Movimiento de los Focolares

Todos los puentes del Genfest

May 21, 2018

Logo Genfest“Let’s bridge” fue el título de la edición 2012, que tuvo lugar en Budapest: una invitación a superar los conflictos, a vincular y unir a las generaciones y a los pueblos. Pero también a reencontrar la unidad dentro de sí mismos. El relato de Marta, una chica italiana, quien entonces tenía dieciséis años, y estaba entre los doce mil participantes.

«Fui a Budapest por sugerencia de mi tía. Nuevamente confié en ella, una persona especial, abierta y bien dispuesta, que siempre estuvo cerca de mí en esos años difíciles. Todo empezó en el primer año del liceo. La escuela era difícil, había entrado en una nueva fase, con los primeros problemas de la adolescencia, los amigos que tomaban otros caminos, incomprensiones en la familia, una transformación que quizás ocurrió demasiado de prisa. Había conocido a un chico, era mi único amigo verdadero.  Sentí que en mi interior crecía un abismo de angustia. Siempre estaba sola, con excepción de algunos momentos en los que alguno, sin hacer preguntas, acogía mis silencios y compartía algo de ese dolor. Al concluir la escuela las amistades disminuyeron y aumentaron los conflictos en la familia. Yo adelgazaba. Tenía un problema emocional y con la alimentación que trataba de esconderle a todos, y que con el tiempo se estaba convirtiendo en una auténtica patología. Me estaba quitando la alegría de vivir, los colores, el amor, la luz. Estaba encerrada en mí misma y permanecía en una soledad que me había impuesto a mí misma. Fue en ese momento que mi tía, de la comunidad de los Focolares, me propuso que fuéramos juntas a Loppiano, la ciudadela de ellos en Toscana. Pensé: “Tres días quién sabe dónde, sin estudiar, sin escuela, lejos de mi realidad, tan cerrada. Tres días en los que sólo tengo que pensar en cómo esconder la comida. ¡Intentémoslo!”. Fue casi una caricia después de meses de aridez. Por doquier había personas que me acogían y abrazaban con respeto y delicadeza. Una de ellas, después de escucharme, me habló de Chiara Lubich. Me di cuenta de que me había olvidado de mí misma, de mis problemas, y sobre todo del tema de la comida. ¡Era libre! Durante el viaje de regreso, pensé en que me gustaría vivir siempre así, como en una gran familia. Pero volver a la cotidianidad no fue para nada fácil, me di cuenta  de que estaba queriendo recaer. Y así sucedió. Con la cabeza siempre metida en los libros, y la mente lista para hacer programas y cálculos y engaños para que todos cayeran. Mi peso disminuía, mi familia no me reconocía. Pero había alguien que estaba rezando por mí, lo sabía. Empecé a ir a la misa los domingos, en parte con la excusa de salir a caminar, en parte para alejarme de casa. Siempre había sido creyente, pero sólo entonces empecé a creer que Jesús me podía comprender y acoger sin prejuicios. Durante el segundo y tercer año del colegio la situación empeoró todavía más. Cada vez era más intolerante con mis padres y con los demás. La terapia psicológica que había empezado no estaba dando el resultado esperado. Hábilmente lograba tejer muchos engaños que me llevaban cada vez más fuera del camino. El único período de distracción era el verano, lejos de la casa, con los amigos. Pero el verano era breve, y no podía estar bien sólo un mes al año. Al final de ese verano mi tía me hizo una nueva propuesta: Budapest, el Genfest 2012. Acepté, y partí con otros cinco chicos, entre los cuales estaba una compañera de clase. Para mí fue una emoción continua; miles de chicos daban voz a una sola alma. Un auténtico puente, no sólo entre naciones y culturas, sino también entre mí misma y la nueva vida que me esperaba. Tenía delante una mar de chicos, doce mil, dispuestos a compartir conmigo el inicio de una nueva vida. El “flashmob” con los pañuelos, en los que habíamos escrito mensajes, el intercambio con tantos chicos de otros países, en las filas para buscar la comida, la marcha de la fraternidad; me sentía parte de una unidad. Habría podido ir dondequiera y dondequiera me habría sentido en casa. Una vez que regresamos, con mi compañera de clase, nos pusimos en contacto con la comunidad de los Focolares en nuestra ciudad. El camino que quería recorrer era el de Jesús. No todo era fácil. Mi problema con la comida tenía raíces profundas, y las preocupaciones de mi familia no se habían terminado. Pero sentía que era portadora de una nueva luz. Viviendo una a una las palabras del Evangelio, poco a poco retomé las riendas de mi vida. Al donarme a los demás con todo mi ser descubrí que Dios me ama inmensamente y tiene un gran proyecto para mí».  

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