5 Mar 2005 | Sin categorizar
La noticia de que el Papa había sido internado, que suscitó sorpresa y trepidación, llegó poco antes de la conclusión del 29� Congreso espiritual de los Obispos amigos del Movimiento de los Focolares, reunidos en el Centro Mariápolis de Castelgandolfo, del 19 al 25 de febrero de 2005. Antes de su regreso enviaron al Papa el siguiente mensaje: Queridísimo Santo Padre, antes de regresar de Castelgandolfo, queremos hacerle llegar un calurosísimo saludo junto con los más vivos augurios de una pronta recuperación. Unidos a toda la Iglesia, en incesante oración, junto a María Santísima, pedimos para usted gracias especialísimas y el consuelo del Espíritu Consolador. Gracias, Santo Padre, por el luminoso ejemplo de fe y de amor con el que afronta la prueba. �Gracias por su ministerio, que es todo un don!”. Una característica relevante de estos días ha sido precisamente el intercambio de mensajes con el Papa. Una inesperada carta firmada por él, en estos días de enfermedad, dirigida al Card. Miloslav Vlk, promotor del encuentro, ha dado una entonación fuerte e incisiva al Congreso. “Verdaderamente, Usted es quien ‘más ama’ y ‘confirma a los hermanos’…” escribieron como respuesta los Obispos. Juan Pablo II dirigió un pensamiento especial a Chiara Lubich, expresándole su “reconocimiento por el testimonio evangélico que el Movimiento ofrece en tantas partes del mundo”. Refiriéndose al tema del congreso: “La presencia del Resucitado en medio de su pueblo: principio vital de la Iglesia del tercer milenio” – el Papa animó a los Obispos a “dar testimonio en la sociedad de hoy de la presencia de Cristo resucitado, centro de la Iglesia” y dijo estar convencido de que de una reunión basada en este “principio vital” no puede no surgir una “renovada vitalidad apostólica” y una “audacia misionera” que respondan a los retos de nuestros tiempos. Seguidamente invitó a los participantes a ser “signos elocuentes” del amor del Señor crucificado y resucitado, presente en el sacramento de la Eucaristía, y “artífices de su paz en todos los ambientes”. Retomando el llamado del Papa, las intervenciones de los Obispos, quienes han transcurrido días de intensa fraternidad, han dado voz a los numerosos sufrimientos de la humanidad: guerras, hambre, enfermedades, situaciones políticas y económicas precarias; pero al mismo tiempo han transmitido una fe todavía más grande en la acción de Dios que conduce a una acción decidida e iluminada. Así dijo el Obispo Simón Ntamwana de Burundi, quien habló de cómo el episcopado del país trabaja para crear, después de los años difíciles vividos en Burundi, una cultura de paz y de reconciliación. Un Obispo de Centroamérica, sostenido por lo que había experimentado en el Congreso del año pasado, comunicó cómo, a partir de la espiritualidad de comunión, ha logrado desarrollar una sorprendente función de pacificación entre los políticos. Un Obispo de Tanzania, Desiderius Rwoma, habló de la difusión del Evangelio a través de la constitución de pequeñas comunidades cristianas, formadas espiritualmente, que han empezado a atraer a numerosas personas todavía alejadas del cristianismo. Profundizando en la promesa de Jesús de estar presenta allí “donde o tres están unidos en Su nombre” (cf. Mt. 18, 20), Chiara Lubich en su intervención –leída por Natalia Dallapiccola, una de sus primeras compañeras, subrayó: “Jesús resucitado no es una presencia estática” sino que actúa como “principio unificador”, y por lo tanto activo: el amor”. “Pero esto –agregó- exige la respuesta del hombre”. “Por lo tanto toda división en la comunidad va contra su naturaleza”, es más, “por ella se altera la profunda identidad de la comunidad que es Cristo presente… He aquí el por qué la Iglesia, a veces, no es amada”. Por lo tanto es necesario llevar, cada vez más, las relaciones de los creyentes “a la reciprocidad, a la comunión, que hace ‘visible’ al Señor”. Conscientes de la actual situación mundial, los Obispos presentes se mostraron profundamente sensibles a estas afirmaciones que en los días siguientes fueron profundizados mediante una serie de reflexiones culturales del filósofo Giuseppe María Zanghì sobre el vuelco histórico en acto y su desarrollo en el ámbito académico con hindúes y budistas; de los teólogos Hubertus Blaumeiser y Brendan Leahy sobre los aspectos de una nueva comprensión de la Iglesia que tenga como centro la presencia del Resucitado en medio de los suyos; de la socióloga brasileña Vera Araujo sobre la persona en la sociedad global. Estos aportes de reflexión han sido el marco para los testimonios de Obispos, sacerdotes y laicos sobre la “renovada vitalidad apostólica” que suscita la presencia del Resucitado. La dimensión ecuménica fue abierta con experiencias sobre el diálogo de la vida entre Obispos de distintas Iglesias y sobre el camino de comunión entre movimientos y comunidades, hecho visible en Stuttgart, en la gran manifestación de mayo pasado “juntos por Europa”, sobre la cual intervino el pastor evangélico Friedrich Ashoff. La dimensión política fue ilustrada por Lucía Crepaz presidente del “Movimiento político por la unidad”, que, a partir de la experiencia de varias décadas de este Movimiento, ha trazado la identidad de una acción política entendida como servicio a la sociedad y, eligiendo como método el diálogo, sabe tejer, sin exclusiones, una “red entre las diversidades”. Un gran interés, en este momento de fuerte crisis de la institución familiar, la suscitó el anuncio del “Familyfest” del 16 de abril próximo, por parte de Annamaria y Danilo Zanzucchi, responsables del Movimiento Familias Nuevas de los Focolares, dirigido a dar visibilidad a la realidad de la familia según el designio de Dios en el marco de los retos actuales. Muchos obispos han expresado su deseo de cooperar a la realización de los Familyfest que se desarrollarán en sus naciones. De hecho están previstos 120 en todo el mundo, conectados en una transmisión televisiva en directo con Roma. “Aquí he advertido un Evangelio fresco”, declaró en el momento de las conclusiones uno de los 20 participantes de África presentes, el Obispos Jean Ntagwarara de Burundi expresando una convicción compartida por numerosos de sus hermanos: “Vivir la espiritualidad de comunión es el remedio para sanar las tantas heridas de nuestro pueblo”. Así se expresó el Obispo Giovanni Dettori, de Cerdeña: “Esta unidad me da fuerza: se siente que somos un corazón y un alma sola”. La constatación más frecuente de los participantes era, de hecho, la de haber experimentado en los días del Congreso a “Jesús vivo”, no sólo el de hace 2000 años, sino el Jesús que todavía hoy toca los corazones y mueve mentes y brazos para actuar en un modo conforma a su Evangelio, expresando el don de su amor entre los hermanos. Momentos particularmente intensos, en el contexto de este año dedicado a la Eucaristía, fueron las concelebraciones animadas, día tras día, por Obispos de un continente diferente con elementos característicos de su cultura.
4 Mar 2005 | Sin categorizar
Desde hace casi veinte años soy Trabajador Social y me desempeño en el campo de las drogadicciones. Actualmente me ocupo de sujetos en doble diagnóstico y estoy colaborando en un proyecto de investigación destinado a establecer criterios de revisión empírica de los resultados para las comunidades terapéuticas. Mi actividad profesional comenzó casi por casualidad (estaba sacando la licenciatura en matemáticas) después de haber hecho experiencia, en algunas actividades de voluntariado, en donde, aplicando de modo muy simple algunas de las intuiciones de Chiara Lubich sobre el modo de amar al prójimo, lograba entrar en profunda relación con estos chicos. También fue motivo de interés para mí constatar que su recorrido terapéutico y educativo se enriquecía significativamente. Después de algunos años los frutos de este trabajo empezaron a ser dignos de atención y dentro de mí se desarrolló la convicción de que eso no podía ser casual; tenía que existir necesariamente una precisa relación de causa y efecto que justificara los resultados que estaban emergiendo. Tenía la impresión de encontrarme de algún modo ante una novedad con significativas potencialidades. Sentí, por lo tanto, la exigencia de profundizar lo que estaba ocurriendo y de tratar de traducirlo en un modelo teórico bien estructurado y por lo tanto en oportunas estrategias de intervención. En estos años las reflexiones en tal sentido han sido muchas, pero quizás el concepto sociológico que me ha sido más útil en este trabajo de investigación ha sido el de la empatía. El sociólogo Achille Ardigò, por ejemplo, la describe cómo la capacidad de un actor social de ponerse intencionalmente de frente a otro hombre para hacer una experiencia de relación. Darse cuenta de lo que el otro vive profundamente esta relación, sin medirlo con su propia experiencia y sin reducirlo a esquemas propios sino reconociéndolo en su alteridad. La empatía, por lo tanto, no es considerada un acto mental sino una experiencia a través de la cual el actor social va más allá del mundo, de la vida cotidiana y se abre a otras experiencias, también de relación con otras personas. Carl Rogers, uno de los autores que más han contribuido en la profundización del término, la describe como la «capacidad de vivir momentáneamente la vida del otro». En el ‘59 afirma que eso significa: «percibir el marco interior de referencia de la otra persona con esmero, con las componentes emocionales y con los sentidos que le pertenecen y además como si uno fuera la otra persona». Es casi imposible no advertir evidentes similitudes entre la empatía, tal como la hemos definido, y lo que Chiara Lubich, en la explicación de su pensamiento espiritual ha llamado «hacerse uno», idea fundamental en la relación de reciprocidad así como ella la ha intuido. Se trata de una expresión ya presente en algunos autores, en especial de la escuela fenomenológica, pero que en este contexto se enriquece de nuevos elementos. He elegido algunos entre los muchos pasos en los que ella describe este concepto y la «técnica» para vivirlo de modo eficaz: «Amar al otro ‘como a uno mismo’, el otro soy yo. Y lo amo como a mí: tiene hambre, soy yo quien tengo hambre; tiene sed, soy yo quien tengo sed; le falta un consejo, a mí me falta». O bien: «Hace falta detenerse y sentir con el hermano: hacerse uno hasta que se carga con su peso doloroso o se comparte ese alegre… Hacerse uno exige la continua muerte de nosotros mismos». Todavía: «Hacerse uno con cada persona que encontramos: compartir sus sentimientos; llevar sus pesos; sentir en nosotros sus problemas y solucionarlos como cosa nuestra, hechos uno por el amor…» Para hacerse uno hace falta estar totalmente y durante todo el tiempo desapegados de sí. En efecto – nosotros lo sabemos – hay quien por apego a sí o otra cosa no escucha hasta el final al hermano, no muere totalmente en el hermano y quiere dar respuestas coleccionadas en su cabeza… Este discurso puede ser extendido con mucha facilidad a aquello que Roger y su escuela han llamado «técnicas de comprensión empática” que todavía son muy actuales en el counseling y son utilizadas por muchos operadores de lo social. Para describirla exhaustivamente haría falta mucho tiempo; sólo destacaremos algunas características esenciales. La comprensión empática se basa en tres presupuestos fundamentales que son la empatía, la congruencia (o coherencia interior del terapeuta) y la aceptación positiva del otro, presupuestos que están no sólo presentísimos, sino que son indispensables para quienquiera que desee hacerse uno con su prójimo. La actitud Rogerana, además, se vale de toda una serie de actitudes no verbales que sirven para hacer sentir cómoda a la persona que se tiene de frente, tranquilizarla y «hacerla sentir importante” (la postura, la mirada, el silencio interior para hacer sitio al otro…) que, como hemos apenas leído, son indispensables y particularmente evidentes en quienquiera esté «haciéndose uno”. Y se podría continuar …. Pero no se puede dejar de destacar una profunda y fundamental diferencia, es decir esa necesaria «muerte del propio yo» que Chiara Lubich repite cada vez describiéndola como el paso obligado e indispensable. Se desarrolla de este modo una visión por así decir alterocéntrica que no se conforma con el simple acto de oponerse en la piel del otro, sino que solicita una revolucionaria operación de autoanulación; se establece, pienso que por primera vez, la relación con el alter removiendo la primacía del yo. Muchas de las modernas teorías sociales insisten en la idea de la reciprocidad, que por consiguiente amenaza con estar un poco tergiversada, pero creo poder afirmar que ninguna de ellas se acerca a un concepto de reciprocidad tan puro y tan profundo. Pero yo considero que no hace falta cometer el error de considerar estas reflexiones desde el punto de vista puramente especulativo en cuanto ellas poseen un campo de aplicación infinito en la práctica cotidiana y, con mayor razón, en las acciones de un trabajador social. En mi caso, por ejemplo, han permitido modificar integralmente mi modo de conducir coloquios ayudándome a desarrollar técnicas muy eficaces y de fácil aplicación. He experimentado muchas veces que el acto de eliminación del propio yo, que hemos recién descrito, permite donarse al individuo que se tiene delante, porque encuentra en quien lo está acogiendo un vacío por llenar. Haciendo así la persona que necesita ayuda pierde, por así decir, la posición subordinada con respecto de quién está acogiéndola, se siente de nuevo protagonista de su propio actuar y eso puede ayudarla a dejar de lado sus desconfianzas y sus mecanismos de defensa para abrirse de modo espontáneo y más profundo. Muchas veces personas cerradas y a la defensiva, frente a este vacío hecho por amor, se han, por así decir, «aflojado» y pudieron abrirse. Me parece importante añadir que semejante modo de obrar no disminuye la figura de apoyo representada por el terapeuta; más bien, mediante este actuar comunicativo de gran eficacia la refuerza en cuanto la anulación de si por amor no quiere decir desaparecer sino que se convierte en una profunda expresión del ser. Además, he experimentado que es posible poner en relación o, para usar un término un poco impropio, «fusionar» la nueva teoría que estamos describiendo con teorías o técnicas preexistentes, llegando a resultados interesantes y de gran valor sociológico y socio terapéutico. En este caso, no se puede hablar de la superioridad de una línea con respecto de la otra en cuanto de la fusión de los dos paradigmas nace y toma cuerpo una especie de «tercera vía» que comprende y enriquece a ambos cargándolos de nueva belleza y de nuevos significados…. En nuestro caso, por ejemplo, el hacerse uno puede enriquecer y hacer más fácilmente aplicables las técnicas de escucha empática y al mismo tiempo este últimas pueden proveer un instrumento para hacerse uno de modo más eficaz. Otro aspecto por subrayar es que en base a lo que hemos dicho, técnicas y modos de actuar que antes eran patrimonio exclusivo de pocos expertos pueden transformarse, con las debidas cautelas, en instrumentos eficaces y al alcance de todos. Para explicarme mejor recurriré a un episodio ocurrido ya hace algunos meses. Se trataba de la situación del nieto de un amigo mío, que después de haber perdido prematuramente al padre, empezó a manifestar preocupantes síntomas de malestar: dejó la escuela, parecía completamente indiferente hacia el propio futuro, se cerró fuertemente en si mismo y dejó entrever los primeros síntomas relativos al empleo de sustancias estupefacientes livianas, por así decir. En el momento en que los parientes, preocupados por una situación que estaba degenerando, trataron de abrirle los ojos a la madre sobre lo que estaba ocurriendo, la mujer, como a menudo sucede, generó un mecanismo de rechazo muy violento hacia ellos. Los acusó de juzgar negativamente lo que no entendían, y de disparar sentencias. Afirmaba que el chico pasaba una normal crisis adolescente y no necesitaba ayuda de nadie; los acusó de envidia, de actitud solapada, etc. etc. A grandes líneas éste es el cuadro que me fue presentado; era evidente que cualquier intervención de mi parte o de cualquiera que trabajara en lo social correría el riesgo de despertar una reacción todavía peor. �Qué hacer a este punto? Mi experiencia me llevó a hipotizar que probablemente para tranquilizar a la mujer, podía ser productivo utilizar una metodología a menudo usada en estos casos, que consiste en el expresar el propio punto de vista no por una verdad objetiva que puede tocar como una sentencia, con frases del tipo: «tu hijo tiene un problema», sino como experiencia personal, (con expresiones irrefutablemente verdaderas pero subjetivas del tipo: «Sabes, estoy preocupado y esta preocupación me hace estar mal «). Quedaba de pie el problema de explicar esta técnica a una persona que normalmente no se ocupa de estas cosas. Entonces he pensado que podía ser importante iniciar aconsejar a un hermano «hacerse uno» con la hermana, (fuerte del hecho él sabía bien de lo que yo estaba hablando), pedirle excusas por lo sucedido; acogerla en su evidente dolor, no darle consejos y escucharla hasta el final. Sólo a ese punto eventualmente era posible mencionar el problema del hijo pero presentándolo como preocupación personal y no como situación objetiva. También aquí el paso fundamental era representado por un acto de «despojo» del propio yo, en cuanto era necesario librarse completamente de la apariencia de «persona buena y sabia» para presentarse con mucha humildad y dar al otro la posibilidad de expresarse con libertad. El resultado fue notable, porque frente a esta inesperada actitud de vacío interior, la hermana sintió el impulso de llenarlo con su propio amor y por consiguiente se abrió mucho, dando desahogo a todas sus preocupaciones y a la justa desesperación de una madre que ve que la situación se le escapa de las manos… Me parece que en este caso ha ocurrido justo la dinámica de que hablamos hace un instante; el acercamiento empático ha sido comprendido y aplicado eficazmente, en cuanto quien lo ha usado partió del presupuesto de hacerse uno con el otro. Al mismo tiempo, quien quería hacerse uno hasta el final logró hacerlo mejor aplicando inteligentemente la técnica que le fue explicada. De ello resultó una técnica nueva que, fuerte de ambas impostaciones, ha logrado solucionar el problema. Algo importante para destacar es que esta experiencia ha sido hecha por una persona que no tenía ninguna práctica profesional en la relación de ayuda. Pero siendo un «experto» en hacerse uno ha podido utilizar este recurso espiritual pero también, y en este caso sobre todo, cultural, para comprender de la mejor manera una metodología a él desconocida y aplicarla con éxito creando una relación recíproca de tipo empático. Animado por los primeros resultados, he pensado continuar por este camino. El paso siguiente ha sido elaborar grupos de encuentro que, sostenidos por lo que apenas hemos descrito, llevaran hacia una experiencia de comunión y ayuda recíproca, a trabajadores sociales que durante años vivieron en un estado de total aislamiento, encerrándose en ellos mismos y filtrando cada relación con la alteridad por esas formas de gratificación autoreferencial que son típicas de la drogadicción. La literatura y las varias experiencias ya existentes en tal sentido vinieron en mi ayuda proveyéndome de instrumentos particularmente eficaces; me refiero en especial a algunos grupos de animación que utilizan juegos interactivos propuestos por la escuela bio-energética, y a otros grupos de línea rogeriana o pertenecientes a lo que comúnmente es definido relación socio-afectiva. Mi idea era bastante simple: elegir algunos entre estos instrumentos y concadenarlos en un oportuno recorrido socio-terapéutico para proponer a los chicos que estaba siguiendo, indicando, en cambio, como presupuesto fundamental, una idea de vínculo basada en esa particular relación interpersonal de tipo empático que hemos apenas descrito. También aquí algunas de las ideas de Chiara Lubich me han ayudado a enriquecer estas metodologías con nuevos contenidos. Hago referencia, en modo particular, a algunos «pasos» que ella aconseja y que se han revelado particularmente eficaces para ayudar a pequeños grupos de individuos que quieran llevar adelante un recorrido de comunión y crecimiento a través de una relación de recíproco amor fraterno. La primera fase de este recorrido es representada por un «Pacto» que puede ser descrito como un “Pacto de solidaridad y recíproca ayuda». Se trata de un paso fundamental que tiene el objetivo de ayudar a los individuos implicados a cementar la relación interpersonal y a remover las actitudes egocéntricas para interesarse activamente unos de los otros. En esta fase, que puede prever más que un encuentro, puede ser oportuno insertar momentos que utilizan instrumentos clásicos como sociogramas u otras actividades interrelacionales oportunamente adaptadas y traducidas en juegos interactivos que ayudan a conocerse mejor y entrar en relación de modo más profundo. Enriquecidas del espíritu de reciprocidad y comunión apenas descrito, estas actividades adquieren nueva savia y nuevos significados. Para dar un ejemplo, una idea aparentemente simple que pero ha dado resultados muy interesantes ha sido un «juego» en el que cada uno extrae al azar el nombre de un miembro del grupo y se empeña por una semana en tener una atención particular, a conocerlo mejor, a estarle cerca y sostenerlo en los momentos de dificultad…. De este modo cada uno se transforma en una especie de tutor, de supervisor de la vida del otro, para decirla como diría un niño, cada uno se transforma en un pequeño «ángel de la guarda», y es empujado a salir de su mundo para dejarle espacio al otro. Además, el resultado de la extracción es secreto y eso contribuye a crear un estimulante clima de curiosidad. Sería largo describir detalladamente los resultados conseguidos pero el estupor y el entusiasmo a menudo demostrados por los participantes, además del modo en que han logrado concretamente ayudarse, creo que merece mucha mención. Un aspecto para subrayar es que, prescindiendo de las técnicas que se decide utilizar, si el mencionado Pacto, por así decir, «vacila», o sea por cualquier motivo disminuye la voluntad de mutua ayuda, estos grupos continúan pero se encuentran casi completamente vaciados de sentido y pierden toda eficacia. Procediendo en este sentido, sucesivamente ha sido posible estructurar otros encuentros basados en un intercambio muy intenso de experiencias y estados de ánimo. También aquí el objetivo es ayudar a los chicos a salir de la prisión representada por las actitudes egocéntricas y empujarlos a compartir el propio mundo interior. Eso puede ser hecho de varios modos, a condición de que el intercambio de experiencias no resulte fin a si mismo sino que sea un regalo recíproco entre quien habla y quien acoge. También aquí me limitaré sólo a uno ejemplo: una técnica entre las tantas que se han mostrado eficaces, ha sido pedirle a cada miembro del grupo que regalara una «tarjeta postal de su vida», contando una vivencia emocionalmente significativa de modo de crear una atmósfera empática que permitiera a los otros de revivirlo, en cierto sentido, junto a él. Normalmente estos grupos asumen contenidos emocionales muy fuerte. A veces pero sucedía que el clima empático no despegaba. En estos casos, indagando sobre el por qué, casi siempre emergieron situaciones de conflicto no resuelto entre algunos chicos. Esto, como ya hemos destacado, es otra confirmación de la importancia terapéutico de haber adherido al Pacto mencionado de modo pleno y sincero….. Al final, en el momento en el cual, por este recorrido, la relación entre las personas implicadas maduraba suficientemente, era posible dar un ulterior paso adelante, recurriendo a técnicas más laboriosas. Me refiero en particular a una tipología de grupo en que los participantes, empujados por una indispensable voluntad de ayudarse recíprocamente, eligen a una persona y, bajo la guía de un moderador, le dicen con respeto pero de modo muy claro, primero cuáles son sus defectos y las cosas que debería mejorar para ir adelante en su camino y sucesivamente cuáles son sus cualidades y sus puntos de fuerza. Se trata de un momento que podríamos definir «de la verdad», de administrar con mucha atención a causa de la delicadeza de las problemáticas y la posible fragilidad de algunas personas implicadas. Metodologías parecidas están presentes, con alguna diferencia, en muchas teorías clásicas, pero lo que en este caso hace la diferencia es justamente el esfuerzo de salir de si mismos para concentrarse en las características y las problemáticas del otro. Tengo que admitir que a menudo los resultados de estos grupos me han conmovido; no habría imaginado nunca desarrollos del género. Chicos muy duros, maleantes por la vida, desconfiados y reacios a la relación con los otros, se han derretido creando un clima empático difícilmente descriptible. El estupor y el entusiasmo que ellos demostraron ha facilitado la relación comunicativa conmigo y entre ellos en un modo que jamás había visto y demasiado evidente para ser casual. He repetido esto muchas veces y con actores siempre diferentes para estar seguro de que los resultados no dependieran del particular muestrario de personas elegido, pero las consecuencias han sido casi idénticas. Es claro que una experiencia así repetida muchas veces con los mismos resultados no puede ser fruto de circunstancias accidentales. Se trata indudablemente de un discurso por desarrollar, en cuanto todavía estamos hablando de instrumentos en embrión pero, según mi opinión, de estos primeros tímidos resultados ya emergen con fuerza la eficacia y el aspecto revolucionario del patrimonio socio-cultural que mana de la experiencia de fraternidad universal propuesta por Chiara Lubich.
28 Feb 2005 | Palabra de vida, Sin categorizar
No hay en nuestra vida una realidad más misteriosa que el dolor. Querríamos evitarlo pero, tarde o temprano, siempre llega. Desde un banal dolor de cabeza, que parece contaminar las acciones cotidianas más simples, hasta el disgusto por un hijo que toma por un camino equivocado; desde el fracaso en el trabajo, hasta el accidente de tránsito que nos arrebata un amigo o un familiar; desde la humillación por un examen no aprobado, hasta la angustia por las guerras, el terrorismo, las catástrofes ambientales…
Ante el dolor nos sentimos impotentes. Incluso quien está a nuestro lado y nos quiere, muchas veces es incapaz de ayudarnos a resolverlo; y sin embargo a veces nos basta con que alguien lo comparta con nosotros, quizás en silencio.
Esto es lo que hizo Jesús: vino a estar junto a cada hombre, a cada mujer, hasta compartir todo lo nuestro. Y más todavía: cargó con nuestro dolor a sus espaldas y se hizo dolor con nosotros, al punto de gritar:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado»
Eran las tres de la tarde cuando Jesús lanzó ese grito al cielo. Hacía tres largas horas que colgaba clavado de pies y manos en la cruz.
Había vivido su breve vida en un constante acto de entrega a todos: había curado enfermos y resucitado muertos, había multiplicado panes y perdonado pecados, había pronunciado palabras de sabiduría y de vida.
Luego, ya en la cruz, perdona a los verdugos, abre el Paraíso al ladrón, y finalmente nos entrega a nosotros su cuerpo y su sangre, después de que ya nos los había dado en la Eucaristía. Y por último grita:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado»
Sin embargo, Jesús no se deja vencer por el dolor. Como por una alquimia divina, lo transforma en amor, en vida. En efecto, precisamente cuando parece experimentar la lejanía infinita del Padre, con un esfuerzo inmenso e inimaginable cree en su amor y se vuelve a confiar totalmente a él: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”1.
Restablece la unidad entre el Cielo y la tierra, nos abre las puertas del Reino de los Cielos, nos convierte plenamente en hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Este es el misterio de muerte y de vida que celebramos en estos días de Pascua de resurrección.
Es el mismo misterio que experimentó en plenitud María, la primera discípula de Jesús. También ella, al pie de la cruz, estaba llamada a “perder” lo más precioso que podía tener: a su Hijo Dios. Pero, en ese momento, justamente porque acepta el plan de Dios, se convierte en Madre de muchos hijos, Madre nuestra.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado»
Con su dolor infinito, precio de nuestra redención, Jesús se solidariza totalmente con nosotros, carga con nuestro cansancio, con nuestras ilusiones, nuestras incertidumbres, nuestros fracasos, y nos enseña a vivir.
Si él ha asumido todos los dolores, las divisiones, los traumas de la humanidad, tengo que pensar que donde veo un sufrimiento, en mí o en mis hermanos o hermanas, lo veo a él. Todo dolor físico, moral, espiritual me recuerda a él, es una presencia suya, un rostro suyo.
Puedo decir: “En este dolor te amo a tí, Jesús abandonado. Eres tú, que haciendo tuyo mi dolor, vienes a visitarme. ¡Por eso te abrazo!”.
Si luego nos ponemos enseguida a amar, a responder a su gracia, a querer lo que Dios quiere de nosotros en el momento siguiente, a vivir nuestra vida por él, probamos que, por lo general, el dolor desaparece. Y esto sucede porque el amor atrae los dones del Espíritu: alegría, luz, paz. Resplandece entonces, en nosotros, el Resucitado.
Chiara Lubich