Manuel Pascual Perrín

 
Generó la comunidad (2 de junio de 1925 - 22 de noviembre de 2000)

Sus comienzos

Manolo, nació en Saldungaray, en la Serranía de la Ventana, al sur de la Provincia de Buenos Aires, el 1°de Junio de 1925. Por razones de fuerza mayor, transcurrió parte de su infancia lejos de su familia lo que le generó un cierto sentido de orfandad que le pesará por años.

Vivió su adolescencia con unos tíos ateos a los que admiraba mucho y, a partir de entonces se declaró abiertamente ateo. Por diferentes circunstancias, atravesó momentos muy difíciles que lo angustiaban y le provocaban cierto descreimiento y rebeldía sumados a una fuerte dificultad que experimentaba de perdonar y perdonarse. Sin embargo, afirma Angelita que era un joven muy interesante, alegre, apasionado, que no hacía nada a medias, de muy buena presencia y pese, a ser muy reservado, era un conquistador, por lo que ella no tardó en enamorarse de él.

Ya de novios, ella hizo de todo para acercarlo a la fe y todos rezaban por su conversión, la que finalmente se produjo. Manolo se apasionó por el Evangelio pero viendo ciertas incoherencias que se daban en algunas comunidades o personas, atraviesa distintas crisis que le hacen aflorar todavía algo de su descreimiento.

La ciudad de Punta Alta, donde vivían, surgió alrededor de la Base Naval y la mayoría de sus habitantes trabaja allí. Manolo ingresó muy joven como personal civil desempeñándose como maquinista de los buques. Fue varias veces a la Antártida y recorrió los mares del mundo, lo que le permitió más tarde jubilarse joven. Se hizo suboficial no por vocación militar sino por la necesidad de mantener a su familia ya numerosa y nunca aceptó los ofrecimientos de la Fuerza de hacer la carrera de oficial.

La gran novedad

Donde él encontró el ámbito propicio para hacerse santo fue en la Obra de María, más conocida como Movimiento de los Focolares, fundada por Chiara Lubich. Se encuentra con el Carisma de la Unidad, con una espiritualidad de comunión y comprende que la santidad es un camino comunitario. Repetirá siempre que a Dios no se va solos sino con los hermanos.

Su primera gran sorpresa en la nueva espiritualidad fue el descubrimiento de que DIOS ES AMOR y que es un padre que lo ama más allá de todo. (G et E 125) El encuentro con este Dios que lo ama así como es, lo libera del sentido de orfandad que le pesaba. Se siente llamado por Él a ser un apóstol de la unidad y a vivir como vivían los primeros cristianos. Hombre de carácter fuerte y decisiones rápidas, se pone inmediatamente en camino, transformando no sólo su vida sino también la de su entorno.

En la Obra de María, siguiendo las enseñanzas de Chiara, experimenta que poniendo en práctica cada palabra del Evangelio, esas palabras, hechas carne en su vida, se vuelven luz no sólo para él sino también para los demás. Pero no siempre le resultaba sencillo. Había cosas que no comprendía porque su adhesión al Carisma fue inmediata pero su conocimiento del mismo fue progresivo. Cuando los responsables del Movimiento, desde Buenos Aires, tomaban decisiones o le asignaban roles que no conocía, lejos de frenarse, se decía que él estaba allí para amar no para analizar ni cuestionar y adhería aún sin entender, tras lo cual siempre encontraba la luz, y la comprensión llegaba. Ante la magnitud del Carisma y del llamado de Dios, se sentía indigno, incapaz e incoherente pero tampoco esto lo detenía. Sin mirarse, arremetía con más fuerza y repetía siempre: “¡Tenemos que ser locomotoras y no vagones de cola!”

Su empuje evangelizador (G et E 129 y ss. /” Parresía”)

Muchas personas salvaron o reconstruyeron su familia encontrándose con Dios a través suyo. Un sacerdote, ya fallecido, testimonió que Manolo lo apoyó y lo ayudó en momentos muy difíciles salvando inclusive su vocación. Otro sacerdote afirmaba que comprendió, observándolo, la importancia de los laicos en la Iglesia, tan subrayada por el Concilio Vaticano II y a la que los sacerdotes no estaban acostumbrados,

El Padre Adrián Martínez de la Arquidiócesis de Bahía Blanca recordó en el Ciclo sobre la santidad, el apoyo y sostenimiento que le brindaron los Perrín en sus primeros años de sacerdocio afirmando: “Manolo ha sido una persona discretamente cercana, de esas cercanías con las que uno sabe que cuenta y en las que se siente sostenido pero que nunca te invaden, con una enorme discreción y delicadeza, siempre con una sonrisa. Tenía profundos vínculos con muchísima gente pero siempre vínculos muy discretos, siempre alentando y promoviendo la originalidad del otro. Un hombre que, más allá de todos los avatares de la vida, había encontrado el gozo que nadie nos puede quitar y tenía esa esperanza, esa alegría que nos da el haber encontrado a Jesús”

Portador del Carisma de la Unidad, se transformó en el “apóstol Pablo de Punta Alta” como lo definieron varios en esa ciudad. El deseo de Jesús de “que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17) se arraigó en su alma y no se cansó nunca de proclamarlo. Lo vivía y anunciaba en la familia, en el trabajo, en la peluquería, en el supermercado, en el laboratorio donde se hacía los análisis, en las parroquias, en los grupos de Iglesia y hasta entre la misma gente que encontraba por la calle. Sostenía que no podía quedar nadie en Punta Alta sin conocer las novedades que portaba esta espiritualidad y así, con su testimonio se fueron convirtiendo el bioquímico, el peluquero, el compañero de trabajo, los vecinos, etc. Pero cuando percibía que alguien lo seguía porque sentía admiración por él, le decía inmediatamente: Hay que seguir a Dios y no a los hombres”.

Afirmaba Juan Arce, un conocido docente marplatatense que fuera galardonado con el Premio Jesús Divino Maestro del Consejo Superior de Educación Católica, amigo personal del Cardenal Pironio y dirigente del Movimiento de los Focolares en Mar del Plata: “Manolo tenía un vínculo tal con los suyos, que no necesitaba abundar en palabras… Pasaba y lo seguían. Con su manera de ser era un puente que acercaba las personas a Dios”.

Entre estas personas estuvo el Dr. Di Giacomo, dueño del laboratorio donde Manolo se hacía los análisis. Alejado de la Iglesia y muy crítico de la misma, hacía de todo para evitarlo. No tenía interés en sus encuentros. Un día se cruzaron por la calle y, aunque trató de eludirlo entrando en un supermercado no pudo porque la puerta estaba distante. Con el humor que lo caracterizaba, Manolo le dijo: -“Te invito a una reunión, si no te gusta, te levantás y te vas que yo no pienso cambiar de laboratorio”. Asistió por compromiso y la presencia de Dios fue tan palpable que allí mismo se convirtió y es hoy un miembro activo de la Obra de María.

No descuidaba a las personas que había conquistado para Dios, recorría la ciudad visitándolas asiduamente, se detenía breves minutos para ver cómo estaban, les dejaba la Palabra de vida del mes o algún ejemplar de la revista Ciudad Nueva y seguía. Cuenta Susana Hoffmann de Luini, que siendo mucho más jóvenes que Manolo y esperando a su primera hija, él los visitaba seguido y los acompañaba como un padre nutriéndolos en esta espiritualidad con todo lo que tenía a su alcance. Pero luego de algunos meses, espació las visitas. Ella le preguntó por qué ya no los visitaba como antes a lo que Manolo respondió: “Te enseñé a volar; ya podés volar sola. Ahora tengo que enseñarle a volar a otros.”

Fue un líder que formó personas y forjó una comunidad cuyos integrantes, todos laicos comprometidos en su propio ambiente, trataban de vivir el Evangelio. Muchas personas, de sólo verlo moverse o escucharlo, se sentían atraídas por su estilo de vida y se convertían. Pero él tenía muy claro que nada era obra suya. Por eso antes de comenzar cada reunión, recordaba la promesa de Jesús en (Mt. 18,20) “Allí donde dos o más están unidos en mi nombre estoy yo en medio de ellos”. Y decía: “¡Que Jesús esté en medio nuestro y que haga surgir lo que Él quiera!”

Monseñor Néstor Navarro, obispo emérito del Alto Valle, oriundo de Punta Alta, cuenta que cuando se convirtió se encontró en la parroquia con Manolo, quien le llamó mucho la atención porque no era frecuente ver hombres en la Iglesia. Con los años, conociendo el acto heroico de Cecilia, comprendió que si ella había recorrido un camino de santidad, sin duda Manolo y su familia habían tenido mucho que ver en eso.

Dolores en clave de resurrección

Vivió dolores intensos como una larga enfermedad de Angelita cuando sus cinco hijos eran todavía pequeños, la pérdida tremenda de su hija Cecilia, la dolorosa afección a los riñones que, a veces lo inmovilizaba, el cáncer que lo condujo a la muerte, el peso de su pasado y de sus limitaciones y el dolor de sentirse incoherente e incapaz de vivir aquello para lo que Dios lo había elegido y que era el ideal de su vida.

El Papa afirma que los discípulos pueden pasar por momentos muy duros en este camino de santidad, e invita a contemplar el rostro de Jesús muerto y resucitado, a penetrar en las entrañas de Dios, a entrar en sus llagas y a leer todo lo que pasa, toda la historia, en clave de resurrección. (G et E 151). Éste fue el gran secreto de Manolo. Había hecho carne la propuesta de Chiara de reconocer en cada dolor el rostro de Jesús Crucificado y Abandonado y de decirle sí siempre, enseguida y con alegría. Así pudo experimentar y dar testimonio de que en Jesús Abandonado es el compendio de todo saber, la respuesta a todos nuestros por qué, como afirmaba Chiara.

Aunque lloraba por los rincones la muerte de Cecilia, transformaba todo este dolor en amor. No perdía jamás la alegría y vivía fuera de sí mismo, brindándose a los demás. El entierro de Cecilia coincidió con el nacimiento de los mellizos, sus nietos, hijos de Jorge y Jole. Ejercitados en pasar de la muerte a la vida en cada momento duro, Manolo y Angelita, tras sepultar a Cecilia, fueron a conocer a los recién nacidos y a celebrar su llegada con Jorge y con su nuera. Había personas a las que les costaba entender que ante semejante pérdida, ellos no hablaran de muerte sino de resurrección.

Aquel sentido de orfandad experimentado alguna vez, se transformó en Manolo en una notoria capacidad de generar familia, de crear lazos y relaciones. Personas que vivían algo similar a lo que él había vivido, encontraban en él a un padre. Francisco Barrionuevo de Bs. As. recuerda que, habiendo perdido a su mamá, encontró el Movimiento de los Focolares y sin, conocerlo mucho, decidió donar dos años de su vida para construir la naciente Mariápolis Lía. Corría el año 1971, Francisco trabajaba en el taller de mantenimiento y estaba extrañando a su familia cuando se le acercó un señor al que no conocía y le preguntó: “¿Cómo estás Panchito?” y se interesó tanto por él que Francisco no se olvidó jamás de ese momento aunque nunca más volvió a ver a Manolo. Enterándose del Ciclo sobre la santidad, envió su testimonio diciendo: “¿Cómo sabía él mi nombre? ¿Por qué se interesó tanto por mí? Su afecto fue tan grande, que me sentí como si me hubiera visitado mi papá”.

La contemplación en medio de la acción (G et E. 26, 100, 101)

Ramón Carrizo, de origen catamarqueño y suboficial retirado, afirma: “Manolo era una persona que parecía estar siempre contemplando a Dios pero sin dejar de prestar atención a las necesidades de los hermanos. Un día muy frio, vio desde arriba del barco a una persona desabrigada en el muelle que no soportaba esa temperatura; bajó enseguida y le regaló una campera”.

Invitado por él a la salida de una misa, Ramón comenzó a participar de los encuentros en los que Manolo transmitía el Carisma de la Unidad, formando personas, armando grupos y forjando la comunidad. Siendo bastante más joven, encontró en Manolo a un padre al que le podía contar todo. Afirma Ramón:” Yo le hablaba siempre de mi pago y de mi papá y él me escuchaba con mucha atención. Un día le pedí perdón por hablarle tanto de mi pago y de mi padre. Entonces él me respondió que Jesús hacía lo mismo: hablaba de su pago, que era el cielo y de su Padre que estaba en el cielo”.

Así, con mucha sencillez, con gestos de amor concreto y poniendo en práctica las obras de misericordia, Manolo hacía partícipe de la vida de Dios a los hermanos estableciendo relaciones profundamente humanas y sobrenaturales a la vez. Familiares y amigos cuentan a la vez que era una persona muy divertida, animador de fiestas familiares, amigo del fútbol, hincha de Independiente, organizador de campeonatos de truco y poseedor de una picardía poco común para despistar al contrincante cuando se armaban esos campeonatos.

Sus nietos lo recuerdan como un abuelo divertido que les hacía muchas bromas e inventaba de todo para que jugaran en el jardín y se sintieran bien. Agustina afirma que era un abuelo cercano, vivaz, alegre, atento a sus necesidades de niña y cuenta que una vez, viéndolos jugar al campamento con improvisadas carpas hechas de sábanas y frazadas, Manolo mandó a fabricar una carpa que les instaló en el jardín y, cuando vinieron los primos de vacaciones, se pasaron todo el verano jugando en ella. Recuerda también que a él le gustaba cocinar y cuando ella era chiquita hacían juntos las hamburguesas, ella armaba los bollitos de carne picada y él les daba la forma definitiva.

Su transformación final

Hacia el final de su vida vivió un período de intensa oscuridad. Lo testimonian sus hijos y Rodolfo Cervini, quien junto con Beatriz López llevaban adelante la Obra de María en el Sur Argentino. Acentuándose su enfermedad de los riñones y afectado por el cáncer, comenzó a experimentar un dolor más fuerte todavía, no sentía la presencia de Dios. Ese Dios que lo había transformado y del cual había dado testimonio a los cuatro vientos, ahora estaba como ausente. Tampoco sentía la unidad con Angelita y con la familia y todos sufrían muchísimo esta situación.

A ese sentirse indigno, incapaz e incoherente, se sumaba ahora una sensación de fracaso. Llamado a ser apóstol de la unidad, sentía la incapacidad de vivirlo en su propio hogar y temía ser ocasión de escándalo pero unía este dolor al de Jesús Crucificado y Abandonado y seguía amando y generando vida. En una estrecha comunión con Rodolfo Cervini compartió esta noche oscura de su alma sin culpar a nadie, asumiéndose él toda la responsabilidad.

Pero un día Angelita lo notó absolutamente distinto, estaba luminoso, alegre como un niño tanto que ella decidió contárselo a Jorge que vive en la Mariápolis Lía: “No sé qué le pasa a tu padre– le dice- está irreconocible”. Jorge decide viajar y al llegar se encuentra con su padre resplandeciente que lo lleva al lugar más querido de la casa para él, la cocina. Allí se daban todas las conversaciones importantes. “Jorgito –le dijo Manolo– vos sabés que yo siempre quise vivir el Evangelio y era como si el Evangelio estuviera por un lado y yo por otro pero ahora me siento dentro del Evangelio.”

También le contó que le venían a la mente los momentos dolorosos de su vida, que descubría en ellos el amor de Dios y recién ahora por primera vez podía donárselos a Él. Fueron días de fiesta, se divirtieron y rieron como niños jugando en familia. Luego vino la cirugía antes de la cual, todavía jugaron un partido de truco. La operación fue más cruenta de lo previsto pero él estaba radiante y le dijo a Jorge: “Siento una gran alegría, la plenitud en el alma, quédense tranquilos, da lo mismo estar acá o allá, lo importante es hacer la voluntad de Dios .Agradezco a Dios la hermosa familia que me dio y en vos le doy un abrazo a cada uno”.

Antes de partir, con un rostro luminoso, una hermosa sonrisa y una mirada trasparente que los que lo vieron no podrán jamás olvidar, dijo: -“¡Qué plenitud! ¡Es maravilloso el amor de Dios! ¡Qué belleza! ¡Es maravilloso el Paraíso!

Avanzaba la noche del 21 de Noviembre del 2000. Manolo respiraba con dificultad. Sus hijos recordaron que la oración que más le gustaba y más repetía era el Ave María. Comenzaron a recitarla y las pulsaciones de Manolo en el monitor se aceleraron notoriamente. Su hijo Eduardo le pidió un regalo: -Papá, si te estás yendo, esperá un poquito! En pocos minutos es mi cumpleaños y quiero que nuestras fechas coincidan. Apenas pasada la media noche, en los primeros minutos del 22 de Noviembre, día de Santa Cecilia, Pascual Manuel Perrín emprendió su vuelo.

Chiara Lubich sugirió grabar sobre su tumba la frase del Testamento de Jesús que hoy todos podemos leer allí en el camposanto de la Mariapolis, donde descansa junto a Cecilia: “ Te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste”. (Jn 17,4)

Gustavo Rodríguez

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