En el Parlamento Italiano con Igino Giordani



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Maria Voce

El congreso fue promovido por la Presidencia de la Cámara para recordar la figura de Igino Giordani (1884-1980). Personalidad poliédrica del Novecientos, diputado de la Cámara del Parlamento Italiano de 1946 a 1953, escritor, periodista, ecumenista y patrólogo, Igino Giordani ha dejado huellas profundas y ha abierto perspectivas proféticas a nivel cultural, político, eclesial y social. El trabajo será precidido por el Presidente de la Cámara Gianfranco Fini.

Entre las intervencines la de Alberto Lo Presti, Director del Centro Igino Giordani, quien presentó la figura política y la labor parlamentaria de Igino Giordani; ; la de parlamentarios y jóvenes, italianos y de otros países, que dieron su testimonio sobre la influencia del pensamiento y la labor de Giordani, y la de  María Voce, cuyo discurso señalamos integralmente.

«Agradezco al distinguido Presidente de la Cámara de Diputados Gianfranco Fini, el permitirme la posibilidad de dirigir un saludo en este congreso sobre Igino Giordani; uno de los padres constituyentes de la República a quien nosotros consideramos un co-fundador del Movimiento de los Focolares, que hoy yo aquí represento.

Dirijo además mi saludo personal a todos los distinguidos Senadores y diputados presentes, a las autoridades aquí reunidas y a todos los participantes en este encuentro.

Era el 17 de septiembre de 1948 cuando precisamente aquí, en la Cámara de Diputados, Igino Giordani recibió a Chiara Lubich, una joven de 28 años de Trento, acompañada por algunos religiosos. Para Giordani se trató de un encuentro tanto inesperado como extraordinario. Desde ese momento ya él no fue el mismo.

¿Qué dijo Chiara Lubich, qué palabras usó, para entrar tan profundamente dentro del alma del ecléctico político de entonces?

Algo sabemos. De hecho, al final del coloquio el diputado Giordani, muy impresionado por lo que había escuchado invitó a Chiara a poner por escrito cuanto le acababa de decir, para publicarlo después en una revista que él dirigía. El mes siguiente salió el artículo, que empieza con la narración de cómo nació el Ideal de la unidad, bajo los bombardeos:

Eran tiempos de guerra.
Todo se derrumbaba ante nosotras, jovencitas, apegadas a nuestros sueños por el porvenir: casa, escuela, personas queridas, carrera.
(…) Fue a partir de esa devastación completa y múltiple de todo aquello que conformaba el objetivo de nuestro pobre corazón, que nació nuestro ideal. (…)
Nosotros sentíamos que había sólo un ideal auténtico, inmortal: Dios.
Delante de la destrucción provocada por el odio, se presentó vivísimo ante nuestra joven mente Aquél que no muere.
Y lo descubrimos y lo amamos en su esencia: «Deus caritas est»

«Eran tiempos de guerra…».Igino Giordani podía considerarse un experto seguro en el argumento. La guerra la había vivido en primera persona, en las trincheras en el Primer conflicto mundial, conociendo las atrocidades de los masacres y quedando él mismo gravemente herido. Era un experto de la absurdidad de todo conflicto armado y se había hecho un nombre en la cultura italiana como defensor de la paz.

Pero las palabras de Chiara no tenían por tema el horror de la guerra. Chiara contó cómo años antes, en su Trento bombardeada, sumergida entre las ruinas, entrevió un ideal indestructible: Dios. Él se reveló ante sus ojos no como la última esperanza, ni como un deseo remoto, sino como amor circulante entre todos, un fuego que tenía que ser custodiado y alimentado por el amor recíproco, en grado de realizar la promesa de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» (Mt 18, 20).

No es difícil creer que el diputado Giordani quedó impresionado. Ante sus ojos se estaba revelando un Evangelio vivo. Ese Jesús que Chiara le estaba presentando entraba en la historia de los hombres como amor, y guiaba la humanidad hacia la fraternidad universal, hacia la unidad. En su autobiografía, recordando aquel encuentro, Giordani nos revela la emoción que experimentó.

«Cuando ella terminó de hablar, yo estaba sumergido en una atmósfera encantada (…); y habría deseado que aquella voz continuara. Era la voz que, sin darme cuenta, había esperado. Ella ponía la santidad al alcance de todos: quitaba los portones que separaban la mística del mundo laical. (…) Acercaba a Dios: lo hacía sentir Padre, hermano, amigo, presente en la humanidad».

En Chiara y en sus primeras compañeras era evidente que un ideal vasto como la unidad habría tenido que abrazar todo el mundo. Pero ¿cómo habría podido un grupo de muchachas jovencísimas llegar a toda la humanidad?

¡Quién sabe si Giordani se planteó esa pregunta! Hoy sabemos, a través de las palabras de la misma Chiara que el encuentro con Igino Giordani fue para ella el encuentro con esa humanidad.  El ideal de la unidad de Chiara Lubich y de sus primeras compañeras era para todos y para todas las realidades humanas, y Giordani estaba allí para dar testimonio.

Hoy la trama de dicho designio es visible. El Movimiento de los Focolares está presente en más de 180 países del mundo, y cuenta con más de dos millones de adherentes y simpatizantes de los más diferentes estratos sociales y referencias culturales.

Acabo de regresar de un viaje a Europa Oriental, donde las comunidades de los Focolares están presentes desde 1961, cuando los primeros miembros superaron la Cortina de Hierro, armados sólo con el amor recíproco y con la caridad hacia todos, sin distinciones. Su labor en el silencio, desde esos tiempos, contribuyó a la superación de las barreras ideológicas, sostuvo el compromiso de reconstruir esas sociedades oprimidas, y anima hoy numerosos proyectos orientados al bien común.

El pasado mayo en Brasil tuvo lugar la Asamblea mundial de la Economía de Comunión; 20 años después de la intuición profética que Chiara tuvo, cuando llegando a Sao Pablo en 1991 mientras sobrevolaba la ciudad, vio los rascacielos y la “corona de espinas” de los barrios marginales que la rodean y se sintió empujada a hacer algo para cambiar el sistema de desarrollo, para intentar un nuevo camino que no fuese ni el capitalismo ni el comunismo. Hoy la Economía de Comunión ha involucrado a más de 800 empresas que libremente ponen en común sus utilidades para promover a los pobres y formar empresarios y economistas a una nueva praxis económica que ya está reconocida y es estudiada como una verdadera doctrina económica.

Las múltiples iniciativas en las que hoy está comprometido el Movimiento de los Focolares en todos los rincones del mundo y en todos los campos de la actividad humana estaban en cierto sentido proféticamente presentes en ese momento fundacional en el que Chiara Lubich e Igino Giordani se encontraron en Montecitorio. Desde entonces el Movimiento se puso enseguida al servicio de la política. En esos años atrajo a muchos diputados y senadores –algunos de los cuales fueron mencionados en el vídeo precedente- y las decisiones tomadas, como pudimos escuchar, fueron valientes.

Hoy es ésta la propuesta del Movimiento Político por la Unidad, querido y fundado por Chiara Lubich en 1996, junto con algunos parlamentarios y políticos de distintos niveles institucionales, que han involucrado –tanto en Corea como en Argentina y en tantas otras naciones- a regidores, funcionarios públicos, estudiosos de la política, y a tantos jóvenes comprometidos en las escuelas de participación. Todo esto está animado por un amor político que guía las elecciones, comportamientos, leyes, acciones diplomáticas, haciendo entrever una nueva modalidad de trabajo de las asambleas administrativas, legislativas y hasta los organismos internacionales.

Está inspirado por el principio de la fraternidad fundamento del pensamiento político moderno. Como es sabido, ésta ha sido la base de los proyectos políticos más importantes de la historia moderna y contemporánea: desde ser la base del ideario de la Revolución Francesa (pensamos en el trinomio “libertad, igualdad, fraternidad”) hasta la fundación del socialismo utópico; del marxismo al nacionalismo patriótico. Pero ha sido interpretada en un modo inconsistente, es decir considerando la fraternidad como una relación de valor que se refiere a alguno (una clase social, un sector económico, un pueblo), en antagonismo con otro.

Se trata por lo tanto de un principio político poco explorado en su dimensión universal, y es esto lo que pretende hacer el Movimiento Político por la Unidad: propagar el principio de la fraternidad universal para que la política vuelva a encontrar en éste una refundación que le permita estar a la altura de los tiempos, porque será capaz de asumir su papel de constructora de paz, justicia, libertad, para toda la comunidad humana. La fraternidad, además, ilumina el fin último de la política, que es la paz completa hasta la unidad de toda la familia humana: unidad que va desde las últimas comunidades políticas hasta el entero conceso internacional. De este modo, el principio de la fraternidad encuentra su medida en el «amar la patria del otro como la propia», expresión acuñada por Chiara Lubich, que desde los primeros tiempos constituyó un paradigma de universalidad. Ella es capaz de expresar la vocación de la política como un amor dirigido indistintamente hacia todos, porque cada persona y cada realidad social es “candidata a la unidad” con la otra y todo pueblo está llamado a contribuir a un mundo más unido.

Al hacer un llamado hoy, desde esta prestigiosa sede del Parlamento Italiano éstas que son algunas de las líneas del Movimiento Político por la unidad, advertimos todavía la gran actualidad de otra invitación dirigida por Chiara precisamente a los parlamentarios italianos en diciembre de 2000 en San Macuto. Una invitación, una paradoja creíble, a estrechar entre todas las partes –más allá de cualquier diferencia- un pacto de fraternidad por Italia, por el bien del país que tiene necesidad del trabajo de todos.

«La fraternidad ofrece posibilidades sorprendentes –dijo entonces Chiara a los parlamentarios- consiente, por ejemplo, comprender y hacer propio también el punto de vista del otro, de modo que ningún interés, ninguna exigencia nos sean indiferentes; (…) permite mantener el conjunto y valorar esas experiencias humanas que de lo contrario corren el riesgo de transformarse en conflictos incurables como las heridas todavía abiertas por la cuestión meridional y las nuevas y legítimas exigencias del Norte; (…) además permite introducir nuevos principios en el trabajo político cotidiano, de modo que nunca se gobierne contra alguien o siendo la expresión de sólo una parte del país».

A éste y a muchos otros retos todavía, en el campo político y de la entera sociedad, condujo aquel encuentro entre Chiara Lubich e Igino Giordani, un diputado que desde Montecitorio supo recoger esa invitación a dilatar el alma y la acción para construir la unidad en todo el mundo.

Nos auguramos que el encuentro de hoy impulse y refuerce la común tensión a trabajar hoy por la unidad de nuestro país y más allá.

María Voce

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