad económica, hasta que las armas no callen del todo es imposible pensar en retomarla. En esta situación precaria y sin futuro nos sostiene la comunidad del Focolar y una fe incondicionada en el amor de Dios que nunca nos abandona. Delante de cada problema, sentimos que no estamos solos. Seguimos experimentando que en la donación a los demás encontramos la paz. Una paz que es siempre un desafío, porque es un don que hay que conquistar todos los días».