Movimiento de los Focolares

Evangelio vivido: “Si alguien me abre la puerta, yo vendré a él”

Una hija con discapacidad Un padre nunca espera tener un hijo con discapacidad. Cuando nos sucedió a nosotros, mi esposa, que ya de por sí era frágil psicológicamente, cayó en una depresión. Me encontré que tenía que sostener a la familia en una forma imprevisiblemente nueva. Los primeros meses estaba lleno de cuestionamientos, me estaba aislando de los amigos y parientes. Un día encontré en la escalera del condominio a una pareja que, a pesar de tener una niña con síndrome de Down, parecía muy serena. Ante mi pregunta de, ¿cómo hacían para estar así?, su respuesta me dejó sin palabras: “Nuestra hija es el don más grande que podíamos recibir. Ella nos ha reconducido a la realidad y toda la familia se ha beneficiado”. Mi esposa y yo empezamos a ir a menudo a visitarlos. Conocimos su fe, y día tras día, también nosotros, gracias a ellos, redescubrimos valores que antes habíamos descuidado. (A. y G.F. – Italia) Un don inesperado Algunos parientes que se habían alejado de nosotros, debido a una herencia, aceptaron nuestra invitación a venir a casa por algunos días. Pero cuando nos comunicaron la fecha de su llegada, no era el mejor momento: teníamos dificultades económicas y no tenía el tiempo para preparar bien la casa como hubiera deseado. Después pensé que la paz reconstruida era el regalo más grande y decidimos, con toda la familia, hacer lo mejor posible para que tuvieran una feliz estadía. Hubiéramos querido hacerles un regalo, pero a falta de otra cosa el más pequeño les preparó un dibujo y la más grande una poesía de bienvenida. El día anterior a su llegada, en la empresa donde trabaja mi esposo, los empleados recibieron un premio como regalo. Cuando lo abrimos encontramos dos relojes, uno de mujer y otro de hombre: el don inesperado para nuestros parientes. (R.H. – Alemania Otra oportunidad Una de mis cuñadas me había pedido el favor de hospedarla en nuestra casa por un período y de firmar la garantía por un préstamo bancario del que tenía necesidad. La casa en la que vivimos es pequeña, pero la acogimos con gusto. Con relación al préstamo, veía a mi marido un poco preocupado, considerando que hacía algunos años le habíamos prestado una suma que ella nunca nos la había restituido. Le dije que cualquier decisión que tomara la aceptaría, pero agregué que toda persona siempre se merece una segunda oportunidad para reivindicarse. ¿No hace así Dios con nosotros? Firmamos la garantía por el préstamo, que mi cuñada está pagando, aunque con algunos retrasos. Por mi parte siento que tengo que ayudarla, y a veces conversamos mucho y ella se abre conmigo como si yo fuera su hermana, superando las barreras que nos dividían. (M.D. – Paraguay) A total disposición Después de la muerte de nuestra primera niña, con sólo 14 meses, también los otros dos hijos que habían llegado empezaron a presentar los mismos síntomas. Mi esposa y yo estábamos sin aliento, y nuestra casa se convirtió en un pequeño hospital. Sin embargo tratando de amarnos entre nosotros, los hijos crecían llenos de paz. ¡Muchas veces mirándolos, me convertí! Cuando llegaba a casa, después del trabajo, trataba de dejar fuera todas las preocupaciones y los problemas para estar completamente a su disposición. Sólo así podía funcionar. De lo contrario la angustia y las preocupaciones ante el futuro nos hubieran derrumbado. Palpamos que Dios todo lo puede, y nos hizo saborear un poquito de paraíso también en este contexto tan complicado. (G.M.B. – Italia)

Dar un alma a la ciudad

Dar un alma a la ciudad

Con un lenguaje sencillo, como el de Jesús quien para explicar “su Reino” usaba términos y comparaciones que estaban a la vista de todos, Sándor empezó a contar cómo trataba de encarnar el Evangelio en todo lo que hacía. Así se formó a su alrededor un asiduo grupo de agricultores que periódicamente se reunían para intercambiar alegrías, dolores, conquistas, progresos… En ellos brotó la convicción de que tenían una misión. Su relación con la naturaleza, fuente de sabiduría, era un bien que había que transmitir también a quien estaba en la ciudad. De esta chispa al paso de ir a visitar a los alcaldes fue rápido. De los encuentros entre los alcaldes y los campesinos emergió fuerte la necesidad de crear una alternativa a la globalización que homologa y apaga los valores y tradiciones. Así en septiembre del 2016 realizaron un encuentro, con experiencias y la participación de especialistas, con el objetivo de devolver un alma al país a partir del campo. Participaron unas 350 personas, entre las cuales 20 alcaldes. El pasado septiembre tuvo lugar el 2° encuentro, en Újkígyós, una alcaldía del sudeste de Hungría en el que, a pesar del frío que se anticipó, participaron 500 personas. Había 27 stands en donde se exponían quesos, alfombras hechas a mano, miel, pequeños muebles, mermeladas… Con gratitud y generosidad los campesinos provenientes de muchos pueblos, aldeas y caseríos ofrecieron lo mejor de sus productos culinarios y de su artesanía. También trajeron caballos para que los niños pudieran dar una vuelta. Fue una auténtica fiesta popular. Los conferencistas, especialistas en ecología, agricultura, contaminación acústica, agricultores, investigadores y profesores universitarios, ya estaban vinculados entre ellos por una auténtica amistad. No fue sólo éste el secreto del éxito sino también la propuesta de un camino realizable para llegar a dar un aporte de auténtica fraternidad. También el Alcalde del lugar, quien puso al servicio del evento grupos folclóricos, subrayó que veía en la comunidad un “alma nueva”. El párroco puso en evidencia la eficacia de la forma de evangelizar que había experimentado. Uno de los organizadores me decía: «No tuvimos ninguna ayuda política o de instituciones: todo fue regalado. El encuentro no costó ni un céntimo, desde las sillas, a los toldos, las mesas. Aquí, como ves, todos se sintieron hermanos, porque en las aldeas la relación es humana, la amistad es la fuerza vencedora. En las ciudades son otras las formas de relacionarse. Se crean círculos, clubes de interés, lugares de diversión… pero la gente está aislada. Los habitantes del mismo condominio no se conocen. Sentimos que la gente del campo puede dar un aporte al país, puede dar un alma. El campesino, por el contacto que tiene con la naturaleza nutre su alma religiosa y sabe el valor y el precio de cada cosa y reconoce en el hombre la sacralidad a la que el Papa Francisco continuamente se refiere. Este encuentro nos parece un pequeño paso no sólo para la misma Iglesia sino también para la sociedad». Participó también Csaba Böjte (ofm), un franciscano de Transilvania (Rumania) famoso no sólo en su tierra sino en toda Hungría y en el este de Europa, donde con la colaboración de voluntarios, acoge desde 1992 a niños y adolescentes con situaciones familiares difíciles. Hoy día tiene 82 casas que hospedan a 2500 chicos. La de Sándor es una piedra lanzada al agua que con sus ondas se expande y se expande. Tanino Minuta

Jornada Mundial de los Derechos de los Niños

El 20 de noviembre es el día en el que la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó, en 1959, la Declaración de los derechos del niño, y aprobó, en 1989, la Convención internacional sobre los derechos de la infancia y adolescencia. Construida armonizando distintas experiencias culturales y jurídicas, la Convención enuncia por primera vez, de forma coherente, los derechos fundamentales que se deben reconocer y garantizar a todos los niños del mundo. Son cuatro los derechos fundamentales explicitados en el documento: a la no discriminación, al interés superior, vida, sobrevivencia y desarrollo y finalmente a ser escuchados en todos los procesos decisionales. La Convención prevé también un mecanismo de control sobre lo realizado en los Estados, los cuales deben presentar un informe periódico sobre el cumplimiento en el propio territorio. Según Unicef, cada año millones de niños siguen siendo víctimas de violencia: abusos, abandono, explotación, guerras, discriminaciones. Ya se ha hecho mucho, pero hay mucho todavía por hacer para alcanzar una real aplicación de estos principios.

Nosotros, la Iglesia

Nosotros, la Iglesia

«Si dos o tres, reunidos en nombre de Jesús, invocan a Jesús, Cristo está en medio de ellos, y ciertamente componen una sociedad perfecta: dos personas y el Hombre Dios, es el embrión de la sociedad humano-divina: la Iglesia. Pero es importante señalar que es Él quien pide esta reunión, es decir pide que nos pongamos juntos; este “diálogo” como dice la filosofía social de hoy. Cuando uno está en sí mismo, individualmente segregado de los demás, sucede como cuando un polo de la luz no hace contacto con el otro, no genera luz. También la gracia de Dios necesita medios humanos para pasar, y también medios naturales; como el agua (Bautismo), pan (Eucaristía), etc., casi como para promulgar y repetir la encarnación, del mismo modo, poniendo junto al hombre al hermano, hace que surja el amor, enciende en la tierra la luz, que es Cristo, el Amor, y abre el acceso a la fuente. Venido para romper el aislamiento, que acrecienta la angustia del exilio, Jesús no constituyó individualidades, sino una sociedad, es decir una convivencia orgánica, mediante la cual, como en toda forma de vida, tiene lugar, como ley, el amor. Para amar, es necesario ser al menos dos; y para asociarse es necesario amar. Y como «el amor viene de Dios» (1 Jn. 4, 7) amar es hacer vivir en nosotros a Dios, es poner a Dios en medio nuestro. Amar por lo tanto es poner en común (comunicar) la propia alma con el alma de la persona amada, no para sentir alegría y paz o para darle paz y alegría a la otra persona, sino para que entre las dos almas viva Dios, y por lo tanto el ápice del amor es hacerse uno, el Uno que es Cristo; así se llega a construir en quien ama y en quien es amado el Cristo místico. Con esta construcción nosotros esperamos alcanzar la plenitud de Cristo, conformar el Cristo total. Por eso quien ama a una persona, en Cristo, permite que se ponga en circulación el Espíritu Santo, entre sí y el otro; el mismo Espíritu que circula entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto vive entre ellos la vida de la Santísima Trinidad. Y entonces vemos que, durante las veinticuatro horas del día, nosotros realizamos contemporáneamente una obra misteriosa, inmensa, por la profundidad del Espíritu, la construcción, ladrillo tras ladrillo, de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo; y de esta forma colaboramos con Dios mientras usamos nuestras fuerzas y vivimos la vida, realizamos la comunión de los santos. En una empresa así, cada uno es Cristo para su hermano, y cada hermano es Cristo para cada uno. Esta sociedad con la Trinidad es la Iglesia; amarse en Cristo es vivir con la Iglesia, vivir la Iglesia y al mismo tiempo completarla, llegando a la plenitud de ella. La perfección del cristianismo está en el comprender y sobre todo vivir el Cuerpo místico, de cuyo funcionamiento ordenado depende, proporcionalmente, la salud de todos sus miembros, si se genera salud también todos los hermanos gozan; pero si se inoculan toxinas, también todos los demás sufren. No son los discursos, ni los lamentos los que curan los males en el cuerpo de la Iglesia, sino la propia santidad, es decir los glóbulos sanos, que cada célula infunde en todo el aparato circulatorio. El Cuerpo místico reacciona en el cuerpo social como el alma en el cuerpo. Todo el bien que el Cuerpo místico realiza en la tierra es el espíritu de Dios que se injerta en la humanidad, es Dios que vive entre los hombres y los recupera para sí. Realmente la Iglesia es el medio para devolver la creación al Creador.»   Igino Giordani, La divina avventura, Città Nuova, Roma, 1993, pp.47-64.