Ayer viví uno de esos momentos inolvidables con una de mis colaboradoras. Es una joven con un hijo discapacitado y un exmarido maltratador con quien actualmente está en litigio.
Es muy comprometida con su trabajo, por lo que pensé en darle una bonificación económica porque había completado muy bien una tarea que le encomendé. Aunque, dada su situación, a veces falta por el juicio con su exmarido o por problemas con su hijo, siempre está dispuesta a trabajar. Cuando le di la bonificación, rompió a llorar. Ese fin de semana le habían robado dinero de un cajero automático, y necesitaba este dinero para compensar la pérdida; además, era una cantidad mayor que la que había sufrido. Fue una oportunidad para hablarle de la Providencia, y entonces recordé lo que había oído en una reunión de Economía de Comunión: que “debemos anticiparnos a las necesidades de los demás”. También le di un adelanto de su sueldo, que ella, por modestia, no se atrevió a pedir. Solo somos administradores.
CK (Argentina) (de «Noticias de familia»)
Solidaridad
Soy un sacerdote anciano que colabora en una parroquia de Milán, Italia.
También atiendo a personas necesitadas, solas, a quienes ayudo con las donaciones que recibo. Últimamente, la situación se ha complicado. Ya había reservado un albergue de verano para unos días de vacaciones y había apartado 140 € para imprevistos. Decidí, tras un momento de oración, darle la mitad a la persona necesitada y quedarme con el resto.
Esta mañana, después de misa, un anciano se me acercó y me dio un sobre con 150 €. Una vez más, no estuve solo en gestos solidarios.
PL (escribe desde Milán, Italia)
Riconoscersi
Hace algún tiempo, empecé a fijarme en esas personas que pocos notan y a las que nadie siquiera saluda. Un día, mientras corría para alcanzar el autobús, perdí mi billetera y volví a buscarla. Encontré a un barrendero que la había encontrado y estaba tratando de localizarme. Samuel se negó a aceptar ninguna compensación, y desde entonces nos hemos visto muchas veces para tomar un café.
Fátima es marroquí, musulmana y trabaja como limpiadora en un restaurante del barrio. Con el tiempo, me ha contado muchas cosas sobre su familia y su tierra natal. Hemos hablado de creencias, fe y respeto, y me demuestra su cariño cada vez que me ve, porque nadie se detiene a hablar con “la limpiadora”.
Chaouki es un chef tunecino que ha trabajado en Italia y Alemania. Habla varios idiomas y es una persona muy culta. Se hizo cargo de un restaurante llamado “Ciudadano del Mundo”: un verdadero programa de respeto y tolerancia. Le dije que compartía sus ideas y que me entusiasmaba sumar esfuerzos hacia un mundo mejor. Un día fui a desayunar con unas amigas, y su sorpresa fue similar a la mía al ver a personas de diferentes orígenes que piensan como él. Es maravilloso sentirse rodeado de gente de bien que no hace ruido.
Franco y Anna estaban casados desde el año 1991 y habían tenido tres hijos: Benedetta, Francesca y Federico. En agosto de 2025 Franco partió de improviso al Cielo, a la edad de 63 años. Esta noticia conmovió a muchas personas, no solamente en su ciudad, Poggio Mirteto (Italia), sino también a los muchos amigos del Movimiento de los Focolares que lo habían conocido. Había sido un gen (jóvenes de los Focolares) y luego, siempre encendido por el Ideal de la Unidad, había dicho su sí al llamado a vivir por Jesús, tanto en su trabajo (durante años trabajó en la Casa Editorial Città Nuova – Ciudad Nueva italiana). Allí había tenido contacto con gran cantidad de personas.
Junto a Anna, ese “sí” inicial que había pronunciado, a formar una familia fiel al “donde dos o más…”, se enriqueció con un compromiso en la comunidad local, a lo largo del itinerario de vida que recorrieron juntos. De una manera particular fueron muy activos en el Movimiento Familias Nuevas (rama de los Focolares, compuesta por familias que se proponen vivir la espiritualidad de la unidad) y con el acompañamiento a parejas en su proceso de preparación al matrimonio y al bautismo de los hijos.
Tras un largo período en la Casa Editorial, Franco empezó una nueva experiencia laboral como docente de religión en un Instituto técnico, dedicándose completamente y con pasión para tratar de ayudar a sus alumnos en un crecimiento sereno, aun en medio de las dificultades y dolores personales que los mismos chicos le contaban. El recuerdo que todos conservan más vivamente son las clases al aire libre, a la sombra de los árboles, en el jardín externo del colegio; su profunda capacidad de escucha y su sonrisa. Esa sonrisa la habían conocido también sus compañeros de trabajo, sus colegas, juntamente con su compromiso a crear en la escuela un clima de familia, con paseos por las montañas y momentos de convivencia.
En el último período de vida Franco respondió a un llamado que sintió: el de ser Diácono al servicio de la Iglesia. Lo hizo con humildad, en silencio pero estando siempre presente, dispuesto a ayudar a todo aquel que lo estuviera necesitando ante un problema. Todos los que se cruzaron con él recuerdan su gran sonrisa y que lograba transformar el humor de los que se le acercaban.
En las fotos: Franco con toda su familia; una excursión a la montaña; durante su servicio como diácono
Su casa estaba siempre abierta a todos y lo sigue estando, pues muchos amigos son un apoyo para Anna y sus hijos, gracias al amor que él sembró en estos años.
Incluso durante la internación de Franco en el hospital, la última semana antes del fallecimiento, los médicos quedaron impresionados por las continuas visitas de jóvenes que iban a verlo para despedirse de él, para darle un abrazo a la familia, o simplemente para estar allí presentes a su lado, y rezar juntos.
Un colega suyo, que se manifestaba como no creyente, lo saludó diciéndole que había sido “la persona más cercana al Evangelio” que hubiera conocido.
En la misa de despedida, su funeral, había muchísima gente, y numerosos los jóvenes que ocupaban incluso el atrio. Uno de los carteles que habían colgado decía: “Nos hablaste de fe pero nos ensañaste el amor”. Alrededor del altar un nutrido grupo de sacerdotes y diáconos junto al obispo, Monseñor Ernesto Mandara.
Durante la homilía, el padre Mauro Guida, párroco de la Catedral de la Asunción de Poggio Mirteto, citando a los Santos Lorenzo, Clara, Juana, Ponciano e Hipólito, recordados en los días anteriores, dijo: “Cada vez, cada nombre, cada palabra, cada rostro de santidad, parecía el retrato de nuestro querido Franco. Como hacían antes los niños, que se mostraban las figuritas y repetían el estribillo “la tengo, la tengo…”, de la misma manera Franco se había vuelto de golpe la imagen del que tuviera cualquier cualidad que se describiera, o que uno pudiera imaginar; ‘santidad de la puerta de al lado’, la llamó el Papa Francisco”.
“Hemos quedado profundamente conmovidos con la noticia de la partida al Cielo de Franco y encantados conociendo los detalles de su vida –afirmaron en una carta, Margaret Karram e Jesús Morán, Presidente y Copresidente (en 2025) de los Focolares–. Oraciones y profunda gratitud por su vida tan bella y luminosa. En la certeza de que ya ha sido recibido por Jesús, lo sentimos protector de Familias Nuevas y de las Nuevas Generaciones. Unidos de una manera muy especial a Anna e hijos”.
En las fotos: inauguración del aula al aire libre en el colegio donde daba clase
El colegio en el que Franco trabajó, el Instituto Gregorio da Catino de Poggio Mirteto, quiso dar su nombre a un aula al aire libre. El siguiente es el post publicado en la página del Facebook de la escuela: “Hay profesores que dejan una marca indeleble por su forma de mirar el mundo: Franco Fortuna era uno de ellos. Para recordar el amor que tenía por las clases al aire libre, hoy (5 de junio de 2026) hemos inaugurado una verdadera aula externa (…). Nuestro deseo es que pueda ser un lugar en donde los estudiantes sigan aprendiendo, dialogando y soñando, justamente como lo habría querido el profesor Fortuna”.
Lorenzo Russo Fotos: por cortesía de la familia Fortuna
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Para contarles esta historia, tengo que presentarles a mi amigo Anthony.
En aquel entonces, vivía en Nueva Jersey.
Padecía una enfermedad renal crónica y tenía que someterse a diálisis tres días a la semana. Como imaginarán, esto complicaba su vida diaria.
Un día pensé: “Tal vez podría donarle un riñón”. Fue solo una idea pasajera que me vino a la mente y nunca se concretó. Ni siquiera se lo mencioné a nadie.
Un par de meses después, fui a un retiro de Pascua. El primer día, fui a la capilla para prepararme un poco para el retiro. De repente, me vino a la mente esta pregunta: “Jean Pierre, ¿sigues queriendo donar un riñón?”.
La pregunta me tomó por sorpresa porque no lo había pensado en esos meses, pero en ese momento, allí en la capilla, reflexioné, oré y pensé: “Sí, quiero seguir adelante con esta idea. Y quiero ver si realmente puede convertirse en una posibilidad”.
Al día siguiente, durante el retiro, la hija de Anthony, Gidget, compartió su experiencia. Contó cómo, durante su adolescencia, su madre había sufrido mucho. Su madre padece lupus y una enfermedad renal. Ahora, muchos años después, su padre sufría la misma enfermedad renal.
Y continuó: “Aunque sufrimos mucho como familia, no cambiaría esta experiencia por nada del mundo”. Esto se debe a que, al reconocer a Jesús en la cruz en medio de ese sufrimiento, se sintió más cerca de Dios. Y esto, a su vez, fortaleció enormemente los lazos familiares.
Tras decir esto, Gidget abandona el escenario, pero luego regresa, toma el micrófono y dice: “Por cierto, si a alguien le interesa saberlo, el grupo sanguíneo de mi padre es O positivo”.
Esta frase me impactó porque yo también soy O positivo. Sentí que Gidget solo lo había dicho para que yo lo escuchara.
Entonces comprendí que Dios me había dado la oportunidad, el día anterior, de tomar esa decisión en paz y con libertad, solo entre Él y yo en ese momento en la capilla. Fue un regalo.
Luego, todo siguió su curso. También hablamos con otros miembros de la comunidad de los Focolares y nos hicimos análisis de sangre y tejidos. Todo era compatible.
Unos meses después, hicimos el trasplante de riñón.
Claro, también se habla de las consecuencias… en fin, se puede vivir con un solo riñón. Pero, obviamente, no lo había pensado en absoluto. Sentía que no era solo mi decisión, sino también una especie de aliento de Dios, como: “Mira, si quieres, esto podría ser una posibilidad…”. Era como una invitación discreta de Su parte para que diera ese paso por amor a Él. Esto me pasaba por la mente.
Por supuesto, Anthony y yo pasamos unos días en el hospital. Por mi parte, sentí una inmensa alegría en mi corazón. No era una alegría del tipo “yo hice algo”, sino que percibí que era una alegría que venía de Dios. Fue profunda, inmensa y tangible. Un verdadero regalo, ¿sabes?, un momento especial.
Jean Pierre Slee (Whashington – EE.UU.) Foto: archivo personal de JP Slee
Este vídeo forma parte de la serieOn Point producido por Focolare Media. Esta serie web explora los puntos clave de la espiritualidad del Movimiento de los Focolares a través de reflexiones y experiencias de vida. Visita Focolare Mediao sucanal YouTubepara acceder a más recursos de este tipo, disponibles con subtítulos y doblaje en varios idiomas.
Hace algunos años, lejos de mi familia, tuve que compartir vivienda por un tiempo con un colega de trabajo. Alberto, mi colega, era ateo. Hablábamos de deportes, cultura, religiones, etc. Yo le compartí un par de veces lo que había sido para mí la conversión, el encuentro con Dios, en Jesús. Me agradecía cortésmente, aunque, por supuesto, permanecía en sus convicciones.
Por otro lado, yo sabía que poner en práctica la palabra de Dios significaba amar concretamente a esta persona. Comencé, entonces, a interesarme de su vida, de su familia, de lo que le gustaba, de lo que le molestaba o lo que lo hacía sufrir.
Viendo que Alberto estaba muy ocupado, me ofrecí a cocinar más de lo que me correspondía y también hasta lavarle la ropa. A él le gustaba salir a correr y, aunque no era mi deporte favorito, empecé a salir a correr con él para conectar más con sus intereses.
Un día me propuso salir «a mujeres». Cortésmente le dije que no y le expliqué que para mí el sexo era algo muy profundo. Me miró medio incrédulo y, me dijo: «tengo que pensar en lo que me dices».
Nuestros caminos se separaron. Volví a encontrarlo años después en un aeropuerto. Nos abrazamos y me dijo: “¿sabes de dónde vengo? De una junta. Soy el presidente del consejo parroquial”. ¡Sorpresa! Yo no podía creerlo.
Alberto agregó: «Miguel, ¿recuerdas hace tantos años, cuando tú cocinabas en días en los que yo tendría que haberlo hecho, o cuando me lavabas la ropa y salías a correr conmigo? Yo te observaba, y veía que tú tenías algo dentro de ti, una luz, una fuerza para tu vida que a mí me faltaba. Pues bien, fue eso lo que me tocó y empezó, poco a poco, a sacudir mi corazón y mi mente. ¿Cuál fue el resultado? Una profunda conversación interior con Dios. Empecé a leer el Evangelio y a cambiar mi estilo de vida. Llegó el bautismo y, heme aquí: de ateo a presidente del consejo parroquial. ¡Gracias por aquellos meses que vivimos juntos!”
Sucedió algo que me recordó por qué, hace años, decidimos ser “hombres nuevos” por un Mundo Unido.
Estoy en un hospital. Veo a un joven llorando solo, lejos de su grupo. Está estudiando para ser enfermero instrumentista. Está en su último año. Le faltan tres meses para graduarse.
Me acerco. Me cuenta que su padre perdió el trabajo. Solía ir a la universidad en la vieja bicicleta de su hermano, que al final se rompió. Tenía que tomar cuatro ómnibus al día y ya no tenía dinero para los boletos.. “Voy a renunciar. No aguanto más ”, me dice.
Quería darle dinero para que recargara su abono de ómnibus y se fuera a casa. No quiso aceptarlo. Lo hizo con una condición: que le diera mi número para que me lo devolviera. Y cumplió su promesa. Tres días después, me devolvió el dinero, pero al mismo tiempo, me confirmó lo peor: interrumpiría sus estudios hasta que se dieran las condiciones para retomarlos.
Esa noche no pude dormir. Su rostro estaba en mi cabeza. Pensé en cuántos jóvenes como él estaban a punto de rendirse, listos para hacerlo.
Dos días después, recibí un trabajo extra inesperado. El sueldo era justo. Y entonces me vino a la mente una idea clara, una que no cabe duda: “¿Y si Dios me lo hubiera enviado específicamente para él?”.
No lo dudé. Le pagué lo que necesitaba para los boletos de tres meses y para que terminara sus estudios. Ese día no supe nada de él.
Me llamó 48 horas después. No podía hablar. Estaba llorando. Lloraba como se llora cuando se recupera la esperanza.
Pasaron dos años sin tener noticias suyas. Hasta que un día recibí un mensaje de texto de un número desconocido. Era una foto: su título de enfermero instrumentista.
Junto con la frase: “Le debo este diploma en parte a un desconocido que me ayudó sin siquiera conocerme”.
Me emocioné. Lloré de alegría. Lloré porque comprendí algo:
Un mundo unido no se construye con discursos. Se construye con un boleto de autobús. Con una bicicleta reparada. Con una mano tendida sin preguntar el apellido.
De hecho, ese joven, el mío, nunca lo supo.
Lo importante es que, durante 90 días, pudo continuar sus estudios. Y que hoy hay un enfermero instrumentista más en los hospitales, salvando vidas, porque alguien creyó en él cuando él mismo ya no podía hacerlo.
A veces pensamos que, para cambiar el mundo, tenemos que hacer quién sabe qué.
Mientras el mundo cambia porque alguien puede tomar cuatro autobuses.
Comparto esto no por mí, sino porque necesitamos recordar que lo que hacemos, tal vez no lo vemos, y tal vez florece solo dos años después en forma de un título, una vida, una esperanza.
Seguimos siendo esos “desconocidos” que echan una mano.
Tenía 16 años cuando comencé a vivir las palabras de Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo… Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Comencé con quien me estaba cerca: cediendo mi asiento a quien no tenía, haciendo las camas de las chicas con las que compartía la habitación, escuchando a alguien… e incluso dentro de mi familia, donde a veces resultaba más difícil. La alegría creció en mí y muchas preguntas encontraron respuesta. Cuando algunos amigos quisieron saber el motivo de mi cambio, también les sugerí que experimentaran la aventura de amar a todos, sin distinción. Así comenzamos a compartir nuestras pocas cosas, nuestro tiempo y nuestros talentos; tratando de ayudar a los pobres, nos dedicamos especialmente a recaudar fondos para la construcción de un hospital y una escuela en Camerún. Nos pareció lo correcto, considerando la gran deuda que Occidente tenía con África. Esta vida plena y hermosa, dedicada a Dios y a mis hermanos y hermanas, me preparó para escuchar más tarde otras palabras de Jesús dirigidas a mí: “Ven y sígueme”.
(Aurea – Italia)
Dios, ¿es celoso?
Sabía que la Biblia habla de un Dios celoso cuando, en el Éxodo, relata cómo su pueblo se dirigía a los ídolos. Pero yo también tuve una experiencia similar, aunque a menor escala. Estaba pasando por un período en el que Dios no era precisamente el centro de mi vida; estaba ocupado con tantas cosas, con tantas actividades diferentes, y confieso que lo descuidé. Un día me encontré postrado en cama con un dolor de espalda insoportable. No podía moverme sin sentir un dolor terrible, y este persistió durante varios días debido a una ciática que comenzó en mi espalda y se extendió por toda mi pierna. En esos momentos difíciles, recordé a Jesús crucificado y abandonado, quien sin duda había sufrido más que yo. Lo reconocí y comprendí que esto también era una estrategia para atraerme. Él era celoso, me quería con él; siempre había estado conmigo, como siempre está con todos nosotros. Yo, sin embargo, ya no estaba con él. La experiencia me ayudó a recuperarme, no solo físicamente, sino también espiritualmente.
(F. – Bélgica)
Una empresa EdC
Tengo tanta fe en el amor de Dios que quiero compartir esta certeza con la mayor cantidad de personas posible. Por eso, en mi pueblo y en los valles aledaños, se han formado grupos donde nos ayudamos a vivir la Palabra del Evangelio. Y no solo eso: con el sacrificio mío y de otros amigos, he creado una granja que se adhiere a la Economía de Comunión (EdC), un modelo empresarial y social global que destina una parte de sus ganancias a ayudar a personas necesitadas y crearles nuevos empleos; otra parte a fortalecer la estructura de la empresa, mejorar la calidad del producto y asegurar la sostenibilidad del negocio en el mercado; y una tercera parte a capacitar a las personas con una nueva mentalidad económica basada en la fraternidad y la solidaridad. ¡Cuántas veces a lo largo de los años he experimentado la providencia de Dios! Como cuando la cosecha de calabacines aumentó inesperadamente, o cuando los compradores ofrecieron más de lo que pensaba pedir… Pero, sobre todo, trabajando de esta manera, me siento más cerca de Dios, y esto me motiva a seguir por este camino.
(L.F. – Italia)
Maria Grazia Berretta
Del Vangelo del Giorno, Città Nuova, anno XII – n.4 – julio-agosto de 2026)