Movimiento de los Focolares
Una luz en contra del tráfico de seres humanos

Una luz en contra del tráfico de seres humanos

logo_randiSor Tina Ventimiglia, Franciscana de los Pobres, y Resi y Alessandra, voluntarias de la Asociación Randi, encuentran en su compromiso de vida con la espiritualidad de la unidad formas nuevas para encontrar y acompañar a las personas. Y para rescatarlas. El rol de la prevención es crear oportunidades de desarrollo en el sur del mundo.

Ayer, 8 de febrero, en concomitancia con la celebración litúrgica de Santa Giuseppina Bakhita, religiosa de Sudán, que desde niña vivió la dramática experiencia de la esclavitud, se celebró la primera jornada mundial contra el tráfico de personas. Una jornada realizada para romper el silencio sobre esta “vergonzosa plaga indigna de una sociedad civil”. Así la definió el papa Francisco en el Angelus, con el corazón lleno de angustia por la multitud de “hombres, mujeres y niños esclavos, explotados, abusados como instrumentos de trabajo y de placer y a menudo torturados y mutilados”, con el augurio de que “todos los que ejercen responsabilidades de gobierno se comprometan con decisión a eliminar las causas”.

Es emblemático que los que denuncian la cuestión sobre esta ‘moderna’ e inaceptable forma de esclavitud sean precisamente los religiosos que con su presencia en los diversos puntos del planeta – los primeros y a veces los únicos ‘buenos samaritanos’- saben acercarse a las personas a quienes se les quita la libertad personal con violencia, tomando posesión de todo su ser y convirtiéndolo en esclavo.

Es significativa la experiencia de Sor Tina Ventimiglia, religiosa Franciscana de los Pobres, que desde hace doce años, junto con su comunidad se está encargando, en la ciudad de Pistoia, de chicas que provienen de la calle. “La inmigración clandestina y forzada – cuenta- muestra a menudo un rostro femenino, víctima de los así llamados protectores. Estos rostros de mirada temerosa, desconfiada o desafiante- de quien no puede confiar en nadie- nos interpelan fuertemente. A la luz de la enseñanza de nuestra fundadora y del carisma de Chiara Lubich, no las vemos como realidades de las cuales hay que escapar, descartar, alejarse, o peor, condenar, sino como ‘llagas’ de Cristo que hay que sanar. El mal no se debe ‘combatir’ sino ‘superar’ con el ejercicio de hacer el ‘vacío’ para recibir a la persona tal como es, digna de amor, independientemente de la situación en la que se encuentra. El amor no hace cálculos, ama sin medida, y sigue amando también cuando no es bien recibido o comprendido. Y es siempre el amor el que nos hace descubrir cuáles son los gestos concretos que se pueden ofrecer como brindarles atención sanitaria, o judicial para restituirles la propia identidad mediante los documentos. Así como también el acompañamiento en la reconstrucción de su vida pasada y para descubrir así los recursos interiores que les permitan vivir, logrando que se sientan personas dignas de amor y capaces de amar. Sin descuidar el ofrecimiento de una red de relaciones sanas que les dé la posibilidad de integrarse en el territorio mediante la inserción en el mundo del trabajo y la posterior autonomía habitacional”.

20150209-02Randi – cuenta Alessandra- es la niña que hace 22 años dio la luz Rebecca, en el hospital donde yo trabajaba. Había llegado clandestinamente a Livorno, no sabía nada de italiano, pero igualmente se podía entender toda su angustia porque no tenía documentos, ni visa y temía que le quitarían la niña. Fue recibida sin razonamientos ni prejuicios y logramos encontrar una solución para su problema. Después de poquísimo tiempo más de 70 chicas en situaciones incluso más dramáticas, sabían que podían contar con nuestra Asociación, que hemos llamado Randi.

¿De qué nos ocupamos? – dice Resi.- A menudo estamos frente a situaciones de verdadera y clara esclavitud con fines económicos. Éste es un negocio que mueve un mercado de 24 mil millones de euros e involucra, entre 27 y 50 millones de seres humanos en el mundo, sobre todo a mujeres y niños. Un auténtico tráfico de personas que produce miedo, aislamiento, y la imposibilidad de defenderse. Casi la mitad del fenómeno se refiere a jóvenes mujeres obligadas a la prostitución. Lograr acercarse a estas personas encadenadas, a las que se les impide cualquier contacto con el mundo externo, no es ciertamente fácil. A veces el cambio se produce gracias a un accidente, a una internación hospitalaria, a un encuentro en un tren. En el contacto con estas personas, la espiritualidad de la unidad nos ayuda a transmitirles que finalmente pueden confiar en alguien. Y aquí ocurre el milagro, porque de pronto, por primera vez, no se les pide nada a cambio”.

Sanar las heridas: el gran desafío del Evangelio. Pero también, hasta donde es posible, prevenir. Es en este sentido se han comprometido muchos religiosos y religiosas, que estando en tierras lejanas, junto con la Buena Noticia, trabajan para ayudar a desarrollar la dignidad de las personas. Es lo que están haciendo también los Focolares en el sur del mundo, donde, en 53 países de los 4 continentes, están activas más de cien iniciativas de desarrollo en la que participan 15.000 niños con sus familias, para crear con ellos oportunidades concretas de desarrollo en su tierra, en libertad.

 

Evangelio vivido: Aceptarse unos a otros, a pesar de todo

Evangelio vivido: Aceptarse unos a otros, a pesar de todo

20150206-01«Por mi formación profesional como militar y además por mi carácter demasiado rígido, encontraba muchas dificultades en la relación con mis hijos. Estaba consciente de que tenía que corregir mi actitud, pero no sabía por dónde empezar. Las palabras del Evangelio me invitaban a poner el amor como base de la educación de mis hijos y por lo tanto tenía que dar un viraje en mi relación con ellos, un viraje no a medias, sino radical. Intentando y volviendo a intentar continuamente, poco a poco se abrió el camino de la comunicación con los hijos. Traté de entrar en su mundo, de prestar más interés a sus inquietudes y aspiraciones. Pude conocer sus problemas, nos alegramos y sufrimos juntos y de esta forma se anularon las distancias, incluso con el más difícil de ellos. Mi papel como padre asumió entonces otra dimensión: para ellos ahora soy también consejero, amigo y hermano». (F. U. – Perú)

 

«Tengo 29 años y vengo de Sri Lanka. En mi país trabajaba como cocinero y luchaba por una mayor justicia entre las distintas clases sociales, pero este compromiso se veía con sospecha y por lo tanto me vi obligado a dejar mi tierra para venir a vivir en Europa, donde todo es distinto para mí. Al llegar, me sentía tremendamente solo y lleno de rabia hacia todos. Pero en el campo para refugiados, en medio de tantos desconocidos, alguien me habló de algunos jóvenes cristianos con mi mismo ideal: contribuir a mejorar el mundo. Estaba sorprendido al ver que otros tenían ese mismo sueño. Fue muy alentador y empecé a mirar a mi alrededor, a ser más amable con los demás, a saludar: nacieron relaciones realmente humanas entre la gente, con gran sorpresa del trabajador social. Yo soy budista y a través de la relación con occidentales cristianos aumentó también mi fe. Una máxima de Buda dice: “Compartir mente y espíritu con muchos otros”». – (S. – Sri Lanka)

 

«Tomando la decisión de ir a Lourdes como colaborador de Unitalsi al servicio de los enfermos, creía que experimentaría un peregrinaje lleno de sorpresas, con “efectos especiales”. En realidad Dios, aceptando mi buena voluntad y estas intenciones no completamente desinteresadas, se sirvió de esta circunstancia para hacerme entender lo que Él quería, es decir que mi servicio a los enfermos es seguramente importante para ellos, pero también y sobre todo yo “necesito de ellos”. Porque – y digo esto como síntesis de la experiencia hecha en Lourdes – si yo soy afortunado en donar lo que recibí gratuitamente por Dios, los enfermos te compensan con lo máximo que pueden darte: puede ser una sonrisa, un gesto de gratitud, un cálido saludo…».  – (M.G. – Italia)

 

Fuente: Il Vangelo del giorno, febrero 2015 – Città Nuova Editrice

Camerún, una escuela de ‘nueva evangelización’

Una escuela del Evangelio: una cita que se repite cada dos meses y que involucra a todo el pueblo, incluido el párroco y el Fon, el rey, la autoridad del lugar. ¿El programa? Profundizar un versículo del Evangelio, captando las facetas que se aplican mejor a la vida cotidiana, para tenerlo como hilo conductor hasta la próxima reunión. En cada reunión, dentro del espíritu de comunión, tratan de compartir cómo lograron ponerlo en práctica y se dan recíprocamente nueva fuerza para ir adelante con el experimento. Esta dinámica, comenzada en Fontem– la ciudadela de los Focolares de Camerún- por voluntad del Fon se reproduce también en Akum, otro pueblo de Camerún. En el comienzo, la participación es sobre todo femenina. Pero poco a poco participan cada vez más los hombres, quienes están realmente impresionados (aunque no lo admiten abiertamente) del cambio de las esposas. Tratemos de captar algo de sus propios relatos.

«Me llamo Suh Nadia – dice una chica-. Con algunos compañeros de escuela nos pusimos de acuerdo para unirnos a la oración mundial de los jóvenes de los Focolares que se llama Time-out. Al principio éramos seis, luego doce. En determinado momento lo supo el director, quien me llamó a la dirección. Pensaba: ahora nos va a castigar porque por algunos minutos interrumpimos el estudio. Me llené de valor y traté de explicarle la importancia que tenía esta oración. De hecho, aunque en Camerún hay paz, existen muchos países alrededor que están sufriendo por la guerra, por lo tanto debemos rezar por ellos. El director, después de haberme escuchado, me agradeció y me dijo que se ocuparía de modificar el horario de las clases para que todos los estudiantes puedan unirse a nosotros».

Ahora toma la palabra Evangeline: «Yendo a casa de mi tía, me di cuenta de que los vecinos maltrataban a una chica que estaba con ellos, que, para escapar, se había ido a dormir a la iglesia. Mientras la acompañaba a su casa casa el párroco trató de convencer a la familia para que la trataran bien. Pero apenas se fue el párroco, los dos comenzaron a gritarle. Ella lloraba fuerte. Me acerqué a ella, la escuché con amor y decidí hablar con su familia. Aunque mi tía me desanimaba, yo pensaba en lo que nos dice el Evangelio y entonces al día siguiente fui a conversar con esta familia. La señora me dijo que ella no era hija de ellos, sino que era una joven que trabajaba con ellos como enfermera. “Precisamente porque ella los ayuda – dije- tendrían que tratarla como a una hija”. La mujer no me prestaba atención pero el marido sí me escuchaba: “¿Quién eres?”, me preguntó, “¿Quién te envía?”. Cuando supo que había ido a esa casa por mi propia iniciativa, me agradeció y me prometió que no la iban a maltratar más. Después viendo que la chica no tenía casi nada de ropa para ponerse, le llevé algunos vestidos míos».

Verónica normalmente cocina también para su suegra. Un día la suegra le dice que por un problema en los ojos no logra ni siquiera ver lo que come y que tal vez sea mejor que no le lleve más la comida. Verónica consigue una consulta en el hospital y la noche anterior va a dormir con ella. En esa ciudad viven dos hijos de la señora, pero ellos no manifiestan interés por su madre. Los médicos deciden operarla enseguida y así Verónica, a pesar de sus compromisos de trabajo, se queda con ella en el hospital durante una semana. Volviendo a casa, ni siquiera los otros hijos de la señora se preocupan por su madre, de modo que Verónica sigue yendo a cuidarla y le lleva comida, sin importarle que los hijos van a ver a la madre sólo cuando está ella para aprovechar también ellos de la comida. «Es la cuarta vez que vengo a estas reuniones de ‘nueva evangelización’ – concluye Verónica- sólo trato de poner en práctica lo que aprendo aquí».

«Me quedaban solo 2000 francos cameruneses (frs) (unos 3 euros) y tenía que hacer las compras», cuenta Marie refiriéndose a la frase del Evangelio ‘Den y se les dará’. «Para ahorrar había ido al mercado que queda lejos, a seis millas. Me habían quedado 700 frs. Cuando, ya de regreso, me di cuenta de que no había comprado aceite. Decidí comprarlo cerca de mi casa: mis 700 frs me iban a alcanzar justo. Estaba por cruzar la calle cuando una chica me tocó el hombro y me pidió que la ayudara a comprar unas especias. Una voz dentro de mí me dijo: ¡dar!. Así fue que le pagué las especias: 250 frs. Con lo que me quedaba podía comprar medio litro de aceite. Pero un hombre que conozco me pidió que le comprara la sal: eran 100 frs. Finalmente se me acercó un muchacho y también él me pidió que le pagara las especias: otros 200 frs. Miré la plata que me quedaba en la mano: ya no me alcanzaba para comprar el aceite. Volviendo a casa le pedí a mis hijos que calentaran los recipientes para ver si salía todavía un poco de aceite, pero estaban completamente vacíos. Entonces les dije que fueran a la tienda a preguntar si nos podían dar un poco de aceite a crédito, pero no tenían. Tampoco mi vecina tenía para prestarme. ¿Cómo iba a hacer para cocinarle a mis hijos? En ese momento llegó el hijo de una querida amiga mía con una canasta en la cabeza. “Vine a verte”, me dijo, “Mi madre no pudo visitarte por la muerte de tu madre y ahora ella te manda esta canasta”. La abro y había nueces de coco, pescado seco y …. 5 litros de aceite!»

 

 

 

Chiara Lubich y la familia

Chiara Lubich y la familia

20150202-01«La espiritualidad de Chiara Lubich nos propone abrirnos a la comunión antes que nada en la familia y, una vez construida la unidad, abrirla a otras familias. Ninguna familia es una isla. Necesitamos compartir bienes espirituales y materiales, propósitos, conocimientos, tiempo, competencias, para construir redes capaces de ponerse al servicio del mundo, que espera ver el testimonio de un amor que siempre puede volver a empezar».

Anna y Alberto Friso comentan con alegría la apertura de la causa de beatificación de Chiara Lubich, que se llevó a cabo el martes pasado [27 de enero] en Frascati. Ellos conocieron personalmente a la fundadora del Movimiento de los Focolares (quien en 1967 fundó también «Familias nuevas», una de las primeras asociaciones para la familia, de la que los Friso fueron responsables durante 12 años) cuando eran recién casados: llegaron de Padua a Rocca di Papa, con su primogénito lactante, para participar en un congreso de familias.

Recuerdan: «Nos impresionó el hecho de que una persona consagrada tuviera tanto interés en la familia y que su ideal se pudiera aplicar también a nuestra vocación de esposos». No sólo: «Chiara era una mujer moderna, bella sin ser vistosa, elegante pero no rebuscada, con una forma de hablar cautivante y armoniosa – notan los Friso –. Nosotros veníamos de la provincia, éramos dos simples empleados, bastante torpes. Con sencillez y convicción nos dijo que Jesús contaba también con nosotros, como personas y como familia». Chiara Lubich, de hecho, estaba convencida de que la espiritualidad de la unidad era especialmente adecuada para la familia, porque ésta, en su designo original, es una pequeña comunidad de personas unidas por el amor».

Hoy en día Alberto y Anna están encargados de la Asociación «Acciones de Familias Nuevas«, comprometida en el Sur del mundo y con adopciones a distancia. Cuando eran responsables de «Familias nuevas», se encontraban regularmente con la fundadora: «Escuchaba nuestras dificultades y proyectos, pero sobre todo nos animaba. Sin su impulso, hubiera sido demasiado complicado, para dos pobres criaturas, llevar adelante un movimiento de familias tan numeroso y de alcance mundial. Ella nos orientaba, nos confirmaba, soñaba con nosotros. Y muy a menudo expresaba su confianza en nosotros los casados».

Chiara Lubich acostumbraba animar a los cónyuges Friso, que son miembros del Pontificio Consejo para la familia, para que se dedicasen especialmente a los separados, a los divorciados y a los que se han vuelto a casar, es decir a aquellos que ella misma definía como «el rostro de Jesús crucificado y abandonado». El carisma de Chiara sigue anunciando a la familia y a las familias del Movimiento el amor divino hacia cada uno, «una convicción que no surge sólo de la Escritura, sino del haberlo experimentado personalmente, en nuestras vivencias. Un anuncio que resulta eficaz también para quienes ya no esperan o han perdido la fe, o piensan que la separación es inevitable. Y si Dios me ama a mí, si dio su vida por mí, yo también debo – ¡puedo! – responder a este amor, amando al prójimo que está a mi lado. Y ¿quién es más prójimo que el esposo, los hijos, los familiares?», se preguntan Alberto y Anna, explicando: «Si nos ponemos honestamente en el rayo de un amor arraigado a lo Absoluto, todo se vuelve posible: acogida, servicio, escucha, amor desinteresado, gratuidad, perdón…».