14 Ago 2019 | Sin categorizar
A veces, la riqueza material puede ocupar nuestro “corazón” y generar una creciente ansia de poseer más, una verdadera dependencia. La compartición de los bienes materiales y espirituales con quienes sufren necesidad, en cambio, permite experimentar una verdadera libertad: este estilo de vida da testimonio de la confianza en un Dios Padre y echa bases sólidas para la civilización del amor. Un don de Dios David, nuestro quinto hijo, parecía muy normal. Pero al poco tiempo los médicos nos dijeron que era Down. En ese momento, muy duro, junto con mi esposo nos acordamos que habíamos aceptado a David desde su concepción, como un don de Dios. La hermana mayor, cuando lo supo, escribió en su diario: “Quiero ser para David no sólo una hermana, sino también una madre”. Rodeado de un gran amor, David sigue haciendo muchos progresos. Va a la escuela y es muy afectuoso, siempre entusiasta de la vida. Esta felicidad que tiene es contagiosa. En definitiva, se ha revelado como un verdadero don de Dios. (Jacqueline – Escocia) En la cárcel En mi celda hay un muchacho que no tenía dinero y para comer se había apropiado del contenedor de otro recluso, que lo amenazó, y lo obligó a pagar tres nairas. Entonces él empezó a pedir ese dinero a los otros compañeros. Yo no tenía más que cinco nairas, que me servían para comprarme algo para comer. Pero me acordé del Evangelio y entendí que para amar a Dios tenía que amar a ese compañero. Le di mi dinero. Más tarde, alguien me trajo comida a mi celda. (Sylvester – Nigeria) La cena Esa noche, nada más salir de la universidad – como hago habitualmente – me senté delante del televisor esperando que mi madre, que estaba viendo su programa favorito, se levantara para prepararme la cena. Al rato vino a mi mente un pensamiento: hace unos días había oído hablar del Evangelio; eran tres estudiantes de medicina con los que había conversado, y subrayaban la importancia de hacer la voluntad de Dios durante la jornada. Entonces me levanté y fui a la cocina a preparar la cena. Fue mi primer acto de amor consciente. (T.C. – Italia) Las bases de nuestro matrimonio Después de habernos casado, a pesar de todo lo que nos queríamos, cada uno seguía siendo “el de antes”, cada uno con sus hábitos. Un día surgieron divergencias acerca de la preparación de un plato checo. En esa ocasión la distancia que se había creado era tan grande que tomamos una decisión: debíamos aceptarnos así como éramos, sin querernos cambiar. Tal vez fue en ese momento cuando pusimos las bases de nuestro matrimonio. Ahora que somos abuelos, tratamos de transmitir a nuestros nietos la misma experiencia, agradecidos a Dios porque nos abrió los ojos. (J. e T. – Boemia)
Recopilado por Chiara Favotti
13 Ago 2019 | Sin categorizar
En la Mariápolis Europea la historia de una amistad posible que lanza semillas de paz Abrirse y “elegir un estilo de vida inclusivo”. Abrirse a reconciliarse con el otro y descubrir la perla que está dentro de cada hombre. Abrirse como Jesús, que para todos se vuelve encuentro, y dejar actuar al Espíritu Santo “que se alegra en la diversidad pero persigue la unidad”. Es el camino que desde hace muchos años recorre el Reverendo Ken Newell, ministro presbiteriano de Belfast, capital de Irlanda del Norte. Una tierra que todavía hoy sufre por las heridas dejadas por el conflicto de finales de los años ’60, durante 30 años, donde entraron en conflicto unionistas y separatistas: los primeros, protestantes, que apoyaban la pertenencia al Reino Unido; los segundos, católicos, promotores de la reunificación entre el Norte y el Sur de Irlanda. Un conflicto de matriz política que envenenó el tejido social, transformando las ciudades en campos de batalla y llevó a la “segregación religiosa”: protestantes y católicos viven en barrios diferentes, las comunidades no se encuentran, hay desconfianza y prejuicios. No ha sido fácil para el reverendo Ken, intentar construir puentes. El primer trabajo lo tuvo que hacer en sí mismo: “Crecí en Belfast en una comunidad protestante y unionista –cuenta a la Mariápolis Europea- durante mis primeros años de vida fui plasmado por la cultura de mi comunidad (…); muchas cosas eran sanas, buenas y serenas; otros aspectos en cambio me influenciaron con actitudes negativas en relación con la comunidad católica, irlandesa y nacionalista, para superarlas necesité años”. Fue un camino que lo llevó a abrirse poco a poco y a descubrir la belleza de la diversidad. Como cuando estando en Holanda un sacerdote lo convenció de que participara en una Misa. O en Indonesia, donde siendo profesor en un seminario de Timor, pudo sumergirse en un país diferente, con un idioma, alimentación y cultura propios. “Empecé a darme cuenta que, así como el arcoíris tiene colores distintos, así Dios creó la raza humana con increíble diversidad; valorar la cultura de Timor me enseñó a valorar lo bueno de mi cultura”. Por el vínculo con el sacerdote Noel Carrel, descubrió que la amistad era posible: “nos dimos cuenta de que estábamos en Timor para servir al único Cristo, que teníamos el mismo Padre celestial y que éramos hermanos. Me preguntaba si sería posible tener un amigo así en Irlanda del Norte”. A partir de este momento tome clara conciencia: “El Espíritu Santo me hizo abrirme a la “diversidad” del otro lado del mundo y me empujó a buscar lo mejor en la cultura y en la espiritualidad católica irlandesa”. Regresando a Belfast, en el ’76, fue llamado a guiar la Iglesia presbiteriana de Fitzroy: con un estilo de vida incluyente y contracorriente. En uno de los momentos más duros del conflicto, su invitación a construir nuevas relaciones fue acogida por los miembros de un monasterio redentorista de Clonard; así nació la Asociación Clonard – Fitzroy. La amistad humana y espiritual con el Padre Gerry Reynolds, responsable de la Comunidad de Clonard, y “compañero en la construcción de la paz”, dio vida a muchas experiencias de comunión: “Empezamos yendo juntos a los funerales de los policías que habían sido asesinados por los terroristas y de los civiles inocentes asesinados por grupos de paramilitares lealistas; era raro ver ministros protestantes y sacerdotes católicos juntos en los funerales para confortar a los familiares de los fallecidos”. Después sucedió que empezaron a participar los unos en las celebraciones de los otros y también el Padre Gerry y el Reverendo Ken participaron juntos en matrimonios entre personas de Iglesias diferentes. Fue posible otro paso que antes habría sido impensable: el sacerdote y el ministro fueron invitados a encuentros con líderes políticos de las partes en conflicto, para buscar un cese al fuego y adoptar políticas de paz. Poco a poco los políticos de los principales partidos de Irlanda del Norte, el DUP, pro-británico, y el Sinn Fein, pro-irlandés, reconocieron en la Asociación Clonard – Fitzroy un “espacio seguro” donde confrontarse. Siguió creciendo el deseo de reconciliación que en el 2007 llevó al “milagro de Belfast”: “en Stormont, el palacio de gobierno de Irlanda del Norte –cuenta el Rev. Newell – el Rev. Ian Paisley, primer ministro del poder ejecutivo compartido, y el vice-primer ministro, Martin McGuinness, ex comandante del IRA, bajaron juntos la escalera de mármol, se sentaron uno al lado del otro ante la prensa mundial y se dirigieron al pueblo de Irlanda del Norte; hablaron de su determinación de conducir el país hacia un futuro mejor y más reconciliado”. Fue el alba de un nuevo día. La Asociación Clonard-Fitzroy, que trabaja desde hace 38 años y ha inspirado miles de iniciativas similares, en 1999 recibió el premio internacional de paz Pax Christi.
Claudia di Lorenzi
12 Ago 2019 | Sin categorizar
Potencialmente tiene todos los requisitos para ser un modelo de convivencia social y religiosa para el mundo entero, y sin embargo la larga crisis económica y política amenaza con echar por alto este equilibrio. Desde hace cincuenta años los Focolares tratan de dar su contribución. https://vimeo.com/343256169
8 Ago 2019 | Sin categorizar
En sus 66 años de vida, Christine, focolarina ugandesa, dijo con su vida que en el mundo no hay muros infranqueables. Supo amar a cada uno y en todo lugar con gran apertura: primero como artista del grupo internacional Gen Verde, luego en Italia, al servicio de la focolarinas; y finalmente nuevamente en África, primero en Tanzania y luego en Kenia.
A principios de los años 70, Chiara Lubich tenía una relación casi diaria con los Gen, los jóvenes del Movimiento de los Focolares. En un mundo en rápida evolución, sacudido por revoluciones de diferentes ideologías y colores, la fundadora de los Focolares los preparaba para la conquista del mundo a través del amor evangélico. Un proyecto de vida que, para ser aceptado, requería dejar todo atrás y saber mirar hacia adelante. En 1972 en Masaka, en Uganda, Christine Naluyange había hecho su elección. A los veinte años se fue a Fontem (Camerún) para participar en uno de los experimentos más visionarios de convivencia social de la época: vivir en una pequeña ciudad, nacida menos de 10 años antes, donde blancos y negros, sanos y enfermos, cultos y menos convivían para decir a sí mismos y al mundo que la fraternidad es un estilo de vida posible, productivo e incluso exportable. Hablar de Christine, focolarina africana, solo unos días después de su muerte el 21 de julio debido a una enfermedad agresiva, no solo es un deber, sino que es necesario en momentos como estos en los que en nombre de reivindicaciones se levantan todo tipo de muros o se quiere ver, del continente africano, solo los rostros de los que huyen en busca del futuro.
En sus 66 años de vida, Christine nunca ha considerado las muchas diferencias encontradas como muros insuperables. Al contrario, las acogió, hizo suya la riqueza de cada persona, pueblo y cultura: primero como artista, durante 23 años como parte del grupo internacional Gen Verde, luego en Italia, en el Centro del Movimiento, al servicio de focolarinas; luego nuevamente en África, primero en Tanzania y luego en Kenia. Una vida variada, la suya, plena, donde hizo de todo. Pisó escenarios, sirvió a los hermanos y ocupó cargos de responsabilidad; todo con gran naturalidad y normalidad. La suya fue una existencia muy rica de relaciones; se acercaba a las personas con el corazón de una madre, siempre dispuesta más a escuchar que a hablar, a cuidar de cada uno de manera concreta. No en vano, el lema de su vida era una frase del Evangelio que Chiara Lubich había elegido para ella: “Vayan y prediquen el Reino de Dios” (cf. Mc 16,15). De los muchos testimonios que han llegado en agradecimiento y alabanza a Dios, referimos dos que expresan bien la riqueza humana y espiritual de Christine. Maricel Prieto, española, que pasó 18 años con Christine en el Gen Verde, escribe: “De ella me viene en mente sobre todo una palabra: “realeza”. Christine era una reina en el escenario, pero también lo era cuando se acercaba a la gente, cuando saludaba a alguien, cuando cargaba o descargaba el material de nuestros camiones, cuando trabajaba en el jardín, cuando preparaba el almuerzo. Y esta no era una simple actitud, sino un constante “calarse” en el momento presente con una firme adhesión a la voluntad de Dios que la hacía siempre disponible, cercana”. “Después de haber vivido más de la mitad de su vida fuera del continente africano – dice Liliane Mugombozi – Chris, como la llamamos, había adquirido en cierto sentido una ‘cultura’ universal, incluso si – para quien la conocían bien – era una mujer ugandesa, auténtica hija de su tierra. A su lado se experimentaba una gran apertura; ella era un ‘mujer-mundo”. Impactaba su constancia en creer y vivir por la unidad con una mirada amplia, que sabía ir más allá de las injusticias sufridas. ¿Cómo explicar todo esto? Creo que Chris tomó una decisión en la vida: amar e hizo de Jesús crucificado y abandonado su modelo en todos sus esfuerzos de coherencia, de acuerdo con el estilo evangélico de la espiritualidad de la unidad”.
Stefania Tanesini