5 Abr 2004 | Sin categorizar
Desde hace meses, quizás años, no logro tomarme una hora de distracción. Una tarde me dejo convencer por mi hermana de ir al cine. Entrando en la sala mi mirada se cruza con dos ojos que me fijan con insistencia. Un muchacho de poco más de 18 años se me acerca, diciendo que quiere hablarme en el intervalo de la película. En ese momento no lo reconozco, pero después me empiezan a darme vuelta en la cabeza recuerdos e imágenes. �Cómo hice para no darme cuenta enseguida? Es Román, mi hijo, a quien no veo desde hace ocho años, cuando se fue a vivir con su padre, después de nuestra separación. Tenía apenas 10 años entonces, y ahora lo encuentro hecho un hombre. Nos abrazamos en silencio. Después me dice: “�Mamá puedo venir a vivir contigo?”. Después de las lágrimas de ambos, volvemos juntos a casa. Esa noche, por primera vez, mis 4 hijos duermen bajo el mismo techo: él y su hermano, nacidos de mi primer matrimonio, y los otros dos más pequeños, nacidos del segundo matrimonio.
Una vida en mil pedazos
A menudo he tenido la impresión de que mi vida fuese como un vaso roto en mil pedazos, y que más yo trataba de ponerlos juntos, más el vaso se rompía. Después de una infancia difícil y de relaciones tensas en mi familia, el día que cumplía diecisiete años me casé. Era un paso algo precipitado, pero estaba convencida de que el matrimonio me habría dado esa felicidad que esperaba. En cambio no tuve un sólo momento de tranquilidad. A pesar de que habían nacido dos hijos la situación había llegado, en poco tiempo, al punto de la ruptura, y después de 10 años de matrimonio nos separamos. Con 27 años, un niños pequeño (Román se había quedado con el padre), y un matrimonio fracasado a las espaldas, no era fácil volver a empezar.
No tenía a nadie a mi lado, e incluso aquél Dios que había encontrado de niña parecía haber desaparecido. En aquella soledad, cuando otro hombre me demostró un poco de afecto, en el deseo de ofrecerle al niño el calor de una familia, acepté casarme con él. Nacieron otros dos hijos y viví un período feliz. Después se presenta otra durísima prueba: mi compañero se ve afectado por un tumor. Se alternan momentos de esperanza y de desilusión, hasta cuando, por los dolores agudísimos, en un momento de crisis no logra más y se quita la vida.
�Es posible volver a empezar!
Quedo sola nuevamente, con tres hijos por mantener. Esa muerte trágica me zumba en la desesperación, también yo quisiera terminar con todo. Un día, no sé por qué, entro en una iglesia, donde no ponía un pie desde que era un jovencita. No logro decir nada, solamente lloro. Saliendo siento dentro una gran paz: era Él, Dios… me daba la posibilidad de volver a empezar. Vuelvo a frecuentar la iglesia, superando la vergüenza inicial. Allí encuentro una comunidad parroquial viva, encuentro calor, acogida. Poco a poco descubro que detrás de esta vida hay una elección radical del Evangelio. Su estilo de vida es el amor recíproco, que está en el mandamiento nuevo de Jesús. Descubro un cristianismo vivo. Empieza en mi una verdadera y profunda conversión. En las palabras de Jesús encuentro la luz y la fuerza para superar los momentos difíciles. Entiendo que el pasado ya no existe, y el encuentro con Dios hace todo nuevo y luminoso. Pero ahora con cuatro hijos por mantener los problemas económicos no faltan; sin embargo, en el momento oportuno, siempre llega lo que necesitamos: un vestido, una reparación gratuita, una suma para los gastos imprevistos.
Un amor más fuerte que la muerte
Una noche, hacia medianoche, tocan a la puerta. Román estaba fuera por trabajo y tenía que regresar a esa hora. En cambio son dos policías: Román fue atropellado por un carro mientras atravesaba la calle y murió instantáneamente. “Dios mío, esto es demasiado”, grito. Enseguida llegan mis nuevos amigos. Están a mi lado toda la noche, comparten en silencio ese abismo de dolor, me ayudan a no desesperar, transmitiéndome una fuerza no sólo humana. Finalmente he encontrado la familia que siempre busqué, la de los hijos de Dios. Afrontamos juntos los momentos más difíciles: en la funeraria, el sepelio. Poco a poco se abre camino una certeza: también esto es amor de Dios. Le repito mi sí. La vida recomienza. Me encuentro nueva. Ese abismo de dolor ha excavado en mí una nueva capacidad de amar. Ahora es más claro que nunca: sólo el amor permanece.
(L. M.)
31 Mar 2004 | Palabra de vida, Sin categorizar
No es la primera vez que Lucas cuenta que los discípulos discuten sobre quién es, entre ellos, el más grande. En esta ocasión lo hacen durante la Ultima Cena. Poco antes Jesús ha instituido la Eucaristía, el signo más grande de su amor, de su entrega sin medida, anticipo de lo que vivirá pocas horas más tarde sobre la cruz. El está en medio de ellos “como el que sirve”. El Evangelio de Juan refiere, en efecto, su gesto concreto de lavar los pies a los discípulos. En este mes en el que celebramos la Pascua, la Resurrección de Jesús, es importante recordar esta enseñanza suya.
Los discípulos no lo comprenden, condicionados por la mentalidad corriente del vivir humano que privilegia el prestigio y el honor, los primeros puestos en la escala social, el llegar a ser “alguien”. Pero Jesús vino a la tierra precisamente para crear una sociedad nueva, una nueva comunidad, guiada por una lógica distinta: el amor.
Si él, que es el Señor y el Maestro, ha lavado los pies (una acción considerada de esclavos), también nosotros debemos seguirlo y, sobre todo, si tenemos determinadas responsabilidades, estamos llamados a servir de igual manera a nuestro prójimo con hechos concretos y dedicación.
«El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor»
Es una de las paradojas de Jesús. Se la comprende sólo si se piensa que la actitud típica del cristiano es el amor, ese amor que lo lleva a ponerse en el último lugar, que lo hace pequeño delante del otro, tal como hace un papá cuando juega con su hijo más chico, o ayuda en las tareas de la escuela al mayorcito.
Vicente de Paul llamaba sus “patrones” a los pobres y los amaba y servía como tales, porque en ellos veía a Jesús. Camilo de Lellis se inclinaba sobre los enfermos, lavando sus llagas, acomodando su cama, “con ese afecto – escribe él mismo ”.
¿Y cómo no recordar, más cercana a nosotros, a la beata Teresa de Calcuta, que acudió junto a millares de moribundos, haciéndose “nada” ante cada uno de ellos, los más pobres de los pobres?
“Hacerse pequeños” delante del otro quiere decir tratar de entrar lo más profundamente posible en su alma, hasta compartir los sufrimientos y los intereses, aún cuando a nosotros nos parezcan poca cosa, insignificantes, pero que sin embargo constituyen el todo de su vida.
“Hacerse pequeños” delante de cada uno, no porque nosotros estemos de alguna manera más alto y el otro más bajo, sino porque nuestro yo, si no se lo vigila, es como un globo, siempre dispuesto a elevarse, a ponerse en situación de superioridad con respecto a nuestro prójimo.
«El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor»
“Vivir el otro”, por lo tanto, y no llevar una vida replegada sobre uno mismo, llena de las propias preocupaciones, de las propias cosas, de las propias ideas, de todo lo que se considera nuestro.
Olvidarnos, posponernos a nosotros mismos para tener presente al otro, para hacernos uno con cualquiera hasta descender con él y ayudarlo a elevarse, para hacerlo salir de sus angustias, de sus preocupaciones, de sus dolores, de sus complejos, de sus discapacidades, o simplemente para ayudarlo a salir de sí mismo e ir hacia Dios y hacia los hermanos y encontrar así, juntos, la plenitud de vida, la verdadera felicidad.
También los hombres de gobierno, los administradores públicos (“el que gobierna”), a cualquier nivel en que se encuentren, pueden vivir su responsabilidad como un servicio de amor, para crear y custodiar esas condiciones que permiten que todos los amores puedan florecer: el amor de los jóvenes que quieren casarse y necesitan una casa y un trabajo, el amor del que quiere estudiar y necesita escuelas y libros, el amor de quien se dedica a la propia empresa y necesita caminos y vías, reglas seguras…
Por la mañana, cuando nos levantamos, por la noche cuando vamos a dormir, en casa, en la oficina, en la escuela, por la calle, podemos encontrar siempre ocasiones de servir, y de agradecer cuando, a nuestra vez, somos servidos.
Hagamos todo por Jesús en los hermanos, no dejando de lado a nadie y, más aún, siendo nosotros los primeros en amar, tomando la iniciativa.
¡Sirvamos a todos! Es la única manera de que seamos “grandes”.
Chiara Lubich
16 Mar 2004 | Focolare Worldwide
Encuentros de máximo nivel en el campo político, económico y eclesial han caracterizado la primera visita de Chiara Lubich a Irlanda, los cuales han sido reseñados también por dos de los diarios nacionales más importantes: el Irish Times y el Irish Indipendent. En este semestre de presidencia irlandesa de la Unión Europea, los temas de Europa, han tenido especial importancia en los coloquios con la Presidente de la República Irlandesa, Mary McAleese y con el Primer Ministro Bertie Aherne.
En un País en el cual, después del estallido económico de estos últimos años, florece la exigencia de una profunda dimensión ética, se ha puesto en evidencia el congreso desarrollado en la Facultad de Economía de la Universidad de Dublín, donde fue propuesta la Economía do Comunión como vía para humanizar la globalización. El congreso fue inaugurado por el Gobernador de la Banca de Irlanda, quien declaró: «El proyecto de la Economía de Comunión nace de una cultura espiritual que me parece muy importante. La economía tiene necesidad de una profunda dimensión ética que la Economía de Comunión puede traer también a Irlanda».
Irlanda, hasta hace pocas décadas profundamente católica, espera ahora una respuesta a la onda de descristianización en acto en todo el mundo occidental. El Presidente de la Conferencia Episcopal Irlandesa, Mons. Seran Brady, invitó a Chiara Lubich a hablar a un grupo de obispos sobre la espiritualidad de comunión y sobre su experiencia de evangelización. Estaban presentes también el Nuncio, Mons. Lazzarotto, el arzobispo de Dublín, el Card. Connell, y el arzobispo coadjutor Mons. Diarmuid Martin. La búsqueda de la luz es redescubierta como el hilo conductor de la antiquísima historia de Irlanda, representada con un lenguaje artístico, en la fiesta de la familia de los Focolares de Dublín, unas mil personas, provenientes también de Irlanda del Norte, se encontraron con Chiara Lubich. La fundadora de los Focolares lanzó a todos a llevar la luz del ideal de la unidad, la fraternidad que nace del Evangelio vivido.
Como conclusión del viaje, la inauguración de la ciudadela del Movimiento, “Lieta”, un “laboratorio de unidad”. Un momento impresionante, el recuerdo de quienes han sido las raíces espirituales de la difusión del ideal de la unidad en Irlanda.