2 Nov 2011 | Focolare Worldwide
Su impresión al término de estos días en Asís y en Roma.
Una impresión muy positiva. Mi pensamiento va sobre todo a Juan Pablo II y a Chiara Lubich por su amplia perspectiva en el campo del diálogo. Ellos entendieron que valía la pena invertir en personas y estructuras para llevar adelante el discurso del diálogo. Me refiero, en especial a los organismos que trabajan en esto: los distintos Consejos Pontificios (para la Unidad de los cristianos, para el Diálogo Interreligioso, para la Cultura, para la Justicia y la Paz, y dentro de la Iglesia) y a los Centros que se ocupan de los varios diálogos en el seno de nuestro Movimiento. Se pusieron de relieve todas las relaciones que se han construido en estos años. Ésta me parece que es la novedad con respecto a los encuentros realizados en el pasado. En estos años cada uno ha hecho mucho, aunque allí podía parecer poco, con respecto al resultado obtenido. En síntesis, me parece que llegamos al punto donde existen auténticas relaciones de amor recíproco. Algunos pequeños hechos significativos que todos hemos notado. Cuando al Patriarca Bartolomé se le cayó el librito, el Primado de la Iglesia de Inglaterra, el Dr. Rowan Williams,se inclinó a recogerlo: el Papa a menudo sonreía y se dirigía a uno y al otro. Perecen pequeñas cosas, pero son actos que todos notan y dan testimonio. Después, la presencia de personas de otras convicciones no religiosas. Ésta es realmente una novedad de sustancial importancia, sobre todo por la forma como la presentó el Papa en el sentido de búsqueda de la verdad común. Subrayó que la verdad nos trasciende a todos y que nadie puede decir que la posee completamente. Fue muy bello como él lo presentó. Ésta es claramente una novedad. Asís 2011 no ha sido sólo un encuentro de fraternidad y paz, para construir algo bello, ha sido también un elevarse en una búsqueda que va más allá de esto. Junto a Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Edigio y a Julián Carrón, actual responsable de Comunión y Liberación, fueron invitados a viajar en el tren del Papa con las delegaciones oficiales. ¿Es un reconocimiento significativo para los Movimientos y, en especial, de los laicos en el diálogo? Muchos cardenales y obispos vinieron a agradecerme por las relaciones delicadas y discretas que construimos con las personas de las distintas religiones. Era, por lo tanto, un reconocimiento por lo que nuestro Movimiento y los Movimientos en general hacen en el campo del diálogo. Sentí un gran aprecio también por la forma como los laicos conocen las situaciones concretas y los distintos contextos y tradiciones de las religiones y de los creyentes. Los laicos viven más fácilmente el contacto cotidiano con quienes siguen otros credos, y por lo tanto conocen aspectos vitales y tradicionales. Esto puede ayudar también a la Iglesia institucional a moverse en las relaciones con los fieles de otras religiones. No todos pueden conocer a todos y todo. Un ejemplo. Me encontré durante el almuerzo con un representante de la delegación sikhs, que no tenía ningún reparo de decir a todos que conoce el focolar y participa en los encuentros que promueve. Y como él, muchos otros. Las relaciones que los Movimientos han construido con estos líderes religiosos se ponían en evidencia de forma espontánea. Me parece que la jerarquía de la Iglesia quedó muy contenta y agradecida. A cargo del enviado Roberto Catalano
1 Nov 2011 | Palabra de vida, Sin categorizar
«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Con estas palabras Jesús nos recuerda sobre todo que Él vendrá. Nuestra vida en la tierra se terminará y empezará una vida nueva que ya no tendrá fin. Hoy nadie quiere hablar de la muerte… A veces hacemos lo que sea para distraernos, nos metemos de lleno en las ocupaciones cotidianas y llegamos a olvidar a Aquel que nos ha dado la vida y que nos la volverá a pedir para introducirnos en la plenitud de la vida, en la comunión con su Padre, en el Paraíso. ¿Estaremos preparados para el encuentro con Él? ¿Tendremos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes que esperan al esposo? Es decir, ¿estaremos en el amor? ¿O bien nuestra lámpara estará apagada porque, inmersos en las muchas cosas que hay que hacer, en las alegrías efímeras, en la posesión de bienes materiales, nos hemos olvidado de lo único necesario, que es amar? «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Pero ¿cómo velar? Ante todo sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la esposa que espera a su marido que llega tarde del trabajo o que debe volver de un largo viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque su hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado, que no ve la hora de reunirse con su amada… Quien ama sabe esperar aunque el otro tarde. Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente el encuentro con Él. Y lo esperamos amando concretamente, sirviéndole, por ejemplo, en quienes tenemos cerca o comprometiéndonos a construir una sociedad más justa. El propio Jesús nos invita a vivir así en la parábola del siervo fiel que, mientras espera a su señor, se encarga de los criados y de los asuntos domésticos; y en la de los siervos que, en espera también de que vuelva su señor, se esfuerzan por sacar provecho de los talentos que han recibido. «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora» Precisamente porque no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar, podemos concentrarnos más fácilmente en el hoy que se nos da, en el afán de cada día, en el presente que la Providencia nos ofrece para vivir. Hace tiempo me dirigí espontáneamente a Dios con esta oración que quisiera recordar ahora:
«Jesús, Hazme hablar siempre como si fuese la última palabra que digo. Hazme actuar siempre como si fuese la última acción que hago. Hazme sufrir siempre como si fuese el último sufrimiento que tengo para ofrecerte. Hazme rezar siempre como si fuese la última posibilidad que tengo aquí en la tierra de conversar contigo».
Chiara Lubich
Palabra de vida, noviembre 2002, publicada en Ciudad Nueva nº 393.
1 Nov 2011 | Sin categorizar
Lanzados al infinito[1]
Los santos son grandes porque, habiendo visto en el Señor su propia grandeza, se juegan por Dios, como hijos suyos, todo lo que tienen. Dan sin pedir nada a cambio. Dan la vida, el alma, la alegría, todo vínculo terreno, toda riqueza. Libres y solos, lanzados al infinito esperan que el amor los introduzca en Reinos eternos; pero, ya en esta vida sienten llenarse el corazón de amor, del verdadero amor, del único amor que sacia, que consuela, de ese amor que traspasa los párpados del alma y da lágrimas nuevas. ¡Ah! Ningún hombre sabe lo que es un santo. Ha dado y ahora recibe; y un flujo continuo pasa entre Cielo y tierra, une la tierra al Cielo y fluye del abismo ebriedad única, linfa celestial, que no se detiene en el santo, sino que pasa a los cansados, los mortales, los ciegos y paralíticos del alma, y poda y riega, alivia, atrae y salva. Si quieres conocer el amor, pregúntaselo al santo.
Chiara Lubich
[1] Chiara Lubich, “La doctrina espiritual”, Ciudad Nueva 2005, pag. 156-157
31 Oct 2011 | Focolare Worldwide
Más de dos meses de lluvia incesante, ampliamente superiores a las previstas cada año, están flagelando Tailandia y a cerca de ocho millones de personas. Las provincias más golpeadas con las de Ayutthaya, Pathum Thani y Nakhon Sawan, donde el nivel del agua ha superado los cuatro metros de altura. Algunos miembros de los Focolares que habitan en Bangkok, nos escriben: «Las consecuencias de cuanto ha sucedido están ante los ojos de todos: pueblos enteros evacuados, zonas industriales invadidas por el agua con la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo, escuelas cerradas por un periodo de tiempo indeterminado. Se necesitarán años para recuperar lo que hemos perdido ». Pero en esta dramática situación suceden hechos que hablan de una esperanza aún posible, de unas ganas de renacimiento más fuerte del dolor. Así continúan escribiendo desde Bangkok: «Lo que ninguno se esperaba, al menos en estas dimensiones, es el amor concreto, la ayuda que tantísima gente está dando a quien sufre. Una reportera de CNN ha definido ‘un increíble efecto social’ a lo que está sucediendo en Tailandia. Y es así. Todos se ayudan, todos tratan de hacer algo por quien ha sido golpeado; miles de voluntarios han trabajado, un día tras otro, para preparar 1.200.000 de bolsas de arena que sirven para reparar o alzar los márgenes de algunos importantes canales en las zonas de drenaje. Quienes han trabajado han sido en su mayoría jóvenes, que han querido dar su contribución para salvar aquello que era posible ». La obra de los Focolares para llevar ayudas materiales, espirituales y morales, hace parte de este trabajo común que involucra a todos el País, animando experiencias de fraternidad que hacen posible cada esperanza. Entre los muchos testimonios que están llegando a la redacción, hemos elegido la de S.C, un docente universitario, que nos cuenta: «He tratado de entender con mis estudiantes que hacer para las víctimas de aluvión. Los chicos se consultaron y han decidido recoger dinero acercándose a la gente por la calle, subiendo en los trenes. Se necesitaba coraje, sin embargo… Unos veinte se citaron ante los grandes almacenes, equipados con carteles, una caja y dos guitarras. Todos son jóvenes budistas convencidos de la importancia del hacer bien a los otros. Les animé a vivir antes que nada la fraternidad entre ellos, ofreciendo dificultades y cansancio por el bien del país. El dinero recogido superó las expectativas 17.700 Bath, una importante suma de dinero para nuestra economía. Pero sobre todo ha contribuido a agrandar los corazones de los chicos a las necesidades de los otros. Su compromiso continua dando frutos ».
30 Oct 2011 | Sin categorizar

En Fiera di Primiero en los primeros tiempos del Movimiento de los Focolares
Una espiritualidad de comunión, como decía Pablo VI, es el camino nuevo de Chiara Lubich, nata dal Vangelo. Pero ¿cuáles son sus caracterísitcas? ¿Cuáles son los episodios que, desde un inicio, llevaron a la certeza de haber nacido para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre ellos? Descubrámoslo juntos. En 1944, durante el mes de mayo, en el sótano oscuro de la casa familiar de Natalia Dallapiccola, al cual ésta había trasladado su habitación para protegerse mejor de los bombardeos, Chiara y sus amigas de Trento leían a la luz de una vela el Evangelio, como ya era su costumbre. Lo abrieron al azar, y encontraron la oración de Jesús antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Es un texto evangélico extraordinario y complejo, el “testamento de Jesús”, estudiado por los exegetas y por los teólogos de toda la cristiandad; pero en aquella época estaba un poco olvidado porque resultaba misterioso para muchos. Ese pasaje de San Juan podía haber parecido difícil para jóvenes como Chiara, Natalia, Doriana y Graziella, sin embargo intuyeron que esa sería “su” palabra evangélica, la unidad. Uno de aquellos días, en Trento, en el puente Fersina, Chiara les dijo a sus compañeras: “he comprendido cómo tenemos que amarnos, según el Evangelio: hasta fundirnos en uno”. Más tarde, en la Navidad de 1946, aquellas jóvenes eligieron por lema una frase radical: “O la unidad o la muerte”. Chiara escribió en el 2000: “Un día estaba allí con mis compañeras y, abriendo el pequeño libro, leímos: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Fue la oración de Jesús antes de morir. Por su presencia entre nosotras y por un don de su Espíritu, me pareció comprender algo de esas palabras difíciles y fuertes, y nació en mi corazón la convicción de que habíamos nacido para esa página del Evangelio: para la unidad, es decir para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre sí.”. “Algún tiempo después, conscientes de la audacia divina del programa que sólo Dios podía actuar, arrodilladas en torno a un altar, le pedimos a Jesús que realizara ese anhelo suyo, sirviéndose también de nosotras si estaba en sus planes. Al principio, con frecuencia, frente a la inmensidad de ese cometido, nos asustábamos, y viendo las multitudes que habríamos tenido que atraer a la unidad, nos venía el desaliento. Pero, poco a poco, suavemente, el Señor nos hizo comprender que nuestra tarea era como la de un niño que tira una piedra en el agua y en torno a esa piedra, se producen círculos cada vez más grandes que, si se quiere, se pueden imaginar indefinidos. Entonces comprendimos que nosotros tenemos que construir la unidad a nuestro alrededor, en el ambiente donde estamos, y luego – cuando lleguemos al cielo – podremos ver los círculos que se agrandan, hasta realizar, al final de los tiempos, el plan de Dios”. “Para nosotros estaba claro desde el principio, que esta unidad sólo tenía un nombre: Jesús. Ser uno, para nosotros, significaba ser Jesús, ser todos Jesús. En efecto, sólo Cristo puede hacer de dos uno, porque su amor que es anulación de sí mismo, que no es egoísmo, nos hace entrar hasta el fondo en el corazón de los demás”. “Lo que escribía en aquellos tiempos revela la maravilla frente a una realidad sobrenatural tan sublime: ‘¡La unidad! Pero ¿quién tendrá la audacia de hablar de ella? ¡Es inefable como Dios! Se siente, se ve, se goza de ella, pero… ¡es inefable! Todos gozan de su presencia, todos sufren por su ausencia. Es paz, gozo, amor, ardor, clima de heroísmo, de inmensa generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!”.