26 Mar 2017 | Sin categorizar
El Papa Francisco en el Angelus del 19 de marzo, asegura su “cercanía a la querida población del Perú, duramente golpeada por devastantes aluviones. Ruego por las víctimas y por cuantos están trabajando para prestar ayuda”. El Movimiento de los Focolares ora y se empeña en el territorio golpeado para dar alivio a quien sufre.
25 Mar 2017 | Sin categorizar
Al funeral del card. Miloslav Vlk – Praga, 25 de marzo 2017. «Mi saludo es en nombre de los obispos amigos de los Focolares – obispos católicos y de otras Iglesias en muchas naciones del mundo. Para nosotros, el card. Miloslav ha sido un amigo, un hermano y también un padre. «El ha encarnado a Jesús en muchos modos», ha escrito en estos días un obispo luterano. En nuestros encuentros de obispos, nos ha hecho experimentar la frescura del Evangelio vivido y la alegría de ser, reunidos en Jesús, una familia de verdaderos hermanos. En el espíritu del Concilio Vaticano II, ha promovido en modo incansable la unidad de los cristianos y la comunión entre los obispos y con el Papa. Gracias, Miloslav, por habernos mostrado, con tu testimonio heroico, qué significa poner a Dios en primer lugar y cual es el secreto para hacer la Iglesia siempre más bella, una y viva!»
25 Mar 2017 | Focolare Worldwide
El deber ser de Europa La unidad de Europa es una etapa hacia el mundo unido; un avance y un logro, bajo la presión de instancias populares, del derecho natural, de la revelación cristiana, de fuerzas morales y espirituales; a las que se suma la presión económica y política, científica y tecnológica, que pesa hacia la unificación: objetivo de la razón y de la moral; de la vida en el tiempo y en la eternidad. Para Clemente Alejandrino –heredero de la sabiduría helénica- la unidad es el bien, es productora de vida; la división es el mal y es generadora de muerte. La civilización crece en la medida que unifica los ánimos. Para Huxley todo verdadero progreso de la civilización es un progreso en la caridad. Y la caridad es el sentimiento que induce a hacer de todos uno, no por nada es el alma de Cristo, cuyo testamento culmina con la súplica: “que todos sean uno”. La caridad lleva a la integración, a la comunión, a la solidaridad, incluso en la política y en la economía. Por eso entre las fuerzas esenciales que impulsan hacia la integración europea, nosotros queremos resaltar las fuerzas del espíritu, y no tanto los aspectos políticos, económicos, sociales, etc. Igino Giordani, «Fides», Mayo de 1961, p.130 El cristianismo y Europa Europa está tan llena de rencores como un depósito de explosivos, mantenidos vivos por filosofías y falsos patriotismos, mitologías e intereses egoístas. Para que Europa no explote necesita remover todo este material inflamable, tiene necesidad de una reconciliación universal, que la libere del pasado y purifique el futuro. ¿Quién puede realizar “este ministerio de reconciliación”? El cristianismo: esa reserva de santidad que todavía Europa custodia y sigue comunicando a los otros continentes. Y El cristianismo comporta la unificación en la libertad y en la paz, eliminando las guerras y los otros motivos de fricción. Igino Giordani, «Fides», Mayo de 1961, p.131 El alma de Europa Europa ya tiene un alma, es el cristianismo, su esencia y su génesis. En este soplo espiritual común, también los factores materiales y humanos se funden, y se elevan, dando vida a un ideal universal. Así los pueblos de Europa, reavivando estos principios constitutivos de su historia, fundiéndolos en la llama ideal de la solidaridad, fruto del amor –que representa la inteligencia divina-, encontrarán en su misma racionalidad, en la convivencia y su urgencia y necesidad, la solución por excelencia de sus problemas; y esto en un momento decisivo, en donde una guerra interna –que hoy más que nunca parece irracional y fratricida- podría determinar la catástrofe definitiva. El amor, en cambio, poniendo en circulación el bien y los bienes, podrá determinar la salvación resolutiva. Igino Giordani, «Fides», Mayo de 1961, p.131
24 Mar 2017 | Sin categorizar
Las consagradas están allá, en las fronteras más arduas y riesgosas. Los peligros no las detienen, aún a costa de la vida, confiando sólo en el Esposo de su alma. En el Instituto Virgen del Carmen de Sassone (Roma), se está desarrollando el retiro anual para éstas mujeres: religiosas de varias congregaciones que en la espiritualidad de comunión ven fortalecida su donación a Dios y valorado el servicio hacia los más excluidos. Cada una tiene una historia fascinante, que brota del carisma que suscitó la familia religiosa a la que pertenecen. Quien habla es Sor Viera, Franciscana de los Pobres: «A los 9 años, junto con mis hermanos, ayudé a mi papá a construir la casa, y a los 14 ya trabajaba en una planta vitivinicola donde reinaban la ambigüedad y vulgaridad, que muy pronto se convirtieron en mi estilo de vida. Sedienta de justicia, me afilié a un partido extremista, pero a los 22 años, harta de todo, me encontré en la terraza del tercer piso para acabar con mi vida. Lo que me detuvo fue, in extremis, el pensamiento de la desesperación en la que se sumiría mi mamá. En los días siguientes, en la parada del bus, encontré a una religiosa que nunca antes había visto, quien intuyó mi malestar y me invitó a un encuentro de jóvenes de los Focolares. Acepté porque quería vencer la idea del suicidio que seguía atormentándome. Escuchando sus vivencias del Evangelio, pensaba que estaban locos, que no hacían sino malgastar el tiempo. Sin embargo, esa noche experimenté una alegría que jamás había percibido. Dios me estaba tomando de la mano, manifestándose tal como realmente es: Amor. En el trabajo empecé a poner en práctica, aunque con dificultad, el mandamiento del amor recíproco, a utilizar frases y tonos serenos, a sonreír y a prestar mayor atención a las compañeras ancianas. Cada vez más, asistiendo a los encuentros con los jóvenes de los Focolares y con Cristina – la religiosa que me había hablado de ellos – advertía la exigencia de recorrer un camino serio con Dios. Después de una trayectoria de formación, dejé mi casa y mi trabajo para ingresar a la Orden de las Hermanas Franciscanas de los Pobres, una congregación al servicio de los más pobres, entre los que están las chicas de la calle encaminadas hacia la prostitución, la prisión, etc. Desde hace casi 23 años estoy comprometida en la pastoral penitenciaria, en contacto con los reclusos, sin tener en cuenta su credo y cultura, tanto en la cárcel de Rebibbia (Roma) como, recientemente, en la de Pistoia. Voy allá sólo para escucharlos, sin esperar nada. Me pongo a su disposición para llamar a sus familiares, a los abogados; les llevo todo lo necesario para enviar sus cartas. Colaboro con los educadores dialogando con ellos, sobre todo cuando surgen problemas. Cada vez que entro en esos ambientes pienso en las palabras que Jesús dirigió a los fariseos que querían apedrear a la adúltera: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Viviendo en primera persona la misericordia de Dios, trato de tener un profundo sentido de acogida hacia cada uno de ellos, tal como es, en la plena confianza. Sólo Dios juzga, un Dios que ama a todos. A menudo la confianza se vuelve recíproca y entonces se sienten impulsados a hablar de sus vivencias, de sus dramas, de sus dificultades de convivencia, del sufrimiento por verse faltos incluso de lo necesario. Esta actitud de hacerse uno que Chiara Lubich nos enseñó, es la llave de oro que me permite construir un diálogo pacífico y respetuoso con todos. En Pistoia los reclusos son unos 200, entre adultos y jóvenes, además de la sección llamada Menor para quienes cometieron delitos graves. Al inicio fue difícil afrontarlos, porque en Rebibbia me encontraba sólo con mujeres. Pero luego me di cuenta de que “No hay ni hombre ni mujer”, como dice San Pablo, y que todos son candidatos a la unidad. Voy a verlos tres o cuatro veces por semana. Conversamos en la capilla, delante de Jesús Eucaristía, y en general todos me dicen que estos coloquios deben repetirse, que me siguen esperando. Me cuentan de sus angustias, sus miedos, sentimientos que trato de aliviar recordándoles que cada uno de nosotros está en el centro del amor de Dios. Algunos me confían también que han regresado a Dios, como hizo recientemente una reclusa de Rebibbia, quien luego me escribió: “Quisiera recuperar todo el tiempo que tiré al viento. Espero que la vida me dé una segunda oportunidad para poder rescatarme a mí misma y a mi familia, para demostrar que yo también valgo, que yo también puedo hacer algo bueno. Queridísima Sor Viera, espero que me permita seguir teniendo su amistad, agradezco a Dios que nos hizo encontrar”.