Fin de semana en familia

 
Este testimonio relata la experiencia inesperada de un “fin de semana en familia” organizado por jóvenes parejas en Liguria. Lo que al principio parecía un compromiso más se revela como una iniciativa llena de creatividad, profundidad humana y espiritualidad. A través de encuentros sencillos y auténticos, se abre un espacio inclusivo donde el diálogo y el compartir cobran vida. Una experiencia que muestra cómo un carisma vivido sigue generando hoy renovación y esperanza.

Hace algún tiempo recibí una llamada desde Génova. Un grupo de jóvenes parejas me invitaba a participar en uno de los llamados “fines de semana en familia”. Mi primera reacción fue declinar: tenía demasiados compromisos y, además, la noche anterior ya había aceptado intervenir en un congreso en memoria de Chiara Lubich, precisamente en el aniversario de su fallecimiento. Dado que la propuesta era para el domingo por la mañana, un rechazo cordial parecía más que razonable.

Sin embargo, a medida que avanzaba la conversación, la propuesta empezó a despertar mi interés. Se trataba —y se trata— de una iniciativa promovida por jóvenes parejas que organizan estos encuentros en distintos puntos de Liguria, facilitando así la participación de personas de diversas localidades de esta estrecha franja de tierra. Pero lo que terminó de convencerme fue su entusiasmo: creían profundamente en lo que hacían, ya veían sus frutos y, sobre todo, estaban dando forma a algo nuevo dentro de la tradición de los Focolares.

El programa giraba en torno a uno de los cinco sentidos —oído, gusto, tacto, vista y olfato—, con aportaciones de expertos en psicología, espiritualidad, vida social y relaciones de pareja. No faltaban momentos de espiritualidad, y los encuentros estaban abiertos a todos sin excepción: personas de todas las edades, parejas y personas solas, creyentes, personas de distintas creencias y también no creyentes. En definitiva, una muestra viva y plural de la sociedad reunida en torno a la experiencia de un “fin de semana en familia”.

Ante la dificultad de llegar el domingo por la mañana, los organizadores se ofrecieron incluso a recogerme en La Spezia para trasladarme después a Sestri Levante, de modo que pudiera estar descansado al día siguiente. Y así fue. Acepté. Incluso los trenes parecieron colaborar: conexiones ajustadas pero perfectamente puntuales y recogida en La Spezia pasadas las once de la noche. A medianoche ya estaba en destino.

A la mañana siguiente comprendí que había acertado al aceptar. Durante el desayuno me reencontré con viejos amigos —a algunos no los veía desde 1980— y conocí a muchos otros: jóvenes y no tan jóvenes, madres con sus hijos pequeños, personas llegadas por curiosidad y miembros históricos de los Focolares. La jornada comenzó con breves reflexiones espirituales propuestas por la pareja responsable del programa, con un tono sereno, sin imposiciones ni absolutismos. Mientras tanto, un mago —ya conocido desde la noche anterior— se ocupaba de los niños más pequeños, permitiendo que el encuentro retomara el hilo del día anterior.

El tema central era el olfato —o, mejor dicho, el perfume—, abordado primero desde una perspectiva psicológica y luego experimentado en talleres y en una excursión por los paisajes y aromas de la Riviera ligur, que ofrece escenarios y sensaciones verdaderamente cautivadores. Todo ello en un ambiente de auténtica familia, poco frecuente en la vida cotidiana.

En este contexto, compartí desde el escenario mis treinta años de experiencia en la India, subrayando cómo los sentidos pueden convertirse en valiosos instrumentos de diálogo y en vías privilegiadas para acceder al alma de una cultura. La atención del público fue constante, también gracias al apoyo visual de la presentación. Tras la intervención, las preguntas se sucedieron de forma espontánea: una hora pasó sin apenas notarlo.

Mientras tomamos un café, se sucedieron conversaciones intensas, no solo sobre la India o su cultura, sino también sobre cuestiones personales de gran peso: crisis familiares, separaciones, enfermedades graves. En la hora siguiente, con sinceridad y sin maquillajes, se evocó la figura de varios ligures —cuatro jóvenes y un hombre de unos sesenta años— fallecidos en estos años, que han dejado tras de sí un “perfume” espiritual hecho de amistad, valores y testimonio de vida, y en algunos casos incluso de santidad. De hecho, para dos de ellos, fallecidos con pocos días de diferencia en 1980, está en curso una causa de beatificación.

Sin exagerar, puedo decir que regresé renovado de este “fin de semana en familia”. Una experiencia que confirma cómo un carisma, cuando se vive con autenticidad, puede generar al mismo tiempo creatividad, profundidad espiritual y un fuerte atractivo humano.

(Fuente: Why don’t dialog – Roberto Catalano © Prohibida su reproducción)