30 Nov 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
He aquí una palabra decisiva para nuestra vida y nuestro testimonio en el mundo.
Muchas veces a Pablo le gusta usar, para explicar la conducta de un cristiano, el ejemplo del ropaje que debe endosar el que sigue a Cristo. También aquí, en la carta a los Colosenses, habla de las virtudes que debe poseer nuestro corazón, como de otras tantas piezas del vestuario. Estas son: la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, el perdón.
Pero “sobre todo – dice, casi imaginando un cinturón que ata todo y da perfección a lo que se viste – revístanse de la caridad”.
Sí, la caridad; porque para un cristiano no basta con ser bueno, misericordioso, humilde, manso, paciente… Tiene que tener, para con los hermanos y hermanas, caridad.
Pero la caridad – podría objetar alguno – ¿no es acaso ser buenos, misericordiosos, pacientes, saber perdonar? Sí, pero no sólo eso.
La caridad nos la ha enseñado Jesús. Ella consiste en dar la vida por los demás.
El odio le quita la vida a los demás (“el que odia es homicida”), el amor les da la vida. El cristiano tiene caridad sólo si muere a sí mismo por los demás. Pero si tiene caridad –dice Pablo– será perfecto y cualquier otra virtud que tenga se perfeccionará.
«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»
Algunos de nosotros pueden tener ciertamente buena disposición hacia los hermanos y hermanas, perdonando y soportando. Pero, si lo observamos bien, no pocas veces nos puede faltar la caridad. Aún con las más sanas intenciones, la naturaleza nos lleva a replegarnos sobre nosotros mismos y, en consecuencia, a quedarnos a medias en el amar a los demás.
Ahora bien, con eso solo no alcanza para considerarse cristianos.
Es necesario poner nuestro corazón en la máxima tensión. Tenemos que decirnos a nosotros mismos, ante cada prójimo que encontramos durante el día (en familia, en el trabajo, en cualquier parte): “Vamos, arriba, respóndele a Dios, es el momento de amar, con un amor tan grande que se juegue incluso la vida”.
«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»
Esta Palabra del Apóstol nos invita, por lo tanto, a examinar hasta qué punto nuestra vida cristiana está animada por la caridad, la cual, como vínculo de la perfección, es la que nos relaciona y nos lleva a la más alta unidad con Dios y entre nosotros.
Agradezcamos, por lo tanto, al Señor por haber derramado en nuestros corazones su amor que nos hace cada vez más capaces de escuchar, de identificarnos con los problemas y las preocupaciones de nuestros prójimos; de compartir el pan, las alegrías y los dolores; de hacer caer ciertas barreras que todavía nos dividen; de dejar de lado ciertas actitudes de orgullo, de rivalidad, de envidia, de resentimiento por eventuales ofensas recibidas; de superar esa terrible tendencia a la crítica negativa; de salir de nuestro aislamiento egoísta para ponernos a disposición de quien pasa por alguna necesidad o padece soledad; de construir por todas partes la unidad, querida por Jesús.
Esta es la contribución que nosotros los cristianos podemos darle a la paz mundial y a la fraternidad entre los pueblos, especialmente en los momentos más trágicos de la historia.
Chiara Lubich
31 Oct 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
Lucas escribe su Evangelio cuando ya han comenzado las persecuciones contra los primeros cristianos. Sin embargo, como toda palabra de Dios, ésta tiene que ver con los cristianos de todos los tiempos y con su existencia cotidiana. Contiene una advertencia y una promesa. La primera se refiere más a la vida presente y, la otra, más a la futura. Ambas se verifican puntualmente en la historia de la Iglesia y en las vicisitudes personales de quien trata de ser un discípulo fiel de Cristo. Si uno lo sigue a él es normal que sea odiado. Es el destino, en este mundo, del cristiano coherente. No hay que hacerse ilusiones, y Pablo nos lo recuerda: “Los que quieran ser fieles a Dios en Cristo Jesús, tendrán que sufrir persecución”. Jesús explica el motivo: “Si ustedes fueran del mundo el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia”. Siempre habrá oposición, choque, entre el modo de vivir del cristiano y el de la sociedad que rechaza los valores del Evangelio. Oposición que puede derivar en una persecución más o menos manifiesta o bien en una indiferencia que hace sufrir.
«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»
Es decir, entonces, que estamos sobre aviso. Cuando, de una manera que nos resulta incomprensible, fuera de toda lógica o sentido común, recibimos odio a cambio del amor que hemos tratado de dar, esto no tendría que desconcertarnos, escandalizarnos o maravillarnos. No sería más que la manifestación de esa oposición que existe entre el hombre egoísta y Dios. Pero es también la garantía de que vamos por el buen camino, el mismo que ha recorrido el Maestro. Por lo tanto es tiempo de alegrarse y dar gracias. Eso es lo que Jesús quiere: “Felices, ustedes, cuando sean insultados y perseguidos (…) a causa de mí. Alégrense y regocíjense”. Sí, lo que en ese momento tiene que dominar en el corazón es la alegría, esa alegría que es la nota característica, el distintivo de los verdaderos cristianos en cualquier circunstancia. Por otra parte no olvidemos que también son muchos los amigos, entre los hermanos y las hermanas de fe, cuyo amor es fuente de consuelo y de fuerza.
«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»
Por otra parte, está también la promesa de Jesús: “Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza”. ¿Qué significan estas palabras? Jesús repite un proverbio de Samuel4 y lo aplica al destino final de sus discípulos para asegurarles que, aún teniendo verdaderos sufrimientos, dificultades reales a causa de las persecuciones, tenemos que sentirnos completamente en las manos de Dios que es un Padre para nosotros, conoce todas nuestras cosas y no nos abandona nunca. Si dice que no caerá ningún cabello de nuestra cabeza, quiere darnos la seguridad de que él mismo se ocupará de cada preocupación, por mínima que sea, de nuestra vida, de nuestras personas queridas y de todo lo que llevamos en el corazón. ¡Cuántos mártires, conocidos y desconocidos, han encontrado en esas palabras de Jesús la fuerza y la valentía para afrontar privaciones de derechos, divisiones, marginaciones, desprecio, hasta la muerte violenta, a veces, con la certeza de que el amor de Dios ha permitido cada cosa por el bien de sus hijos!
«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»
Si sentimos que somos blanco del odio y de la violencia, que estamos a merced de la prepotencia, ya sabemos cuál es la actitud que Jesús nos ha indicado: tenemos que amar a los enemigos, hacer el bien a quien nos odia, bendecir a quien nos maldice, rezar por quien nos maltrata. Es necesario ir al contraataque y vencer al odio con el amor. ¿Cómo? Amando primero nosotros. Y estando atentos de no “odiar” a nadie, ni siquiera de manera oculta o sutil. Porque, en el fondo, este mundo que rechaza a Dios, tiene necesidad de él, de su amor, y es capaz de responder a su llamado. En conclusión, ¿cómo vivir esta Palabra de vida? Alegrándonos cuando descubrimos que somos dignos del odio del mundo, garantía de que seguimos de cerca a Jesús, y poner amor, con hechos, allí, precisamente allí donde está la fuente del odio.
Chiara Lubich
30 Sep 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
Muchas veces Israel, en su historia jalonada de largos exilios, hacía la experiencia de una impotencia radical ante acontecimientos que ninguna fuerza humana hubiera podido cambiar. Entonces aprendía la humildad, es decir, una actitud de dependencia total y de confianza plena en Dios. Por eso, precisamente en su condición de pueblo humilde y pobre, una y otra vez Israel encontraba refugio y escucha sólo en aquél que había establecido con él una alianza eterna.
Luego, en la perspectiva mesiánica, el esperado es un rey humilde que entra en Sión montado en un asno, porque el Dios de Israel es sobre todo el «Dios de los humildes».
Dado que en Jesús han llegado a cumplimiento todas las expectativas, será entonces de su vida y de sus enseñanzas de donde podremos aprender la verdadera humildad, la que hace que nuestra oración sea aceptada con agrado por el Señor.
«La súplica del humilde atraviesa las nubes».
Toda la vida de Jesús es una lección de humildad. De ser Dios, primero pasó a hacerse hombre en el seno de la virgen María, luego pan, en la eucaristía y, finalmente, «nada» sobre la cruz.
Había dicho: «Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón» (Mt 11, 29) y luego, con el lavatorio de los pies, aun siendo el Maestro se había inclinado a hacer el más humilde de los servicios. Había propuesto como modelo a los pequeños y había entrado en Jerusalén llevado por un asno. Al final se dejó crucificar, anonadándose en cuerpo y alma, para obtenernos el paraíso.
¿Por qué todo esto? ¿Qué es lo que impulsaba al Hijo de Dios?
Jesús no hacía otra cosa que revelarnos su relación con el Padre, el modo de amar de la Trinidad, que es un recíproco «hacerse nada» por amor, un eterno donarse el uno al otro.
El, entonces, vuelca sobre la humanidad este amor trinitario que alcanza su punto culminante precisamente en el acto de entregarse completamente en su pasión y muerte.
Dios muestra así su potencia en la debilidad. El suyo es un amor que sostiene al mundo, precisamente porque se ubica en el último lugar, en el escalón más bajo de la creación.
«La súplica del humilde atraviesa las nubes».
Por consiguiente es verdaderamente humilde quien, a ejemplo de Jesús, sabe hacerse nada por amor a los demás, quien se pone delante de Dios en una actitud de disponibilidad total para lo que él quiera, quien está tan vacío de sí mismo que se deja vivir por Jesús.
Su oración, por eso mismo, será escuchada, porque cuando pronuncia la palabra Abba-Padre, ya no es él quien ora; es una oración que obtiene lo que pide porque es puesta en los labios por el Espíritu Santo.
El punto culminante de la vida de Jesús fue cuando «él dirigió, durante su vida terrena, súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión» (Heb 5, 7-8), es decir, por su oración inspirada en la obediencia total a la voluntad del Padre, a su pleno abandono en él.
Esta es, entonces, la oración que atraviesa las nubes y llega al corazón de Dios, la de un hijo que se levanta de su miseria para echarse con confianza en los brazos del Padre.
Chiara Lubich
31 Ago 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
Aquí la enseñanza de Jesús se refiere al uso de la riqueza, y Lucas, el evangelista de los pobres, se hace su portavoz. El término que usa en arameo significa los bienes materiales, pero aquí es usado por Jesús en sentido negativo, es decir, como el conjunto de tesoros que pueden ocupar el lugar de Dios en le corazón del hombre.
El peligro de la riqueza es que uno se pueda enamorar de ella a tal punto que necesite emplear todas sus fuerzas y todo el tiempo a disposición para mantenerla y acrecentarla. Se convierte en un ídolo al cual se le sacrifica todo. Por eso Jesús la compara a un patrón tan exigente que excluye a cualquier otro. Por eso la exigencia de una opción bien definida.
«Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se pude servir a Dios y al dinero».
Estas palabras de Jesús no tienen que sonar como una condena de la riqueza en sí misma, sino del lugar exclusivo que puede tener en el corazón humano.
No les exige a todos la pobreza absoluta, también externa; tanto es así que entre sus discípulos hay ricos, como José de Arimatea. Lo que él exige es el desapego de los propios bienes. Exige que el rico no se considere dueño, sino administrador de los bienes que posee, los cuales en primer lugar son de Dios y están destinados a todos, y no sólo a algunos privilegiados.
La riqueza es un medio óptimo si sirve al que tiene necesidad, si ayuda a hacer el bien, si se usa con fines sociales, no sólo con obras de caridad sino también en la gestión de una empresa. Sólo así uno se puede servir de los propios bienes sin quedar sometido al servicio de ellos.
Es grande el peligro de acumular riquezas para uno mismo. Por experiencia, y por la historia, sabemos cómo y cuánto el apego a los bienes de esta tierra puede corromper y alejar de Dios. Por lo tanto no tiene que sorprender el llamado de atención tan decidido de Jesús: o Dios, o las riquezas.
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se pude servir a Dios y al dinero».
¿Cómo poner en práctica, entonces, esta palabra?
Además de aclararnos la relación con la riqueza, esta frase, como toda palabra de Dios, nos dice muchas otras cosas.
Jesús no nos plantea la alternativa de elegir entre Dios o la riqueza. Dice claramente que, en nuestra vida, tenemos que elegir a Dios.
Tal vez, hasta hoy, esto no lo hayamos hecho todavía. Tal vez hemos mezclado un poco de fe en él, alguna práctica religiosa, un poco de amor por el prójimo, con tantas otras pequeñas grandes riquezas, que ocupan nuestro corazón.
Analizándonos bien, podemos ver si lo que más nos importa es el trabajo o la familia, el estudio, el bienestar, la salud o tantas otras cosas humanas que amamos por sí mismas o por nosotros, sin ninguna referencia a Dios.
De ser así, quiere decir que nuestro corazón ya es esclavo: se apoya en ídolos, pequeños ídolos, incompatibles con Dios.
¿Qué hacer? Decidirse. Decirle que no deseamos otra cosa que amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas. Y luego, esforzarse por poner en práctica este propósito, que no es difícil si lo vivimos en cada momento, ahora, en el presente de nuestra vida, amando todo y a todos solamente por Dios.
Chiara Lubich
31 Jul 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
En el Antiguo Testamento el fuego simboliza la palabra de Dios pronunciada por el profeta. Pero también el juicio divino que purifica a su pueblo, al pasar por en medio de él.
Así es la palabra de Jesús: construye, pero al mismo tiempo destruye lo que no tiene consistencia, lo que tiene que caer, lo que es vanidad y deja en pié sólo la verdad.
Juan Bautista había dicho: «él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego», preanunciando el bautismo cristiano inaugurado el día de Pentecostés con la efusión del Espíritu santo y la aparición de las lenguas de fuego.
Esa es, por lo tanto, la misión de Jesús: arrojar fuego a la tierra, traer al Espíritu Santo con su fuerza renovadora y purificadora.
«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!»
Jesús nos da el Espíritu, pero el Espíritu, ¿cómo actúa?
Lo hace difundiendo en nosotros el amor. Ese amor que, por deseo suyo, tenemos que mantener encendido en nuestros corazones.
¿Cómo es este amor?
No es terrenal, limitado; es amor evangélico. Es universal, como el del Padre celestial que envía lluvia y sol a todos, tanto a los buenos como a los malos, incluso a los enemigos.
Es un amor que no espera nada de los demás, sino que siempre tiene la iniciativa, ama primero.
Es un amor que se hace uno con cualquier persona: sufre con ella, goza con ella, se preocupa con ella, espera con ella. Y, cuando es necesario, lo hace con hechos, concretamente. Un amor, por lo tanto, no simplemente sentimental, no sólo de palabras.
Un amor por el cual se ama a Cristo en el hermano, en la hermana, recordando su: «lo hicieron conmigo».
Es un amor que, además, tiende a la reciprocidad, a realizar con los demás el amor recíproco.
Es ese amor que, por ser expresión visible, concreta, de nuestra vida evangélica, subraya y da valor a la palabra que luego nosotros podremos y deberemos ofrecer para evangelizar.
«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!»
Lo importante en el amor, como en el fuego, es que se mantenga encendido. Para lograrlo hace falta quemar siempre algo. Antes que nada nuestro yo egoísta, lo cual que se logra amando, porque entonces se está completamente volcado en el otro: volcado en Dios, haciendo su voluntad, o volcado en el prójimo, ayudándolo.
Un fuego encendido, aunque sea pequeño, si se alimenta, puede convertirse en un gran incendio. Ese incendio de amor, de paz, de fraternidad universal que Jesús ha traído a la tierra.
Chiara Lubich
30 Jun 2001 | Palabra de vida, Sin categorizar
Santa Teresa de Lisieux decía que mejor que hablar de Dios es hablar con Dios, porque en las conversaciones con los demás siempre se puede introducir el amor propio. Tiene razón. Aunque, para dar testimonio a los demás, también tenemos que hablar.
De cualquier manera, sin duda antes que nada tenemos que amar a Dios con ese amor que es la base de la vida cristiana y que se expresa en la oración, en la realización de su voluntad.
Hablar, por lo tanto, con los prójimos, pero hablar antes que nada con Dios. Hablar, ¿cómo!
Con la simple oración de todo cristiano; pero también verificando, durante la jornada, a través de alguna oración muy breve, si nuestro corazón está verdaderamente en él, si es él el Ideal de nuestra vida; si verdaderamente lo ponemos en el primer lugar en nuestro corazón; si lo amamos sinceramente con todo nuestro ser.
Me refiero a esas oraciones instantáneas que se le aconsejan sobre todo a quien se encuentra en medio del mundo y no tiene tiempo de orar largamente. Son como flechas de amor que parten de nuestro corazón hacia Dios, como dardos de fuego; son las que llamamos jaculatorias, que etimológicamente significan precisamente dardos, flechas. Constituyen una magnífica manera de orientar el corazón hacia Dios.
En la liturgia eucarística de este mes, en la Iglesia católica, se encuentra un versículo que se puede considerar como una jaculatoria, hermosísimo, y que viene al caso. Dice así:
«Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti».
«Señor, tu eres mi único bien», podemos decir. Tratemos de repetirlo durante el día, especialmente cuando los distintos apegos querrían arrastrar nuestro corazón a las cosas, a las personas, o a nosotros mismos. «Señor, tu eres mi único bien» -digamos entonces-, no esa cosa, no esa persona, no yo mismo; tú eres mi único bien, y nada más».
Tratemos de repetirlo cuando la ansiedad, o el apuro, nos llevarían a hacer mal la voluntad de Dios del presente: «¡'Eres tú, Señor, mi único bien', y no aquello en lo que mi avidez, mi orgullo, quisieran saciarse!».
Hagamos la prueba de repetirlo a menudo. Repitámoslo cuando alguna sombra ofusca nuestra alma o cuando el dolor llama a la puerta. Será una forma de prepararnos al encuentro con él.
«Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti».
Estas simples palabras nos ayudarán a tener confianza en él, nos entrenarán a convivir con el Amor y así, cada vez más unidos a Dios y llenos de él, pondremos y volveremos a poner las bases de nuestro ser verdadero, hecho a su imagen.
De este modo todo fluirá bien en la vida, en el sentido justo. Entonces sí que cuando abramos la boca lo nuestro no serán palabras, o peor, charlatanería, sino dardos también ellas, capaces de abrir los corazones para que reciban a Jesús.
Tratemos entonces de aprovechar cada ocasión que se nos presente para pronunciar esas simples palabras y, al final del día, podremos tener la confirmación de que han sido una medicina para el alma, un tónico, y habrán hecho – como diría Santa Catalalina – que nuestro corazón sea lámpara encendida.
Chiara Lubich