[:it]Giovani per la pace
[:it]Domenica 23 luglio: speciale giornata di preghiera e di penitenza per la pace in Medio Oriente
Julio 2006
El amor de Dios incluye a todos, es universal. Abarca al universo entero y presta atención a la más pequeña de sus criaturas. Todo el poema (el Salmo), del cual se tomó esta Palabra de Vida es un himno a él, “grande en el amor”, inclinado sobre cada ser viviente, atraído por sus necesidades.
Cada criatura es retratada en un gesto de invocación: tiene necesidad de alimento y con ello de lo indispensable para su existencia, y Dios abre su mano con generosidad. Se ocupa de cada uno, sostiene al que es débil y corre peligro de caer1, conduce al extraviado otra vez al camino recto.
«El Señor está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad»
No es un Dios ausente, distante, indiferente ante el destino de la humanidad, como tampoco ante el destino de cada uno de nosotros. Lo comprobamos muchas veces. Pero también es cierto que en otros momentos probamos la lejanía y nos sentimos solos, inseguros, confundidos ante situaciones que parecen desbordarnos.
Aparecen entonces la rebelión o el sentimiento de antipatía hacia algún hermano o hermana. Puede que también nos pesen situaciones que se arrastran por años en la familia, en la comunidad de trabajo: pequeñas o grandes diferencias, celos, envidias, tiranías. O que nos sintamos sofocados por un mundo que puede parecernos endurecido por las pasiones, la competencia desmedida, un mundo carente de ideales, de justicia y de esperanza.
“¿Señor, dónde estás?”, parece gritar nuestro corazón. “¿Me amas de verdad? ¿Nos amas de verdad? Si es así, ¿por qué todo esto?”
Es entonces que la Palabra de Vida hace renacer una certeza: no estamos solos en nuestra aventura humana.
«El Señor está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad»
Es una invitación a reavivar la fe. Dios está y nos ama. Puedo y tengo que reafirmarlo en cada acción, frente a cada acontecimiento: Dios me ama. ¿Estoy con alguien?: tengo que creer que a través de esa persona Dios me quiere decir algo. ¿Me ocupo de una tarea?: en ese momento sigo teniendo fe en su amor. ¿Sobreviene el dolor?: creo que Dios me ama. ¿Llega una alegría?: Dios me ama.
El está aquí conmigo, siempre, sabe todo de mí y comparte cada uno de mis pensamientos, cada alegría, cada deseo, sobrelleva conmigo cada preocupación, cada prueba de mi vida.
¿Cómo reavivar esta certeza? He aquí algunas sugerencias.
Lo dice él mismo: invocándolo. El Señor ya estaba en la barca de Pedro cuando estalló la tempestad, y sin embargo los discípulos se sentían solos e indefensos porque él dormía. Entonces lo llamaron: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”2, y él calmó el viento y las aguas.
Jesús mismo, en la cruz, dejó de sentir la cercanía del Padre. Lo invocó con su más angustiosa oración: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”3. Creyó así en su amor, se volvió a abandonar en El, y El lo resucitó de la muerte.
¿Cómo reavivar además la fe en su presencia?
Buscándolo en medio de nosotros. El ha prometido estar allí donde dos o más están unidos en su nombre4. Encontrémonos entonces en el amor recíproco del Evangelio con aquellos que viven la Palabra de Vida, compartamos las experiencias y probemos los frutos de esa presencia suya: alegría, paz, luz, coraje.
El permanecerá con cada uno de nosotros y seguiremos sintiendo que está cerca, y que obra en nuestra vida de cada día.
Chiara Lubich
1) Cf Sal 144, 14;
2) Mt 8, 25;
3) Mt 27, 46;
4) Cf Mt 18, 20.
[:it]Abitare la città
Junio 2006
“Han sido llamados para vivir en libertad” (Gal 5,13). Ese es el anuncio que Pablo de Tarso dirige a los cristianos de las distintas comunidades de Galacia. Un anuncio que reitera las palabras de Jesús cuando decía que nos habría hecho “realmente libres” (Jn 8,36; 3). ¿Libres de qué? Los cristianos de Galacia habían sido liberados de las prescripciones legales de la Ley mosaica, libertad extendida luego a todos los cristianos. Pero, más que eso, hemos sido liberados del pecado y de sus consecuencias: de nuestros temores, de la búsqueda desenfrenada de intereses, los condicionamientos culturales, las convenciones sociales… Somos libres, entonces, cuando observamos las normas de conducta social y religiosa del cristianismo, porque no las sentimos como obligaciones impuestas desde afuera. Para nosotros hay una ley nueva, la “ley de Cristo” (Gal 6 2;4), como la llama Pablo, que está inscripta en nuestro corazón y aflora desde lo íntimo de la persona renovada por el amor de Cristo: una “ley que nos hace libres” (Sant 2,12;5). Una ley que nos da, al mismo tiempo, la fuerza para ponerla en práctica. Somos libres porque nos guía el Espíritu Santo que vive en nosotros. Por eso, esta invitación.
«Los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu (…). Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley»
En este período de Pentecostés revivimos el acontecimiento del descenso del Espíritu sobre María y los discípulos reunidos en el Cenáculo. Con sus lenguas de fuego derrama en los corazones el amor de Dios (Rm 5,5,6). Esta es la ley nueva: el amor. El Espíritu Santo es el Amor de Dios que, al venir a nosotros, transforma nuestro corazón, infunde en él su mismo amor y enseña a actuar en el amor y por amor. El amor es el que nos mueve, el que nos sugiere cómo responder a las situaciones y a las opciones que debemos tomar. Es el amor el que nos enseña a distinguir: esto está bien, lo hago; esto está mal, no lo hago. Es el amor el que nos impulsa a actuar en función del bien del otro. No somos guiados desde afuera, sino por ese principio de vida nueva que el Espíritu ha puesto dentro de nosotros. Fuerzas, corazón, mente, todas nuestras capacidades pueden “caminar según el Espíritu” porque las unifica el amor y las pone completamente a disposición del proyecto de Dios sobre nosotros y sobre la sociedad. Tenemos la libertad de amar»
«Los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu (…). Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley»
“Si están animados por…”. Siempre existe el peligro de que algo le impida al Espíritu Santo tomar plena posesión de nuestra mente, de nuestro corazón. Se puede ofrecer resistencia a su voz y a su guía al punto de “entristecerlo” (Ef 4,30;7), e incluso “extinguir” su presencia en nosotros (1TS 5,19;8). Muchas veces preferimos seguir nuestros deseos más que los suyos, nuestra voluntad más que la suya. ¿Cómo dejarnos guiar, entonces, por esa voz que habla en nuestro interior? ¿A dónde nos lleva? El mismo Pablo nos lo recuerda pocos versículos antes: toda la ley nueva de libertad se sintetiza en un solo precepto: el amor al prójimo. Pablo sugiere que ser libres significa hacerse esclavos del otro, ponerse al servicio los unos de los otros (Gal 5, 13-14). Esa voz dentro (el amor) nos impulsa a prestar atención a quien está a nuestro lado, a escuchar, a dar. Puede parecer extraño, pero al final cada Palabra de Vida nos lleva a amar. No es algo forzado, es la lógica evangélica. Sólo si estamos en el amor somos cristianos auténticos.
«Los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu (…). Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley»
Dejémosle al Espíritu la libertad de conducirnos por el camino del amor. Podemos pedírselo de esta manera: tú eres la luz, la dicha, la belleza. Tú arrebatas las almas, inflamas lo corazones y haces concebir pensamientos profundos y decisiones de santidad con compromisos individuales inesperados. Tú santificas. Pero sobre todo, Espíritu Santo, tú que eres tan discreto, aunque impetuoso y desbordante, y soplas como brisa leve que pocos saben escuchar y sentir, mira lo rudo de nuestra tosquedad y haznos más devotos. Que no pasemos ningún día sin invocarte, sin agradecerte, sin adorarte, sin amarte, sin vivir como discípulos asiduos tuyos. Esta es la gracia que te pedimos.
Chiara Lubich
