Chiara Lubich: la concreción del amor

Foto: Pixabay

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«Voy hacia ustedes como peregrino de la alegría del Evangelio, para compartir con todos “la paz del Señor” y “confirmarlos en una misma esperanza”». Inicia así el videomensaje que Francisco dirige a cuantos lo acogerán en el próximo viaje en América del Sur, desde el 15 al 22 de enero. «Deseo encontrarme con ustedes, mirarlos a los ojos, ver sus rostros y poder entre todos experimentar la cercanía de Dios, su ternura y misericordia que nos abraza y consuela». El Papa conoce la historia de estos dos Países «fraguada con tesón y entrega», y desea «dar gracias a Dios por la fe y el amor a Dios y a los hermanos más necesitados, especialmente por el amor que ustedes tienen hacia aquellos que están descartados de la sociedad». El papa Francisco expresa su deseo de hacerse «partícipe de las alegrías de ustedes, las tristezas, de sus dificultades y esperanzas», la paz que «sólo Él nos la puede dar». Una paz que «se sostiene en la justicia y nos permite encontrar instancias de comunión y armonía». El Papa concluye el videomensaje poniendo «en las manos de la Virgen santa, Madre de América, este Viaje Apostólico y todas las intenciones que llevamos en nuestro corazón, para que sea ella, como buena Madre, quien acoja y nos enseñe el camino hacia su Hijo». Videomensaje y texto completo
Napolitanos, él maquinista, ella contadora. Rosy y Leo Prisco son ambos pensionados, aunque no tienen ni el aspecto ni el espíritu. Su historia empezó hace 40 años, en una época en la que en Italia muy pocas parejas se casaban sólo civilmente. Pero ellos eran agnósticos y fueron a casarse a la municipalidad. Son dos tipos tan distintos que nadie, excepto ellos, habría estado dispuesto a apostar que se habrían mantenido como pareja. Cuando nació el primer hijo surgió una duda: ¿lo bautizamos o no? Hablaron con el párroco sobre el asunto. «Para nosotros, agnósticos y marxistas convencidos –recuerda Rosy- era impensable que un cura nos acogiera en una forma tan abierta y amigable. El Padre Salvatore no sólo no hizo ningún juicio sobre nuestra posición como pareja, sino que llegó a ser nuestro amigo, hasta el punto de que le pudimos contar que estábamos siempre peleando. Sí, porque era fácil ser revolucionarios ‘afuera’, pero adentro de la casa la que tenía que cocinar y hacer todo era yo. Recuerdo que para hacer que Leo me escuchara (era un poco loco pero ¡al menos algunas veces funcionaba!) hacía lo mismo que cuando iba a la plaza con pancartas a protestar: en las paredes de la cocina pegaba carteles con escrito: “Sos un tirano”, “Estás atropellando la paridad hombre-mujer”, etc. El Padre Salvatore nos hizo conocer a otras parejas. También ellas tenían dificultades, pero habían aprendido a dialogar, también porque conocían un secreto: pedirse disculpas y volver a empezar. Un ejercicio que tratamos de hacer también nosotros, para el bienestar de nuestra relación que fue mejorando día con día. Mientras tanto el Padre Salvatore nos permitió celebrar el bautismo de Francesco y, seis años después, el de Nunzio». «Gracias al Padre Salvatore y a otras familias –explica Leo- encontramos a Dios y su amor, y poco a poco se encendió en nosotros el deseo de ser una familia según el corazón de Dios. Nos dimos cuenta de que aunque le habíamos dado la espalda, Él, siendo amor, nunca había dejado de hablarnos. Como lo hizo en el’93, en la morgue del hospital. Allí, casualmente, nos cruzamos con el dolor de unos papás a quienes se les murió un angelito de 3 años. Para nosotros fue un mensaje fuerte: ¿y si nos hubiese sucedido a nosotros? Años después volvimos a encontrar a esos mismos papás en un congreso de los Focolares, invitados por el Padre Salvatore. A partir de ese dolor nacieron tres hogares para niños en situaciones de riesgo».
En el ’95 Rosy y Leo dijeron su sí en el sacramento del matrimonio, haber reencontrado a Gino y Elisa en el ámbito de los Focolares no fue una simple casualidad. «Enseguida nació un vínculo –cuenta Rosy- que nos llevó a ofrecer nuestra colaboración, yo a tiempo completo como mamá sustituta en uno de los hogares de la Fundación Ferraro, mientras que Leo llegaba después del trabajo. Fueron seis años maravillosos, en los cuales tuvimos la posibilidad de amar de corazón a muchos niños que trascurrían en ‘Casa Sonrisa’ períodos más o menos largos dependiendo de su situación y de la situación en la que sus familias hubiesen caído». «Esta experiencia – cuenta Leo – nos donó la conciencia de ser sólo instrumentos en las manos de Dios y de que el poder dar ayuda no depende del tener quien sabe qué requisitos. Nosotros dos, hoy como entonces, no somos la familia perfecta, sencillamente queremos ponernos al servicio de quien nos representa a Jesús. Como lo fue para dos chicas rusas que vivieron un tiempo en nuestra casa; ahora ambas son adultas, pero la relación continua». A principios del 2017, estando jubilados, decidieron festejar el 50° aniversario de Familias Nuevas ofreciendo su disponibilidad para colaborar con la realización de varios eventos conmemorativos. Colaboraron también en un proyecto de formación de jóvenes. Y si bien el 2017 terminó, su deseo de donación no. Desde octubre pasado se transfirieron a Loppiano hasta julio para poder, por logística, seguir de cerca los trámites burocráticos, y coordinar los traslados de las familias que desde distintas partes del mundo llegan a la Escuela Loreto para aprender a ser familias según el corazón de Dios.
El cálido verano del hemisferio austral fue el marco de un encuentro con la sociología latinoamericana, que sus participantes definieron como “fulgurante”. «Every time we love, every time we give, it’s Christmas» sintetiza a nombre de la secretaría de Social-One Silvia Cataldi, investigadora de la Universidad “La Sapienza” de Roma y autora, junto a Vera Araujo y Gennaro Iorio, del libro “El amor en los tiempos de la globalización. Hacia un nuevo concepto sociológico” (Città Nuova, 2015), que sondea la dimensión “pública” y “social” del amor como fuerza transformadora de la vida de las comunidades y de los comportamientos colectivos. La misma dimensión “agápica” sobre la que un grupo de sociólogos se interrogó, en momentos de estudio y talleres.

Vera Araujo
Una estudiante brasileña, trabajadora social, comentó: «La escuela de verano ha sido para mí la confirmación de la importancia de la interdisciplinariedad. Soy trabajadora social y estoy en contacto con el sufrimiento de personas que han perdido su dignidad. Una nueva comprensión del ser persona genera nuevas praxis que activan aspectos latentes de la naturaleza humana». Un profesor de Recife: «El ágape no es sólo un concepto sociológico, sino que traspasa el campo de la filosofía y de la metafísica. He visto que el amor actúa también en su grupo. Desde esta perspectiva, se abre un diálogo amoroso y generoso». Giuseppe Pellegrini, de la Universidad de Padua: «El encuentro con las culturas latinoamericanas es siempre enriquecedor. Para mí es una forma de conocer mejor mi país. La necesidad de poner a prueba categorías y conceptos, la capacidad de leer la realidad social y sus cambios, son algunos de los elementos más estimulantes que he encontrado. A treinta años de mi experiencia en Brasil, he sentido las mismas vibraciones, la misma energía que anima a este pueblo tan variado en sus formas y manifestaciones de vida comunitaria. El esfuerzo realizado por muchas personas que viven según el ideal de Chiara Lubich ha dado frutos genuinos y respetuosos de la vida latinoamericana. La acción agápica es una de las manifestaciones del amor recíproco, un elemento generador y contagioso, teórico y práctico al mismo tiempo, en grado de influir en el cambio social, cultural y político». La próxima etapa de Social One será el Congreso del 7 y 8 de junio en la Universidad italiana de Salerno, cuyo objetivo será continuar el diálogo con la sociología contemporánea, y también será la sede de una “social” Expo de buenas prácticas de asociaciones e instituciones que trabajan en el campo social.