29 Abr 2014 | Sin categorizar

Participantes en el congreso – (C) Thomas Klann
«El carisma de la unidad […] escogió a una cristiana que Dios quiso que fuese católica, pero […], no es para los católicos solamente, no tendría sentido si fuera sólo para ellos. Es para toda la cristiandad». Con estas palabras de Chiara Lubich comenzó el Curso organizado por el Centro Uno – secretaría de los Focolares para el ecumenismo– que se desarrolló desde el 11 al 13 de abril en Castelgandolo, sobre “Los Pentecostales”, una realidad muy variada que nació en 1901 en los Estados Unidos (con antecedentes en los siglos anteriores) y que está en continuo crecimiento.

Udo e Ilona Knoefel, fundadores de la comunidad pentecostal Jesus-Gemeinde Sohland (Alemania) – (C) Thomas Klann
Durante el Curso, hubo cinco exposiciones desarrolladas por expertos: la profesora Teresa Rossi de la Pontificia Universidad Angelicum (Roma), Mons. Juan Usma del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, el Pastor Albert Pataki, Presidente de las Iglesias Pentecostales de Hungría, Michelle Morán, Presidente de la Renovación Carismática Católica Internacional (ICCRS) y Udo e Ilona Knöfel, fundadores de la “Jesus-Gemeinde Sohland” (Alemania), una comunidad pentecostal.
Asitieron un centenar de personas –entre ellos pentecostales, reformados, católicos, una luterana y una ortodoxa – de una veintena de países europeos, además de Brasil y de Corea.
La profesora Rossi brindó una panorámica sobre el nacimiento y el desarrollo histórico del Pentecostalismo. Monseñor Usma ilustró el diálogo con la Iglesia católica, afirmando que se trata de “una realidad compleja con la cual el Vaticano aceptó dialogar”. Recordamos que ya en el Concilio Vaticano II había un observador pentecostal. Citando el documento de Aparecida, publicado por los obispos latinoamericanos en el 2007, Monseñor Usma subrayó que no pocos católicos emigran hacia el Pentecostalismo y lo hacen no tanto por motivos doctrinales o teológicos, sino porque están en búsqueda de Dios.
El Presidente de las Iglesias Pentecostales Húngaras, el Pastor Albert Pataky, quien participa desde hace tiempo en un grupo ecuménico promovido por los Focolares, que se reúne mensualmente para meditar juntos la Palabra de Dios, expresó: “Nuestro Movimiento nació en la oración, que continuamente lo renueva y lo fortalece”.

(C) Thomas Klann
En Alemania del Este, en torno a Udo e Ilona Knófel, cuando todavía cuando estaban bajo el régimen comunista, se formó una comunidad que por su modalidad carismática, en primera instancia no fue aceptada por la Iglesia evangélica local. Al vincularse con el Movimiento de los Focolares, en el año 2004, buscó la reconciliación. Ahora la comunidad está comprometida en difundir el conocimiento de Jesús en esa región que es considerada “la más atea de Europa”.
Son muchas las experiencias del “diálogo de la vida”, contibución característica de los Focolares. Un diálogo basado en “el arte de amar” que crea las condiciones para que Jesús, según su promesa, esté espiritualmente presente entre cristianos de Iglesias distintas (Mt 18, 20). En Bari existe un intercambio vivaz entre los Focolares y una comunidad Pentecostal nigeriana. En Venezuela, en el transcurso de los años, se ha desarrollado una relación ecuménica que permitió ofrecer en el Congreso Misionero Americano, realizado en 2013 (con la asistencia de 4000 delegados), un Foro ecuménico con la participación de un Pastor Pentecostal venezolano.
Durante el curso en Castelgandolfo, después de haber escuchado un discurso de Chiara Lubich sobre el amor recíproco, una de las participantes pidió perdón a los pentecostales presentes por los prejucios que conservaba en su corazón. Sus palabras expresaron lo que muchos estaban sintiendo. “Lo más importante es el amor –dijo el Pastor Pataky de Hungría-. El orgullo divide, el amor une. Las verdades de fe que cada Iglesia profesa nos unirán si nosotros vivimos el amor. La obra del Espíritu Santo quiere unirnos”.
28 Abr 2014 | Focolare Worldwide, Senza categoria
«Con algunos amigos de los Focolares de Bangkok –cuenta Luigi Butori, uno de los protagonistas del hecho-, desde hacía tiempo tratábamos de llevar una ayuda concreta a algunas familias de refugiados de Myanmar, de la etnia Karen, que se habían establecido en el norte de Tailandia. Compartimos esta experiencia con algunos amigos italianos que nos sostenían a distancia, a quienes les mandábamos periódicamente noticias y fotos.
Después de la visita de uno de nosotros a Italia en octubre de 2013, se creó una relación especial con los niños de la escuela primaria del I.C.G. Giuliano de Latina, quienes enseguida expresaron su gran deseo de hacer algo por sus coetáneos lejanos, que ahora sienten cercanos.
Su ayuda se dirigió especialmente el orfanato de Mae Sot, en el norte de Tailandia.
Fue una experiencia realmente impresionante para nosotros, llegar a esos lugares, sabiendo que éramos los mensajeros de niños que, a 10 mil km de distancia, trabajaron para enviar sus pequeñas ayudas.
Los rostros de los niños se iluminaban mientras abríamos las cajas, en las que habíamos agregado chocolate, leche y otras cosas ricas, fruto de lo que habían compartido amigos budistas, cristianos y musulmanes. Ver los juguetes fue una fiesta para los niños; había motocicletas, un camión de bomberos y otras cosas que no sabíamos cómo funcionaban. Los niños “karen” en cambio, en pocos segundos ¡ya eran expertos! Pudimos distribuir ayudas también en el otro campo de refugiados y en otras “aldeas” que en realidad son ranchos agrupados construidos cerca de las fábricas, o en las plantaciones de arroz).
El don es importante, pero todas las veces experimentamos que lo más importante es mirar a la persona a los ojos, tenderle la mano, “tocar al otro”, hacerle sentir que estás allí por él. Al principio parecía que estaban llenos de sospechas; pero después, poco a poco, se iluminaban de alegría, de esperanza y –aunque no entendíamos su idioma-, parecía que nos decían: “Gracias, hoy me hiciste feliz… ¿Todo esto es gratis? ¿Cuándo regresarás? “Mira que estoy y vivo por ti… No tengas miedo”.
La experiencia prosiguió también durante este año, cuando una vez más nos pidieron un pago en la aduana tailandesa, los funcionarios se quedaron admirados por los dibujos originales y divertidos que los pequeños de Latina le habían pegado a las cajas enviadas.
Distribuimos las cosas en los arrozales y en los canales de Mae Sot, donde quien no tiene documentos trata de sobrevivir como puede.
Nos quedamos impresionados de cómo esta experiencia está cambiando las familias de los niños de Latina. Un papá nos decía: “La vida de nuestros hijos y la nuestra ha cambiado desde que empezamos a hacer algo por la población karen. Antes no sabíamos ni siquiera que existía”. Y una mamá: “Gracias por darnos esta posibilidad de hacer algo por los demás. Muchos de nosotros queríamos hacer algo concreto, pero no sabíamos ni qué ni cómo. La televisión nos da tantas malas noticias, en cambio ésta es una bocanada de alegría y de esperanza”. Una maestra agregaba: “Los niños están emocionados ante la idea de que sus juguetes llegaríanen un gran barco al otro lado del mundo para los niños que no tienen nada. Una niña no cabía de la felicidad cuando vio su muñeca en los brazos de una coetánea del orfanato de Mae Sol”.
Los ojos no engañan y los de esos padres son sinceros. Seguiremos trabajando para que este sueño, este milagro de amor que une a Latina y este lugar perdido en las montañas, en el noroeste de Tailandia, continúe».
26 Abr 2014 | Sin categorizar
«… comprendo cuán auténticas y sabias son las palabras del Papa Juan XXIII: “Yo debo hacer cada cosa, recitar cada oración, acatar cada norma como si no tuviera otra cosa que hacer, como si el Señor me hubiese traído al mundo sólo para hacer bien esa acción y que mi santificación dependiera del buen resultado de ella, sin pensar en el antes o el después”».
Con estas palabras escritas en su diario, y a menudo repetidas en público, Chiara Lubich reafirmaba la importancia para el cristiano de santificarse haciendo la voluntad de Dios momento por momento. Un concepto que le confirmaban las enseñanzas de Juan XXIII. En la misma página seguía escribiendo:
«A menudo veo mi alma como embestida, en el momento presente, por dos, tres cosas que hacer, que después me dejan inquieta. Veo que a menudo me asalta el deseo de llegar a todos, de hacer todo, de abrazar el mundo, yo lo interpreto en la práctica en un modo que no es correcto. Es una avidez espiritual que le pertenece al hombre viejo, aunque esté teñida de diligencia.
Éste no es el modo de vivir del cristiano. También quien está en un restaurante, si lo desea, come una cosa o la otra, pero no todas juntas y no todo lo que hay. Es necesario alimentarse, y por lo tanto saciarse, con lo que Dios quiere de nosotros en el presente.
He intentado hacer así en estos últimos días: es una experiencia maravillosa. Truncando con violencia todo lo que no es voluntad de Dios, para sumergirme sólo en ella, he experimentado la saciedad del alma: ¡es paz, gozo, felicidad! Una especie de beatitud».
Fuente: Città Nuova del 8-11-2010
26 Abr 2014 | Sin categorizar
Con ocasión de la canonización de Karol Wojtyla y Angelo Roncalli proponemos los momentos históricos de Juan Pablo II con el Movimiento de los Focolares en un breve video, regalo de Chiara Lubich al Santo Padre en el 2003, en ocasión del 25° de su Pontificado.
25 Abr 2014 | Focolare Worldwide
«Giorgio y yo nos casamos después de tres años de noviazgo durante los cuales nuestra unión creció cada día más. Por esto, juntos, pensamos formar una familia.
Después de algunos años nació una hermosa niña, que tenía una pequeña malformación cardíaca. A pesar de todo estaba feliz; sentía que este nacimiento nos había unido más. Pero pasado apenas un año, mientras estábamos en el hospital para un control de rutina, nuestra niña de improviso falleció. Fue un momento horrible. Sólo veía la oscuridad, estaba enojada con Dios que me había quitado lo que más amaba. Fue mi marido el que me sostuvo. Sin su amor no hubiera podido salir adelante.
Después de un año, nació Sofía y nosotros estábamos nuevamente felices. Poco después decidimos adoptar a un niño. Mientras iban pasando los años, me daba cuenta de que Giorgio, mi marido, no estaba sereno; se dedicaba poco a los hijos. Se notaba que los quería mucho, pero dejaba que yo tomara las decisiones sobre sus vidas. En determinado momento, decidió dejar su trabajo y emprender nuevas actividades. Comenzamos a frecuentar a otras personas que por lo general eran solteras, les gustaba viajar por el mundo, acostarse tarde.
Al principio traté de acompañar con amor a mi marido en este nuevo estilo de vida, pero luego comprendí que no tenía nada en común con ellos y así, poco a poco, nuestra vida en común fue tomando caminos distintos. Sabía que mi marido nos quería mucho a mí y a nuestros hijos, sin embargo estaba inquieto, se lo veía en búsqueda de algo. Pensé que tal vez como pareja, teníamos necesidad de ayuda, pero él no quiso saber nada; decía que no existían problemas. Mientras tanto sus negocios marchaban mal, también porque lo rodeaban personas sin escrúpulos.
Un día decidió irse porque “no quería más ser padre”, porque aunque nos quería mucho, tenía necesidad de reencontrarse a sí mismo. Yo no podía creer que después de tantos años vividos juntos, todo terminase así.
No lograba pensar en nada, me sentía desesperada. El dolor más grande era el sentimiento de fracaso que tenía y me sentía culpable. Fue un periodo duro. Durante el día trataba de ser fuerte por mis hijos que tenían 11 y 14 años, pero de noche, todo el dolor salía aflote y me hacía mil preguntas. Y ahora, ¿cómo haré? ¿Lograré que mis hijos crezcan bien en un momento tan delicado de sus vidas? Trataba de que ellos sintieran que yo estaba presente y de que el papá los quería mucho, aunque raramente llamaba.
Yo no salía más con los amigos; todos tenían una familia, yo estaba sola. Lo único que me ayudaba a ir adelante era el amor hacia mis hijos; nuestra relación creció y se hizo más profunda. También mis familiares estaban cerca mío, aunque después de poco tiempo, comenzaron a decirme que debía rehacer mi vida, que yo era todavía joven. Pero para mí, el matrimonio era todavía un sacramento, aunque mi marido no estuviera más.
Más adelante alguien me invitó a participar en un encuentro para separados organizado por el Movimiento de los Focolares. Allí, entre tantas personas que tenían en común el mismo dolor, me sentí amada y aceptada por lo que era. Nuestra amistad vinculada a un camino de fe vivido juntos, me ayudó a superar el sentimiento de fracaso. Probé que el amor es más grande que el dolor; comprendí que yo soy todavía signo del sacramento y cuando recibo la Eucaristía, siento que Jesús me dice: ¡yo no te abandonaré jamás! Esto me da la fuerza cada día para permanecer fiel al sí para siempre pronunciado el día del casamiento, aunque esté separada civilmente. Sé que no estoy sola, porque Dios está conmigo, y me ayuda a ver mi vida como Él la ve: con todo su amor y su misericordia».