27 Nov 2015 | Palabra de vida, Sin categorizar
Estas palabras están dirigidas a mí. El Señor viene y debo estar preparado para acogerlo. Cada día le pido: «Ven, Señor Jesús». Y Él responde: «Sí, vengo pronto» (cf. Ap 22, 17.20). Está a la puerta y llama, pide entrar en casa (cf. Ap 3, 20). No puedo dejarlo fuera de mi vida. La invitación a acoger al Señor que viene es de Juan el Bautista. Está dirigida a los judíos de su tiempo. A ellos les pedía que confesasen sus pecados y se convirtiesen, que cambiasen de vida. Estaba seguro de que la venida del Mesías sería inminente. ¿Lo reconocería el pueblo, que lo esperaba desde hacía siglos, escucharía sus palabras, lo seguiría? Juan sabía que para acogerlo hacía falta prepararse; y de ahí la apremiante invitación: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Estas palabras están dirigidas a mí porque Jesús sigue viniendo cada día. Cada día llama a mi puerta, y, lo mismo que para los judíos de tiempos del Bautista, tampoco para mí es fácil reconocerlo. En aquel entonces, contrariamente a las expectativas normales, se presentó como un humilde carpintero proveniente de Nazaret, un pueblo desconocido. Hoy se presenta con las trazas de un emigrante, de un parado, del empresario que da trabajo, de la compañera de clase, de los familiares, y también de personas en las cuales el rostro del Señor no siempre se ve con toda su luminosidad; incluso a veces parece escondido. Su voz sutil, que invita a perdonar, a ofrecer confianza y amistad, a no conformarse a opciones contrarias al Evangelio, muchas veces está dominada por otras voces que instigan al odio, al provecho personal o a la corrupción. De ahí la metáfora de los caminos tortuosos e impracticables, que recuerdan a los obstáculos que se interponen a la venida de Dios en nuestra vida de cada día. No hace falta enumerar las mezquindades, egoísmos y pecados que anidan en el corazón y nos vuelven ciegos a su presencia y sordos a su voz. Cada uno de nosotros, si es sincero, sabe cuáles son las barreras que le impiden el encuentro con Jesús, con su palabra, con las personas con quienes Él se identifica. Y ahí está la invitación de la Palabra de vida, que hoy va dirigida a mí precisamente: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». “Allanar” ese juicio que me lleva a condenar al otro, a dejar de hablarle, y en lugar de eso llegar a entenderlo, amarlo, ponerme a su servicio. “Allanar” el comportamiento erróneo, que me lleva a traicionar una amistad, que me hace ser violento o incumplir las leyes civiles, para convertirme más bien en una persona dispuesta a soportar incluso la injusticia con tal de salvar una relación, a implicarme personalmente para que crezca la fraternidad en mi entorno. Es una palabra dura y fuerte la que se nos propone en este mes, pero también una palabra liberadora, que puede cambiarme la vida, abrirme al encuentro con Jesús, de modo que venga a vivir en mí y sea Él quien actúe y ame en mí. Si la vivimos, esta palabra puede hacer mucho más: puede hacer que nazca Jesús en medio de nosotros, en la comunidad cristiana, en la familia, en los grupos en que actuamos. Juan la dirigió a todo el pueblo: «[y Dios] habitó entre nosotros» (Jn 1, 14), en medio de su pueblo. Por eso, ayudándonos unos a otros, queremos allanar los senderos de nuestras relaciones, eliminar cualquier desviación que pueda haber entre nosotros, vivir la misericordia a la que nos invita este año santo. Así, juntos, seremos la casa, la familia capaz de acoger a Dios. Será Navidad: Jesús encontrará el camino abierto y podrá quedarse en medio de nosotros. Fabio Ciardi
27 Nov 2015 | Focolare Worldwide

Foto: REUTERS/Murad Sezer
«Mientras que los disparos de mortero resuenan cerca nuestro, el miedo y la preocupación nos invaden ya sea por nuestra vida como por la de todos nuestros conocidos cristianos o musulmanes, sirios o extranjeros. Estamos unidos porque pertenecemos a la humanidad y somos todos hermanos y hermanas. En estas calles de Damasco se vive y se muere juntos, sin ninguna distinción. El balance del bombardeo es trágico: 9 muertos y 52 heridos. Nadie habla de esto. París ocupa por ahora el primer lugar. Pero estos son los números de la guerra del otro lado del Mediterráneo, son los números de un día. No quiero hacer sumas que vuelvan aún más horroroso todo lo que aquí aparece como una cotidianidad normal. Apenas el estruendo termina, porque el ruido de las bombas es ensordecedor, tomo el celular y llamo a los parientes y amigos: “¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¡No te muevas de allí! Espera…” Estas son las preguntas recurrentes después de cada bombardeo y después de los asaltos al barrio. Nos aconsejamos mutuamente de quedarnos quietos en el lugar en que estamos, que por ahora nos ha dado refugio y salvación y allí uno se queda porque no se sabe a dónde ir. La oficina, la cocina, el vestíbulo se convierten en refugios o tumbas según donde hayan caído las bombas, si erraron el blanco o acertaron. En mi interior las preguntas se suceden continua e insistentemente: “Pero, ¿es normal vivir con esta agitación? ¿Es normal que la gente tenga que vivir siempre en el miedo? ¿Por qué la otra parte del mundo calla? ¿Hasta cuándo tendrá que durar este absurdo? ¿Es posible que el poder, el dinero, los intereses puedan vencer sobre la voluntad de paz de los pueblos y de la gente sencilla? La ciudad de Aleppo al principio de noviembre quedó durante 15 días sin víveres y las rutas de acceso estaban cerradas. Las minas son otro de los legados de esta guerra. Antes de reabrir cualquier ruta de tránsito, es necesario quitar las minas. Un pueblo cercano a Homs fue puesto en la mira del Isis y hay casi tres mil personas desalojadas. La gente desea que la guerra termine y se hace muchas preguntas: “¿Quién proporciona armas a estas milicias crueles? ¿Por qué en lugar de alimentos sólo llegan municiones y artefactos bélicos?” Estas preguntas nos angustian, mientras que la oración se convierte en el bálsamo, nuestra roca. La comunidad cristiana trata de vivir en la normalidad. Se reúne en las celebraciones, trabaja en muchos proyectos de solidaridad, pero somos pocos. La gente se va de forma inexorable, abandona una tierra amada porque no se ven perspectivas de solución y aquí todo es carísimo, desde los medicamentos hasta la comida. Pero también aquél que se va, desea volver: está a salvo, pero no es la vida en Siria, no son las mismas relaciones, no son los mismos gustos, no existe la misma complicidad. Sin embargo no están divididos. Están esparcidos, continúan viviendo todos juntos por la misma paz». Fuente: Città Nuova
27 Nov 2015 | Focolare Worldwide
En el contexto actual, hablar de unidad, puede parecer absurdo, anacrónico, sin embargo, el impulso que anima a los obispos presentes en el Encuentro Ecuménico en la isla de Heybeliada (Halki), no es para nada una utopía. El compromiso de vivir el amor mutuo entre ellos y con sus iglesias es ya un testimonio vital para aquéllos que perdieron la esperanza en el diálogo y en la paz. El 25 de noviembre María Voce, en su intervención programática, habló a los obispos sobre la unidad. Una realidad que además de ser un don del cielo, se convierte también en un compromiso estimulante que –asegura- nos permite “integrarnos en esta historia sagrada de la humanidad”. Una historia sagrada en la que los cristianos tienen un rol imprescindible. La unidad se convierte en una respuesta a los desafíos de hoy. “Frente a la impotencia, que a veces hoy nos invade, – continúa María Voce- tal vez debemos dar un único y primer paso: volver a donarnos a Dios como instrumentos en Sus manos, para que Él, sobre nuestra nada, realice la unidad. Este es nuestro primer compromiso, el primer paso que tenemos que dar individualmente y juntos” Hoy, con una realidad social tan dramática, muchos, sobre todo los jóvenes, sienten el impuso de estar presentes y visibles al lado de quien sufre. Pero la tarea de los Focolares no se agota aquí. Es necesario comprender que la unidad es una meta hacia el mundo unido, por lo tanto, “estamos llamados a la unidad con todos– subraya María Voce-, sin excluir a nadie”. Y citando fragmentos de Chiara Lubich, revela a los Obispos el camino descubierto por la fundadora de los Focolares. “La puerta que nos abre a la unidad es para nosotros Jesús Crucificado y Abandonado” que “ha realizado la reunificación del género humano con el Padre y entre los hombres, es Él, crucificado y abandonado, la causa, la llave de la unidad, que la realizará también hoy”.
Llevar la riqueza de la unidad a cada ángulo de la tierra, es la función del Movimiento de los Focolares, suscitar células vivas en todas partes. “En los campos de refugiados, – continúa diciendo María Voce- en los hospitales donde están los heridos de guerra, en las manifestaciones de las plazas, en las colas de los que buscan trabajo y no lo encuentran, en los puertos repletos de emigrantes… en todos lados, en todos lados. Dios nos pide que encendamos fuegos cada vez más grandes”. En el diálogo que se produjo luego de su intervención, algunos obispos contaron sobre sus trabajo en contextos difíciles, de la cercanía de los fieles de las distintas iglesias allí donde existe la guerra y el sufrimiento. En ellos es fuerte la certeza de que es la cruz lo que los une a todos y la que hará florecer comunidades vivas en los lugares más inesperados. El programa continuo con una mirada particular sobre las realidades que viven las iglesias locales de Medio Oriente, el rol de los cristianos y sus dificultades. El obispo Sahak Masalyan a pesar de la compleja situación de la Iglesia Armenia en Turquía, transmitió optimismo y aseguró: “Cuando los cristianos pierden el sentido del optimismo, al final emigran hacia cualquier lado”. Un llamado llegó también del obispo Simon Atallah de la Iglesia Maronita de Líbano. Pidió que recemos con fervor para derrocar la guerra, para que los cristianos no abandonen más sus tierras y puedan volver a vivir en paz y armonía. Como conclusión de la jornada Ángela Caliaro y Carmine Donnici, representantes del Movimiento, presentaron el desarrollo y la influencia de los Focolares en toda la zona mediooriental, una semilla de esperanza que impulsa a los cristianos, a los musulmanes y a los judíos a continuar por el camino de la reconciliación y de la paz. De la enviada Adriana Avellaneda
26 Nov 2015 | Sin categorizar
Son las 9 de la mañana del 25 de noviembre. Hay una suave brisa en la isla. Heybeliada (Halki), un pequeño oasis de paz en el Mar de Mármara, a pocas millas de Estambul. En la cima de la colina, sobre el puerto, se erige el monasterio ortodoxo Aya Triada (SS. Trinidad), que hospeda este año, el 34° Congreso de obispos de varias iglesias, promovido por el Movimiento de los Focolares. Fundado en el siglo IX, este monasterio varias veces fue devastado por incendios y terremotos. El edificio actual es de finales del siglo XIX y fue la sede de la prestigiosa Academia teológica greco-ortodoxa. Tiene una biblioteca que conserva preciosos manuscritos antiguos y un total de 120mil volúmenes. En la entrada del Monasterio, un insólito escenario: 35 obispos de 16 Iglesias, provenientes de 19 naciones conversan fraternalmente. Con ellos están también María Voce y Jesús Morán, presidente y copresidente de los Focolares, y otros participantes del Congreso. Llega al puerto el Patriarca Ecuménico Bartolomé I. «Estoy contento de estar junto a ustedes», afirma con sencillez y se dirige junto con todos al interior del monasterio. Será él quien hará el discurso de apertura del encuentro: “Juntos por una casa común: la unidad de los discípulos de Cristo en la diversidad de dones”.
El Cardenal de Bangkok, Francis Kriengsak, saludó en nombre de todos al Patriarca y le agradeció por haber querido hospedar el Congreso. «Aquí estamos en el corazón de la Ortodoxia, compuesto por Iglesias antiquísimas y no pocos mártires» afirmó, y presentó a los participantes. Se hizo presente también en el Congreso con un mensaje, el Primado de la Comunión Anglicana, el Arzobispo de Canterbury Justin Welby. «Sigo considerando al Movimiento de los Focolares –escribe- como uno de los faros de esperanza de nuestro mundo dividido. Con su compromiso por la unidad mediante el respeto mutuo y el diálogo, ofrece un camino característico hacia la reconciliación yendo más allá de las diferencias y las enemistades». Bartolomé I recordó su reciente visita a Loppiano para el doctorado honoris causa que le otorgó el Instituto Universitario Sophia. «Fue un encuentro – dijo – en el que experimentamos el amor sincero, sin ‘pero’ y sin ‘cómo’». Después pasó a hablar del Congreso. «¿Cómo podemos llegar a armonizar los distintos carismas de nuestras Iglesias hoy, con la unidad de los discípulos de Cristo y ser “typos” (un modelo) para la unidad del mundo?», se preguntó y observó: «Demasiadas veces las diversidades se presentan como el fundamento y no como un carisma y esto lo sentimos todos los días ante las dificultades, que el género humano vive con exclusividad y conflictividad».
En el panorama mundial en el que dominan la frustración, la incertidumbre y la desconfianza, acentuadas por los acontecimientos de los últimos días, la mirada del Patriarca estuvo dirigida a la esperanza. «Llegué hasta aquí todavía más feliz porque los encontré a ustedes que me acogieron… como una familia», confió. Como cristianos –subrayó– «tenemos que recuperar velozmente el sentido de la unidad como recapitulación de los dones», la «riqueza de la diversidad… para ofrecer a cambio». «La unidad del mundo, el respeto por la Creación de Dios, don de su amor –explicó–, serán dados a partir de la capacidad de acoger la experiencia del otro como una riqueza para todos, como un camino de unidad, de respeto y de reciprocidad», «libres de todo tipo de condicionamientos ideológicos, políticos y económicos». Al final el Patriarca lanzó un llamado a los obispos presentes y al pueblo que tienen confiado: si como cristianos hacemos esta experiencia, «realmente seremos ‘sal del mundo’ y el mundo empezará a vivir una profunda metamorfosis». De la invitada Adriana Avellaneda