Algo de historia: los inicios de los Focolares en Rusia
En 1986 una familia húngara del Movimiento de los Focolares, los Fialowsky, se mudó por motivos de trabajo de Budapest a Dubna, a más o menos 130 Km de Moscú. Alrededor de ellos se reúnen algunas familias y jóvenes. En 1989 primero y en 1991 después, se abren dos centros del Movimiento en la capital. En ese período la comunidad contaba con alrededor de 40 personas. En agosto de 1991 el esperado primer encuentro de Chiara Lubich con todos los miembros del Movimiento de Europa Oriental, en Katowice (Polonia). Es una etapa importante para la comunidad presente en Rusia que, por primera vez, cruza la frontera para encontrarse con Chiara y los miembros del Movimiento de los países del este de Europa. En abril de 1992 tiene lugar el primer encuentro público, la Mariápolis, con 220 participantes. En septiembre del mismo año se hace un primer viaje a Celiabinsk, cuidad más allá de los Urales, a más o menos 1900 Km. de Moscú, hasta hace poco cerrada para los extranjeros. Poco a poco se desarrolla una comunidad del Movimiento y, ya en 1995, se hace la primera Mariápolis en el lugar. Seguidamente nacen comunidades en Novosibirsk y Omsk. >
En el 2001 se abre en Krasnoiarsk un focolar, que se dedica a la parte siberiana del país. Empiezan los primeros contactos con personas que desde hace tiempo reciben la Palabra de vida. La espiritualidad es acogida por personas en distintas ciudades de Siberia. La primera Mariápolis siberiana tiene lugar en el 2004 en Divnogorsk, una ciudad cerca de Krasnoiarsk. Los participantes provienen de varias ciudades, algunos después de haber recorrido 2000 km de distancia. Son 90, de varias nacionalidades e iglesias. Después de la caída del régimen soviético, se advierte en la sociedad rusa una búsqueda de identidad. En este camino la forma de actuar del Movimiento siempre ha sido apreciada, en especial en la relación con la Iglesia Ortodoxa Rusa. En las manifestaciones de los Focolares participan de vez en cuando representantes oficiales del Patriarcado de Moscú. Ha sido muy importante para las comunidades la presencia de Giancarlo Faletti, co-presidente del Movimiento de los Focolares, en la entronización del patriarca Kirill, en febrero de 2009. Es seguido con gran interés por parte de algunos miembros de asociaciones ortodoxas el proyecto “Juntos por Europa”, en el que participaron en el 2004. Entre los pioneros de la historia de los Focolares en la entonces Unión Soviética no podemos dejar de recordar a Eduardo Guedes, focolarino portugués fallecido en enero de este año, quien vivió en Rusia por más de 20 años. Su generosidad y su humildad han sido características muy apreciadas por este pueblo que ha retribuido abundantemente su amor en tantas formas, en especial los muchos amigos ortodoxos. Y también Regina Betz, focolarina alemana, quien vivió en Moscú de 1990 al 2008, entretejiendo relaciones auténticas y duraderas con muchísimas personas. Un episodio contado por ella resulta un indicador de la realidad de estos años prodigados para construir la unidad en Rusia: “Daba clases de alemán en la universidad Lomosonov de Moscú. Una colega, Alla, no se sentía bien de salud y pensaba que se trataba de un castigo de Dios porque ya no vivía como cristiana. Me contó que durante un curso de actualización en Lipsia a menudo había frecuentado la Iglesia pero, regresando a Moscú, se había alejado. Un día me pregunto si podía venir conmigo a la Misa. Le expliqué que yo no era ortodoxa sino católica, cosa que no le provocó ningún problema. De modo que el domingo siguiente fuimos a juntas a una Misa solemne en San Luis en la única iglesia existente entonces en Moscú. Después por largo tiempo no supe de ella. Cuando nos reencontramos me contó que había pedido el bautismo y –casi excusándose- “como ortodoxa”… Le dije que había hecho bien, ¡porque ella era rusa!”.
Actualmente la mayoría de los miembros de la comunidad de los Focolares de Moscú es ortodoxa. Una de ellas, Nina Vyazovetskaya, con ocasión de la celebración por primer mes del fallecimiento de Chiara Lubich, el 18 de abril de 2008, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, dijo: “Provengo de Moscú, pertenezco a la Iglesia Ortodoxa Rusa. Soy médico y durante dos años he trabajado como internista en el hospital de Moscú. Crecí en una familia no creyente, como la mayor parte en Rusia. En 1990 me bauticé casi “por casualidad” porque con la caída del comunismo, era un período de grandes cambios y todos buscaban algo nuevo. Pero después de ese día no volví más a la Iglesia. El encuentro con el Movimiento de los Focolares significó un vuelco: encontré a Dios y mi vida cambió. Para conocerlo me dirigí a las focolarinas, que son católicas, quienes me llevaron a mi Iglesia ortodoxa. Así empecé a descubrir la belleza y la riqueza de la iglesia, del ser cristiana, del vivir por Dios. Y ahora tomé la decisión de seguir a Dios, detrás de Chiara, en el focolar”.
Justicia económica, apuesta posible
La economía globalizada es una máquina potentísima, pero frágil e inestable. Este es uno de los mensajes que podemos sacar de la crisis que estamos atravesando. La economía globalizada crea enormes oportunidades de riqueza, pero produce también nuevos costes, una incertidumbre radical de los sistemas financieros y fuertes desequilibrios sociales. Muchas veces las consecuencias de las crisis las pagan otros sectores distintos de los que las provocaron y normalmente son mucho más pobres. Por eso la justicia social es hoy directamente el tema dominante de la nueva economía. Lo estamos viendo en Oriente Medio (no olvidemos que lo que ha desencadenado la revolución de estos meses son problemas de justicia económica), y creo que lo seguiremos viendo en los próximos años en los países árabes, pero también en China e India donde, una vez que las libertades individuales y la democracia levanten el vuelo, dejará de tolerarse la enorme desigualdad que encontramos hoy en estos nuevos colosos. Estoy convencido de que el mundo se está haciendo cada vez más intolerante con respecto a la desigualdad, dentro de cada país y entre distintos países, como si el hombre post-moderno, informado y global,después de la democracia política empezara a pedir seriamente democracia económica. Y parece que se está dando cuenta, aunque tarde y con dificultad, de que la democracia económica es parte esencial de la democracia política. En efecto, el mercado, que es un ámbito de la vida en común regido por la regla de oro de la ventaja mutua, no es capaz de asegurar la justicia distributiva, sino más bien todo lo contrario. A no ser que vaya acompañado de otros principios e instituciones coesenciales, con el tiempo el mercado tiende a aumentar las desigualdades. El mercado es, por una parte, un lugar de libertad y creatividad que se basa en el talento individual y los talentos no están uniformemente distribuidos entre la población. Pero por otra parte, en la competición del mercado no salimos todos de la misma línea y aquellos que hoy tienen más (recursos, educación, oportunidades …) tienden a tener todavía más mañana. Entonces ¿qué podemos hacer?
El 29 de mayo de 2011 es el aniversario de la institución de la Economía de Comunión (EdC), el proyecto económico lanzado en Brasil por Chiara Lubich, en el mismo mes en que Juan Pablo II publicó la Centesimus annus, una encíclica que Chiara leyó y meditó durante aquel viaje. En esta ocasión, representantes del mundo de la EdC volverán a encontrarse en Sao Paulo del 25 al 29 de mayo para hacer balance de estos primeros 20 años y sobre todo para mirar a los próximos 20 (www.edc-online.org). El mensaje lanzado por Chiara durante aquel viaje a Brasil sigue hoy muy vivo, está creciendo y madurando en la historia, mucho más allá de la comunidad (los Focolares) en la que nació, como bien ha percibido Benedicto XVI cuando ha querido señalarla en la Caritas in Veritate como una experiencia a desarrollar y difundir.. El mensaje es sencillo y claro: la empresa debe ser antes que nada un instrumento y un lugar de inclusión, de comunión y de justicia, ya que a la vez que produce riqueza se encarga de redistribuirla. Si queremos que la democracia económica y la justicia redistributiva crezcan, no podemos dejarlo todo en manos de los estados o los gobiernos. Debe ser la propia empresa, impulsada por la sociedad civil y por los ciudadanos del mundo, la que evolucione y empiece a ocuparse de cosas nuevas, de las “res novae” del contexto globalizado en que vivimos. La empresa no puede limitarse a operar dentro de la legalidad, pagar los impuestos (aun cuando lo haga) y hacer un poco de filantropía para apaciguar a los clientes. En esta nueva fase, a la empresa se le pide más, mucho más, si queremos que la sociedad civil considere a la empresa y a la economía como amigas del Bien común. Bienvenido sea el cumpleaños de la EdC si sirve para recordar a todas las empresas esta necesidad de convertirse en otra cosa, de evolucionar hacia una economía a la medida del hombre. Editorial publicado en Mondo e Missione n.5/2011
Diálogo del pueblo
El vídeo sólo está disponible en idioma original y con la traducción en inglés y portugués. Recordando el 10° aniversario de la Declaración Conjunta de la Doctrina de la Justificación, firmada por la Iglesia Católica y por la Federación Luterana Mundial en Augusta el 31 de octubre de 1999, publicamos un mensaje que Chiara Lubich preparó para un encuentro ecuménico de los jóvenes. (…) La guerra divide a los hombres, es más, los aniquila; y el terrorismo acarrea daños inmensos, por rencor o por venganza, causados sobre todo por el desequilibrio que existe entre los Países ricos y los Países pobres. Por lo tanto es necesario más que nunca apuntar a la unidad y suscitar por todas partes la fraternidad que puede generar incluso la distribución de los bienes. ¿Pero cómo es posible encender en el mundo esa fraternidad que armonice la humanidad en una sola familia? Se puede, sin duda, descubriendo quién es Dios. Nosotros los cristianos creemos en Dios, sabemos que existe, pero si bien los vemos perfectísimo, omnisciente y omnipotente, a menudo lo pensamos lejos de nosotros, inaccesible, y por eso no tenemos una relación con El. San Juan evangelista nos dice quién es Dios. “Dios es Amor” (1 Jn 4,8), y por eso es Padre nuestro y de todos. Esta es una afirmación que, bien comprendida, cambia las cosas radicalmente. En efecto, si Dios es Amor y es Padre, quiere decir que está cerca de nosotros, de mí, de ti, de ustedes; los sigue a cada paso, se esconde detrás de todas las circunstancias de vuestra vida, ya sean alegres, tristes o indiferentes; conoce todo de ustedes, de nosotros. Lo demuestra, por ejemplo, una frase de Jesús: “Ustedes tienen contados todos sus cabellos” (Lc 12,7), contados por su amor, por el amor de un Padre. Por eso tenemos que estar seguros de que nos ama. Pero no es suficiente: debemos poner a Dios en el primer lugar de nuestro corazón, antes que nosotros mismos, antes que las cosas, antes que nuestros sueños, antes que nuestros parientes. Jesús lo dice claramente: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Y aquí nace otra pregunta: si Dios es Amor, si es nuestro Padre, ¿qué actitud debemos asumir delante de El? Es lógico: si él es el Padre de todos nosotros, tenemos que comportarnos como hijos suyos y hermanos entre nosotros; prácticamente, vivir ese amor que es la síntesis del Evangelio, es decir, todo lo que el Cielo nos exige. (…) Chiara Lubich
Moscú, corazón de la Iglesia Ortodoxa Rusa
Pasar el umbral de la iglesia “María alegría de los enfermos” es ir directo al corazón de la fe ortodoxa. La alabanza expresada a través de himnos y oraciones, desde el atrio del templo se desarrolla ininterrumpidamente durante dos horas, y crea entre todos los fieles un recogimiento inmediato. Atrae la solemnidad de la liturgia, la riqueza y el esplendor de los paramentos, todos rojos porque es tiempo de Pascua. María Voce, con un velo en la cabeza, como todas las mujeres rusas, asiste a la sagrada liturgia junto con los miembros ortodoxos del Movimiento de los Focolares, para vivir un momento de comunión fraterna, manteniendo el respeto por las diferentes iglesias. Como conclusión tres besos sellan entre todos un pacto de amor recíproco, testimonio de una relación de unidad sólida que no puede dejar de recordar, por la conmoción, aquel “no hay ni judío ni griego”, de San pablo y que ante los iconostasios, se convierte en “ya no hay ni ortodoxo ni católico, porque somos uno en Cristo”. Al final de la celebración un saludo al metropolita Hilarion Alfeyev, presidente del departamento para las relaciones externas del Patriarcado de Moscú, quien se demostró especialmente contento de ver a la presidente del Movimiento y a toda la delegación católica, junto con los ortodoxos que la acompañaban. El Padre Dimitri Sizonenko, responsable interino del Secretariado para las relaciones con los otros cristianos, gozó en forma especial por el testimonio de unidad del Movimiento y auspició una mayor difusión de su espíritu.
En la tarde del mismo día, el 15 de mayo, había dos esperadas citas: con las familias y con los jóvenes. “Cómo transmitir el espíritu del Movimiento a nuestros hijos”, “cómo ayudar a las familias a comprender la importancia de la fe”, “cómo hacer cuando nos sentimos débiles”: éstas son sólo algunas de las preguntas expresadas con simplicidad por las treinta personas presentes, muchas parejas jóvenes. Algunos se casaron por la Iglesia después de haber encontrado el carisma de Chiara Lubich y otros comprendieron la importancia de la fidelidad conyugal después de experiencias muy distintas. Los años de ateísmo han marcado la institución familiar: a menudo las uniones no son estables y la decisión de casarse está más ligada a la tradición que a la convicción; son numerosos los divorcios, las uniones libres, los problemas de alcoholismo. “El mensaje llega a través del testimonio que dan como familia –respondió María Voce- mediante la capacidad de pedir disculpas, de seguir mirando al otro con amor después de un momento difícil. Todo esto vale más que mil palabras”. “A nadie le gusta sufrir –prosigue Giancarlo Faletti- pero en el dolor Dios nos encuentra para decirnos y darnos algo para seguir amando”. Con los jóvenes en cambio se empieza con un gesto informal: fuera las corbatas del cuello, guitarra y foto, y un diálogo abierto sobre los retos de la sociedad rusa, de la corrupción al exceso de libertad, a la dificultad de tomar decisiones, al próximo Genfest (Budapest, septiembre 2012). Una joven quisiera dejar su trabajo, después de haber avalado involuntariamente una estafa. “Se requiere un paso decidido para dar testimonio. Estos lugares se pueden cambiar si hay personas como tú”, es la exhortación de María Voce. “Estás en una realidad por cristianizar –confirma Giancarlo Faletti- y Jesús se sirve de ti para hacer llegar su mensaje. Dentro de la economía sin escrúpulos siempre hay un hombre con un alma. Nosotros no podemos renunciar, tenemos que testimoniar”. “Elegir es la posibilidad que Dios nos da para ejercitar nuestra libertad”, responde la Presidenta a Liza quien no logra entender qué camino tomar en su vida. Confrontarse con los hermanos es una ayuda para amplificar lo que Dios te pide y responder con decisión”. Se siente la seriedad, el compromiso y la frescura en las dos horas de coloquio, que se concluyen con una certificación de confianza de María Voce: “Yo los dejo que hagan, tengo confianza en Jesús en ustedes. El Genfest será una sorpresa y será el más bello porque lo harán ustedes”. De la enviada Maddalena Maltese [nggallery id=40]
