Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Junio 2002

El comportamiento de Jesús es tan nuevo con respecto a la mentalidad corriente, que muchas veces escandalizaba a las personas de bien. Como esa vez que llamó a Mateo a seguirlo y fue a almorzar a su casa. Mateo era un recaudador de impuestos. Por su profesión no era querido por la gente, es más, era considerado un pecador público, un enemigo al servicio del Imperio Romano.
Los fariseos se preguntaban porqué Jesús se sentaba a comer con un pecador: ¿no era mejor mantenerse a distancia de cierta gente? Esta pregunta le da pié a Jesús para explicar que él quiere encontrarse justamente con los pecadores, como un medico con los enfermos. Y concluye diciéndoles que vayan a estudiar qué significa la palabra de Dios citada en el Antiguo Testamento por el profeta Oseas: “Porque yo quiero misericordia y no sacrificios” (Cf Os 6, 6).
¿Por qué Dios quiere, de nosotros, la misericordia? Porque nos quiere como él. Tenemos que asemejarnos a él como los hijos se asemejan al padre y a la madre. A lo largo de todo el Evangelio Jesús nos habla del amor del Padre tanto por los buenos como por los malos, por los justos como por los pecadores: por cada uno, sin hacer diferencias ni excluir a nadie. Si tiene preferencias, es por aquellos que parecen no merecer que se los ame, como en la parábola del hijo pródigo.
Jesús afirma: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36): ésta es la perfección (Mt 5, 48).

«Vayan y aprendan qué significa: Prefiero la misericordia al sacrificio»

Hoy también Jesús dirige esta invitación a cada uno de nosotros: “Vayan y aprendan…”. Pero, ¿adónde ir? ¿Quién nos podrá enseñar lo que quiere decir ser misericordiosos? Uno solo: justamente él, Jesús, que fue en busca de la oveja descarriada, que perdonó a quien lo había traicionado y crucificado, que dio su vida por nuestra salvación. Para aprender a ser misericordiosos como el Padre, perfectos como él, hay que mirar a Jesús, revelación plena del amor del Padre. El dijo: “El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

«Vayan y aprendan qué significa: Prefiero la misericordia al sacrificio»

¿Por qué la misericordia y no el sacrificio? Porque el amor es el valor absoluto que da sentido a todo el resto, incluso al culto, al sacrificio. En efecto el sacrificio más agradable a los ojos de Dios es el amor concreto por el prójimo, que en la misericordia encuentra su más alta expresión.
Misericordia que ayuda a ver siempre nuevas a las personas con las cuales vivimos cotidianamente en familia, en la escuela, el trabajo, sin detenernos a recordar sus defectos, sus errores; misericordia que nos permite no juzgar, sino perdonar las ofensas recibidas, e incluso olvidarlas.
Nuestro sacrificio no ha de consistir en hacer largas vigilias o ayunos, o dormir en el suelo, sino en dar cabida siempre en nuestro corazón a quien pasa a nuestro lado, sea bueno o malo.
Eso es justamente lo que hizo un señor que trabajaba en la recepción de un hospital. Su aldea había sido totalmente arrasada por sus “enemigos”. Una mañana vio llegar a un hombre con un pariente enfermo. Por el tono de voz comprendió enseguida que se trataba de uno de los del bando “enemigo” que, por miedo, trataba de ocultar su identidad para que no lo rechazaran. Entonces, sin pedirle los documentos, lo ayudó, aunque debía hacer un gran esfuerzo para vencer el odio que sentía por dentro desde hacía tanto tiempo. En los días siguientes tuvo ocasión de asistirlo en varias oportunidades. El último día el “enemigo” pasó por la caja a pagar y le dijo: “Tengo que confesarte algo que no sabes”. “Desde el primer día sé quién eres”, le contestó él. “Entonces, ¿por qué me has ayudado, si soy tu ‘enemigo’?”.
Como para él, también para nosotros la misericordia nace del amor que sabe sacrificarse por cualquier persona, a ejemplo de Jesús, que llegó al punto de dar la vida por todos.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Mayo 2002

El evangelista Mateo inicia su Evangelio recordando que ese Jesús, del cual está por relatar su historia, es el Dios-con-nosotros, el Emanuel, y la concluye con las palabras que citamos al comienzo, con las cuales Jesús promete que permanecerá siempre con nosotros, también después de haber vuelto al Cielo. Hasta el fin de los tiempos será el Dios-con-nosotros.
Jesús dirige estas palabras a los discípulos después de haberles confiado la misión de ir por todo el mundo llevando su mensaje. Era perfectamente consciente de que los enviaba como ovejas en medio de lobos y que habrían sufrido contrariedades y persecuciones. Por eso, justamente porque no quería dejarlos solos, en el momento en el cual está por ir les promete que ¡va a permanecer! Ya no lo verán con sus ojos, no sentirán más su voz, ya no podrán tocarlo, pero él estará presente en medio de ellos como antes, incluso más que antes. En efecto, si hasta entonces su presencia estaba localizada en un lugar determinado, en Cafarnaún, en el lago, en el monte o en Jerusalén, de ahora en adelante estará en cualquier parte que estén sus discípulos.
Jesús nos tenía presentes también a nosotros, que habríamos tenido que vivir sumergidos en la existencia compleja de cada día. Dado que era Amor encarnado, habrá pensado: quisiera estar siempre con los hombres, quisiera compartir con ellos cualquier preocupación, quisiera aconsejarlos, quisiera caminar con ellos por las calles, entrar en sus casas, renovar con mi presencia su alegría.
Por eso quiso permanecer con nosotros y hacernos sentir su cercanía, su fuerza, su amor.
El Evangelio de Lucas relata que, después de haberlo visto ascender al Cielo, los discípulos “volvieron a Jerusalén con alegría”. ¿Cómo era posible? Habían experimentado la realidad de sus palabras.
También nosotros seremos plenamente felices si creemos de verdad en la promesa de Jesús.

«Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo»

Estas palabras, las últimas que Jesús dirige a sus apóstoles, marcan el final de su vida terrenal y, al mismo tiempo, el comienzo de la vida de la Iglesia, en la cual está presente de diversas maneras: en la Eucaristía, en su Palabra, en los ministros (los obispos, los sacerdotes), en los pobres, en los pequeños, en los marginados…, en todos los prójimos.
A nosotros nos gusta subrayar una presencia particular de Jesús, la que él mismo, siempre en el Evangelio de Mateo, nos ha señalado: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Mediante esta presencia él quiere establecerse en cualquier lugar.
Si vivimos lo que él nos propone, especialmente su mandamiento nuevo, podemos probar esa presencia suya también fuera de los templos, en medio de la gente, en los lugares donde uno vive, por todas partes.
Lo que se nos pide es ese amor recíproco, de servicio, de comprensión, de participación en los dolores, en las preocupaciones y las alegrías de nuestros hermanos; ese amor que todo cubre, que todo perdona, típico del cristianismo.
Vivamos así, para que todos tengan la posibilidad de encontrarse con él ya en esta tierra.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida april 2002

Ver a Jesús es, en el Evangelio de Juan, de capital importancia. Es la prueba evidente de que verdaderamente Dios se ha hecho hombre. Ya en la primera página del Evangelio encontramos el testimonio apasionado del Apóstol: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria”.
Se siente cómo circula el grito de cuantos lo han visto, sobre todo después de la resurrección. Lo anuncian María de Magdala: “He visto al Señor”, y los apóstoles: “¡Hemos visto al Señor!”. También el discípulo que Jesús amaba: “vio y creyó”.

El apóstol Tomás era el único que no había visto al Señor resucitado, porque no estaba presente el día de Pascua, cuando se le apareció a los otros discípulos. Todos habían creído porque habían visto. También él –así dijo– habría creído si, como los otros, hubiese visto. Jesús le tomó la palabra y ocho días después de la resurrección se presentó ante él, para que también creyera. Al ver delante suyo a Jesús vivo Tomás estalló en esa profesión de fe que es la más profunda y la más completa nunca antes pronunciada en todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. Entonces Jesús le dijo: “Ahora crees, porque has visto”:

«¡Felices los que creen sin haber visto!»

También nosotros, como Tomás, querríamos ver a Jesús, especialmente cuando nos sentimos solos, en la prueba, bajo el peso de las dificultades… Nos podemos reconocer de alguna manera en esos griegos que se acercaron a Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Qué hermoso habría sido, nos decimos, si hubiéramos vivido en el tiempo de Jesús: habríamos podido verlo, tocarlo, escucharlo, hablar con él… Qué hermoso sería que pudiera aparecerse también a nosotros, como se le apareció a María de Magdala, a los doce, a los discípulos…

Dichosos, realmente, los que estaban con él. Lo dijo también Jesús en una bienaventuranza que nos transmite el Evangelio de Mateo y de Lucas: “Felices los ojos de ustedes, porque ven”. Sin embargo ante Tomás Jesús pronuncia otra bienaventuranza:

«¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús pensaba en nosotros que ya no podemos verlo con nuestros ojos, pero que no obstante podemos verlo con los ojos de la fe. Sin embargo, nuestra situación no es muy distinta a la del tiempo de Jesús. Tampoco entonces bastaba con verlo. Muchos, aún viéndolo, no le creyeron. Los ojos del cuerpo veían a un hombre, hacían falta otros ojos para ver en él al Hijo de Dios.

Por otra parte, ya muchos de los primeros cristianos tampoco habían podido ver a Jesús y vivían esa bienaventuranza que también hoy estamos llamados a vivir nosotros. Por ejemplo, en la primera carta de Pedro leemos: “Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación”.

Los primeros cristianos habían comprendido muy bien dónde nace la fe de la que Jesús hablaba a Tomás: del amor. Creer es descubrir que somos amados por Dios, es abrir el corazón a la gracia y dejarse invadir por su amor, es confiarse plenamente a ese amor respondiendo al amor con el amor. Si amas, Dios entra en ti y da testimonio de él mismo dentro de ti. El nos da un modo completamente nuevo de ver la realidad que nos rodea. La fe nos hace ver los acontecimientos con sus mismos ojos, nos hace descubrir el plan que tiene sobre nosotros, sobre los otros, sobre toda la creación.

«¡Felices los que creen sin haber visto!»

Quien nos da un ejemplo luminoso de este nuevo modo de ver las cosas con los ojos de la fe es Teresita del Niño Jesús. Una noche, a causa de la tuberculosis que la habría llevado a la muerte, tuvo un acceso de tos con sangre. Habría podido decir: “tuve un acceso de sangre”. En cambio dijo: “Ha llegado el Esposo”. Creyó aún sin ver. Creyó que, en ese dolor, Jesús venía a visitarla y la amaba: su Señor y su Dios.

La fe, como para Teresita del Niño Jesús, nos ayuda a ver todo con ojos nuevos. Así como ella tradujo este acontecimiento en “Dios me ama”, también nosotros podemos traducir cualquier otro acontecimiento de nuestra vida en “Dios me ama”, o bien: “Eres tú que vienes a visitarme”, o “Mi Señor y mi Dios”.

En el Cielo veremos a Dios tal como él es, pero ya desde ahora la fe abre el corazón a las realidades del Cielo y nos hace entrever todo con la luz del Cielo.

Chiara Lubich