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Ser serviciales

La llaman «la Regla de platino». Todos conocemos la grandeza de la Regla de Oro («haz al otro lo que querrías que te hicieran a ti») y precisamente de ella nace lo que puede considerarse una evolución incluso más universal: «esfuérzate por comprender qué querría el otro que le hicieran y actúa en consecuencia».
Quizá precisamente aquí podamos reconocer una de las formas más auténticas del amor: encontrarnos de igual a igual, cada uno con sus fortalezas y sus fragilidades, en una relación de reciprocidad y respeto, reconociendo el valor y la dignidad de cada vida incluso en los contextos más difíciles. Se trata de mirar con atención a quien tenemos al lado, sin ignorarlo.
«El verdadero amor al prójimo —afirma Chiara Lubich— no hace ningún mal» [1]. De hecho, si amamos, evitamos toda forma de mal, tanto hacia nosotros mismos como hacia nuestros hermanos y hermanas. El primer paso para amar al prójimo es, precisamente, no hacerle daño. Pero para llegar a amar plenamente es necesario ser creativos en el amor: el papa Francisco nos recordaba que no basta con no hacer el mal al prójimo, sino que es necesario elegir hacer el bien, aprovechando todas las ocasiones que se presentan.
Lo sabemos: ninguno de nosotros puede dar lo que no tiene, y solo reconociendo que todo, hemos sido amados en algún momento, podemos liberar plenamente nuestros dones hacia los demás.
¿Cómo vivir, entonces, esta Idea del Mes? Volvamos a poner el amor en el centro de nuestra vida. Amemos a los demás de manera concreta, con creatividad e imaginación y, sobre todo, con una escucha profunda, que viene «de dentro», del corazón.
Doris, una joven de Escocia, nos cuenta: «En nuestras visitas habituales a un refugio para personas sin hogar, entro en un mundo muy diferente del mío. Sé que no importa tanto lo que yo siento, sino amar. Un día, un hombre con una profunda tristeza en el rostro me confió que se sentía dispuesto a acabar con todo, que incluso quería morir. Simplemente me puse a escucharlo y después compartimos un bocadillo y un café. Y comprendí que escuchar y estar presente ya era una forma de demostrar amor. Cuando llegó el momento de irme, me abrazó con fuerza y me sonrió, diciéndome que lo que estábamos haciendo era muy importante, no solo para él, sino para todos los que estaban allí. Sentí la increíble fuerza del amor. Quizá no lo “salvé”, pero su gratitud me llenó de alegría, y eso, por sí solo, ya es algo muy poderoso».
[1]C. Lubich, Palabra de vida, septiembre de 1993, en Palabras de Vida/2 1991-2006) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 77.
Foto © Myriams fotos – Pixabay
LA IDEA DEL MES, es elaborada por el «Centro para el diálogo con personas de convicciones no religiosas» del Movimiento de los Focolares. Se trata de una iniciativa nacida en 2014 en Uruguay para compartir con amigos no creyentes los valores de la Palabra de Vida que es la frase de la Escritura que los miembros del Movimiento se esfuerzan por poner en práctica en su vida cotidiana. Actualmente LA IDEA DEL MES es traducida a 12 idiomas y se distribuye en más de 25 países, con adaptaciones del texto según las diferentes sensibilidades culturales. www. dialogue4unity.focolare.org
¿Se le puede ordenar a alguien que ame? Si entendemos el amor como un sentimiento, ¡evidentemente es imposible! Pero si más bien lo entendemos como un don de Dios, la cosa cambia.
En la Carta a los Romanos, de la que está tomada la Palabra de vida, Pablo describe precisamente la relación entre Ley y amor, y afirma que el amor es pleno cumplimiento de la Ley. Poco antes nos ha revelado de dónde proviene este amor: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8). Por su parte, la Primera Carta de Juan dice: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).
«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Nadie puede dar lo que no tiene. Lo había entendido bien Agustín cuando, dirigiéndose directamente a Dios, pedía: «Da lo que mandas y manda lo que quieras»[1]. Hemos recibido el don inestimable del amor de Dios y estamos llamados a no guardárnoslo, sino a ponerlo en circulación. Podemos convertirnos en sujetos en lugar de ser simples destinatarios del amor de Dios: pasar de amados a amantes, y así participar en la vida misma del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: el Amante, el Amado y el Amor.
[1] AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones, X, 29, 40: da quod iubes et iube quod vis.
No tenemos con nadie otra deuda que la del amor mutuo –nos reconforta Pablo–, pues quien ama al otro ha cumplido la Ley [2].
«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
«El verdadero amor al prójimo no causa ningún daño –afirma Chiara Lubich–. Es decir, nos lleva a vivir todos los mandamientos de Dios sin exclusión, ya que el primer objetivo que tienen es llevarnos a evitar todas las formas del mal en que podríamos caer, ya sea contra nosotros mismos o contra nuestros hermanos y hermanas»[3].
Así entendidos, los mandamientos de la Ley se convierten en un don del amor de Dios más que en una obligación: no constriñen nuestro amor sino que lo liberan plenamente.
«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Para alcanzar este «pleno cumplimiento», el primer paso en el amar al prójimo es no hacerle daño. Pero además hace falta ser creativos en el
Septiembre 2026
amor: «No basta con no hacer daño al prójimo –nos recordaba el papa Francisco–; es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús»[4].
¿Cómo vivir entonces esta Palabra de Vida? Volvamos a poner el amor en el centro de nuestra vida. Amemos a los demás concretamente, como los amaría Jesús: Él es la plenitud del amor que se dona completamente a Dios y a la humanidad. De Él podemos aprender la alta medida del amor.
«La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud».
Doris, una chica escocesa, nos cuenta: «En nuestras visitas habituales a un refugio para personas sin hogar, entro en un mundo muy distinto del mío. Sé que lo que cuenta no es tanto lo que siento, sino amar. Un día, un hombre que reflejaba una profunda tristeza me confesó que estaba dispuesto a terminar con todo, que quería incluso morir. Me puse simplemente a escucharlo; luego nos tomamos juntos un bocadillo y un café. Y entendí que escuchar y estar presente era ya un modo de demostrar amor. Cuando llegó el momento de irme, me dio un fuerte abrazo, me sonrió y me dijo que lo que estábamos haciendo era muy importante, no solo para él, sino para todos los que estaban allí. Sentí la fuerza increíble del amor. Quizá no lo haya “salvado”, pero su gratitud me llenó de alegría, y esto, ya de por sí, es muy potente».
Claudio Cianfaglioni y el equipo de la Palabra de Vida
[1] AGUSTÍN DE HIPONA, Confesiones, X, 29, 40: da quod iubes et iube quod vis.
[2] Cf. Rm 13, 8.
[3] C. LUBICH, Palabra de vida de septiembre de 1993: Palabras de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), Ciudad Nueva, Madrid 2026, p. 77.
[4] FRANCISCO, Audiencia general, 3-1-2018: El encuentro con el Resucitado. Catequesis sobre la santa misa, Ciudad Nueva, Madrid 2018, p. 48.
Foto © Stephen-Han – Unsplash
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