Desde los inicios del Movimiento de los Focolares, la relación de todos los que formaban parte de él fue siempre de plena confianza y disponibilidad a adherir a las palabras de los respectivos obispos.

Muy pronto los mismos Obispos advirtieron que la espiritualidad de la unidad no estaba hecha sólo para los laicos, los religiosos, los sacerdotes, sino que tenía algo que decirles también a ellos.

En 1977, por invitación del gran teólogo Klaus Hemmerle, Obispo de Aquigrán (Alemania), se celebró el primer encuentro de Obispos amigos del Movimiento de los Focolares, deseosos de profundizar y vivir la espiritualidad de comunión. Eran doce los presentes en la audiencia general en el Vaticano, provenientes de los cinco continentes. El Papa Pablo VI, saludándolos, los animó a ir adelante. Al año siguiente, encontrándolos por última vez, se expresó así: «Como cabeza del colegio apostólico los animo, los estimulo, les exhorto a continuar con esta iniciativa».

Pocos años después, en febrero de 1982, Juan Pablo II se dirigió a ellos diciendo: «El anhelo por la unidad les llevará a hacerse cargo del problema ecuménico, con impulso siempre renovado, alentándoles a intentar cualquier iniciativa que pueda ser útil ».

Y así sucedió. También los Obispos de distintas Iglesias Cristianas hicieron propia la espiritualidad de la unidad y empezaron a encontrarse anualmente en lugares simbólicos del ecumenismo: Estambul, Londres, Ammán, Beirut, Ginebra, Bucarest, Augsburg, Trento, Praga, Lutherstadt Eisleben/Wittenberg y, evidentemente, Roma. Los une la común pertenecía a Cristo.

Hoy los Obispos amigos del Movimiento son un centenar y promueven encuentros a nivel internacional además de otros nacionales o regionales.

«Contribuir a darle un alma a la colegialidad»: es la indicación que Chiara dio a los primeros obispos amigos. «Esta comunión será una gran ventaja también para cada diócesis –aseguraba Chiara- porque si los obispos son así, siempre alegres, siempre disponibles, todos se acercarán a ellos».

La relación de los Obispos con el Movimiento de los Focolares es de naturaleza espiritual e ilumina los múltiples campos de su ministerio: desde las actividades pastorales a las relaciones con sus colaboradores, del diálogo ad intra al diálogo extra eclesial, a la evangelización.

Ellos reconocen que la espiritualidad de la unidad está «en profunda sintonía con el Carisma episcopal, refuerza la colegialidad efectiva y afectiva y la unidad con el Santo Padre y entre los Obispos, y finalmente lleva a actuar las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia-comunión». Así se lee en el reglamento de la rama de los «Obispos amigos de la Obra de María», reconocidos como tales por el Papa y aprobados por el Consejo Pontificio para los Laicos en una carta del 14 de febrero de 1998.

También los jefes de varias Iglesias Cristianas como el Patriarca ecuménico de Constantinopla, Su Santidad Bartolomé I y el Primado de la Iglesia Anglicana, el Arzobispo Rowan Williams han expresado su aprecio por estas iniciativas.

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