Movimiento de los Focolares

«El Resucitado»: una confirmación de la fe

Nov 29, 2002

di Chiara Lubich

Quisiera comunicar una idea, una intuición, quizás una luz que he recibido hace un tiempo. Se podría denominar: “Confirmación de la fe”. Una circunstancia providencial me ha llevado a profundizar la realidad de Jesús que, después del abandono y de la muerte en la cruz, ha resucitado. No sólo: he tenido la ocasión de meditar intensamente, con la mente y con el corazón, muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de las resurrección. Y me he quedado estupefacta (es la palabra exacta) por la majestuosidad, la grandiosidad que emanaba de este acontecimiento divino: por la unicidad del Resucitado, por este hecho sobrenatural que, por lo que sé, es único en el mundo. Por lo tanto no puedo detenerme a ponerlo de relieve. La resurrección de Jesús es lo que principalmente caracteriza el cristianismo, lo que distingue a su Fundador, Jesús. El hecho es que ha resucitado, �Resucitado de la muerte! Pero no del mismo modo que los otros resucitados, como Lázaro por ejemplo, que después, llegado el momento, murió. Jesús ha resucitado para no morir más, para seguir viviendo, también como hombre, en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad. �Y lo han visto 500 personas! Y ciertamente no era un fantasma. Era Él, precisamente Él: «Trae aquí tu dedo, aquí están mis manos; extiende tu mano, y métela en mi costado» (Jn. 20,27), dijo a Tomás. Y comió con los suyos y les habló y se quedó con ellos durante 40 días. Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros y se había hecho pequeño, como uno de nosotros, hombre entre los hombres, tan pequeños que desde un avión no se pueden ni siquiera ver. Pero, como resucitó, rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, del cosmos entero, y se mostró, con ello, más grande que todo lo que existe, que todo lo que había creado, que todo lo que se puede pensar. De modo que también nosotros, sólo con intuir esta verdad, no podamos no verlo como Dios, no podamos no hacer como Tomás y, arrodillándonos delante de Él, en adoración, confesar y decirle con el corazón en la mano: “Señor mío y Dios mío”. Aunque si nunca lo sabré describir bien, es éste el efecto que ha hecho en mí la luz del Resucitado. Ciertamente, lo sabía, seguramente lo creía, �y cómo! Pero aquí he visto. Aquí mi fe se ha convertido en claridad, certeza, razonable, diría. Y he visto con otros ojos lo que ha hecho en aquellos nuevos, fabulosos, días sobre la tierra. Después de que el ángel bajó del Cielo, apartó la piedra de su sepulcro y lo anunció, he aquí el Resucitado que se el aparece primero a la Magdalena, antes pecadora, porque Él se había hecho carne por los pecadores. Lo vemos en el camino de Emaús, grande e inmenso como era, convirtiéndose en el primer exegeta que explica a los dos discípulos la Escritura. Lo vemos como fundador de su Iglesia, que exhala su aliento sobre sus discípulos, para darles el Espíritu Santo; lo vemos decirle palabras extraordinarias a Pedro, a quien pone como jefe de su Iglesia. Lo vemos mandar a los discípulos al mundo a anunciar el Evangelio, el nuevo Reino por Él fundado, en nombre de la Santísima Trinidad desde donde había descendido y a donde regresaría con la ascensión, en cuerpo y alma. Todas cosas que conocía, pero que ahora eran nuevas por ser absolutamente verdaderas para la fe y para la razón. Y porque Resucitado, también las palabras que había dicho anteriormente, antes de la muerte, adquirían una luminosidad única, expresaban verdades irrefutables. Y entre todas en primer lugar aquellas en las que anuncia también nuestra resurrección. Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos. Entonces puedo decir a mis muchos, a nuestros muchos amigos que han ido al Más Allá y, que tal vez, nosotros inconscientemente pensábamos perdidos, no tanto: adiós, sino HASTA PRONTO, HASTA PRONTO para no dejarnos nunca más. Porque hasta aquí llega el amor de Dios por nosotros. No sé si he logrado expresar, al menos en parte, la gracia que he recibido: una confirmación de la fe. Que el Señor haga de modo que la haya podido comunicar.  

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