Pan, relaciones, ecología: historias de familias «integrales»

 
Criar hijos cuidando la Creación es posibleDesde las campiñas del Véneto hasta el Salento, historias a contracorriente de sobriedad cotidiana inspiradas en la encíclica Laudato si’Hay quienes han transformado el patio de su casa en un pequeño laboratorio de sobriedad; quienes enseñan a sus hijos a hacer queso, reparar una bicicleta o detener un desperdicio de agua incluso antes de hablar del cambio climático. Y también hay quienes, a pesar de la precariedad y los sacrificios, intentan sustraer la vida cotidiana a la lógica de usar y tirar, optando por un consumo más esencial, relaciones más pausadas y una relación diferente con la Creación.

Llámenlas, si quieren, «familias integrales»: son muy distintas en edad, procedencia e historia, pero las une la convicción de que la ecología no es únicamente una cuestión ambiental o política. Comienza más bien en la mesa, en el tiempo compartido, en la manera de habitar el mundo y de mirar a los demás. Y es precisamente dentro de este entramado de experiencias concretas —a menudo contracorriente y lejos de los focos— donde toma forma esa «ecología integral» impulsada por el magisterio de la Iglesia y plasmada hace algunas semanas en un nuevo documento vaticano dedicado específicamente a la vida familiar.

El Evangelio en el huerto, la puerta de casa siempre abierta. «Cuando llamamos a nuestros cuatro hijos para cenar, es difícil conseguir que entren en casa: salvo durante los meses de invierno, se quedarían siempre al aire libre. Estar fuera les atrae más que un teléfono inteligente». Oscar Mason, profesor de religión de 60 años, vive con su esposa Giovanna Barutto —antigua farmacéutica de 48 años— en Anguillara Veneta, una localidad de 4.000 habitantes en la provincia y diócesis de Padua, a lo largo de la Via Romea Germanica. En este oasis bucólico gestionan desde hace diez años la granja educativa y agrocamping «Pane e bellezza» («Pan y Belleza»): «El campo no solo proporciona alimento, sino también esa belleza que nace de lo profundo y que puede compartirse con la familia y los amigos: la necesitamos tanto como el pan, y a veces incluso más. También nos inspiramos en el Libro de los Proverbios que, en el capítulo 12, versículo 11, dice: “Quien cultiva su tierra se sacia de pan”». explica Oscar para aclarar el origen del nombre elegido.

«Nos casamos el 31 de diciembre de 2006 y, pocos meses después de la boda, decidimos venir a vivir aquí, donde en los años ochenta mi suegro Luciano tenía una explotación agrícola y comercializaba los cereales que producía». Mientras tanto nacieron Giacomo (18 años), Francesca (16), Bianca (14) y Andrea (7). Los dos mayores estudian en el Instituto Agrario de Rovigo, a quince kilómetros de distancia, mientras que los más pequeños asisten a la escuela del pueblo. «La acogida de otras personas surgió de manera gradual: primero venían familiares y amigos; luego nuestros hijos comenzaron a invitar a sus compañeros y el lugar fue siendo cada vez más apreciado. No buscamos grandes números, por un deseo de sobriedad: preferimos las relaciones humanas, las inversiones afectivas y el bienestar», precisa Oscar. Junto con Giovanna han plantado árboles sin tratamientos químicos —muchos de ellos frutales— formando lo que llaman su «bosque de la respiración». También cuentan con cincuenta vides que sirven de pérgola, un huerto, flores, plantas medicinales y aromáticas, mientras que con las moras silvestres elaboran mermeladas. Los niños crecen rodeados de dos vacas que proporcionan la leche con la que elaboran queso en casa, burros —presentes en innumerables fotografías familiares—, conejos y ocas, abejas distribuidas en veinte colmenas para la producción de miel y dos alpacas que, según explica Oscar, «enseñan el valor de la amistad y del apoyo mutuo. Si una alpaca se queda sola, se deja morir». El hijo mayor, Giacomo, realizó un curso de elaboración de quesos y, junto con sus hermanos, aprendió también a reparar bicicletas: «Los cuatro están acostumbrados a divertirse con muy poco: un laberinto hecho con balas de heno, una búsqueda del tesoro organizada para el más pequeño, un tres en raya de madera y otros juegos que proponemos a los niños que nos visitan». Oscar ha preparado además una treintena de fichas didácticas «para sus hijos, los alumnos de la escuela y quienes vienen aquí» sobre el tema «Jesús con los pies en la tierra»: «Nos movemos en espacios amplios que dilatan el tiempo y nos permiten descubrir la sabiduría y los valores que también transmiten las antiguas herramientas. El yugo, por ejemplo, está pensado para llevarse entre dos; la medida tradicional para pesar el grano, construida con precisión extrema, transmite el sentido de la justicia». Y concluye: «Somos conscientes de que vamos contracorriente».

Esos 16 litros de agua que marcan la diferencia.
Es la misma conciencia que une a la familia Mason con la familia Montesi, en Corinaldo, provincia de Ancona. El matrimonio y sus tres hijos, ya adultos, viven en el campo, a doscientos metros de la explotación biológica «Verde Naturale», con un espectacular campo de lavanda, gestionada por Sara Simonetti, de 57 años, casada desde el 31 de octubre de 1993 con Mauro, de 59 años. Miembros de la dirección nacional de Azione per Famiglie Nuove, «una entidad del tercer sector y brazo operativo de “Famiglie Nuove”, surgida del Movimiento de los Focolares, del que formamos parte, y que trabaja en proyectos de desarrollo, adopciones internacionales y programas de apadrinamiento a distancia», los esposos son también corresponsables de la pastoral familiar de la diócesis de Senigallia. «Tenía un empleo asalariado, pero en 1995, con el nacimiento de nuestro primer hijo Daniele —hoy profesor de 30 años—, lo dejé de común acuerdo con mi marido. Después llegaron las otras dos: Maria Chiara, trabajadora social, que ahora tiene 27 años, y Elisa, de 26, licenciada en lenguas orientales y comprometida con la inclusión social de las personas migrantes. Estos días está realizando unas prácticas en Alemania y dejó en casa un cartel junto a un grifo que pierde agua con la inscripción: “16 litros al día”, para animarnos a repararlo y reducir el desperdicio», cuenta Sara. «Tenemos paneles solares, intentamos utilizar alimentos ecológicos y reducir el consumo de carne, limitar el uso de detergentes y reciclarlo todo.» En la explotación, que produce plantas aromáticas, medicinales, para esencias, perfumería y horticultura, y que se desarrolla «siguiendo los criterios éticos de la Economía de Comunión y el ideal de la unidad transmitido por Chiara Lubich», también elaboran jabones biológicos y ecológicos respetando el medio ambiente y garantizando la máxima transparencia en la facturación y en la remuneración de los trabajadores. «Mi marido me ayuda durante los fines de semana. Cuando tenemos que quemar restos vegetales, lo hacemos cuando están secos y no verdes, para que produzcan menos humo y este se disperse más rápidamente. Además, reducimos al mínimo los tratamientos fitosanitarios porque considero que la naturaleza tiene capacidad para autorregularse. También compraremos un vehículo profesional eléctrico con un impacto ambiental prácticamente nulo. Cuando se vive la ecología integral, los beneficios van mucho más allá del aspecto económico», afirma Sara. Ella subraya un aspecto fundamental, incluso antes de todas las acciones sostenibles que pueden ponerse en práctica en la vida cotidiana: «Vivimos la ecología en las relaciones humanas, incluso con aquel familiar que puede tratarte mal. No es sencillo, pero estamos llamados a amar siempre y a todos. Nos ayudamos mutuamente como matrimonio y como familia. Nuestros hijos viven el ideal de la unidad de maneras diferentes, pero han hecho suyos sus valores.»

Maria Chiara, por ejemplo, «quisiera poner en marcha una actividad agrícola completamente social. Junto con otros jóvenes de la parroquia y de la Operación Mato Grosso, está preparando juegos tradicionales de madera para recaudar fondos destinados a las personas pobres y para recuperar las habilidades manuales entre los más jóvenes. Quienes visiten el campo de lavanda también podrán jugar mirándose a los ojos, alejados de las pantallas y de los dispositivos electrónicos, en un entorno natural.»

La ropa no importa (aunque a veces sí) También vive según los principios del reciclaje creativo la joven pareja formada por Miriam Resta-Corrado, de 32 años, y Vincenzo De Rasis, de 27. Ambos son animadores Laudato si’ gracias a un curso que realizaron antes de su matrimonio, celebrado hace dos años. «El 24 de mayo, fecha del aniversario de la encíclica del papa Francisco publicada en 2015», subraya Miriam, licenciada en Ciencias Ambientales y autora de una tesis dedicada precisamente a este documento. En Supersano, en la provincia de Lecce, viven con empleos precarios, pero sostienen que aun así es posible optar por un estilo de vida sostenible: ropa de segunda mano comprada por internet o en el mercadillo cercano a casa —incluido el vestido de novia—, agua exclusivamente del grifo y jabones sólidos que, «cuestan un poco más, pero duran mucho más que los líquidos», asegura Miriam.

Ella comenzó a interesarse por el cambio climático cuando, a los dieciocho años, empezó a acompañar a su padre al campo: «Por un lado, uní la sensibilidad misionera que nació al escuchar los testimonios de quienes regresaban de Brasil contando las protestas de los trabajadores explotados en las plantaciones intensivas de aceite de palma; y, por otro, mi acercamiento a Greenpeace.» Para Vincenzo, «que creció con hábitos consumistas, entre compras por internet y comida rápida, el proceso comenzó durante nuestro noviazgo, que duró seis años. Aprendí a separar correctamente los residuos y a reconocer en los productos los símbolos que indican dónde debe depositarse cada material para su reciclaje. Intentamos adquirir electrodomésticos reacondicionados, como la aspiradora, tanto por razones éticas como para ahorrar dinero.» Y Miriam añade:«Comemos carne una vez por semana, optamos por legumbres a granel y detergentes biodegradables. Procuramos limitar los productos que llegan desde lugares demasiado lejanos, como la fruta exótica, prestando atención a las certificaciones que garantizan la sostenibilidad y el respeto de los derechos de los trabajadores.»,

La elección de la sostenibilidad, explican ambos, no responde únicamente a criterios medioambientales. Es una forma concreta de vivir con coherencia los valores en los que creen, demostrando que incluso en situaciones de incertidumbre económica es posible adoptar estilos de vida más sobrios, responsables y respetuosos con las personas y con la Creación.

(Fuente: Por cortesía de Avvenire, 31 de junio de 2026 —por Laura Badaracchi— © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)