Movimiento de los Focolares

Septiembre de 1999

Con estas palabras Jesús le responde a Pedro, que después de haber escuchado cosas maravillosas de su boca, le hace esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». A lo que replicó Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
Probablemente Pedro, bajo la influencia de la predicación del Maestro, había pensado lanzarse, bueno y generoso como era, en su nueva línea, haciendo algo excepcional: llegando a perdonar hasta siete veces. En el judaísmo, en efecto, se admitía un perdón de dos, tres, a lo más hasta cuatro veces.
Pero al responder: «… hasta setenta veces siete», Jesús dice que para él el perdón tiene que ser ilimitado: hay que perdonar siempre.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Esta Palabra trae el recuerdo del canto bíblico de Lamec, un descendiente de Adán: «Caín será vengado siete veces, pero Lamec setenta y siete» (1). Así es como comienza a propagarse el odio entre los hombres en el mundo: sube como un río en creciente.
A este propagarse del mal, Jesús opone el perdón sin límites, incondicional, capaz de romper el círculo de la violencia.
El perdón es la única solución para contener el desorden y abrirle a la humanidad un futuro que no signifique autodestrucción.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Perdonar. Perdonar siempre. El perdón no es ese olvido que muchas veces significa no querer mirar de frente la realidad. El perdón no es debilidad, es decir, no tener en cuenta una injusticia por miedo al más fuerte, que la ha cometido. El perdón no consiste en decir que no tiene importancia, lo que en cambio es grave, o decir que está bien lo que está mal.
El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez, por lo tanto de libertad, que consiste en dar acogida al hermano y la hermana tal como es, a pesar del daño que nos ha hecho, como Dios nos acoge a nosotros, pecadores, a pesar de nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice Pablo: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien» (2).
El perdón consiste en abrir, al que te ha agraviado, la posibilidad de una nueva relación contigo. Es decir, la posibilidad para él y para ti de comenzar de nuevo la vida, de un futuro en el cual el mal no tenga la última palabra.

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

¿Cómo hacer, entonces, para vivir esta Palabra?
Pedro le había preguntado a Jesús: «¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?», «… a mi hermano».
Jesús, al responder, tenía en mente, por lo tanto, sobre todo las relaciones entre cristianos, entre miembros de la misma comunidad.
Por eso, antes que nada, es con los otros hermanos y hermanas en la fe que debemos comportarnos así: en familia, en el trabajo, en la escuela o comunidad de la cual formamos parte.
Sabemos con cuánta facilidad se quiere responder a una ofensa con una acción o con una palabra equivalente.
Sabemos cuánto, por diversidad de caracteres, o por nerviosismo, o por otras causas, las faltas de amor son frecuentes entre personas que conviven. Pues bien, es necesario recordar que sólo una actitud de perdón, siempre renovada, puede mantener la paz y la unidad entre hermanos.
Siempre existirá la tendencia a ver los defectos de hermanas y hermanos, a recordar el pasado, a querernos distintos de como somos… Es necesario acostumbrarse, con una mirada nueva, a verlos nuevos a ellos mismos, aceptándolos siempre, enseguida y sin retaceos, aunque no se arrepientan.
Se dirá: «Pero esto es difícil». Se comprende. Pero aquí está lo bueno del cristianismo. No por nada seguimos a Cristo que, desde la cruz, pidió al Padre perdón para aquellos que le habían dado muerte, y resucitó.
Anímo. Comencemos una vida así, que nos asegura una paz como ninguna otra y mucha felicidad a nosotros desconocida.

Chiara Lubich

1 Gn 4, 24
2 Rm 12, 21

Agosto de 1999

Esta Palabra forma parte de un acontecimiento simple y altísimo al mismo tiempo: se trata del encuentro entre dos gestantes, entre dos madres, cuya simbiosis espiritual y física con sus hijos es total. Ellas son su boca, sus sentimientos. Cuando habla María, el niño de Isabel se estremece en su vientre. Cuando habla Isabel pareciera que las palabras le han sido puestas en los labios por el Precursor. Y, aunque las palabras de su himno de alabanza a María están dirigidas personalmente a la madre del Señor, «adquieren carácter de verdad universal: la bienaventuranza vale para todos los creyentes y concierne a aquellos que acogen la Palabra de Dios y la ponen en práctica, y encuentran en María el modelo ideal» (1).

«Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

Es la primera bienaventuranza del Evangelio que se refiere a María, pero también a todos aquellos que la quieren seguir e imitar.
En María hay un vínculo estrecho entre fe y maternidad, como fruto de la escucha de la Palabra. Además Lucas nos refiere algo que tiene que ver también con nosotros. Más adelante, en su Evangelio, Jesús dice: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (2).
Casi como anticipando estas palabras, Isabel, movida por el Espíritu Santo, nos anuncia que todo discípulo puede volverse «madre» del Señor. La condición es que crea en la Palabra de Dios y la viva.

«Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

María, después de Jesús, es la que mejor supo decir «sí» a Dios. En esto, sobre todo, radica su santidad y su grandeza. Por eso, si Jesús es el Verbo, la Verdad encarnada, María, por su fe en la Palabra, es la Palabra vivida, aunque sea criatura como nosotros, igual a nosotros.
El rol de María, como madre de Dios, es excelso y grandioso. Pero Dios no llama sólo a la Virgen a gestar a Cristo en sí misma. Si bien de otra manera, todo cristianos está llamado a un rol semejante: el de encarnar a Cristo hasta repetir, como San Pablo: «Y ya no vivo yo,.sino que es Cristo que vive en mí» (3).
Pero, ¿cómo hacerlo realidad?
Con la actitud de María ante la Palabra de Dios, es decir, con total disponibilidad. En creer, con María, que se verificarán todas las promesas encerradas en la Palabra de Jesús y, si fuera necesario, afrontar como María el riesgo del absurdo que comporta a veces su Palabra.
Grandes o pequeñas, pero siempre maravillosas, son las cosas que le suceden a quien cree en la Palabra. Se podrían llenar libros con los hechos que lo prueban.
¿Quién podrá olvidar que, en plena guerra, creyendo en las palabras de Jesús, «pidan y se les dará» (4), pedimos todo lo que muchos pobres necesitaban y vimos llegar bolsas de harina, cajas de leche, latas de mermelada, leña, ropa?
Esas mismas cosas suceden también hoy. «Den y se les dará» (5), y los depósitos de la caridad siempre se llenan, a medida que se van vaciando.
Pero lo que más llama la atención es lo verdaderas que son siempre, y en todas partes, las palabras de Jesús. Y la ayuda de Dios llega puntualmente aún en situaciones imposibles, y en los puntos más aislados de la tierra, como le sucedió hace poco a una madre que vive en una condición de gran pobreza. Un día se sintió impulsada a dar sus últimas monedas a una persona más pobre que ella. Creía en ese «den y se les dará», del Evangelio. Y se sentía con una gran paz en el alma. Poco después llegaba a casa su hija más pequeña y le mostraba el regalo que le había dado un viejo pariente que, por casualidad, había pasado por allí: en su manita mostraba las monedas multiplicadas.
Una «pequeña» experiencia como ésta nos impulsa a creer en el Evangelio; pero cada uno de nosotros puede probar esa alegría, esa dicha que viene de ver realizarse las promesas de Jesús.
Cuando, en la vida de todos los días, en la lectura de las Sagradas Escrituras nos encontremos con la Palabra de Dios, abramos nuestro corazón a la escucha con la fe de que, lo que Jesús nos pide y promete, sucederá. No tardaremos en descubrir, como María y como esa madre, que él mantiene sus promesas.

Chiara Lubich

1) G.Rossé, Il Vangelo di Luca, Roma, 1992.
2) Lc 8, 21.
3) Gal 20, 20.
4) Mt 7, 7.
5) Lc 6, 38

Julio de 1999

En esta brevísima parábola Jesús apunta a la imaginación de quienes le escuchan. Todo conocían el valor de las perlas que, junto al oro, era en ese entonces lo más precioso que se podía concebir.
Es más, las Escrituras hablaban de la sabiduría, es decir, el conocimiento de Dios como algo que no se podía comparar ni siquiera «a la piedra más preciosa» (1).
Pero lo que se pone de relieve en la parábola es el hecho excepcional, sorprendente e inesperado que representa para ese comerciante el haber descubierto, a lo mejor en un bazar, una perla que sólo para sus ojos experimentados tenía un valor inestimable y el cual podía, por lo tanto, obtener una excelente ganancia. Esta es la razón por la cual, después de haber hecho sus cálculos, decide que valía la pena vender todo para comprarla. ¿Y quién no habría hecho lo mismo en su lugar?
Este es, entonces, el significado profundo de la parábola: el encuentro con Jesús, y por lo tanto con el Reino de Dios entre nosotros – ¡aquí está la perla! – es esa ocasión única que hay que pescar al vuelo, empeñando a fondo todas las energías que uno tiene, es decir, todo lo que uno posee.

«El Reino de los Cielos se parece a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró».

No era la primera vez que los discípulos se sentían puestos ante una exigencia radical, es decir, a ese todo que es necesario dejar para seguir a Jesús: los bienes más preciosos, como son los afectos familiares, la seguridad económica, las garantías para un futuro.
Pero a su pedido no le falta razón ni es absurdo.
Por un «todo» que se pierde hay un «todo» que se encuentra, inestimablemente más precioso. Siempre que Jesús pide algo, también promete dar mucho, mucho más, en medida desbordante.
Así es como, con esta parábola, nos asegura que tendremos en nuestras manos un tesoro que nos hará ricos para siempre.
Y, si pudiera parecer un error dejar lo cierto por lo incierto, un bien seguro por un bien sólo prometido, pensemos en ese comerciante: él sabe que esa perla es muy valiosa y espera confiado lo que ganará negociándola.
De la misma manera, quien quiere seguir a Jesús sabe, ve, con los ojos de la fe, la inmensa ganancia que será compartir con él la herencia del Reino por haber dejado todo, por lo menos espiritualmente.
A todos los hombres Dios le ofrece en la vida una ocasión semejante para que la sepan aprovechar.

«El Reino de los Cielos se parece a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró».

Se trata de una invitación concreta a dejar de lado todos esos ídolos que pueden tomar el lugar de Dios en el corazón: carrera, matrimonio, estudios, una hermosa casa, la profesión, el deporte, la diversión.
Es una invitación a poner a Dios en el primer lugar, en la cúspide de cualquier pensamiento nuestro, de cualquier afecto, porque todo en la vida converge en él y todo de él debe descender.
De esta manera, buscando el Reino, según la promesa evangélica el resto se nos dará por añadidura (2). Dejando de lado todo por el Reino de Dios, recibimos el céntuplo en casas, hermanos, hermanas, padres y madres (3), porque el Evangelio tiene una clara dimensión humana: Jesús es hombre-Dios y, junto al alimento espiritual nos asegura el pan, la casa, la vestimenta, la familia.
A lo mejor tenemos que aprender de los «pequeños» a confiar más en la Providencia del Padre, que no le hace faltar nada al que da, por amor, lo poco que tiene.
En el Congo, un grupo de muchachos venía fabricando, desde hace unos meses, postales artísticas con cáscara de banana, que luego eran vendidas en Alemania. Al principio se quedaban con todo lo que ganaban (alguno mantenía con esto toda la familia). Ahora, en cambio, han decidido compartir con otros el 50% y, de esta manera, 35 jóvenes desocupados pudieron recibir una ayuda.
Pero Dios no se deja ganar en generosidad: dos de estos muchachos dieron un testimonio tan valioso en el negocio donde están empleados, que varios comerciantes, cuando necesitan personal, han comenzado a dirigirse a ellos. Es así como hasta el momento han encontrado un trabajo fijo para once.

Chiara Lubich

1) Sab 7, 9; 2) Cf Lc 12, 31; 3) Cf Mt 19, 29.

Junio de 1999

Al leer esta Palabra de Jesús se presentan dos tipos de vida: la vida terrenal, que se construye en este mundo, y la vida sobrenatural que Dios nos da, por medio de Jesús, que no termina con la muerte y que ninguno nos puede quitar.
Se pueden tener, entonces, dos actitudes ante la existencia: aferrarse a la vida terrenal, considerándola como el único bien, con lo cual nos sentiremos inclinados a pensar en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras criaturas; a encerrarnos en nosotros mismos afirmando sólo el propio yo, encontrando como conclusión al final, inevitablemente, sólo la muerte. O bien, por el contrario, creyendo que hemos recibido de Dios una existencia mucho más profunda y auténtica, tendremos el coraje de vivir de manera de merecer este don hasta el punto de saber sacrificar nuestra vida terrenal por los demás.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Cuando Jesús dijo estas palabras, pensaba en el martirio. Nosotros, como todo cristiano, tenemos que estar dispuestos, por seguir al Maestro y permanecer fieles al Evangelio, a perder nuestra vida, muriendo –si es necesario- también de muerte violenta, y con la gracia de Dios se nos dará con esto la verdadera vida. Jesús, antes que nadie. «perdió su vida» y la recuperó glorificada. El nos ha prevenido que no temamos a «aquellos que matan el cuerpo, pero no tienen el poder de matar el alma». Ahora nos dice:

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Si lees atentamente el Evangelio verás que Jesús vuelve sobre este concepto otras siete veces. Esto demuestra su importancia y la consideración en que Jesús lo tiene.
Pero la exhortación a perder la propia vida no es, en boca de Jesús, sólo una invitación a soportar incluso el martirio. Es una ley fundamental de la vida cristiana.
Hay que estar dispuestos a renunciar a hacer de sí mismos el ideal de la propia vida, a renunciar a nuestra independencia egoísta. Si queremos ser verdaderos cristianos tenemos que hacer del Cristo el centro de nuestra vida. Y ¿qué es lo que Cristo quiere de nosotros? El amor a los demás. Si hacemos nuestro este programa, ciertamente nos habremos perdido a nosotros mismos y encontrado la vida.
Este no vivir para sí mismos no es, ciertamente, como alguno podría pensar, una actitud renunciataria o pasiva. El compromiso del cristiano es siempre muy grande y su sentido de responsabilidad es total.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Ya desde esta tierra se puede hacer la experiencia de que, en la entrega de nosotros mismos, en el amor vivido, crece en nosotros la vida. Cuando hayamos empleado nuestra jornada al servicio de los demás, cuando hayamos sabido transformar el trabajo cotidiano, a lo mejor monótono y duro, en un gesto de amor, probaremos la alegría de sentirnos más realizados.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Siguiendo los mandamiento de Jesús, todos orientados al amor, después de esta breve existencia encontraremos también la eterna.
Recordemos cuál será el juicio de Jesús en el último día. Dirá a los que están a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre…, porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron…».
Para hacernos partícipes de la existencia que no pasa, tendrá en cuenta solamente si hemos amado al prójimo y considerará hecho a él mismo lo que hayamos hecho a cualquiera.
¿Cómo vivir entonces esta Palabra? ¿Cómo perder desde ahora nuestra vida, para encontrarla?
Preparándonos al grande y decisivo examen para el cual hemos nacido.
Miremos a nuestro alrededor y llenemos la jornada de actos de amor. Cristo se nos presenta en nuestros hijos, en la esposa, en el marido, en los compañeros de trabajo, de partido, de descanso, etc. Hagamos el bien a todos. Y no olvidemos a aquellos de los cuales nos enteramos por las noticias de los diarios, o por amigos, o por la televisión… Por todos hagamos algo, dentro de nuestras posibilidades. Y cuando nos parezca que las hemos agotado, tenemos todavía la posibilidad de rezar por ellos. Es amor que vale.

Chiara Lubich

Enero 1999

En enero, en muchas partes del mundo, los cristianos celebran juntos su fe común con oraciones y encuentros especiales. El tema elegido para esa Semana de Oración por la unidad de los cristianos está tomado del Apocalipsis. Leámoslo íntegro:

«Esta es la morada de Dios entre los hombres:
él habitará con ellos,
ellos serán su pueblo,
y el mismo Dios estará con ellos.
El secará todas sus lágrimas,
y no habrá más muerte,
ni pena, ni queja, ni dolor,
porque todo lo de antes pasó» (Ap 21, 3)

La Palabra de Dios de este mes nos interpela. Si queremos formar parte de su pueblo tendremos que dejarlo vivir entre nosotros.
Pero ¿cómo es posible?, y ¿cómo hacer para gustar un poco por anticipado, ya desde esta tierra, ese gozo sin fin que provocará en nosotros la visión de Dios?
esto es precisamente lo que Jesús nos ha revelado, éste es precisamente el sentido de su venida: comunicarnos su vida de amor con el Padre, para que también nosotros la vivamos.
Ya desde ahora los cristianos podríamos vivir esta frase y tener a Dios entre nosotros. Tenerlo entre nosotros requiere, como afirman los Padre de la Iglesia, ciertas condiciones. Para Basilio, es vivir de acuerdo a la voluntad de Dios; para san Juan Crisóstomo, es amar como amó Jesús; para Teodoro Studita, es el amor recíproco y, para Orígenes, es el acuerdo de pensamiento y de sentimientos para llegar a la concordia que «une y contiene al Hijo de Dios».
La clave para hacer que Dios habite entre nosotros se encuentra en la enseñanza de Jesús: «Amense los unos a los otros, así como yo los he amado» (Cf Jn 13, 34). La clave de la presencia de Dios es el amor recíproco. «Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros (1Jn 4, 12), porque: «Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos (Mt 18, 20), dice Jesús.

«El habitará con ellos, ellos serán su pueblo»

Por consiguiente, no está tan lejano e inalcanzable el día que marcará el cumplimiento de todas las promesas de la Antigua Alianza: «Mi morada estará junto a ellos: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Ez 37,27).
Todo esto se verifica ya en Jesús que, más allá de su existencia histórica, sigue estando presente entre aquellos que viven de acuerdo a su nueva ley del amor mutuo, es decir, esa norma que los constituye como pueblo, el pueblo de Dios.
Esta Palabra de Vida es, por eso, un reclamo apremiante, especialmente para los cristianos, a dar testimonio con el amor de la presencia de Dios: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 35). El mandamiento, vivido de esta manera, pone las premisas para que se actualice la presencia de Jesús entre los hombres.
Si la garantía de esta presencia, que da sentido a la fraternidad sobrenatural que Jesús trajo a la tierra para toda la humanidad, no podemos hacer nada.

«El habitará con ellos, ellos serán su pueblo»

Nos corresponde sobre todo a nosotros, los cristianos, aun perteneciendo a distintas comunidades eclesiales, ofrecer al mundo el espectáculo de un solo pueblo integrado por cada etnia, raza, cultura, por grandes y pequeños, por enfermos y sanos. Un único pueblo, del cual se pueda decir, como de los primeros cristianos: «Mira cómo se aman y están dispuestos a dar la vida el uno por el otro».
Este es el milagro que la humanidad aguarda, para poder esperar todavía, una contribución necesaria para el progreso ecuménico, para el camino hacia la unidad plena y visible de los cristianos. es un «milagro» a nuestro alcance, o mejor dicho, de aquel que, habitando entre los suyos unidos por el amor, puede cambiar la suerte del mundo, llevando a la humanidad entera hacia la unidad.

Chiara Lubich

Intervención de Chiara Lubich en el encuentro del Santo Padre con los Movimientos eclesiales

  Intervención de Chiara Lubich Plaza San Pedro, 30 de mayo de 1998 Beatísimo Padre, tengo que exponerle mi testimonio sobre el Movimiento de los Focolares u Obra de María. Pero ya que usted conoce muy bien y desde hace décadas esta realidad eclesial, permita que la considere como lo haría su corazón, y la mire con sus ojos. Usted ha identificado en el amor la “chispa inspiradora” de todo lo que se hace con el nombre de Focolar. Es realmente así Santo Padre. El amor es la fuerza de nuestro Movimiento. Ser y difundir el amor es el objetivo general de la Obra de María. Está llamada a suscitar una invasión de amor en el mundo. Es más, Santidad, usted ha afirmado que en ella distinguió, recordando a otros Movimientos espirituales de la historia, un “radicalismo del amor”. ¿No podría ser de otra manera cuando la mirada de todos los que forman parte del Movimiento está siempre orientada hacia Jesús crucificado, cuando grita su abandono, viendo en él su modelo? El amor más radical está precisamente allí, donde está el punto más alto de su sufrimiento. Es Él –que abandonado por el Padre se vuelve a abandonar en Él, que sintiéndose desunido del Padre, a Él se vuelve a unir- nuestro secreto para recomponer la unidad ante cada división, cada separación, en todas partes. En otra circunstancia me tomé la libertad de preguntarle, Santo Padre, como ve a nuestro Movimiento, cuál es su finalidad. Y usted me respondió sin dudar (subrayando nuestro objetivo específico “ut omes unum sint”): “Ecuménico”, dando a este objetivo el sentido más amplio. Y es cierto. Para poder lograr nuestro objetivo: “Que todos sean uno”, son típicos nuestros 4 diálogos: El diálogo dentro de nuestra Iglesia entre las personas, los grupos, los Movimientos, etc. Ese diálogo refuerza también la unidad de los fieles con los Pastores y entre ellos. Luego el diálogo con los cristianos no católicos, que quiere contribuir a la completa comunión entre las distintas Iglesias. El diálogo interreligioso, que entabla relaciones con fieles de las diferentes religiones. Y, por último, el diálogo con los hombres sin un referente religioso preciso, pero de buena voluntad. Además, Santo Padre, nadie podrá borrar de nuestro corazón su visión de nuestro Movimiento expresado en aquella memorable visita a nuestro Centro de Rocca di Papa, en agosto de 1984. Después de que los miembros del Consejo de la Obra expusieron cuál era su función al servicio de las 17 ramas del Movimiento, que comprende todo tipo de vocación laica y religiosa, después de describir los distintos aspectos de esta Obra (espiritual, apostólico, cultural y otros) y de haber hablado de las 4 secretarías para los diálogos, usted afirmó que en este Movimiento se veía la fisonomía de la Iglesia post-conciliar: “Ustedes –dijo- desean seguir de una manera auténtica esa visión de la Iglesia, la definición que la Iglesia da de sí misma en el Concilio Vaticano II”. Y nuestra alegría fue inmensa. Varias veces, conociendo la consistencia y la difusión mundial de este Movimiento, usted ha exclamado: “Son un pueblo”. Sí, Santo Padre, somos un pueblo, un pequeño pueblo, una porción del gran pueblo de Dios. Y cuando, sobre todo nuestros jóvenes, le han comunicado el deseo de contribuir a que la humanidad sea una única familia, es más que soñaban y trabajaban a favor de un mundo unido, usted los ha comprendido siempre y apoyado en este ideal, que para muchos parecía utópico. Más de una vez nos habló de María. Una de ellas, inolvidable, fue cuando quiso explicarme el “principio mariano” de la Iglesia, en relación al principio petrino. También nuestro Movimiento puede ser una expresión del “principio mariano”. Ese día usted seguramente no sabía que en nuestros Estatutos está escrito que la Obra de María “desea ser una presencia de María en la tierra y casi una continuación suya”. Gracias, Santo Padre, por todas las confirmaciones que nos ha dado a lo largo del tiempo. Y para concluir, una promesa. Sabemos que la Iglesia desea la comunión plena entre los Movimientos, su unidad, que, por otra parte, ya se está verificando. Pero nosotros queremos asegurarle, Santidad, que siendo nuestro carisma específico la unidad, nos comprometemos con todas nuestras fuerzas para contribuir a realizarla plenamente. Que María, tan amada por usted, lo recompense adecuadamente por todo lo que ha hecho por los Movimientos: es una de las obras maestras de su Pontificado.