27 Mar 2016 | Sin categorizar
«Una circunstancia providencial me llevó a profundizar en la realidad de Jesús, el cual después del abandono y de la muerte en la cruz, resucitó. Y no sólo eso, además tuve ocasión de meditar intensamente, con la mente y con el corazón, sobre muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de la resurrección. Y me quedé estupefacta (es la palabra exacta) ante la majestuosidad, la grandiosidad que emanaba de este divino acontecimiento: ante la singularidad del Resucitado, este hecho sobrenatural que, como sabemos, es único en el mundo. Por eso, esta vez no puedo dejar de detenerme para subrayarlo nuevamente. […] La resurrección de Jesús es lo que caracteriza principalmente al cristianismo, lo que distingue a su fundador, Jesús. El hecho de haber resucitado. ¡Resucitó de la muerte! Pero no como resucitaron otros, por ejemplo Lázaro, que más tarde, llegado el momento, murió. Jesús resucitó para no volver a morir nunca, para seguir viviendo, incluso como hombre, en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad. ¡Y lo vieron 500 personas! Y está claro que no era un fantasma. Era Él, realmente Él: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27), le dijo a Tomás. Y comió con los suyos y les habló y se quedó con ellos 40 días… Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros y se había hecho pequeño, un hombre entre los hombres, como uno de nosotros. […] Pero, habiendo resucitado, rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, del cosmos entero, y de ese modo se mostró más grande que todo lo que existe, que todo lo que había creado, que todo lo que pueda pensarse. Por eso nosotros, con sólo intuir esta verdad, no podemos dejar de considerarlo Dios, no podemos dejar de hacer como Tomás y, arrodillados ante Él en adoración, confesar y decirle de corazón: «Señor mío y Dios mío». […] Y contemplé con otros ojos lo que Jesús hizo durante aquellos extraordinarios días en la Tierra, después que bajase del Cielo un ángel que desplazó la piedra de su sepulcro y lo anunció, el Resucitado se le apareció en primer lugar a la Magdalena, que era una pecadora, porque Él se había encarnado para los pecadores. Lo vemos por el camino de Emaús, grande e inmenso como era, transformado en el primer exegeta y explicando las Escrituras a los dos discípulos. Lo vemos como fundador de su Iglesia, imponiendo las manos a sus discípulos para darles el Espíritu Santo; lo vemos diciendo esas extraordinarias palabras a Pedro, a quien puso como cabeza de su Iglesia. Lo vemos enviando a sus discípulos a todo el mundo para anunciar el Evangelio, el nuevo Reino fundado por Él, en nombre de la Santísima Trinidad, de la cual había descendido a la Tierra y a la cual, después, alcanzaría plenamente con la Ascensión. […] Y por haber resucitado, he aquí que las palabras que había dicho anteriormente, antes de su muerte, adquirían una luminosidad única, expresando verdades irrefutables. Las primeras de todas, aquellas con las que anuncia también nuestra resurrección. Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos. […]». Chiara Lubich, Unidos hacia el Padre, Editorial Ciudad Nueva , Madrid 2005, p.113-116
26 Mar 2016 | Sin categorizar

Ave Cerquetti «Crocifissione» Lienz (Austria) 1975
«El trágico misterio de la muerte en la cruz, se volcó sobre las pobres mujeres que se encontraban a los pies del patíbulo cuando también cielo y tierra horrorizados se oscurecieron y temblaron. El Padre había abandonado al Hijo; el Hijo había abandonado a la Madre: todo se derrumbaba en el horror y en la tiniebla: sólo aquella mujer quedaba de pie, y a ella se le confió la humanidad abandonada. Nuestro destino quedó en las manos de ella como en el lejano y tranquilo día cuando dijo su primer fiat. Cuando el Padre dirigió la mirada sobre esa colina horrorosa, que se había convertido en el centro sangriento del universo, vio a la humanidad aferrada a esa mujer, bajo el sacrificio cruento del hombre-Dios.
- Mártir, y más que mártir, – dice san Bernardo.
Bajo la cruz, María. Verdaderamente se puede decir, en cierto sentido, que Jesús tuvo necesidad de ella, no sólo para nacer, sino también para morir. Hubo un momento en el cual desde la cruz, abandonado en la tierra por los hombres, se sintió también abandonado por el Padre del Cielo: entonces se dirigió a la madre, a los pies de la cruz: a la madre que no lo había abandonado y vencía la naturaleza para no caer en esa prueba bajo la cual cualquier mujer se habría derrumbado. Como intuyó Goethe, en el Fausto, el padecer de María y de Jesús en el Calvario fueron un «único dolor». Después, habiendo muerto el hijo, la madre siguió sufriendo. Él, muerto, fue depositado en el regazo de ella: más impotente que cuando era niño. Un Dios muerto ¡en el regazo de una madre! Entonces, sí, ella fue reina. Porque Jesús recapitulaba a la humanidad, era la humanidad completa de todos los tiempos, custodiada en el regazo de María, quien en esa desolación se presenta como la madre y la reina de la familia humana que camina por las calles del dolor. Su grandeza fue similar a su angustia. Pero, como se ve, su majestuosidad fue un primado en el sufrimiento: el único modo para ser la más cercana, inmediatamente próxima, al Crucificado. Si pensamos en el desgarro de María bajo la cruz, en el dolor de la madre por el tormento del Hijo, víctima voluntaria de todas las culpas del mundo y de todos los sufrimientos de los hombres, se intuye la inmensidad de la tragedia padecida; una tragedia cósmica. Y es la medida de nuestra pobreza cuando a ella le dedicamos alguna frase de estampita, alguna pobre jaculatoria … Nos parece que perdemos tiempo sólo meditando, o llorando, por ella: y corremos el riesgo de perder la eternidad, Injertarnos en ese dolor significa incluirnos en la redención. Coloquémonos junto a ella al lado del Crucificado, eligiendo el rol de víctimas y no el de verdugos, abrazando el dolor en contra de las insinuaciones que el dinero nos ofrece, la cruz contra el vicio: para estar después con María sosteniendo sobre el regazo, en medio del abandono, el cuerpo exangüe de Jesús, el cuerpo místico que las persecuciones desangran. Siempre, en los momentos en que la Iglesia esdesgarrada y Cristo sufre en los cristianos, se ve nuevamente a María que recoge en su regazo Su cuerpo llagado. Y porque Cristo reasume a la humanidad, se identificó con la humanidad, he aquí que la Iglesia se asemeja a la misma María que acoge a los pueblos en medio de las guerras» (Igino Giordani, Maria modello perfetto, Città Nuova, Roma, 2001, pp.124-129)
25 Mar 2016 | Sin categorizar

©Ave Cerquetti, ‘L’unico Bene’ – Mariapoli Ginetta (Brasile) 1998
Al inicio de los años ’70 el mundo se encontraba ya interconectado para el “irreversible encuentro entre los pueblos y las civilizaciones del mundo entero, gracias a una verdadera explosión de los medios de comunicación social y del inmenso desarrollo tecnológico”. Chiara Lubich, aun reconociendo lo positivo de esta novedad, advierte a los jóvenes que “no siempre el hombre de hoy está preparado para este encuentro”, a menudo desestabilizador, porque se piensa que el propio modo de pensar sea el único. Y les invita a no confundir los valores absolutos, vinculados a lo Eterno, con las propias estructuras mentales. Ante la pérdida de las certezas, Chiara propone a los jóvenes un modelo a seguir, una llave que les abrirá las puertas para la construcción de un mundo nuevo. “¿Cómo vivir entonces este terrible hoy, en el que parece que por un misterioso cataclismo los más altos valores se tambalean como enormes rascacielos que se doblan y se hacen añicos? ¿Existe una respuesta (…), un medio seguro a tener en cuenta para cooperar con los demás para engendrar el mundo que vendrá?. ¿Existe en la práctica un tipo de Hombre-Mundo que siente, que ha sentido en sí ese terrible terremoto que amenaza con no salvar nada de cuanto hasta ahora se había creído intangible? ¿Que casi duda que la misma verdad absoluta lo abandone a su propio destino, hundiéndolo en la mayor de las confusiones? ¿Existe este Hombre-Mundo que ha sabido superar tan enorme prueba, pagando así por un mundo nuevo que ha vuelto a encontrar en sí y ha generado para los demás? Sí, existe. Pero se intuye inmediatamente que este hombre no podía ser solamente un hombre, sino que tenía que ser «el Hombre»: es Jesús Abandonado. Su humanidad perfecta, pero también débil y sujeta al dolor y a la muerte, es símbolo de toda estructura humana que, aun en sus límites, ha logrado contener en diversas circunstancias algo ilimitado, como la verdad. En la cruz, próximo a la muerte física y en el abandono, a su muerte mística, Jesús advierte el derrumbe de toda su humanidad, de su ser hombre; de su estructura humana, por decirlo de algún modo, y, en el culmen de ese derrumbe, el Padre permite misteriosamente que dude y que la presencia de Dios en Él, casi se desvanezca. Y por eso grita: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46) Pero precisamente en ese grito, Jesús, porque es Dios, tiene la fuerza para superar ese infinito dolor y da a su carne sufriente la potencia de la inmortalidad, insertándola resucitada en el seno de la Trinidad inmortal. Y más aún, con este acto fenomenal de aceptación de la más espantosa destrucción que el Cielo y la Tierra hayan conocido, Jesús da a los hombres la posibilidad de resucitar, en la otra vida, con la resurrección corporal y, en esta vida, con la resurrección espiritual – cuando amamos a Jesús Abandonado- de cualquier muerte, de cualquier destrucción en la que el hombre pudiera encontrarse. “Es Jesús Abandonado (…) el líder seguro para cada joven de este siglo. Cuando se le ama, Él ofrece a quien le sigue el Espíritu de la verdad, del mismo modo que, después de su muerte en el Calvario, hizo descender sobre los apóstoles al Espíritu Santo”. Los jóvenes, afirma Chiara “siguiéndolo, encontrarán la posibilidad de no temblar frente a cualquier situación, más aún, podrán afrontarla con la seguridad de que toda verdad humana y el Reino de los Cielos, es decir, la Verdad, podrá encontrar -también por su contribución- las nuevas estructuras mentales a nivel mundial”. Y concluye: “A ustedes les corresponde acogerlo profundamente en su corazón como la perla más preciosa que hoy se les puede entregar para su alma, para los pueblos que aquí representan, pero sobre todo para ese mundo nuevo que tiene que ver a todos los hombres unidos. Para ese mundo nuevo que acogerá no a muchos pueblos sino al único pueblo de Dios”. Fuente: Chiara Lubich, Chiara a los Gen – 1970/1974, Ciudad Nueva, ed. 1975, págs. 69-80
24 Mar 2016 | Sin categorizar
«Las líneas del Evangelio de Juan, y no sólo de ése, convergen en la frase que para mí, desde hace ya mucho tiempo, ha asumido un significado profundo e infinito: “Que todos sean una sola cosa, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que el mundo crea” (cf. Jn 17,21). Así es como deberíamos vivir. […] Éstas son las coordinadas de la unidad que me interesan de manera especial. La unidad en nuestras parroquias, la unidad de los distintos servicios y ministerios, la unidad entre clero y laicos, la unidad entre los presbíteros. La unidad se vuelve creíble sólo si demuestra que no somos nosotros los amos, sino que sólo Él es el Señor. Esta unidad en el ámbito del ministerio sacerdotal me interesa de manera particular. Al mismo tiempo debo mencionar la unidad de la Iglesia, la unidad con aquéllos que se encuentran fuera de los confines de nuestra Iglesia católico-romana, la unidad entre todos aquéllos que se reconocen en la fe en el único Dios, el Viviente, y por lo tanto, con los judíos y los musulmanes. Esa unidad entre la Iglesia y la sociedad, donde la una no está al lado de la otra de forma paralela o ni se contrapone a la otra, sino una Iglesia y una sociedad entran en una relación recíproca, evidenciando que la unidad que Dios dona es la levadura para la sociedad, es la levadura que hace que el ser humano sea libre. Es la unidad la que hace al ser humano plenamente humano, porque puede ser humano en su pleno sentido sólo allí donde Dios tiene derecho a ser Dios plenamente, y por lo tanto, puede donarnos todo lo que quiere donarnos. Y Él quiere donarnos nada menos que Su íntimo misterio: la unidad trinitaria. Sin embargo éste no es un simple programa, porque con los programas no se avanza mucho. Más bien debe convertirse en vida […]. También yo tengo que empezar a vivir esta unidad. Y por esto confío en el hecho de que también ustedes, queridos hermanos y hermanas, puedan ayudarme, y que podamos hacerlo juntos en la reciprocidad». Mons. Klaus Hemmerle De: W. Hagemann, Klaus Hemmerle. Innamorato della Parola di Dio, Città Nuova, Roma 2013, pp. 337-338
24 Mar 2016 | Sin categorizar
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«Si miramos el mundo con las mil heridas que lo afectan, la unidad y la paz pueden parecer sólo una utopía.
Que la fuerza del Resucitado, que ha vencido para siempre la muerte, y por tanto cada muerte, refuerce en nosotros la valentía de creer, de esperar y de obrar para que, en el mundo, la fraternidad sea la regla de la convivencia entre los diferentes pueblos y culturas.
“¡Deseo a todos una Feliz Pascua, con Jesús resucitado en medio de nosotros!”.
Maria Voce (Emmaus)
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