10 May 2020 | Sin categorizar
El Cardenal Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con motivo de la Semana Mundo Unido 2020, mandó a los participantes un video-mensaje. En los difíciles tiempos que estamos atravesando, marcados por la crisis del coronavirus, son muchos los que están confinados en sus apartamentos, teniendo que vivir en cuarentena; sólo su nombre nos recuerda más los cuarenta días de la Cuaresma que a la Pascua. También nuestros servicios litúrgicos, en especial las más importantes liturgias de la Semana Santa y de la Pascua, debido a las restricciones decretadas en los distintos Países, han sido celebradas en iglesias sin fieles, a puerta cerrada, y transmitidas vía streaming. Esta experiencia extraordinaria me ha traído a la mente, en forma más viva que nunca antes, un detalle del relato bíblico de la Pascua. El evangelista Juan inicia su relato de la aparición de Cristo resucitado a sus discípulos con las palabras: “La noche de aquel día, el primero de la semana, mientras estaban las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos por temor a los Judíos…”(Jn. 20, 19). Si bien el Señor ya había resucitado y estaba yendo donde los discípulos, ellos todavía estaban viviendo el Sábado Santo, como lo demuestra claramente el miedo y las puertas cerradas. A este lugar que seguía estando asediado por el miedo, Jesús llega y cambia radicalmente la situación, como subraya el Evangelio: “Y los discípulos gozaron al ver al Señor” (Jn 20, 20). La alegría es la expresión visible del hecho de que el Sábado Santo se ha transformado en Pascua. También hoy, en este momento marcado por la crisis del coronavirus, podemos alegrarnos porque sabemos que el Señor no nos deja solos en medio de nuestros temores y de nuestras preocupaciones, sino que viene en medio nuestro y nos dona su presencia y su preciosa compañía. Cristo está siempre en medio nuestro, sobre todo cuando esperamos su venida. Chiara Lubich nos ha repetido este mensaje más de una vez, sin cansarse. Cuando Jesús está en medio nuestro, también nos trae un don. Es el mismo don que ha traído a los discípulos la noche de Pascua. El Evangelio relata que Jesús se sentó en medio de ellos y dijo: “¡La paz esté con ustedes!” La paz es el primer don que Jesús le hizo a sus discípulos después de la resurrección. La paz es el verdadero don pascual. La paz es también el don que Jesús nos ofrece hoy. Es esa paz que nosotros humanos no tenemos la posibilidad de crear solos, pero que sólo podemos recibir como don. Sin embargo la paz es lo más importante, y todas las formas de paz a las que aspiramos son sólo reflejo de esa paz. De hecho, sólo la paz que viene de Cristo nos da esa unidad que tanto deseamos, la unidad en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, entre todos los cristianos y en toda la humanidad. Esta paz naturalmente no puede quedarse encerrada en sí misma. El Evangelio prosigue relatando que, después del saludo de paz, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ha mandado a mí, también yo los mando a ustedes” (Jn. 20, 21). Estas palabras están dirigidas también a nosotros. También nosotros estamos llamados a transmitir a los demás la paz que nos ha donado Cristo, para que también pare ellos, especialmente para quienes viven en la preocupación y en el temor, el Sábado Santo pueda transformarse nuevamente en Pascua. También en este período de dura prueba por el coronavirus su lema es auténtico y necesario: “En Tiempo de paz”. Les auguro de corazón a todos ustedes un tiempo pascual alegre y lleno de paz. ¡Que el Señor de la Paz Resucitado los bendiga y los proteja!
Cardenal Kurt Koch
https://youtu.be/PVa0bCLphzE
7 May 2020 | Sin categorizar
Hemos recibido el mensaje del Rev. Prof. Dr. Ioan Sauca, Secretario General del Consejo Ecuménico de Iglesias (WCC). Le agradecemos su apoyo y aliento para esta edición de la Semana Mundo Unido. ¡Hacemos nuestro su estímulo para ser siempre constructores y promotores de la unidad en nuestro contexto diario y para el mundo! Saludo a la Semana Mundo Unido 2020 Rev. Prof. Dr. Ioan Sauca Secretario General Como Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias, es una alegría para mí saludarlos y alentarlos con motivo de la Semana de la Unidad con la solemne proclamación de Pascua: ¡Cristo ha resucitado! ¡Realmente ha resucitado! La comunión mundial de iglesias es solidaria con ustedes, y oramos por la curación y la sanación de la humanidad y de toda la creación de Dios, sobre todo en este momento de incertidumbre y miedo causado por la pandemia de COVID-19. En estas circunstancias, nos damos cuenta de cuán unidos estamos como una sola humanidad: compartimos los mismos temores, los mismos desafíos y el mismo anhelo por el bienestar de nuestra única familia humana. Además, a la luz de la resurrección de Jesús, tenemos razones para compartir la misma esperanza de una vida renovada, en el obrar y en el caminar hacia el reino de justicia y de paz de Dios. Ustedes, jóvenes de los Focolares, claramente orientados a unir la humanidad, revelan las dimensiones y aspiraciones reales de la visión de Chiara Lubich para el movimiento ecuménico: no solo para curar las antiguas divisiones entre los cristianos, sino para vivir el seguimiento de Cristo de modo de sanar el mundo. Son un regalo para nuestras comunidades. Vuestra pasión y deseo de cambiar el mundo nos inspiran y motivan a todos los que nos enfrentamos a la realidad de hoy. En formas grandes y pequeñas, esta generación se enfrenta a los desafíos más difíciles del cambio climático, de la desigualdad económica, de las necesidades de los migrantes y refugiados. Y, como podemos ver hoy, la experiencia digital de su generación nos lleva a nuevas formas de reflexionar y a reflexionar sobre nuestra visión común de la unidad de los cristianos, como expresa en la oración de Jesús en Juan 17:21. Allí Jesús oró “que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste”. La visión de Jesús no se limita a nuestra familia cristiana, sino que incluye a toda la humanidad y lo que Dios ha creado. Por lo tanto, a pesar de las incertidumbres y el miedo, el nuestro también es un tiempo de resurrección con enormes oportunidades para conocernos y servirnos los unos a los otros, hermanas y hermanos. La oración de Jesús nos recuerda que la unidad crece para servir a una necesidad mayor. En Juan 20:21, Jesús se aparece a sus discípulos que se han aislado en una habitación cerrada. Jesús los tranquiliza, diciendo: “La paz esté con ustedes”. Pero no se detiene ahí. Dando paz por segunda vez, añade: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. La tarea y el llamado a trabajar por la paz son claros. Al comenzar esta edición de la Semana de la Unidad en diferentes partes del mundo, los invito a reflexionar sobre las palabras de Jesús en el contexto actual de la necesidad de unidad y paz: ¿cómo vivimos la unidad de Dios hoy en un mundo que sufre? Como jóvenes, ¿cómo respondemos a las disparidades y necesidades del mundo, para que la paz de Dios pueda habitar en toda la humanidad y en toda la creación? Ginebra, 28 de abril de 2020
https://www.youtube.com/watch?v=-p39HC8PmYM&feature=emb_logo
6 May 2020 | Sin categorizar
Fue uno de los primeros religiosos que adhirieron a la espiritualidad de los Focolares. Un contemplativo en plena acción; un hombre de Dios sumergido en la humanidad. ¿Qué significa y para qué sirve “contemplar” hoy? Y, ¿cómo se contempla en el siglo XXI? En tiempos como estos, encerrados en casa por el Covid y presionados por las preocupaciones ante el futuro, tomar tiempo para ponernos en contacto con lo Absoluto podría no parecer prioritario. Pero hace pocos días tuve que cambiar de opinión, al conocer la extraordinaria experiencia del Padre Ermanno Rossi, un dominico italiano, pionero de los Focolares en los años ’50 que nos dejó el pasado lunes de Pascua. Su parábola existencial indica de que sólo una relación íntima con Dios podía hacerla posible. Lo confirma un texto suyo, escrito con ocasión de su 90° cumpleaños: “¡Los acontecimientos de mi vida han sido muchos! Recuerdo sólo una convicción interior que me ha guiado en todas mis elecciones: “No pedir nada y no rechazar nada”. Esto para mí significa valorar la tarea que se me confía, empeñar todas mis fuerzas con la seguridad de que Dios se encarga del resto. Por ese motivo, nunca he pedido nada ni rechazado nada, sin importar que cosa me pedían y aunque casi siempre eran cosas distintas de lo que yo sentía. Pero al llegar a esta edad puedo asegurar que ha valido la pena confiar en Dios. (…) Junto a las dificultades siempre he recibido gracias extraordinarias. Entre ellas ocupa un lugar relevante el haber encontrado a Chiara Lubich y su Movimiento. Este encuentro ha sido el faro de mi vida”. Y es poco decir que su vida ha sido intensa. De 1950 al ’55 fue el encargado de los jóvenes aspirantes a la vida dominica; escribía que su celda (en ese período) era el automóvil: “Siempre estaba de viaje por Italia central”. Fue en esos años que el Padre Ermanno encontró una de las primeras comunidades de Roma de los Focolares y conoció a Graziella De Luca: “Le hice sólo una pregunta: ‘Ahora que ustedes están en vida, va todo bien; pero cuando pase la primera generación será inevitable la decadencia, como le ha sucedido a todas las fundaciones’. Graziella me respondió: ‘¡No! Mientras esté Jesús en medio, esto no sucederá’”. A partir de ese momento su vida se volvió, en la medida de lo posible, todavía más intensa. Fue el rector y ecónomo de un seminario; docente de moral en Loppiano; viajó por toda Europa dando a conocer el espíritu de los Focolares a numerosos religiosos. Fue también responsable del Centro Misionero de su provincia religiosa, párroco en Roma y superior de una pequeña comunidad. ¿Con qué espíritu vivió el Padre Ermanno todo esto? Lo cuenta él mismo: “En todos estos acontecimientos siempre hubo una constante, todas las veces tuve que empezar de cero, tuve que “reciclarme”. Ha sido como si cada vez me confiaran un trabajo nuevo. Otra constante ha sido que en primer impacto la nueva situación se me reveló dolorosa, y después la ví como providencial. Ahora tengo la certeza de que lo que la Providencia dispone para mí es lo mejor que me puede suceder”. En la espiritualidad de la Unidad el Padre Ermanno encontró el camino para una relación nueva con Dios. Hasta entonces había buscado a Dios en la soledad. Con Chiara Lubich descubrió que el hermano es la vía directa para ir a Dios; un camino que no exige necesariamente la soledad, que puede ser recorrido también en medio de la multitud.
Stefania Tanesini
4 May 2020 | Sin categorizar
El siguiente escrito de Chiara Lubich nos conduce al corazón de la fe cristiana. “Hemos creído en el amor de Dios — así el cristiano puede expresar la elección fundamental de su vida”[1]. Es una elección que en estos tiempos parece muy atrevida, pero no por eso menos real. Esta vez hablaremos de nuevo de la oración: es el aliento de nuestra alma, el oxígeno de toda nuestra vida espiritual, la expresión de nuestro amor a Dios, el combustible de todas nuestras actividades. ¿Pero de qué oración hablaremos? De aquella que –con las infinitas y divinas riquezas que contiene– está totalmente comprendida en una palabra, en una sola palabra, que Jesús nos enseñó y el Espíritu puso en nuestros labios. Pero vayamos a su génesis. Jesús rezaba, rezaba a su Padre. Para Él el Padre era «Abbá», es decir el padre, el papá, a quien se dirigía con acentos de infinita confianza y de inmenso amor. Le rezaba estando en el seno de la Trinidad, donde Él es la segunda divina Persona. Precisamente por esta oración tan especial reveló también al mundo quién era Él realmente: el Hijo de Dios. Pero como había venido a la tierra por nosotros, no le bastaba con estar en esta condición privilegiada de oración. Muriendo por nosotros, redimiéndonos, nos hizo hijos de Dios, sus hermanos, y nos dio también, por medio del Espíritu Santo, la posibilidad de ser introducidos en el seno de la Trinidad, en Él, junto con Él, por medio de Él. De este modo también para nosotros se hizo posible esa invocación divina: «¡Abba, Padre!»[2]: «Papá, padre mío!», nuestro, con todo lo que comporta: certeza de su protección, seguridad, abandono ciego a su amor, consolaciones divinas, fuerza, ardor; ardor que nace en el corazón de quien está seguro de ser amado… Esta es la oración cristiana, una oración extraordinaria. No se encuentra en otros lugares, ni en otras religiones. A lo sumo, si uno cree en una divinidad, la venera, la adora, le suplica estando, por decir así, fuera de ella. Aquí no, aquí se entra en el Corazón de Dios. ¿Y entonces? Recordemos, pues, en primer lugar la vertiginosa altura a la que estamos llamados como hijos de Dios y, en consecuencia, nuestra excepcional posibilidad de rezar. Naturalmente, podemos decir «¡Abbá, Padre!», con todo el significado que implica esta palabra, solo si el Espíritu Santo la pronuncia en nosotros. Y, para que sea así, necesitamos ser Jesús, nada menos que Jesús. ¿Cómo? Lo sabemos: Él vive ya en nosotros por la gracia. Pero debemos hacer nuestra parte, que consiste en amar, en permanecer en el amor a Dios y al prójimo. Además el Espíritu la pondrá más plenamente en nuestros labios si estamos en perfecta unidad con nuestros hermanos, donde Jesús está entre nosotros. Que «¡Abbá, Padre!», sea nuestra oración. (…) Mediante ella corresponderemos plenamente a nuestra llamada a creer en el amor, a la fe en el amor que está en la raíz de nuestro carisma. Sí, el Amor, el Padre nos ama. Él es nuestro Padre ¿qué podemos temer? ¿Y cómo no ver en el designio de amor que Él tiene para cada uno de nosotros, y que se nos revela día tras día, la aventura más extraordinaria a la que podríamos estar llamados? «Abbá» es la típica oración del cristiano. Y de una manera especial de nosotros los focolarinos. Por lo tanto, si tenemos la seguridad de estar viviendo nuestro Ideal, es decir, si estamos en el amor, dirijámonos al Padre como lo hacía Jesús. ¿Las consecuencias? Las sentiremos en nuestro corazón.
Chiara Lubich
(En una conferencia telefónica, Rocca di Papa, 9 de marzo de 1989) Cf. Chiara Lubich, “Buscando las cosas de arriba, pp. 133-135, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1993. [1] Benedicto XVI, Deus Caritas est, 1. [2] Mc 14,36; Rm 8,15.