Palabra de Vida – Noviembre 2022

 
“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.” (Mateo 5, 7)

 

En el Evangelio de Mateo, el sermón de la montaña se ubica después del comienzo de la vida pública de Jesús. La montaña es vista como símbolo de un nuevo monte Sinaí desde el que Cristo, nuevo Moisés, ofrece su “ley”. En el capítulo precedente se habla de las grandes multitudes que comienzan a seguir a Jesús y a las cuales él dirige sus enseñanzas. Este sermón, en cambio, está dedicado a sus discípulos, a la comunidad naciente, a los que luego serán llamados cristianos. Introduce así el “reino de los cielos”, que es el núcleo central de la predicación de Jesús1, de la que las bienaventuranzas representan el manifiesto programático, el mensaje de la salvación, la “síntesis de toda la Buena Nueva que es la revelación del amor salvífico de Dios”2.

 

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.”

¿Qué es la misericordia? ¿Y quiénes son los misericordiosos? La frase es introducida a partir de la palabra griega makarios3, que significa “feliz”, “afortunado”, y que asume también el significado de ser bendecidos por Dios. Entre las nueve bienaventuranzas, esta se encuentra en el lugar central. Las bienaventuranzas no quieren representar comportamientos que serán premiados, sino propias y verdaderas oportunidades para llegar a ser un poco más parecidos a Dios. Particularmente, los misericordiosos son quienes tienen el corazón lleno de amor por Dios y por los hermanos, un amor concreto que se inclina frente a los últimos, los olvidados, los pobres y quienes necesitan de este amor desinteresado: en efecto, misericordia es uno de los atributos de Dios4; Jesús mismo es misericordia.

 

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.”

Las bienaventuranzas transforman y revolucionan los principios más comunes de nuestro pensar. No son solamente palabras de consuelo, sino que tienen el poder de cambiar el corazón, tienen la potencia de crear una nueva humanidad, tornan eficaz el anuncio de la Palabra. Y es necesario vivir las bienaventuranzas de la misericordia también con nosotros mismos, reconocernos necesitados del amor extraordinario, sobreabundante e inmenso que Dios tiene por cada uno de nosotros.

La palabra misericordia5 deriva del hebreo rehem, “matriz”, y evoca una misericordia divina sin límites, como la compasión de una madre por su hijo. Es “un amor que no mide, abundante, universal, concreto. Un amor que tiende a suscitar la reciprocidad, que es el fin último de la misericordia. Por lo tanto, si hemos recibido alguna ofensa, alguna injusticia, perdonemos y seremos perdonados. Seamos los primeros en sentir piedad, compasión. Incluso si parece difícil y atrevido, preguntémonos frente a cada prójimo cómo se comportaría su madre con él. Es un pensamiento que ayuda a comprender y a vivir según el corazón de Dios”6.

 

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”.

“Después de dos años de casados, nuestra hija y su marido tomaron la decisión de separarse. La recibimos nuevamente en nuestra casa y en los momentos de tensión tratamos de quererla con paciencia, con perdón y comprensión, manteniendo una relación de apertura con ella y su marido, evitando, sobre todo, las ofuscaciones. Después de tres meses de escucha, de ayuda discreta y mucha oración, ellos volvieron a vivir juntos con una nueva conciencia, confianza y esperanza”7.

Ser misericordiosos, de hecho, es más que perdonar. Es tener un corazón grande, no ver la hora de borrarlo todo, de quemar completamente todo lo que podía obstaculizar nuestra relación con los demás. La invitación de Jesús a ser misericordiosos es ofrecer un camino para volver a acercarse al designio originario, porque podemos llegar a ser aquello para lo cual hemos sido creados: ser a imagen y semejanza de Dios.

Letizia Magri

 

NOTAS
__________________________________________________

[1] Mateo 4, 23 y 5, 19.20.

[2]  C. Lubich, Palabra de Vida, noviembre 2000.

[3]  En griego, makarios es empleado para describir la condición de fortuna, de felicidad, y para indicar, también, la condición privilegiada de los dioses con respecto a la de los seres humanos.

[4]  En hebreo, hesed es el amor desinteresado, dispuesto a recibir y perdonar.

[5]  Rahamim, en hebreo.

[6]  C. Lubich, Palabra de Vida, noviembre 2000.

[7]  Testimonio recogido por el Movimiento de los Focolares.

Normas (500)