En los momentos de la vida en los que nos sentimos desanimados ante el futuro o decepcionados por las personas más cercanas, puede ocurrir algo repentino e inesperado, capaz de dar sentido a todo y transformar ese desencanto en alegría e incluso en una nueva paz dentro y fuera de nosotros.
A veces se trata de una experiencia tan personal y profunda que nos da el valor de salir de nosotros mismos y compartir con los demás el motivo de nuestra alegría, casi como para animar a todos a revivirla, no solo individualmente sino también como grupo. Quién sabe si esto no puede convertirse en nuestra misión: llevar la alegría que es fruto de una transformación interior y que, a su vez, transforma nuestro entorno, renovándolo.
Sin embargo, frente al impulso inicial, a esa sensación de poder «conquistar el mundo», la realidad es difícil de afrontar y los compromisos se vuelven difíciles de mantener. ¿Dónde encontrar la fuerza para no rendirse y ser siempre portadores de alegría y paz? ¿Cómo no dejarse vencer cuando a nuestro alrededor parece que la humanidad ha fracasado como tal?
Puede ayudar tener una mirada diferente sobre las situaciones, lo que significa buscar todo lo positivo que hay en las circunstancias, sin ingenuidad, pero yendo más allá de las apariencias y encontrando la fuerza para no desanimarnos. Descubriremos que si cambiamos la forma en que miramos las cosas, las cosas que miramos, cambian. Se trata de comprometerse en una lucha diaria por el ideal de un mundo renovado.
Podemos encontrar la fuerza uniéndonos a aquellas personas que, como nosotros, no se resignan al statu quo, sino que se unen para ser instrumentos de cambio.
Especialmente en este momento histórico, es fundamental mirar ante todo dentro de nosotros mismos, escuchar nuestra conciencia, que en todo momento nos sugerirá cómo actuar o qué palabras compartir, para que el acercarnos a los demás, compartiendo sus aspiraciones, abra nuevos caminos de renovación de la sociedad.
La noche es símbolo de las tinieblas, de lo desconocido, de la ausencia de esa luz que no logramos encontrar si no tenemos una lámpara y un compañero de viaje en el camino. La noche es la que envuelve a nuestro planeta, herido y violentado por luchas fratricidas, por guerras que siguen organizándose por la codicia de poder y de dinero. La noche es también la que viven millones de personas que ya no tienen voz para gritar contra las injusticias y los abusos. ¿Y nosotros? ¿Cómo seguir creyendo en ese mundo renovado que no se manifiesta según nuestras expectativas? ¿Cómo reconocer los signos de lo bueno que hay en las relaciones de cada día? Son preguntas a las que no siempre sabemos dar una respuesta, pero que nos impulsan a buscar un compañero de viaje que a menudo no vemos, a reconocer la necesidad universal de una espiritualidad que es propia del ser humano y que puede hacerse presente si entre nosotros se vive el amor recíproco. A veces son breves destellos de luz, que brillan de las maneras más inesperadas, incluso a través de las redes sociales, los que iluminan la noche. Como la historia de Chiara Badano y Sara Cornelio, dos amigas a través del tiempo. Sara, nacida en 1998, siendo todavía casi una niña “conoce” a Chiara, fallecida a los 19 años en 1990, a través de los muchos encuentros que cuentan su extraordinaria historia de vida. La descubre como amiga, compañera de sueños, confidente y presencia fuerte. Sara es una joven que vive, canta, baila, estudia, tiene amigos, crece, fascina. Al mismo tiempo, vive la cotidianeidad de una enfermedad congénita que —no solo figuradamente— “le quita el aliento”. Vive con la certeza de que “Todo lo vence el Amor” (el tema de su trabajo final de bachillerato); vive el don de un trasplante de pulmón y se convierte ella misma en don, que dará testimonio con libros, encuentros en escuelas, piezas musicales y cortometrajes, un blog y una representación teatral. Vive su estupenda familia, el enamoramiento y el amor. Su muerte en 2022, con apenas 24 años, deja desconcertados y más solos a todos aquellos que la quisieron, incluso simplemente al haberla encontrado en Facebook. En su intenso paso por esta tierra, Sara tiene en Chiara una amiga siempre cercanaque acompaña, anima y sostiene y que se “revela” en los momentos y en las ocasiones más impensables: una amiga que sabe “estar al lado” tanto en la alegría cristalina como en el dolor y en la soledad de un hospital o de una unidad de cuidados intensivos. En los últimos momentos, de soledad y debilidad, la presencia de Chiara se vuelve misteriosamente silenciosa, casi esquiva, pero precisamente por eso más auténtica y destinada a ser una amistad “para siempre”. Chiara y Sara: únicas, como cada historia es única.
«Solo quien cae puede levantarse», dice un proverbio. Un ejemplo que transmite al mismo tiempo ternura y valentía es el de los niños en las primeras etapas de su desarrollo. ¡Cuánta fuerza de voluntad en esos primeros pasos inseguros, al levantarse cada vez con determinación, hasta ganar confianza y comenzar con movimientos cada vez más seguros… ¡el camino de la vida!
A medida que uno crece, entre retos y dificultades, levantarse cada vez se vuelve más difícil. Las pruebas de la vida nos pesan, el miedo a perder nuestras seguridades (en el encuentro con quien es diferente o no piensa como nosotros) nos frena. No siempre basta la fuerza de voluntad ni siquiera el deseo sincero de ser coherentes con los valores y las elecciones. En estos momentos difíciles, poder contar con una mano amiga puede darnos el impulso para recomenzar sin miedo y hacer, en lo más profundo de la conciencia, un silencio auténtico capaz de “reconstruirnos” interiormente.
Dice Chiara Lubich: «¿Quién no pasa por la prueba? Esta asume el cariz del fracaso, de la pobreza, de la depresión, de la duda, de la tentación […]. Da miedo también la sociedad materialista e individualista que nos rodea, con las guerras, las violencias, las injusticias…». Chiara lo mostró con su propia vida: es precisamente en esos momentos de oscuridad y de fatiga cuando es más importante encontrar la fuerza para “recomenzar”, ante todo dentro de nosotros mismos, con la confianza de que “aún puedes esperarlo todo”[1].
Es lo que le sucedió a Emilia de Tierra Santa. Trabaja como directora de un sector del Gobierno junto con judíos, cristianos, musulmanes y drusos. Después del 7 de octubre de 2023 comprende que el amor es la única respuesta posible a ese gran dolor y se compromete a amar a todos los que la rodean, sobre todo a través de la escucha, para poder acoger al otro en su corazón. Escuchar con amor y humildad, y comprender lo que el otro tiene que decir, sea árabe o judío. Así, con una gran parte de sus compañeros, han llegado a estar tan abiertos recíprocamente que pueden hablar libremente de la situación, y esto ha dado valor a otros colegas para expresar sus miedos y dolores, manteniendo el grupo unido y permaneciendo en la paz[2].
Son muchas las historias de comunidades heridas que no se rinden, que encuentran día tras día, viviendo la reciprocidad de compartirlo todo, la fuerza para creer que el odio no puede tener la última palabra.
Aunque no seamos nosotros quienes veamos los frutos de nuestro compromiso, cada vez que nos levantemos contribuiremos a formar “hombres nuevos”, porque —como decía Bonhoeffer desde la cárcel poco antes de morir—: «Para quien es responsable, la pregunta última no es cómo salgo adelante heroicamente en este asunto, sino: ¿cuál podrá ser la vida de la generación que viene?».
Desde tiempos remotos, la humanidad cultiva el deseo de conocer el futuro, a través de ritos mágicos o de la interpretación de los signos de la naturaleza. Algunas de las más grandes obras de la Antigüedad de las diversas culturas y religiones están marcadas por esta tensión. A menudo nacen en los períodos históricos de mayor sufrimiento de un pueblo.
Pero ¿es realmente útil saber qué sucederá? ¿Qué nos ofrece el conocer de antemano los acontecimientos que viviremos, o la manera en que los viviremos? Ninguna de las tradiciones legendarias lo revela plenamente y, más a menudo, el simbolismo oculta una búsqueda muy concreta y la espera de un mañana mejor que dé sentido a los sufrimientos de hoy.
Podría decirse que, cuando las cosas van bien, el futuro no nos preocupa; mientras que cuando van mal, nos sostiene y nos anima la esperanza de que mañana puedan cambiar para mejor. Es la necesidad profunda de esperar un mundo nuevo, diferente, no solo para mí, sino para todos.
El mundo de hoy expresa un “grito” que concierne a toda la humanidad. Aunque no nos afecte directamente, basta con mirar los informativos o hojear los periódicos para darnos cuenta de tragedias de todo tipo. ¿Cómo las vivimos nosotros? ¿Nos acostumbramos y tratamos de sobrevivir o por el contrario, nos dejamos interpelar por el futuro y actuamos en consecuencia? El mundo que imaginamos, ciertamente, aún no existe; y, sin embargo, como recordaba George Orwell, es posible. Pero ¿cuál, entre los posibles mundos? ¿Qué podemos hacer nosotros? Una respuesta la encontramos en el pensamiento de Albert Camus: «La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo al presente» [1]
El futuro, por tanto, no es solo algo que hay que esperar, sino que puede prepararse y, en cierto modo, anticiparse ya desde ahora. Depende de nuestra actitud y de nuestras acciones cotidianas. No sabemos cuándo veremos los frutos del cambio: es como una semilla silenciosa que crece sin que nos demos cuenta y que, con el tiempo, se convierte en una planta capaz de nutrir, proteger y generar vida a su alrededor.
La sorpresa es que no podemos imaginar las consecuencias: la novedad está garantizada. Será un futuro imprevisible, nacido de relaciones transformadas, de sentimientos compartidos y de una solidaridad que se hace acción.
Para convertirse en motor de cambio y de renovación de la sociedad se necesita valentía, dejarse interpelar por quien sufre, por quien está solo, por quien necesita nuestra ayuda o nuestro consejo. No estaremos exentos de dificultades y de luchas interiores, pero tampoco faltarán momentos de alegría y de auténtica plenitud.
Recientemente, en Florencia, tuvo lugar un evento para sensibilizar e implicar a los participantes en una caravana de fraternidad: una ocasión para reflexionar y compartir experiencias sobre cómo construir un futuro de paz desde distintos ámbitos: económico, sindical, reconversión industrial, ecológico, etc. Una acción que se quiere extender como una mancha de aceite a otras ciudades y países.
¡Ánimo! Seamos actores y no espectadores para que el futuro sea un presente de fraternidad, concordia y paz.
El mundo de hoy padece una falta de unidad. Se ve en las divisiones en el ámbito familiar, entre vecinos, entre iglesias y comunidades, por citar algunos ejemplos. Parece que la polarización prevalece sobre el entendimiento. Es consecuencia del individualismo que toma la delantera y empuja a decidir y actuar por cuenta propia, buscando el propio interés o prestigio personal, menospreciando a los demás, sus necesidades y sus derechos.
Y, aun así, es posible experimentar la unidad. Es un camino que empieza siempre por lo pequeño, por un sí interior: sí a acoger, sí a perdonar, sí a vivir para el otro. No se trata de grandes proyectos, sino de pequeñas fidelidades que, con el tiempo, transforman una vida, una comunidad, todo un ambiente. Y cuando esto ocurre, nos damos cuenta de que la fraternidad deja de ser un ideal y se convierte en una realidad visible y en esperanza para todos.
Martin Buber considera que la unidad es relación. Es el espacio del encuentro, el que existe entre el Tú y el Yo, un lugar sagrado en el que las diferencias no desaparecen, sino que se reconocen mutuamente. Para él, la unidad nace cuando dos realidades se dejan tocar, y no cuando una se impone sobre la otra. Este “entre” puede entenderse como un espacio que acoge la diversidad y que, precisamente por ello, se convierte en fuente de comunión. Por eso, para Buber, Toda verdadera vida es encuentro. (Ich und Du, 1923)
Así pues, en el otro —ya sea un amigo, un familiar o cualquier persona que encontramos en nuestro camino— descubrimos la gran “oportunidad de la relación”. En particular, el otro “nos salva” cuando una situación difícil parece aprisionarnos en nuestros miedos, permitiéndonos ir más allá de nosotros mismos. Vivir para estar unidos significa caminar juntos a pesar de las diferencias, transformándolas en un tesoro y no en un obstáculo. Es una invitación a pasar de la simple convivencia al encuentro, donde lo que pertenece a cada uno, en la reciprocidad, se vuelve nuevo porque es compartido y puesto en relación. La unidad, entendida así, no es la suma de los dos, ni tampoco fragilidad: es fuerza que genera esperanza de que todavía haya un mañana. La diversidad ya no es desunidad sino que se convierte en riqueza mútua. Es sentir que lo que sucede en el otro también resuena en mí. La unión no consiste en la igualdad, sino en la armonía, nos recuerda Rabindranath Tagore.
Que este mes podamos experimentar la alegría, la luz, la vida, la paz y la esperanza que nacen de la unidad vivida.
LA IDEA DEL MES, está elaborada por el «Centro para el diálogo con personas de convicciones no religiosas» del Movimiento de los Focolares. Se trata de una iniciativa nacida en 2014 en Uruguay para compartir con amigos no creyentes los valores de la Palabra de Vida, que es la frase de la Escritura que las personas del Movimiento se esfuerzan por poner en práctica en su vida cotidiana. Actualmente LA IDEA DEL MES se traduce a 12 idiomas y se distribuye en más de 25 países, con adaptaciones del texto según las diferentes sensibilidades culturales. dialogue4unity.focolare.org
Ante los desafíos globales, los escenarios trágicos que afectan al planeta y las noticias que nos llegan, parece que todo se conjure para quitarnos el aliento, oscureciendo el horizonte. La esperanza aparece como un bien frágil, casi un espejismo. Por eso parece natural hacerse esta pregunta: ¿podemos todavía esperar un futuro mejor para la humanidad, o estamos condenados a la resignación?
En esta circunstancia puede ayudarnos lo que piensa el filósofo alemán Ernst Bloch (1885-1977): “la esperanza no es una ilusión pasiva, sino un ‘sueño hacia adelante’, un principio activo que anticipa aquello que todavía no se ha dado. Está vinculada a la idea de que el futuro está abierto y es moldeable, no predeterminado” [1].
Es así como cada uno de nosotros “puede seguir esperando”, como quien sueña despierto. Si sabemos mirar con atención, podemos vislumbrar el alba de un nuevo despertar que ya está presente. Lo vemos en la pasión educativa de una maestra, en la honestidad de un emprendedor, en la rectitud de quien administra con integridad, en la fidelidad de una pareja, en el abrazo de un niño, en el cuidado de una enfermera, en la paciencia de una abuela, en el coraje de quien resiste pacíficamente a la violencia, en la acogida de una comunidad.
Más aún nos habla de esperanza el testimonio de los niños en los lugares de guerra, donde encuentran espacios protegidos en los que custodiar el futuro. Así lo muestran los dibujos realizados por las niñas y los niños que participan en los programas de apoyo psicosocial de SavetheChildren. Entre lápices y colores emergen sueños de convertirse en médicos, escritores o diseñadores de moda… Estos lugares seguros donde se reúnen les ofrecen un entorno donde jugar, expresarse e imaginar un futuro más allá del conflicto. Los trabajos fueron difundidos con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, el pasado 10 de octubre de 2025, y testimonian la resiliencia de los más pequeños frente a la guerra[2].
Y no menos importante, encontramos esperanza en millones de personas en todo el mundo — niños, jóvenes, adultos y ancianos— que, golpeados por enfermedades graves, afrontan con fuerza, tenacidad y resiliencia el desafío de superar este obstáculo que la vida ha puesto en su camino. ¡Cuánta valentía y cuánta lección de amor por la vida nos ofrecen estas personas!
Estos signos, pequeños y cotidianos, nos recuerdan que la esperanza no es una ilusión, sino una fuerza real, fruto del amor que se irradia y que es capaz de transformar la sociedad paso a paso.
Todos tienen sed de esperanza, tanto los que están cerca de nosotros como los que están lejos (física, existencial o culturalmente). Esta idea nos invita a no quedarnos quietos, sino a dar un paso para llevar esperanza a quienes la necesitan y han perdido el sentido de la vida. Acerquémonos con un gesto de atención, haciéndonos prójimos, llevando nuestro amor con delicadeza y gratuidad. Son muchos los que lo esperan, y estamos llamados a alcanzarlos a todos. Como escribe el poeta congoleño Henri Boukoulou: «[…] ¡Oh, divina esperanza! He aquí que, en el sollozo desesperado del viento, se trazan las primeras frases del más bello poema de amor. Y mañana… ¡es la esperanza!» [3].
LA IDEA DEL MES, es elaborada por el «Centro para el diálogo con personas de convicciones no religiosas» del Movimiento de los Focolares. Se trata de una iniciativa nacida en 2014 en Uruguay para compartir con amigos no creyentes los valores de la Palabra de Vida que es la frase de la Escritura que los miembros del Movimiento se esfuerzan por poner en práctica en su vida cotidiana. Actualmente LA IDEA DEL MES es traducida a 12 idiomas y se distribuye en más de 25 países, con adaptaciones del texto según las diferentes sensibilidades culturales. www. dialogue4unity.focolare.org