11 Feb 2003 | Sin categorizar
«Las dificultades que el horizonte mundial presenta nos inducen a pensar que sólo una intervención desde lo Alto, capaz de orientar los corazones de cuantos viven situaciones conflictivas y de cuantos rigen las suertes de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro”. Así dijo el Papa, durante el Angelus del 9 de febrero, refiriéndose a una frase de la Carta Apostólica, en la que vuelve a lanzar la antigua oración mariana del Rosario.
La respuesta de los jóvenes: el Rosario Planetario por la Paz. La adhesión ha sido entusiasta: en cada momento de las 24 horas (gracias a la diversidad de horario) hay jóvenes que rezan el Rosario con la intención especial de la paz, dondequiera que esté amenazada o exista ya un conflicto en acto, como en Tierra Santa, Costa de Marfil, el Congo… Para quien quiera unirse a esta iniciativa de los Jóvenes por un Mundo Unido, he aquí los grupos según el horario: Horario italiano – Horario local – Lugares 1 —-> 18 México, América Central 2 —-> 20 Chile, Perú, Colombia 3 —-> 22 Argentina, Uruguay, Venezuela 4 —-> 8 India 5 —-> 8,10 Paquistán, Tailandia 6 —-> 12 Singapur, Vietnam 7 —-> 14 Filipinas, Hong Kong, Australia (Perth) 8 —-> 8 Alemania 8 —-> 16 Corea, Japón 9 —-> 9 Bélgica, Holanda 9 —-> 8 Gran Bretaña, Irlanda, Costa de Marfil 9 —-> 18 Australia 10 —> 10 Italia: Emilia Romagna, Lazio, Sicilia, Toscana 11 —> 11 Italia: Lombardia, Campania, Roma; Medio Oriente 12 —> 12 Austria, Suiza 12 —> 11 Portugal 13 —> 13 Francia 14 —> 14,15 Polonia, Rusia 15 —> 15 Rep. Checa, Eslovaquia 15 —> 17 Kenia 16 —> 16,15 Croacia 16 —> 18 Madagascar 17 —> 17 Eslovenia 18 —> 18 Congo 18 —> 14 Brasil 19 —> 19 Camerún 20 —> 20 Sudáfrica; Italia: Abruzzo 21 —> 21 Hungría; Italia: Cerdeña 22 —> 22 Madrid; Barcelona; Italia: Triveneto, Piemonte 23 —> 14 USA: San Antonio, Los Angeles; Canadá Oeste 24 —> 16 USA: Nueva York, Chicago; Canadá: Toronto
11 Feb 2003 | Sin categorizar
Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.
El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y “nuestra paz” (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).
Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. �Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? �Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y �cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus “cireneos” en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? �Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?
En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una ’batalla’ tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, “que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14).
(Parágrafo n. 40)
7 Feb 2003 | Sin categorizar
Vivo en Río Grande, una ciudad del Estado de Río Grande do Sud, y estoy casada desde hace 25 años. Cuando quedé embarazada de la cuarta hija, teníamos una pequeña casa que no tenía espacio para otra camita. Sentía una gran aprensión y temor por el futuro, también porque nuestra situación económica era muy precaria. Pero no podía dejar de escuchar “aquella voz” que sentía en lo más íntimo: me decía que no me inquietara, que lanzara toda preocupación en el corazón del Padre, es más que me dejara llevar de la mano y guiar por Él como un niño que se abandona en sus brazos.
Con mi esposo, recordando el Evangelio donde Jesús dice que todo lo que pidamos unidos al Padre en Su nombre Él lo concede, lo hicimos.
Algunos días después, una vecina, que había sabido de mi embarazo, llegó trayéndome el ajuar de una de sus sobrinas e incluso la cuna y el colchón. Era la respuesta.
Seguidamente, permaneciendo fieles a Su voluntad y sabiendo soportar con paciencia la desaprobación de nuestros familiares y amigos por cada niño que nacía, hemos siempre experimentado la paternidad de Dios, que de mil modos ha proveído a nuestras necesidades. Fue así tanto para el nacimiento de los otros tres hijos, como para la reestructuración de nuestra casa… Hoy día los hijos más grandes han empezado a trabajar y verdaderamente nunca nos ha faltado nada.
L.F. – Río Grande (Brasil)
De “I Fioretti di Chiara e dei Focolari” – San Paolo Editrice
21 Ene 2003 | Sin categorizar
No tenía la capacidad de admitir que estaba enfermo de alcoholismo. Por otro lado sentía vergüenza porque no lograba resistir ante el alcohol, pero rechazaba todo intento de los demás de ayudarme. En esta creciente angustia le imploré a Dios que me concediera la gracia.
Era evidente, yo era frágil como un vaso de arcilla, pero estaba seguro de que Él me podía abrir de par en par una vía de salida.
Una mañana en un almacén de muebles, empecé un coloquio personal, abierto, profundo, con un amigo. No era una simple conversación, sino un intercambio esencial, exigente, con momentos durísimos, pero saludables: el amigo me ofreció cualquier tipo de apoyo, con tal de que yo me decidiera a salir de mi enfermedad.
Este sacar al sol mi situación y admitir por mi parte la debilidad, me liberó. Me sentía profundamente nada, pero al mismo tiempo estaba seguro del amor de Dios, en quien confiaba, y del amor de mi amigo. Y advertí la fuerza de encaminarme hacia un fuerte tratamiento a nivel médico, psíquico y espiritual: un camino exigente y duro.
Poco a poco desapareció la sensación de aislamiento. Experimenté el perdón y empecé a perdonar también yo. Conquisté la sinceridad y también la justa humildad, conociendo mis virtudes y mis defectos. A un cierto punto dejé de lado todas mis metas, abandonándome a los planes de Dios y elegiendo como nunca antes a Jesús Crucificado como mi único bien. Me pareció el boleto de entrada a una nueva vida.
Ahora vivo con una alegría de todo especial, como una persona que ha renacido. A pesar de que en el trabajo el alcohol está siempre a la mano, ya ha pasado un año y medio sin recaídas. Los médicos se maravillan y lo consideran un milagro. Yo veo la gracia recibida.
X.E. Austria