20160127-02Todo comenzó en 2002 cuando la comunidad local del Movimiento de los Focolares conoció a Mustapha Baztami, Imam de la comunidad de Teramo, un hombre de Dios impresionado por la espiritualidad de la unidad al punto que se convirtió en un infatigable difusor de la misma.

Desde aquel encuentro siguieron muchos momentos en común con aclaraciones y reflexiones, como por ejemplo, la familia vista por el Corán y la Biblia, para pasar luego a compartir comidas y distintos sabores y ver colores y perfumes variados que se mezclan, así como también las personas que los prueban.

Pero el verdadero desafío es el de lograr hacer juntos – musulmanes y cristianos – la experiencia de la fraternidad.

Un día, su esposa sufrió un gravísimo accidente. Las prolongadas hospitalizaciones, también en otras ciudades de Italia, permitieron que la comunidad focolarina se estrechara fuertemente en torno a ellos, tal como sucede entre hermanos. Es como una competencia de amor entre el que da y el que recibe, y que se convierte en humus fértil para llegar a otras iniciativas como la de inventar un concurso literario, “Distintos… pero uno”, que ya desde hace quince años los lleva a trabajar codo a codo en un compromiso semanal que dura todo el año.

«El ser hijos de Dios es lo que nos une – afirma Donato de los Focolares-. Es esto lo que nos da la libertad de tomar el micrófono y contar la propia historia, o simplemente sonreír por un chiste, o dejar caer alguna lágrima sin pasar vergüenza por ello». «Los ojos de ustedes me miran sin prejuicios», declara una mujer musulmana.

Los efectos de este diálogo no pasan desapercibidos en la zona. Una asociación católica invita a Mustapha y a Donato a intervenir en un seminario islamo-cristiano. Todo transcurre de la mejor manera, pero las posiciones de algunos de los participantes del seminario sobre el concepto de la mujer en el Islam, crean fuertes tensiones en la sala. Entonces, Mustapha y Donato deciden intervenir contando que la amistad entre ellos está fundada en la recíproca voluntad de amarse más allá de la cultura y de la religión. Ellos dicen que buscan lo que los une más que aquello que los podría dividir. «Mi vida ha cambiado profundamente – afirma Mustapha- desde que conocí a Chiara Lubich, mujer cristiana, de piel blanca y occidental. Ella me enseñó a amar a todos y a ser el primero en hacerlo». Desde ese momento el seminario tomó otro cariz. Uno de los organizadores lo va a abrazar diciéndole: «Hermano, comprendí que el razonamiento del hombre no vale nada ante el amor».

Llega el verano y las dos comunidades juntas con sus familias completas quieren irse de excursión a la montaña. Apenas llegan a la meta, los hombres musulmanes descargan sémola, carne, hortalizas, especias, ollas y cubiertos, y las mujeres toman el lugar en la cocina de la casa del párroco. Pero los cristianos no se quedan atrás: hacen pan casero, preparan aceitunas rellenas a la “ascolana”, gallinita en gelatina. En la normalidad de una jornada entre amigos, cada momento tiene su lugar: el juego de los niños, el intercambio espiritual, el té, el cus-cus, las degustaciones, el paseo. No hay nada programado, pero cada momento es precioso para continuar fortaleciendo una amistad que poco a poco se vuelve más profunda. Al día siguiente, Mustapha manda un mensaje: «…pedimos al Altísimo que continúe iluminando nuestro recorrido común». Y cuando el obispo debe transmitir a la autoridad de policía los datos sobre cómo están las relaciones de su diócesis con la comunidad islámica, relata esta experiencia de verdadero diálogo.

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