Movimiento de los Focolares

Pequeños gestos que cambian la vida: dos flash desde Suiza y desde Paquistán

May 26, 2004

Testimonios

Como San Martín
Quedé viuda siendo joven, con tres hijos a cargo y una situación financiera precaria. Como empleada doméstica por horas gano poco. Un día fui a una iglesia a rezar y allí noté a un hombre que sufría. Tenía los pantalones llenos de parches. Le pedí a Dios que me hiciera entender se tenía necesidad de ayuda. Levantando la mirada noté una pintura de San Martín, quien había vivido con radicalidad el mandamiento evangélico del amor. Me acerqué y él: «Acabo de salir del hospital y ya no puedo trabajar. Ahora estoy aquí pero la verdad es que quisiera lanzarme entre las ruedas de un tren. No sé como salir adelante». Lo animé diciéndole: «Usted está en el lugar apropiado. Venga siempre aquí. Él lo ayudará». Le di lo que había ganado ese día: 80 francos suizos. Al día siguiente recibí inesperadamente la visita de un tío que no veía desde hacía 10 años. Fue una alegría grandísima. Saludándome, me puso en la mano un sobre. �Abriéndola encontré la suma de 8.000 francos suizos!
(M.M. – Suiza)

En el lavadero público
Hace dos días fui al lavadero, que está cerca de mi casa, para lavar. Había un buen sol ese día y tantas mujeres lavaban sus cosas, aunque el espacio era realmente poco. Estábamos conversando alegremente cuando llegó un anciano. Casi no veía. Tenía dos sábanas, una camisa y su turbante para lavar y pedía que le abriéramos campo. Ninguna quería moverse. Dentro de mí pensé: ”Jesús considera hecho a sí lo que hacemos a los hermanos”. Me dirigí a él: «Baba (apelativo de respeto que se usa con las personas ancianas), dame tus cosas que te las lavo yo». Las otras mujeres se pusieron a reír. «Con la familia numerosa que tienes, y esa montaña de ropa, �no estarás hablando en serio?» Repetí al Baba la invitación y empecé a lavar sus sábanas. Estaba muy contento, me dio su bendición paterna, y antes de alejarse, quiso a toda costa dejarme un pedacito de jabón que custodiaba celosamente. Ya nadie reía. En medio del silencio, en el lavadero, sucedió algo nuevo: había quien prestaba su cubeta a la otra, quien ofrecía el balde lleno de agua a quien estaba más lejos. �Había empezado una cadena de amor!

(F.V. – Pakistán)

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