Movimiento de los Focolares

Julio 2003

De un árbol, admiramos su follaje y sus flores y esperamos sus frutos, pero esa vida al árbol le llega de las raíces. Es lo que sucede también con nosotros. Estamos llamados a dar, a amar, a servir, a crear relaciones de fraternidad, a trabajar para construir un mundo más justo. Pero se necesitan raíces, es decir, vida interior de unión con Dios, nuestra relación personal de amor con él, que motiva y alimenta la vida de comunión fraterna y el compromiso social.
Es igualmente cierto que, el amor al otro, alimenta a su vez el amor a Dios y lo hace más vital y concreto, tal como la luz y el calor, a través de las hojas, fortalecen las raíces. Amor a Dios y amor al prójimo son expresiones de un único amor. También a nosotros Jesús nos repite lo que un día le dijo a sus discípulos, al verlos cansados por su entrega generosa a los demás. La vida interior y la vida externa son una raíz de la otra.
La Palabra de Vida elegida para este mes nos invita, sin embargo, a cultivar de manera especial la vida interior, sobre todo a través del recogimiento, la soledad, el silencio, para profundizar nuestra relación personal con Dios. También a nosotros Jesús nos repite lo que un día dijo a sus discípulos cansados como consecuencia de la constante donación a los demás:

«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»

También Jesús, cada tanto, se alejaba de sus muchas ocupaciones. Había enfermos que curar, multitudes que instruir y alimentar, pecadores que convertir, pobres que ayudar y consolar, discípulos que guiar… Sin embargo, aunque todos lo buscaban, él sabía retirarse, lejos de los centros poblados, a la montaña, para estar sólo con el Padre1. Era como si volviese a casa. En su coloquio personal y silencioso encontraba las palabras que luego le diría a su gente2, comprendía mejor su misión, recobraba fuerzas para encarar el nuevo día. Eso es lo que él quiere que hagamos también nosotros.

«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»

No es fácil detenerse. A veces estamos tomados por el ritmo vertiginoso del trabajo, de las actividades, como a merced de un engranaje del cual hemos perdido el control. Muchas veces la sociedad nos impone un ritmo de vida frenético: producir cada vez más, avanzar en la carrera, sobresalir… No es fácil enfrentar la soledad y el silencio tanto fuera como dentro de nosotros. Sin embargo, son condiciones necesarias para escuchar la voz de Dios, para confrontar nuestra vida con su Palabra, para cultivar y ahondar la relación de amor con él. Sin esta linfa interior corremos el riesgo de girar en el vacío y de que nuestro mucho trajinar termine resultando infructuoso

«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»

Jesús se llevó aparte a los discípulos para que estuvieran con él y en él encontraran reposo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”3. El mejor descanso es darse tiempo para “estar” con Jesús, vivir en gracia, en el amor, dejándose plasmar y guiar por su Palabra. En particular, antes de la oración, momento privilegiado del “estar con él”, es bueno dejar todo de lado, descansar un poco, recogerse, entrar en el secreto y en el silencio de nuestra habitación interior4. En nuestra oración no tenemos que andar midiendo el tiempo. En eso, cuanto más perdamos más ganaremos. Será como un zambullirnos en la unión con Dios, y encontraremos la paz. Podremos entonces llegar a un coloquio continuo con él, a un recogimiento constante, también más allá del tiempo dedicado a la oración. Es mi experiencia de muchos años.

En una ocasión escribí:

“…¡Señor!
En el corazón te tengo,
tesoro que ha de dar sentido a mis gestos.
Tú, cuídame, mírame,
es tuyo el amar: gozar y padecer.
Que nadie recoja un suspiro.
Oculta en tu tabernáculo,
vivo, trabajo por todos.
Que el toque de mi mano sea tuyo,
sólo tuyo el acento de mi voz…”.

Aún cuando no nos sea posible alejarnos del ruido o del torbellino del mundo que nos rodea, podemos ir al fondo del corazón, en busca de Dios, y él siempre está allí. A veces bastará decir: “Es por ti, Jesús”, antes de cada actividad y de un encuentro. Este también es un medio para retirarse un poco aparte y darle a todo un sentido, una entonación sobrenatural. Y ofrecerle cada dolor, pequeño o grande.
La comunión con él nos perfeccionará. También el físico resultará beneficiado y será posible volver con nuevas energías a nuestra actividad, a amar con impulso renovado.

Chiara Lubich
 

El diálogo: clave de cambio para construir la unidad

El diálogo: clave de cambio para construir la unidad

  “El cristianismo, a pesar de la crisis espiritual que atraviesa hoy la civilización humana, es capaz de renovarse continuamente”. En estas palabras del Rector de la Universidad Estatal Eslovaca de Trnava, Prof. Peter Blaho, está encerrado el significado más profundo de la solemne ceremonia que tuvo lugar esta mañana no en el Aula Magna del Ateneo, sino en la gran sala del Centro Mariápolis de Castelgandolfo, donde las máximas autoridades de la Universidad le otorgaron a Chiara Lubich el doctorado honoris causa en Teología.

En el palco sobresalían las banderas eslovaca, europea e italiana. Una imagen elocuente. De hecho, Eslovaquia está entre los 10 países que entrarán a la Unión Europea en mayo del 2004. De las intervenciones emergían las raíces cristianas, todavía vitales, de la cultura eslovaca que ha dado vida a la Universidad de Trnava, en el lejano 1635. Las palabras del Decano de la Facultad de Teología, el Prof. Ladislav Csontos, quien promovió el reconocimiento, revelaban el heroísmo vivido bajo el régimen comunista tanto da docentes del Instituto de Teología -fundado por los jesuitas, y después asumido desde 1992 por la Universidad de Trnava- como da estudiantes, en su mayoría sacerdotes y religiosos ordenados clandestinamente. Y se puso en evidencia la intensa actividad que permitió, a pesar del régimen, que se enriquecieran los estudios con las enseñanzas del Concilio Vaticano II. De allí deriva el estilo dialogante asumido por la Facultad en todos sus niveles: en las actividades didácticas, con seminarios científicos interdisciplinarios, con conferencias y publicaciones. “Por estos motivos –dijo el Decano, quien definió la figura y la obra de la neo-graduada– la teología de la unidad y del diálogo de Chiara Lubich está muy cercana a nuestras facultades y sus aportes son para nosotros el motivo principal para proponer este reconocimiento”. Definió a la fundadora de los Focolares como “un personaje- clave del movimiento ecuménico y del diálogo interreligioso”. Y recordó que su obra se ha hecho presente en Eslovaquia a través del Movimiento, que echó raíces todavía en los tiempos del régimen comunista, dando a quien adhirió a él gran apoyo espiritual y a la vida de la Iglesia local el espíritu del Concilio Vaticano II”.

El Rector de la Universidad habló de los “caminos” y de los “nuevos modelos” en las relaciones interpersonales abiertos por Chiara Lubich, con reflejos innovadores también en el campo económico, político y cultural, sobre la base del diálogo por ella promovido, que se basa en el mandamiento evangélico del amor. “Es necesario construir la unidad del mundo sobre esta base espiritual -afirmó- si no queremos perecer”.

Yo soy ateo, pero tú debes estar loco

 Un día viene a visitarme un amigo que me confía un gran dolor: sus padres están al borde del divorcio, después de una traición del papá durante un viaje de trabajo al extranjero. Además del dolor de ver el decaimiento del amor entre sus padres, le resulta insoportable la idea de que otra persona decida con cuál de ellos deberá ir a vivir, separándose así de su hermano a quien se siente especialmente unido.

Me siento involucrado en esa situación y experimento una profunda tristeza que no logro alejar. Además mi amigo no es creyente y temo empeorar la situación hablándole de Dios. Me arriesgaría a ser malentendido. Pero como cristiano siento el deber de trasmitir a todos el amor de Dios, yendo más allá de cualquier límite.

Finalmente, con esta luz que aclara las tinieblas, logro reconocer en C. el rostro de Jesús crucificado y abandonado, y encuentro la fuerza para decirle: “Yo, como cristiano, donaría a Dios mi dolor; pondría el problema en sus manos, para que su voluntad pueda realizarse bien, con la confianza de que cualquier cosa que Él me reserve para el futuro será lo mejor”.
Su respuesta fue: “Yo seré ateo, �pero tú debes estar realmente loco!”.
No me desanimo e insisto: “Ánimo, vale la pena intentarlo, simplemente di a Jesús: ‘Este dolor lo pongo en tus manos’; y después quédate tranquilo a la espera de que los acontecimientos maduren”. Antes de regresar a casa le digo que me puede llamar por teléfono en cualquier momento, si tiene necesidad de ayuda.

Cuando se va ciertamente la tempestad de su corazón no se ha aplacado. Al día siguiente, para mi gran alegría, me llama por teléfono para decirme que se encontró, obligado por la situación, a donar a Dios su dolor. Me siento más aliviado. Después de otros dos días, recibo una segunda llamada telefónica en la que me dice que no tendrá lugar ni la separación del hermano, ni el divorcio. La mamá encontró la fuerza para perdonar al papá y se reconciliaron.

Comentario de Chiara Lubich de la Palavra de Vida del mes de Junio

Testigos

Estas son las palabras que Jesús dirige a sus apóstoles antes de ascender al Cielo. Había llevado a cabo la misión que el Padre le había confiado: había vivido, muerto y resucitado para liberar a la humanidad del mal, reconciliarla con Dios, unificarla en una sola familia. Ahora, antes de volver al Padre, confía a sus discípulos la tarea de continuar su obra y ser sus testigos en el mundo entero.

Bien sabe Jesús que la empresa está infinitamente por encima de sus capacidades, y por eso promete el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu descienda sobre ellos, en Pentecostés, transformará a los simples y temerosos pescadores de Galilea en valientes anunciadores del Evangelio. Nada los podrá detener. A todos los que quieran impedirles su testimonio les dirán: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”1.

Jesús, a través de los apóstoles, confía la misión del testimonio a la Iglesia entera. Esa fue la experiencia de la primera comunidad cristiana de Jerusalén que, viviendo “con alegría y sencillez de corazón”, todos los días atraía a nuevos miembros2. Fue la experiencia de la primera comunidad del apóstol Juan, que anunciaban lo que habían oído, lo que habían visto con sus ojos, lo que habían contemplado y lo que sus manos habían tocado, es decir, el Verbo de la vida…3.
Con el bautismo y la confirmación también nosotros hemos recibido el Espíritu Santo que nos impulsa a dar testimonio y a anunciar el Evangelio. También a nosotros Jesús nos asegura:

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos (…) hasta los confines de la tierra”

El es el don del Señor resucitado. Habita en nosotros como en su templo, nos ilumina y nos guía. Es el Espíritu de verdad que hace comprender las palabras de Jesús, las vuelve vivas y actuales, enamora de la Sabiduría, sugiere lo que tenemos que decir y cómo decirlo. Es el Espíritu de Amor que inflama con su mismo amor, nos hace capaces de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, todas las fuerzas, y de amar a todos los que se cruzan en nuestro camino. Es el espíritu de fortaleza que infunde valentía y fuerza para ser coherentes con el Evangelio y dar siempre testimonio de la verdad. Sólo con el fuego del amor que él infunde en nuestros corazones podemos cumplir la gran misión que Jesús nos confía:

“… serán mis testigos”.

¿Cómo ser testigos de Jesús? Viviendo la vida nueva que él ha traído a la tierra, el amor, y mostrando sus frutos. Debo seguir al Espíritu Santo que, cada vez que encuentro a un hermano o una hermana, me dispone a “hacerme uno” con él o con ella, a servirlos a la perfección, que me da la fuerza de amarlos si de algún modo son enemigos; que enriquece mi corazón de misericordia para saber perdonar y para comprender sus necesidades; que me hace sentir la importancia de comunicar, cuando es oportuno, las cosas más hermosas de mi alma.

A través de mi amor, es el amor de Jesús el que se revela y  se trasmite. Sucede como con una lente que recoge los rayos del sol: acercándole una pajita, ésta se quema porque los rayos, al concentrarse, hacen que la temperatura se eleve. En cambio, si se pone la pajita directamente delante del sol, ésta no se enciende. Lo mismo pasa a veces con las personas. Es como si permanecieran indiferentes, apagados, ante la religión, pero a veces –porque Dios lo quiere- se encienden ante una persona que comparte su experiencia del amor de Dios, porque esa persona hace las veces de lente que recoge los rayos y enciende e ilumina.
Con ese amor y por ese amor de Dios en el corazón se puede llegar lejos, y compartir con muchísimas otras personas el propio descubrimiento:

“… hasta los confines de la tierra”

Los “confines de la tierra” no son solamente los geográficos. También indican, por ejemplo, personas cercanas a nosotros que no han tenido todavía la alegría de conocer verdaderamente el Evangelio. Hasta allí debe llegar nuestro testimonio.
Además queremos vivir la “regla de oro”, presente en todas las religiones: hacer a los demás lo que quisiéramos que se nos hiciera a nosotros.
Por amor a Jesús se nos pide “hacernos uno” con cada uno, en el olvido completo de uno mismo, hasta que el otro, dulcemente herido por el amor de Dios en nosotros, querrá “hacerse uno” con nosotros, en un intercambio recíproco de ayudas, de ideales, de proyectos, de afectos. Sólo entonces podremos dar la palabra, y será un regalo, en la reciprocidad del amor.
Que Dios nos haga sus testigos delante de los hombres para que Jesús, en el Cielo –como nos ha prometido- salga de testigo por nosotros delante de su Padre4.

Chiara Lubich

1) Hech 4,20;
2) cf Hech 2,46.48;
3) cf 1Jn 1,1-4;
4) cf Mt 10,32.