Movimiento de los Focolares

María, experiencia de Paraíso

May 7, 2012

En el mes que la Iglesia católica dedica a la Madre de Jesús, publicamos un extracto de una reflexión de Igino Giordani tomada del libro “María modelo perfecto”, editado por Ciudad Nueva.
>>Centro Igino Giordani>>

«La grandeza de María es el reflejo de la grandeza de Dios: imagen y semejanza, como era de esperarse de una criatura que quería ser sólo la voluntad de Dios en acto. Una grandeza que es simplicidad. No hay nada complicado en ella: todo es directo, límpido y llano. No se necesitan palabras rebuscadas ni gestos estudiados para acceder a ella. Basta expresar el pensamiento propio, que ella manifiesta lo que piensa, con toda verdad y totalidad.

Por eso es libre. Libre de las numerosas prevenciones y cuidados con los que el hombre se acerca a su semejante, llevando dentro una carga de temores y cálculos, de fantasmas y deseos. María ama: y es libre. Ama en Dios, por Dios: por lo tanto no tiene miedo. No le teme ni siquiera a Herodes, ni siquiera a la guardia del pretorio, ni siquiera a la masa desenfrenada: ella hace la voluntad del Padre, y el resto ¿qué cuenta? ¿Si Dios está con ella, quién puede estar en su contra?

Es una criatura, que ha entendido la vida y la ha vivido: no pasó años cultivando ilusiones o esperando ocasiones, ni llorando por desilusiones, o despertándose en la mañana con una angustia nueva para adormecerse en la noche con una derrota más. Ella tomó de la existencia lo más bello que la existencia puede dar: la fe en lo Eterno; la decisión de vivir minuto a minuto en unión con el Eterno; en esa unión, en esa convivencia, las personas y las cosas se presentan bajo una luz límpida, y al ser amadas pierden el espectro de la complicación.

En su modo de ser no se advierte ningún indicio de autocomplacencia, de amor propio, de orgullo o de aburrimiento: recibía de Dios y de Jesús en la tierra y de José el más grande amor y lo redistribuía a su alrededor. Para definir su conducta, bastaría decir que amaba a todos, amaba a cada uno, amaba siempre: sierva de Dios en la persona de los hijos de Dios.

Fuera de Nazaret muy pocos la conocían; y en Nazaret muy pocos hablaban de ella. Su jornada estaba envuelta en el silencio. Pero, normalmente, de quien vive en el trabajo, en la castidad, en el cumplimiento normal de su deber, no se habla: los periódicos sólo reportan crónicas de ladrones y asesinos, de gente que viola las leyes del pudor, del orden, de la libertad. En la crónica hay mucho más lugar para las divas y demagogos, para los anormales y criminales, -son dos o trescientos los nombres más repetidos- que para millones de madres y de trabajadores, de religiosas y de misioneros, la masa humilde de la que vive la sociedad.

Y María es el prototipo de esta vida plena, real: si por la pasión de Jesús sufrió las penas más atroces, por la misión de Jesús, a la que había unido su propia existencia en la tierra, gozó de las alegrías más excelsas. Su amor por Dios y por los hombres la nutrió de éxtasis: y fue para cuantos se le acercaron en la tierra, como para cuantos después la buscaron en el cielo, una dispensadora de júbilo: causa de nuestra alegría. La alegría era Dios en ella: Dios que daba sentido y valor a lo que sucedía en ella: incluso en el sufrimiento.

Es esto lo bello: que en María y con María, que pone en circulación a Jesús y por lo tanto al Dios Omnipotente, la existencia se puede convertir así en una anticipación del Paraíso: una experiencia de beatitud divina, vale la pena, o mejor la alegría, de vivir».

de: Maria modello perfetto, Città Nuova, 20017, pp.214-219.

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