30 May 2003 | Focolare Worldwide
Ante el monumento símbolo de Berlín, la puerta de Branderburgo, se abrió, el jueves 28 de mayo, el primer Kirchentag ecuménico nacional, con una liturgia principal precedida por el arzobispo católico, Card. Georg Sterzinsky, y por el obispo luterano de la ciudad y del Land Brandeburgo, Wolfgang Huber. El evento es histórico. Por el lugar, por las dimensiones, por el empuje ecuménico que la base, casi 200 mil participantes, quiere dar. Presentes las máximas autoridades: desde el Presidente Federal Johannes Rau, al Canciller Gerhard Schroeder, al Alcalde Klaus Wowereit. Muy significativo lo que sucede ya una hora antes de la liturgia. Abriendo el programa el presentador dice: “Finalmente, finalmente, el momento tan deseado …”. No puede proseguir, porque la multitud se levanta en un grito de júbilo, casi una explosión de los deseos de todos, de las espectativas, de las esperanzas, de los dolores pasados… “El tiempo era maduro”, es el pensamiento que pasa por la mente, viendo la gente alrededor y escuchando este grito de alegría. Cuando después empieza la liturgia se intercalan momentos de alegría, de entusiasmo, con un profundísimo recogimiento. Está bien presente la conciencia de que el centro de todo es Cristo mismo. Johannes Rau, Presidente de Alemania, subraya la importancia de tal evento en la tierra donde empezó la reforma: “Lo que ha sucedido aquí en estos días es importante para toda la sociedad, mucho más allá de las Iglesias cristianas”. Fue interrumpido por muchos aplausos el mensaje del Papa, hecho con un lenguaje “evangélico”. “El Kirchentag debe convertirse en un gran signo ecuménico por el hecho de que la comunión en la fe es más fuerte y más importante de lo que todavía nos divide ”. Después anima a levantar juntos la voz en favor de los valores de la familia y de la vida. Seguidamente pasa a los sufrimientos que existen todavía por la falta de unidad entre los cristianos. “Es necesario volver a meditar las bases de nuestra fe. Estoy contento de que el Ökumenischer Kirchentag retome “el año de la Biblia” (iniciativa ecuménica de este año, en Alemania). Los animo a rezar con la Biblia, a leer y a meditar la palabra de Dios y a interpretar nuestra vida a partir del mensaje que Dios nos ha revelado y que ha sido transmitido por la comunidad de los fieles a través de los siglos”. Subraya la necesidad de la conversión como condición para el ecumenismo. “�Dios quiere que seamos uno, para que el mundo crea!”, y anima a proseguir con todos los esfuerzos por el camino ecuménico “con sensibilidad y respeto, con paciencia y valentía, respetando la verdad y con auténtico amor”. Y concluye: “Si se ponen bajo la bendición de Dios, entonces podrán llegar a ser todavía más bendición: los unos para los otros y para el mundo, sobre todo donde sufre o está herido”. Después toma la palabra Gerhard Schröder, Canciller de Alemania: “a pesar de la secularización, partirá una señal de Berlín en estos días: la Iglesia está viva, es vital. Y es atractiva sobre todo para los jóvenes”. La multitud pasa por la Brandenburger Tor. Tantos expresan la esperanza de que esto sea un acto simbólico para hacer caer también ese muro invisible que todavía divide a nuestras Iglesias. La noche siguiente se celebra una grandísima fiesta por las calles del centro de Berlín, organizada por las parroquias y otros grupos, movimientos y asociaciones. Parece que los cristianos han tomado la ciudad. Y se presentan con un estilo moderno, juvenil, atractivo, alegre, abierto… �Precisamente un cristianismo que puede volver a estar de moda! El lema y las 4 áreas de interés El lema elegido para estos días, «Sean una bendición», es profundizado también en las cuatro “áreas de interés” de la Jornada Ecuménica de las Iglesias: 1. Mostrar la fe – vivir en diálogo 2. Buscar la unidad – encontrarse en la diversidad 3. Respetar la dignidad – custodiar la libertad 4. Vivir en el mundo- actuar con responsabilidad Cada uno de estas “áreas de interés” comprende un gran número de encuentros, oraciones, mesas redondas, conferencias principales e iniciativas varias. Un libreto de 720 páginas ilustra el vasto programa de estos días.
28 May 2003 | Focolare Worldwide
“Ha dado la vida por su hermano”. Así titulaban los periódicos el trágico episodio de la muerte del Padre Nelson. Y así fue. Era párroco, director espiritual del seminario y capellán del hospital de Armenia, en Colombia. Una sobrina que trabajaba como su secretaria cuenta: “Murió viviendo la Palabra del Evangelio: dar la vida por los hermanos. Él siempre nos decía que teníamos que vivir por los otros y no por nosotros mismos”. Los ladrones, entrando en la casa parroquial, habían encerrado al P. Nelson en el baño para no ser molestados. Su hermano, casado y con hijos, vive a menos de 200 metros de la casa parroquial. Alguien le avisa que en la parroquia estaba sucediendo algo extraño, y entra escondido por la puerta de atrás: enseguida se ve con una pistola apuntada. Nelson, escuchando a su hermano aprovecha la confusión, fuerza la puerta del baño y se interpone entre ellos y su hermano diciendo a los ladrones: “�No le hagan daño!” Los ladrones disparan y lo hieren en el pecho. Era la mañana del 22 de marzo. Al día siguiente, a pesar de una tormenta tropical violentísima, la catedral estaba repleta de gente que lloraba a Nelson por el amor recibido de él. Un amor fruto de una madurez profunda y de una voluntad constante, probada desde los primeros años de su vida. Recorremos a grandes líneas su historia, a través de los mismos recuerdos del Padre Nelson, narrados hace algunos años en una entrevista para Città Nuova durante su estadía en Italia para estudiar pastoral sanitaria: «En la familia éramos 7 y vivíamos del trabajo de mi papá, un campesino. Éramos muy pobres, pero confiábamos en Dios y ese poco que teníamos estábamos contentos de compartirlo con quien tenía más necesidad que nosotros. Siempre recordaré un manzano de nuestro huerto cuyos frutos, sabrosísimos, los teníamos prohibidos, pues estaban reservados exclusivamente para los enfermos de la parroquia». Para Nelson la pobreza vivida así, evangélicamente, se transformó en una escuela de verdadera humanidad. Más difícil en cambio fue su relación con la enfermedad, con la que tuvo que entrar en confianza tempranamente: «Tenía seis años cuando, debido a un virus que ataca el sistema nervioso central, se me paralizaron las articulaciones por varios meses. Es una enfermedad siempre al acecho, que me obliga a estar continuamente bajo un tratamiento. Con los años se suman otras enfermedades, tuve que someterme a cuatro operaciones a los ojos. Por lo tanto sé algo de medicinas, de terapias, de convalecencias en el hospital. Pero entonces, siendo tan joven, no entendía muy bien el sentido de este sufrimiento, que me impedía vivir como mis coetáneos, y estaba más bien asustado». Estando de novio y con la perspectiva de formarse una familia, en cambio, se siente llamado a una donación más universal. Entiende que quizás su camino es otro. Y es así que con 21 años decide hacerse sacerdote. En los primeros años del seminario, en Manizales, la salud no parece crearle problemas. Sólo que, terminando los estudios de Filosofía y al inicio del año de experiencia pastoral, un nuevo ataque de su viejo mal lo obliga a ir al hospital, paralizado. «Si bien los médicos me aseguraban que me habría restablecido y que habría podido conducir una vida normal, caí en la crisis más negra: veía todo mi futuro en riesgo». Precisamente en ese período, gracias a un sacerdote amigo que vive la espiritualidad de los Focolares, profundiza en un aspecto de la pasión de Cristo. Identificándose con Él, reconociéndolo en cada dolor personal y de los demás y acogiéndolo, por amor, en su vida, experimenta un verdadero renacimiento interior: “Todo sufrimiento, físico o moral, adquiere un sentido para mí: y de allí una fuerza interior insólita, una sensación de paz e incluso de alegría. Había descubierto el tesoro más precioso, y aunque no hubiese llegado a ser sacerdote no me faltaba nada para realizarme como cristiano». Del 1983 al 1993 se donará sin reservas a la diócesis: vicepárroco en una gran parroquia de 10 mil almas, capellán del hospital, formador en el Seminario Mayor de Armenia, a cuya fundación contribuye. Una etapa fundamental es cuando, no sin dudarlo, Nelson decide actuar un viejo proyecto: el de frecuentar en el Camillianum de Roma un curso de pastoral sanitaria. Es una elección “preparada” por la experiencia hecha hasta ahora en carne propia, y además va al encuentro de una pregunta que para él es fundamental: �cómo vivir en modo “sano”, desde el punto de vista espiritual, la enfermedad, y así también la muerte como paso de esta vida a la otra? «Entre nosotros no había sacerdotes preparados en este campo, y sólo el deseo de poder servir mejor a mis hermanos me convenció de afrontar durante dos años, en mis condiciones, las incógnitas de una estadía más allá del océano». En agosto del ’93, habiéndose restablecido, Nelson empieza sus estudios romanos. Pero no es todo: viviendo junto a un sacerdote argentino y a uno holandés, tiene la posibilidad también de poner en práctica la espiritualidad de la unidad que ya lo había atraído en Colombia. Es una experiencia que lo afina, preparándolo para ser un apóstol especial: entre los enfermos de SIDA. No es fácil trabajar con ellos: son personas de una sensibilidad exasperada, que viven su drama en la plena conciencia de lo que les espera, y con quienes no se puede fingir. Conocerá a muchos de ellos en este período, y con cada uno una palabra, un silencio, el compartir profundamente ese dolor, la ayuda para reconciliarse con Dios. Regresando a Colombia Nelson, por deseo de su Obispo, se encargará de la pastoral sanitaria a nivel diocesano, pero su continua donación no se detiene allí. El dar la vida no se improvisa, y, como en tantos años de experiencia con las personas más variadas, Nelson nos ha saludado con un último heroico acto de amor.