Movimiento de los Focolares
La aventura de la unidad:  Los inicios /3

La aventura de la unidad: Los inicios /3

Continuación de «La aventura de la Unidad»/Los inicios/2

Las muchachas que viven allí, pero también las personas que lo visitan siempre, advierten en esos meses un salto de calidad en sus vidas. Tienen la impresión de que Jesús realice entre ellas su promesa: «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos». (Mt 18, 20). No quieren perderlo más, y hacen toda su parte para evitar que su presencia se desvanezca por su culpa. «Más tarde, mucho más tarde –precisará Chiara Lubich, se entenderá: es una reproducción, un germen sui generis, de la casita de Nazaret: una convivencia de vírgenes (muy pronto también de casados) con Jesús en medio de ellos». He aquí “el focolar”, ese lugar donde el fuego del amor calienta los corazones y sacia las mentes. «Pero para tenerlo con nosotros –explica Chiara a sus compañeras- es necesario estar dispuestas a dar la vida la una por la otra. Jesús está espiritualmente y plenamente presente entre nosotros si estamos unidas así. Él quien dijo: “Que sean también ellos una cosa sola en nosotros, para que el mundo crea”(Gv 17,21)».

En efecto, alrededor de Chiara y de las muchachas del focolar prosigue una serie impresionante de adhesiones al proyecto de la unidad que parece nuevo, si bien apenas se está delineando. Y no faltan las conversiones, las más variadas. Se salvan vocaciones en peligro, y surgen nuevas. De hecho, muy pronto –prácticamente enseguida- también muchachos y adultos se unen a las chicas del focolar. De ese período quedan especialmente en la memoria reuniones concurridas e intensas los sábados a las 3.00 de la tarde en la Sala Massaia. Allí Chiara cuenta experiencias del Evangelio vivido y anuncia los primeros descubrimientos que se convertirían posteriormente en la “espiritualidad de la unidad”. El fervor crece sin medida de modo que ya en 1945 alrededor de 500 personas –de todas las edades, hombres y mujeres, de todas las vocaciones y estratos sociales- desean compartir el ideal de las muchachas del focolar. Tienen todo en común, así como sucedía en las primeras comunidades cristianas.

Se lee en el Evangelio la frase: «Den y se les dará» (Lc 6,38). Estas palabras se transforman en experiencia cotidiana. Dan, dan siempre, las muchachas y sus amigos, siguen dando y reciben, reciben siempre, siguen recibiendo. ¿Queda un sólo huevo en casa para todas? Lo ofrecen a un pobre que viene a tocar la puerta. ¡Esa misma mañana, alguien les deja en el porche una bolsita de huevos! También está escrito: «Pidan y se les dará» (Mt 7,7). Piden muchas cosas por las múltiples necesidades, no tanto de ellas, sino de los hermanos en necesidad. Y en plena guerra llegan sacos de harina, latas de leche, frascos de mermelada, atados de leña, ropa. Frecuentemente, con el mantel más bello y la atención debida a personas recomendadas, se sientan a la mesa del focolar una focolarina y un pobre, una focolarina y un pobre…

El día de la fiesta de Cristo Rey de 1945, Chiara y sus compañeras se reúnen alrededor del altar después de la Misa. Se dirigen a Jesús con la simplicidad de quien ha entendido que es un hijo. Y le rezan: «Tú sabes la forma de realizar la unidad, el que todos sean uno. Henos aquí. Si quieres, úsanos». La liturgia del día las fascina: «Pídeme –recita el salmo- y te daré en herencia las gentes y en dominio hasta los últimos confines de la tierra ». Así, con simplicidad evangélica, piden nada menos que “los últimos confines de la tierra”: para ellas Dios es omnipotente. El comportamiento de las muchachas de la “casita” sorprende a quien las encuentra.

Todo esto no podía dejar indiferente a la ciudad, que entonces cuenta con pocas decenas de miles de habitantes, y mucho menos a la Iglesia trentina. Mons. Carlo De Ferrari entiende a Chiara y su nueva aventura y la bendi-ce. Su aprobación y su bendición acompañaron el Movimiento hasta su muerte. A partir de ese momento casi imperceptiblemente, se superan las fronteras de la región, invitadas a Milán, Roma, Sicilia. Por doquier florecen comunidades cristianas según el estilo de aquella surgida en Trento. Se llegará lejos.

La aventura de la unidad:  Los inicios /3

Natalia Dallapiccola: una biografía

“Me dispongo a escribir esta biografía en «puntas de pie» y con un cierto temor”. Así comienza el prólogo, Matilde Cocchiaro, autora del libro sobre la biografía de Natalia Dallapiccola, la primera compañera de Chiara Lubich. En la historia de los Focolares, Natalia tuvo un rol particular. Tan especial que Chiara una vez dijo, que si no hubiese encontrado a una persona como ella, ya preparada por Dios, tal vez nunca hubiera comenzado esta vida, tan revolucionaria, basada en el Evangelio.

Por su amor incansable hacia todos, vivido siempre con la radicalidad de los comienzos, Chiara le dio  el sobrenombre de “Anzolon”, que en dialecto trentino significa “gran ángel”

Fue determinante su rol en la difusión del ideal de la unidad en los países del Bloque Comunista, más allá de la “Cortina” y en el campo del “diálogo interreligioso”, por el que puso en juego todo su talento y energía durante 30 años, hasta los últimos días de su vida terrenal.

Nichiko Niwano, presidente del movimiento budista japonés Rissho Kosei-kai, en el prólogo afirma: “Natalia fue durante largos años la ‘ventana abierta’ que nos unió con el Movimiento de los Focolares… prodigando en esta tarea los mejores talentos de su corazón y de su mente… Como dice un antiguo dicho: “Conoce el pasado y descubrirás lo nuevo”. Significa: examina la historia, estudia atentamente la tradición y obtendrás una nueva sabiduría. Por lo tanto, no deseo otra cosa y auguro que esta biografía de Natalia sea una guía preciosa en el camino hacia el futuro”

El 1º de abril de 2008 partió para el Cielo. Falleció apenas 18 días después de Chiara. Muchos tuvieron palabras de gratitud y aprecio hacia Natalia: “Entre Natalia y yo – dijo el Rabino David Rosen de Jerusalén – existía un profundo vínculo. Custodiaré siempre como un tesoro su amable y noble espíritu (…)”

Desde India, Shantilal Somaiya, Kala Acharya y Lalita Namjoshi, de Somaiya Bharatya (hindúes) dicen: “Recordamos con gran reverencia la visita que ella hizo a nuestro Instituto y  su forma de ser silenciosa, pero tan eficaz en la conducción de nuestros encuentros de diálogo”.

Desde Skopje, Azir Semani, en nombre de los amigos musulmanes de Macedonia, se dirige directamente a ella: ¡Gracias por tu mano siempre protectora!… Nosotros hemos acogido plenamente tu invitación: ‘Que todos sean uno’. La voz de Dios a través tuyo fue el llamado de amor y de confianza por el cual nosotros musulmanes, somos honrados en poder caminar juntos, hacia el mundo unido. ¡Que tu amor sea bendito!”

Monseñor Miloslav Vlk, Cardenal emérito de Praga, quien durante muchos años fue responsable de los Obispos amigos del Movimiento de los Focolares, comenta: “Puedo sinceramente decir que Natalia fue una madre del Ideal de la unidad para nuestra tierra. Con su vida, sin muchos discursos, dejaba que transparentara la luz del carisma recibido por Chiara, que ella nos transmitía en toda su profundidad. En 1968, encontrándose Natalia en las montañas de Tatra, – continúa el Cardenal– a casi seis horas de distancia de Checoslovaquia, organizó la primera Mariápolis. Oficialmente la Mariápolis era “algunos días de vacaciones” y, para evitar los controles de la policía, se realizaban largas caminatas, luego nos deteníamos y ella nos contaba algo….La vida que nos presentaba era genuina, verdadera. Cada uno de los presentes quedaba impactado por su sencillez totalmente mariana. Su amor conquistaba porque era natural y sobrenatural al mismo tiempo”.

“Natalia no dejó su historia escrita, pues estaba siempre en la tensión de amar y donarse a cada prójimo -concluye la autora del libro- . He tratado de reconstruirla… ha sido insustituible la colaboración de las primeras focolarinas y de los primeros focolarinos, que, junto con ella, vivieron con Chiara Lubich los albores del Movimiento. Pude transmitir, también algunos pensamientos espirituales de Natalia, pensamientos preciosos, escritos con su puño y letra en papeles sueltos o transmitidos verbalmente a alguien que trabajaba con ella, recogidos luego por testigos oculares y reconstruidos con fidelidad”

(Matilde Cocchiaro, “Natalia: la primera compañera de  Chiara  Lubich”, Editorial Città Nuova , Roma, 2013. Colección Città Nuova Per).

Email: info@focolare.org

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Viaje a Cuba

 «El pueblo cubano es maravilloso, más allá del estado de abandono que se encuentra dando vueltas por las calles de La Habana y otras ciudades».

Agostino y Marisa cuentan algo de su viaje a Cuba. Ellos son una familia de los Focolares, de Vicenza, que después de haber vivido por 11 años en República Dominicana, ahora residen en Roma.

«Podríamos decir que vivimos esos días en Cuba en una constante conmoción por la autenticidad de la vida que encontramos en las personas. Vida heroica osaríamos decir, por la situación en la que tienen que vivir. Una familia nos contaba que a duras penas habían ahorrado $20 para comprarle un par de zapatos a uno de los niños. Un sábado en la tarde salieron para comprarlos pero, por ese precio o encontraron nada que valiera la pena y decidieron renunciar por el momento. Regresando a casa se encontraron con una familia muy pobre, papá, mamá y un niño con los zapatos destruidos. Se miraron y, juntos, decidieron dar una parte del dinero para los zapatos de ese niño; no iban a ser de buena calidad pero seguramente mejores que los que tenía. Algunos días después vino a visitarlos la abuela con un sobre; había llegado dinero de los parientes y había pensado compartir una parte para sus necesidades. Era la cifra que faltaba para poder comprar los zapatos del niño.

«Recorrimos alrededor de 3.000 km con los medios de transporte más variados; en las ciudades nos movíamos a pie, en bicicleta, con volanta y caballo, con bici-taxi.

En Cienfuegos, Santiago de Cuba, Camagüey, Florida, Holguin, Banes nos encontramos con grupos de familias, pero también de novios, para profundizar en la espiritualidad de la unidad, con especial atención a su incidencia en la familia. Entre los presentas estaban también algunos que no tenían una referencia religiosa; pero eran precisamente ellos quienes subrayaban que esta es una espiritualidad para todos.

«Fuimos a almorzar y a cenar a la casa de  muchas familias amigas. ¡Qué bella experiencia entrar en sus casas y compartir con ellos la vida! Nos contaron muchos episodios de amor concreto. Como por ejemplo ésta: una familia fue a visitar a una pareja que hacía poco había tenido un niño: se dieron cuenta de que se les estaba terminando el azúcar que todos los meses reciben del Estado: comprar más habría sido muy costoso. Regresando a casa, tomaron el azúcar que les quedaba a ellos y se los llevaron. La pareja, sorprendida, exclamó: “Pero ustedes ahora ¿cómo hacen?”. Esa misma noche vino a verlos la abuela; traía el azúcar que no podía consumir por motivos de salud.

«Al tratar de compartir las alegrías de nuestros nuevos amigos, entendimos por qué la espiritualidad nació en tiempos de guerra. De hecho, Chiara Lubich no esperó “tiempos mejores” para empezar y amar con los hechos, sino que empezó en medio de las dificultades. Ha sido la confirmación de que es posible vivir el Evangelio en todas las situaciones».

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Cuando se vive el Evangelio/2

Juntos es posible

Algunos de mis compañeros de liceo provienen de los suburbios donde  existe marginación. Ellos sufrieron experiencias muy desagradables. El primer año me resultó muy difícil pues me sentía aislado. Me hice amigo de un muchacho que, como yo, quería vivir el cristianismo. Nos pusimos de acuerdo para dirigirnos sobre todo a los compañeros más pobres y a los que estaban sumergidos en graves problemas. Frente a nuestra escuela había una comunidad de discapacitados. Sentimos el impulso de ir a visitarlos para ayudarlos y para que se sintieran menos solos y desafortunados. Involucramos en esta experiencia a algunos compañeros nuestros. Los dos últimos años de liceo fueron muy buenos por las lindas experiencias que hicimos entre todos. (G. Z. – Italia)

La foto más linda

Soy un fotógrafo profesional y siempre observo todo y a todas las personas bajo el punto de vista de mi profesión. Siempre miro a las personas y a las cosas que están a mí alrededor como si me pertenecieran. ¿Qué tiene que ver Dios y el amor con la fotografía? Sin embargo hay algo en mi trabajo que no me da satisfacción. Un día en un congreso, en el momento en que estoy por sacar la foto más linda de mi vida (¡los fotógrafos pensamos siempre así!), alguien me toca en el hombro diciendo mi nombre. Es casi automático un pensamiento: ¿saco la foto o respondo al que me llama en este momento? Un momento de suspensión y dejo la cámara. Una alegría profunda me invade.  (M. T.- Argentina)

Dos bolsas

En la calle encontramos a una joven desesperada: su madre se había ido dejándole plata sólo para tres días y ya había pasado más de una semana y todavía la mamá no había vuelto. Decidimos ayudarla dándole todo lo que teníamos en ese momento. Ella se quedó asombrada y feliz por este gesto, porque así le pudo dar de comer a sus dos hermanos. Cuando llegamos a casa, vinieron dos religiosas a visitarnos con dos bolsas llenas de alimentos para nosotros: mucho más de lo que habíamos dado. Vimos que se cumplió la frase del Evangelio: «Den y se les dará». (O. M. F.-Bolivia)

Fuente: El Evangelio del día,  noviembre de 2013, Editorial Città Nuova.

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Filipinas: cuando todo se derrumba

«Viendo los efectos devastadores del terremoto que afectó a Filipinas el pasado 15 de octubre –de magnitud 7.2 en algunas islas-, nos pusimos a trabajar para ayudar a las víctimas. Especialmente queríamos hacerles sentir el amor de Dios, también en estos momentos en los que toda esperanza parece perdida.

En un primer momento, teníamos miedo de las réplicas que seguían sintiéndose, pero muy pronto nos dimos cuenta de que esto  era algo pequeño en comparación con el sufrimiento de las familias que habían perdido todo: sus casas y seres queridos.

Con el apoyo de la comunidad local de los Focolares, fuimos a Bahol (la zona afectada por el terremoto). Éramos alrededor de 15 Jóvenes por un Mundo Unido (JMU) y algunos adultos de Manila y Cebú. Preparamos unas 200 bolsitas que contenían lo más necesario (colchonetas, cobijas (frazadas)  y material para la fabricación de carpas)  y nos pusimos en viaje para llegar a destino, es decir, a  Sandigan Island, donde difícilmente llegaría la ayuda. Teníamos con nosotros 200 litros de agua,  200 bolsas preparadas la noche anterior, galletas y algunos insumos de primera necesidad.

Un momento difícil y fatigoso fue cuando tuvimos que atravesar un sendero estrecho y empinado en la montaña, y transportar todos los paquetes desde los camiones a las barcas que nos llevarían a la isla. Tardamos varias horas, hasta medianoche; y después tuvimos que empujar las barcas porque había marea baja.

Pero la decisión de ir a ayudar a estas personas, pensando que lo hacíamos a Jesús que se identificó con quienes más sufren, nos hizo superar las adversidades.

Entramos 6 kilómetros hasta Brgy Canigaan. Faltaba el agua porque las tuberías  y las casas quedaron destruidas por el terremoto. Por este motivo, la mayor parte de los residentes del lugar estaban durmiendo a la intemperie, en carpas, también por miedo a las constantes réplicas. Era un espectáculo desgarrador. Nos recordamos que estábamos allí para sostenerlos y ayudarlos, y así la distribución de agua y de los paquetes se desarrolló en una atmósfera festiva. Creamos también un espacio para permitir a los niños que contaran sus experiencias traumáticas vividas durante el terremoto y jugamos con ellos, junto con sus mamás, olvidando, al menos por un momento, lo que estaban atravesando.

Un anciano nos contó cómo vivió la tragedia. Estaba pescando cuando tuvo lugar el terremoto. Estaba aterrorizado al ver cómo su ciudad temblaba por los violentos sacudones. Estaba solo, el agua estaba muy agitada, había  remolinos y grandes olas. También vio surgir una pequeña isla en medio del mar… Agradecía a Dios por el milagro de haber sobrevivido, a pesar de que su casa quedó destruida. Le ofrecimos una almohada suave. Este pequeño gesto  lo conmovió hasta las lágrimas.

Renunciamos a nuestras vacaciones y tuvimos que superar también la barrera lingüística y otras dificultades, pero sentimos que ¡realmente valió la pena! Será todavía largo el camino que hay que recorrer para regresar a la normalidad, pero nos quedan las sonrisas en los rostros de estas personas, que nos confirman que el amor de Dios permanece también cuando todo el resto se destruye».

A cargo de la Secretaría de los JMU de Manila