Movimiento de los Focolares

La divina aventura

El siguiente pensamiento de Chiara Lubich transforma nuestra manera habitual de leer los acontecimientos gozosos o dolorosos que tejen la trama de nuestra vida. Nos invita a hacer un verdadero cambio, a mirar todo con otros ojos, los de la fe en Dios, en el amor al cual nada le escapa. Esta convicción íntima nos llena de esperanza y, como consecuencia, nos hace actuar con valentía.  (…)  Si amamos a Dios, la vida –nuestra vida, con todas sus vicisitudes– es una divina aventura en la cual no hay un momento en que uno deje de sorprenderse por algo nuevo; una divina aventura llena de tesoros por descubrir, con los cuales nos enriquecemos momento a momento, como numerosas piedrecitas que se añaden continuamente al mosaico de nuestra santidad. [La Escritura] (…) de hecho nos dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman».[1] Todo contribuye al bien… para quienes aman a Dios. Todo. Porque nada –tenemos que creerlo– sucede por casualidad. Ningún acontecimiento alegre, indiferente o doloroso, ningún encuentro, ninguna situación familiar, de trabajo, de estudio, ninguna condición de salud física o moral deja de tener sentido. Todo, cada cosa –acontecimientos, situaciones, personas– es portadora de un mensaje por parte de Dios, que tenemos que saber leer y recibir con todo el corazón. Todo contribuye al bien para quienes aman a Dios. Porque Él tiene su propio designio de amor para cada uno de nosotros; nos ama con un amor personal y, si creemos en este amor y le correspondemos con el nuestro – ¡esta es la condición!–, Dios lleva cada cosa hacia el cumplimiento de ese designio sobre nosotros. Basta mirar a Jesús. Sabemos cómo Él amó al Padre. Pues bien, si pensamos en Él, aunque sea solo un momento, podemos observar que realizó [esta] Palabra durante toda su vida. Para Él nada sucedió por casualidad y todo tuvo un significado. La personificación de esta Palabra en Él se ve de modo muy especial sobre todo en el último tramo de su existencia; porque nada sucedió por casualidad durante su pasión y muerte. Para Él, incluso el abandono por parte del Padre –prueba extrema– cooperó al bien, porque al superarlo Jesús dio cumplimiento a su Obra. Tal vez las causas eran ciegas, porque quienes lo sometieron a padecimientos y después a la muerte no sabían lo que hacían; y no solo en el sentido de que no sabían a quién flagelaban y crucificaban, sino también porque no sabían que eran autores de un sacrificio –del sacrificio por excelencia– que habría de fructificar la salvación de la humanidad. Los dolores le llegaban a Jesús sin esa intención, pero Él, porque amaba al Padre, supo traducirlos todos en medios de redención, y más aún, supo ver en aquellos terribles momentos la hora esperada desde siempre, el cumplimiento de su divina aventura terrenal. El ejemplo de Jesús tiene que ser una luz para nuestra vida; todo lo que llega, todo lo que sucede, todo lo que nos rodea y también todo lo que nos hace sufrir, tenemos que saber leerlo como voluntad de Dios que nos ama, o una permisión de Él, que es igualmente amor. Entonces, todo será más que interesante en la vida; todo tendrá sentido y todo será extremadamente útil. ¡Ánimo! Aún estamos vivos. Todavía estamos en viaje. La vida puede convertirse en una divina aventura. El designio de Dios sobre nosotros aún puede cumplirse. Basta amar y tener los ojos abiertos a su voluntad siempre espléndida.

Chiara Lubich

(De una conferencia telefónica, Rocca di Papa, 2 de agosto de 1984)  Extraído de: «La divina aventura «, en: Chiara Lubich, Juntos en Camino, Ciudad Nueva, Buenos Aires 1988, pp28-30.   [1] Rm 8, 28.

“Cuanto más amamos al hermano, más se desvanece el dolor…”

Con motivo de la jornada de oración, ayuno e invocación por la humanidad del 14 de mayo, reportamos la oración de María Voce, presidenta del Movimiento de los Focolares. En este tiempo de prueba, de soledad, de angustia y de abatimiento, sentimos la necesidad de reencontrar el sentido de la vida y de la muerte, de aquello que no pasa y permanece eternamente. Nuestros corazones, purificados por el dolor y desarmados, se unen para implorarte a ti, el Omnipotente, el Clemente, el Misericordioso, el Padre de todos nosotros. Fortalece en nosotros la fe en que todo lo que permites es para un bien mayor, y que nada de lo que sucede es ajeno a tu bondad infinita. Ayúdanos a proseguir el viaje de la vida con confianza y esperanza renovadas, enraizadas en tu divina voluntad de cada momento presente. Conforta a los que sufren por la pérdida de familiares y amigos; da fuerza para seguir adelante y paciencia en las adversidades. Haz que ante la angustia por el futuro, la pérdida del trabajo, las consecuencias económicas y sociales causadas por la pandemia, logremos descubrir en ellas ocasiones para vivir la solidaridad y alimentar la justicia. Forja en nosotros cada vez más un alma capaz de amar concretamente, para compartir el dolor de los que lloran y alegrarnos con los que están alegres. Ayúdanos a considerar al otro como a nosotros mismos y desearle lo que deseamos para nosotros. Haznos experimentar, Dios Altísimo y Omnipotente, que cuanto más amamos a nuestro hermano, olvidándonos de nosotros, más se desvanece el dolor y queda en nuestro corazón la dulzura inefable y tangible de tu presencia. Da vigor, salud, protección y sabiduría a los médicos, enfermeras, personal sanitario y a todos aquellos que se prodigan en favor de los hermanos enfermos y necesitados, para que puedan ser tus instrumentos acompañando a los que se confían a sus cuidados. Oh Dios, Luz del mundo, que tu Sabiduría ilumine a los científicos, y que ellos pongan a disposición sus conocimientos para el bien de toda la humanidad. Sostiene a los dirigentes de las naciones y a todos aquellos que deciden el destino de los pueblos, para que sepan tomar decisiones con visión de futuro y encontrar soluciones sociales y económicas en favor de los más débiles. Toca sus conciencias para que encuentren todos los medios para prevenir los conflictos y promover la paz. Haz que cada uno se sienta responsable no solo de su propio pueblo, sino de toda la humanidad. Que María, amada y venerada por muchos, nos ayude a mantenernos firmes en la fe y a llevar consuelo y esperanza a todos. Amén. Descargar la oración

14 de mayo de 2020: La jornada mundial de oración por la humanidad

“Con la jornada de oración interreligiosa del próximo 14 de mayo, el Alto Comité para la Fraternidad Humana nos recuerda que la actual pandemia ha marcado un punto de no retorno: nos salvamos solo mirando al bien común, no al bien de uno u otro, no a los intereses de una u otra parte sino al bien de todos”. Con estas palabras María Voce, presidenta del Movimiento de los Focolares, anunció la plena adhesión del Movimiento a la jornada de oración por la humanidad, anunciada también por el Papa Francisco el pasado domingo 3 de mayo, «para que el próximo 14 de mayo los creyentes de todas las religiones se unan espiritualmente en una jornada de oración, ayuno y obras de caridad, para implorar a Dios que ayude a la humanidad a superar la pandemia del coronavirus».  “Somos una gran familia – añadía María Voce – formada por cristianos, fieles de distintas tradiciones religiosas, junto con personas sin una referencia específica a la fe. Animo a todos a que vivan la jornada del próximo jueves 14 de mayo en un espíritu de oración -según sus respectivos credos y tradiciones- de ayuno y de compromiso concreto para ayudar a quienes están a nuestro lado, especialmente a los más débiles y marginados. Lo haremos a nivel local, como cada comunidad lo considere oportuno, siempre de conformidad con las disposiciones vigentes, y en un espíritu de verdadera y efectiva fraternidad». «Estamos seguros de que las oraciones que se elevarán a Dios de sus hijos e hijas serán escuchadas por el bien de la gran familia humana y que la prueba que todos estamos viviendo nos hará realmente más fuertes en el peregrinaje común que es la vida”.

Stefania Tanesini

 

La inmensidad de Dios

La relación con la naturaleza se ha vuelto cada vez más central en nuestra vida personal y en la de las organizaciones y los Estados, así como el deber de preservarla y reparar los daños que le hemos hecho. La pandemia por la cual todavía estamos sufriendo, si por un lado ha puesto más de relieve este deber nuestro, por el otro ha dado paradójicamente un momento de respiro a la creación. La siguiente experiencia espiritual de Chiara Lubich nos remonta a Aquél que es la raíz de todas las cosas: Dios. (…)  Durante un momento de descanso vi un documental sobre la naturaleza. (…) A diferencia de otras transmisiones de la TV […] ese largometraje produjo un gran efecto en mi alma. Contemplando la inmensidad del universo, la extraordinaria belleza de la naturaleza, su potencia, me remonté espontáneamente al Creador de todo y adquirí una nueva comprensión acerca de la inmensidad de Dios. La impresión que tuve fue tan fuerte y tan nueva que enseguida me habría arrojado a tierra de rodillas para adorar, alabar y glorificar a Dios. Sentí la necesidad de hacerlo, como si esta fuera mi vocación actual. Y, casi como si ahora mis ojos se abrieran, comprendí como nunca, quién es el que hemos elegido como ideal; o más bien el que nos ha elegido a nosotros. Lo vi tan grande, tan grande, tan grande que parecía imposible que hubiera pensado en nosotros. Esta impresión de su inmensidad ha permanecido en mi corazón durante algunos días. Ahora el rezar: «Santificado sea tu nombre» o «Gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo» es otra cosa para mí: es una necesidad del corazón. (…) Nosotros estamos en camino. Y cuando alguien viaja, ya piensa en el ambiente que lo acogerá a su llegada, en el paisaje, en la ciudad; ya se prepara. Esto es lo que tenemos que hacer también nosotros. ¿Allá arriba se alabará a Dios? Alabémosle, pues, desde este momento. Dejemos que nuestro corazón le grite todo nuestro amor, que lo proclame junto a los ángeles y a los santos (…): «Santo, Santo, Santo, Santo». Expresémosle nuestra alabanza con la boca y con el corazón. Aprovechemos para reavivar algunas de nuestras oraciones cotidianas que tienen esta finalidad. Y démosle gloria también con todo nuestro ser. Sabemos que cuanto más nos anulamos nosotros mismos (teniendo por modelo a Jesús Abandonado que se redujo a la nada), más gritamos con nuestra vida que Dios es todo y por tanto se le alaba, se le glorifica, se le adora. Pero al hacer esto muere también el «hombre viejo» en nosotros  y con su muerte vive el «hombre nuevo», la nueva criatura. (…) Busquemos muchos momentos durante el día para adorar a Dios, para alabarlo. Hagámoslo durante la meditación, o en algún [momento de oración]. (…) Alabémoslo más allá de la naturaleza o en lo más íntimo de nuestro corazón. Sobre todo, vivamos muertos a nosotros mismos y vivos a la voluntad de Dios, al amor hacia los hermanos… Seamos también nosotros, como decía santa Isabel de la Trinidad, una «alabanza de su gloria»[1]. Así anticiparemos algo del Paraíso, y Dios será compensado por la indiferencia de innumerables corazones que hoy viven en el mundo.  

Chiara Lubich

(En una conferencia telefónica, Rocca di Papa, 22 de enero de 1987) Extraído de: “La inmensidad de Dios”, en: Chiara Lubich, “Buscando las cosas de arriba”, Ciudad Nueva, Madrid 1993 pp.18-20 [1] Cf., por ejemplo, Carta del 8 de octubre [1905], en Isabel de la Trinidad, Escritos, Postulación general de los Carmelitas descalzos, Roma 1967, p. 380.