Contra la guerra

Tommaso Carrieri, co-fundador de la asociación italiana “Non dalla la guerra”

Tommaso Carrieri, co-fundador de la asociación italiana “Non dalla la guerra”
Esta jornada, que fue instituida por la ONU en 1994, nos recuerda el derecho que poseemos todos los seres humanos de vivir según las tradiciones y las costumbres de nuestro propio ambiente originario, y hace una referencia particular a las poblaciones indígenas: casi 370 millones de personas que viven en 90 países diversos del mundo y representan el 5% de la población mundial, siendo este 5% la población más pobre del planeta. El documento de la ONU pretende “encarnar el consenso global sobre los derechos de las poblaciones indígenas y establecer un cuadro de mínimas normas para su sobrevivencia, dignidad y bienestar”. En los últimos diez años –recuerda la ONU en su portada– la actuación de la Declaración ha producido diversos progresos a nivel internacional, nacional y regional, pero a pesar de todo, continúa existiendo una brecha entre el reconocimiento formal de las poblaciones indígenas y la concreción de políticas adecuadas en el territorio.
Edgar y Maquency, junto con sus tres hijos: Edgar (18), Monserrat (16) y Mackenzie (15), desde hace cuatro años viven en “El Diamante”, a 50 Km de Puebla y casi a 170 de Ciudad de México. Son pocas decenas de habitantes, pero varios miles las personas que cada año los visitan. Es una tierra rica de culturas y de fuertes contrastes, con modernas y pobladas metrópolis y zonas marginadas fuera de la ciudad. La ciudadela es una auténtica “punta de diamante”, el corazón palpitante del Movimiento de los Focolares, fundada en 1990 por Chiara Lubich. Un lugar que da testimonio de que la inculturación de la vida del Evangelio es posible si está basada en el diálogo y en el intercambio recíproco entre las distintas culturas. «Decidimos mudarnos a la ciudadela con nuestros tres hijos para dar una contribución concreta. Llegamos aquí respondiendo a una verdadera llamada de Dios para construir, junto con otros, la ciudadela», cuenta Edgar. «Para nosotros, ofrecer nuestra disponibilidad era también un modo de devolver todo el amor que nos habían donado, desde que recibimos el don del Ideal de la unidad», agrega Maquency. «En este período –cuenta Edgar– he tenido que afrontar la dificultad de no tener un trabajo fijo. En el primer año transcurrido en la ciudadela hice varios trabajos de carpintería, plomería y trabajos de pintura de casas, siempre para sostener la economía familiar. A continuación, hablando con Maquency y con los otros focolarinos, decidimos que yo buscara otra fuente de ingresos en mi profesión de ingeniero. Después de poco tiempo encontré un trabajo en una ciudad a 90 Km de la ciudadela. El trabajo era bueno y estaba contento, pero sentía siempre la nostalgia de encontrarme lejos de casa, de mi familia, de la ciudadela». Apareció otra oportunidad de trabajo en una ciudad más cercana. «Hablándolo en familia, tomamos la decisión de aceptar. A primera vista parecía una buena opción, pero después de algunos meses de trabajo en esta empresa, me di cuenta de que las cosas no eran como parecían y tuve que renunciar. Volví a la ciudadela y me dediqué al trabajo de serigrafía. Me parecía que había vuelto atrás, en cambio, poco después me llegó otra oferta de trabajo inesperada como consultor en un proyecto. Lo asumí de inmediato. El trabajo me gustaba mucho y el sueldo era bueno. Finalmente logramos tener una economía estable en la familia».
Cuando todo parecía haberse normalizado desde el punto de vista económico, se le propuso a Edgar, sorpresivamente, ocuparse de la gestión de los trabajos de mantenimiento de la ciudadela, que eran necesarios después de tantos años de su construcción. «Con mi esposa entramos en una nueva etapa de discernimiento, tratando de comprender cuál era la decisión justa que debíamos tomar. No faltaron momentos de incertidumbre y aprensión, sobre todo pensando en el futuro de nuestros hijos». «Nos acordamos –interviene Maquency– de la experiencia inicial del llamado de Dios. Nos sentimos nuevamente interpelados, porque cuando Dios llama te pide que dejes todo y exige un amor exclusivo. Quiere que dejemos nuestras seguridades, para ponernos al servicio. Pero también nos ofrece todo, como dice el Evangelio: “No hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mi causa y por causa del Evangelio, que no reciba ya, ahora, en este momento, cien veces más”». «Así decidimos que yo me pusiera al servicio de la ciudadela. Cuando hablé con el responsable de la empresa, exclamó: “¡Tendrían que existir muchas personas como tú!” y me propuso trabajar en la empresa con un horario reducido, más adecuado a nuestras exigencias. Pude constatar la intervención de la Providencia y la verdad del Evangelio».
Hoy se cumplen 73 años del horror de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y de Nagasaki, tres días después. Se presentó como una inmensa explosión, como un sol enceguecedor, que causó la muerte inmediata de centenares de miles de personas, casi todas civiles. Y muchas más en los años siguientes, por las consecuencias de las radiaciones nucleares. De aquellas explosiones no sólo Japón sino la entera humanidad quedaron devastados, consignando al mundo la conciencia de que nada habría sido como antes. “Nunca más” es no sólo un imperativo moral, sino también una necesidad absoluta, si queremos que el planeta tenga un futuro de paz y se realice un mundo en el cual el sol sea sólo símbolo de vida.