Movimiento de los Focolares

Palabra de Vida – Octubre

En una sociedad violenta como aquella en que vivimos, el perdón es un tema difícil de afrontar. ¿Cómo se puede perdonar a quien ha destruido una familia, a quien ha cometido crímenes inenarrables o, más sencillamente, a quien nos ha herido en cuestiones personales, arruinando nuestra carrera o traicionando nuestra confianza? El primer impulso instintivo es la venganza, devolver mal por mal, desencadenando una espiral de odio y agresividad que embrutece a la sociedad. O interrumpir toda relación, guardar rencor y ojeriza, en una actitud que amarga la vida y envenena las relaciones. La Palabra de Dios irrumpe con fuerza en las más variadas situaciones de conflicto y propone sin medias tintas la solución más difícil y valiente: perdonar. Esta vez la invitación nos llega de un sabio del antiguo pueblo de Israel, Ben Sira, que muestra lo absurdo que es pedir perdón a Dios y no saber perdonar. «¿A quién perdona [Dios] los pecados? –leemos en un antiguo texto de la tradición hebraica–. A quien sabe perdonar a su vez»1. Es lo que nos enseñó el propio Jesús en la oración que dirigimos al Padre: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (cf. Mt 6, 12). También nosotros nos equivocamos, y cuando ocurre ¡nos gustaría que nos perdonasen! Suplicamos y esperamos que se nos dé de nuevo la posibilidad de volver a empezar, que vuelvan a confiar en nosotros. Si a nosotros nos ocurre eso, ¿no les ocurrirá lo mismo a los demás? ¿No debemos amar al prójimo como a nosotros mismos? Chiara Lubich, que sigue inspirando nuestra comprensión de la Palabra, comenta así la invitación a perdonar: «no es olvidar, que en muchos casos significa no querer mirar de frente la realidad; el perdón no es debilidad, es decir, no tener en cuenta un error por miedo a quien lo ha cometido, que es más fuerte. El perdón no consiste en afirmar que lo que es grave no tiene importancia, o que está bien lo que está mal. El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez –por tanto, de libertad– que consiste en acoger al hermano tal como es a pesar del mal que nos ha hecho, como Dios nos acoge siendo pecadores a pesar de nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice Pablo: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm 12, 21). El perdón consiste en abrir a quien te hace daño la posibilidad de una nueva relación contigo, es decir, la posibilidad para él y para ti de volver a empezar la vida, de tener un futuro en que el mal no tenga la última palabra». La Palabra de vida nos ayudará a resistir a la tentación de responder igual, de devolver el mal inmediatamente. Nos ayudará a ver con ojos nuevos a quien es nuestro «enemigo», reconociendo en él a un hermano, aunque sea malo, que necesita alguien que lo ame y lo ayude a cambiar. Será nuestra «venganza de amor». «Dirás: “Pero es difícil” –prosigue Chiara en su comentario–. Está claro. Pero ahí está la belleza del cristianismo. No en vano sigues a un Dios que, al apagarse en la cruz, pidió perdón a su Padre por quienes le habían dado muerte. Ánimo. Comienza una vida así. Te aseguro una paz inusitada y una alegría desconocida»2.  

Fabio Ciardi

  1 Cf. Talmud de Babilonia, Megillah 28 2 Cf. C. LUBICH, Ciudad Nueva n. 160 (10/1981), 21.

Evangelio vivido: No estamos solos.

El maná desde el cielo «Soy iraquí y de profesión veterinario. En el dramático momento histórico que está viviendo nuestro país, también mi trabajo se vio perjudicado: ya me quedaban pocos clientes. Seguía buscando alguna solución para apañármela, cuando me prometieron un puesto con un buen sueldo, pero lejos de mi ciudad. Una solución favorable para mi familia, que sin embargo me alejaría de todos. Los familiares insistían para que aceptara esa propuesta que parecía un maná bajado del cielo. Hablé largo y tendido con mi esposa y finalmente decidimos que no era oportuno partir en ese momento, tanto por nuestro hijo como por algunas familias de amigos que necesitaban de nuestro apoyo, aunque fuera sólo moral. Así renunciamos a ese proyecto, confiando ciegamente en el amor de Dios. Increíblemente, ya desde el día siguiente a esta decisión tan sufrida, mi trabajo registró una mejoría. Ahora logro ganar cuatro veces más de lo que ganaba antes». (Y.K. Irak) Lo imprevisto «Llevábamos poco tiempo de casados, cuando, en vísperas de una mudanza, descubrimos que estábamos esperando a nuestro primer hijo. A esto se agregó algo absolutamente imprevisto: un pequeño nódulo en el seno. Los exámenes revelaron que se trataba de un tumor. Para mí y para mi esposo, que es médico, fue un duro golpe, el primero de esta envergadura desde el matrimonio. Apenas tres días después del coloquio con el especialista, éste me operó. Según él y sus colegas, tener al bebe constituía el factor agravante de la enfermedad. Me aconsejaban proceder en seguida a un aborto terapéutico para empezar la quimioterapia. Sin embargo nosotros no queríamos resignarnos a dar este paso. Confiando en Dios, consultamos a otros médicos, buscando soluciones alternativas. Finalmente decidimos optar por un parto con cesárea al séptimo mes de embarazo, cuando el niño sería perfectamente capaz de sobrevivir. Sólo después yo empezaría la quimioterapia y la radioterapia. Desde entonces han pasado ya 8 años. Ahora estamos en espera de nuestro tercer hijo».  (M.D. Francia) Más alegría en dar «Buscaba la felicidad de forma equivocada: pésimas amistades, discoteca, alcohol y cigarrillo. Mi novio consumía y traficaba drogas. Malhumorada y rebelde en la escuela como en casa, me vestía de manera extraña, siempre de negro y con ropa llena de broches. Era totalmente indiferente a lo que a Dios se refería. Cuando me di cuenta de que había tocado fondo, con la fuerza de la voluntad, dejé a ese chico y abandoné las viejas amistades. Pero ¿cómo resolver la tristeza y el sentido de vacío que experimentaba? Al recomenzar el año escolar, conocí al nuevo profesor de religión que me inspiró confianza. Gracias a los coloquios con él, recibí el don de la fe. El encuentro con Dios misericordia me ha cambiado totalmente, saciando mi necesidad de amor. Empecé a orar y a buscar al Señor, a dedicarme al voluntariado, experimentando que “hay más alegría en dar que en recibir”. Vivo una vida normal: estudio y hago todo lo que hace una chica de mi edad, con la diferencia que ahora tengo a Dios en el corazón».  (A.R. Italia)

Venezuela: apuntes de viaje

Venezuela: apuntes de viaje

Venezuela_04«Vuelvo después de 5 años: el impacto es increíble, no reconozco Venezuela. La descripción que me hizo el joven que estaba sentado a mi lado en el avión, expresa el dolor de un pueblo afligido pero no resignado. “¡Todavía conservo un poco de esperanza!”, me decía, describiéndome los lugares más hermosos de su tierra e invitándome a visitarlos. En Caracas las personas te transmiten una sensación de vacío. Sólo los niños dan un toque de vitalidad a una realidad que parece absurda. El viaje hacia Puerto Ayacucho dura más de 17 horas. A lo largo del trayecto, la mirada se detiene en un joven que, rebuscando en el cubo de la basura, trata de encontrar algún resto de alimentos. Pero lo que me indica a qué nivel de miedo y de falta de solidaridad se ha llegado es la noticia de que dos muchachos, de 14 y 15 años, perdieron la vida porque los encontraron robando mango en un árbol. Éste es otro tipo de homicidio debido al hambre. La ciudad está en la frontera con Colombia. La llaga que más duele son los homicidios de jóvenes que, a los ojos de quienes tendrían que protegerlos, son vistos como violentos, ladrones, a los cuales hay que aplicar el castigo extremo. Así le ha sucedido también a Felipe Andrés, un joven de 17 años quien, para proteger a su hermano, no reveló a los que lo habían sacado de la casa de su abuela, dónde podía estar. Por esta actitud, fue asesinado brutalmente con un número de balazos igual a sus años de edad. Venezuela_nuvolettaEstamos en uno de los barrios a las afueras de Valencia. Me impresiona una cola para comprar las bombonas de gas. Ángel, 12 años, tan inocente como expresa su nombre, me confía con toda sencillez: “Yo no crezco porque no bebo leche”. Incluso la leche en polvo es considerada uno de los bienes más valiosos del país. Se me han quedado impresos los ojos sencillos y vivísimos de estos pequeños que he conocido. Un tarde con los jóvenes. Se siente un gran deseo de rescate. Sus experiencias refuerzan el deseo de ser portadores de esperanza, empezando por sus amigos, en la escuela, en el trabajo… En la Nubecita. Un microbús nos lleva más arriba, donde se encuentra el Centro Mariápolis “La Nubecita”. Allí se llega recorriendo lugares marcados por la pobreza. También aquí se ven varias colas para poder adquirir algún producto. Gabriel me agradece la pasta que le he ofrecido. “Sabes, yo como pasta sólo el domingo” – “¿Y los otros días?” – pregunto. “Los otros días sólo sopa”. Le pregunto si le alegra que estemos juntos. “Sí – me responde – porque aquí todos están contentos”. Venezuela_07En el momento de partir, llega otra noticia terrible: me hacen saber que Fabián, un muchacho tan límpido y vivaz, pocos meses antes había perdido a su papá de forma trágica, asesinado por sicarios. Se me ocurre contarle mi experiencia: justamente la enfermedad y la muerte de mi papá me hicieron acercar de nuevo a Dios. Nos miramos y parece que nos comprendemos al menos un poco más. Llegamos a Maracaibo, la ciudad más calurosa de Venezuela. Damos una vuelta y recorremos los más de ocho kilómetros del puente que la une a San Francisco. En Tamale nos espera una jornada con los Chicos por la unidad. Oír a una muchacha de trece años decir: “He animado a mi mama a perdonar a aquel que mató a mi padre”, no puede dejar a nadie indiferente. La cita sucesiva es en una parroquia. Nos reciben con cantos y después se inicia el diálogo: “¿Qué hacer cuando un muchacho te dice que no vuelve a casa porque no tiene nada que comer?”. Trato de responder hablando del silencio de Dios que Jesús probó en la Cruz. Nos dejamos con una frase que uno de los muchachos comunica a todos: “La fuerza del amor es más fuerte que el dolor”». (A. S.)

La potencia del amor que sana

La potencia del amor que sana

20160926-01John: «Comienza el año escolar. Nuestro hijo está entrando en el penúltimo año de  secundaria, pero ya desde el primer día le dice a mi esposa Claire que no iba a volver más a clase porque no soporta a la gente. Desde entonces permanece encerrado en su dormitorio,  y sale sólo después de advertir que nosotros ya nos fuimos a dormir. Conmigo no habla. Lo hace esporádicamente sólo con su madre. Confieso que no es fácil aceptar el rol de verse rechazado por el propio hijo. Lo que me ayuda a ir adelante es la frase del Evangelio: “Como yo los amé a ustedes, así ámense unos a los otros” (Jn 13, 34). Una noche, él toma la desesperada decisión de suicidarse pero, mientras llamamos a la ambulancia, se escapa por la ventana sumergiéndose en la oscuridad. La policía coordina una búsqueda en la zona, pero no lo encuentran. En determinado momento vuelve espontáneamente y así podemos internarlo en el hospital. Una semana en cuidados intensivos para una persona que sufre de pánico y con el terror de las personas y de los espacios cerrados ¡es muy larga!. Noche tras noche, día tras día estamos con él. Dormimos por turno, a fin de que cuando se despierte nos encuentre a su lado. Es el único modo que se nos ocurre para amarlo concretamente. Cuando sale logramos convencerlo de que ingrese en un programa de terapia diurna. No pudiendo hacer otra cosa, con mi esposa lo asistimos en todas las cosas prácticas, confiando nuestro hijo a Dios y pidiéndole a El que haga el resto. Y nos damos cuenta de que Él lo hace de verdad, incluso en el hecho de que le pone cerca a un grupo de jóvenes que, aún dentro de su malestar, se apoyan viviendo el uno por el otro » Claire: «Con una de las chicas del grupo nace una amistad y pronto también ella comienza a integrarse en nuestra vida familiar. Ella tiene varias problemáticas, no siendo la última la de la drogadicción, pero demuestra que sabe comprender a nuestro hijo. Lo ayuda a superar los momentos de ansiedad, mientras que él la apoya en los duros intentos de abstinencia de la droga» John: «Pero pronto la relación se interrumpe, porque nuestro hijo es contrario al uso de cualquier tipo de droga. La chica pasa un período de hospitalización forzada en la cual parece que logra recuperarse. Y cuando sale tratan de reconstruir su relación sobre una base más sólida: “nada de drogas”. Después de un período deciden casarse» Claire: «Un mes antes del matrimonio nuestro hijo me llama muy alarmado: “Mamá, ella está otra vez drogándose, ¿qué tengo que hacer?” No es fácil responder. Podría aprovechar para convencerlo de que la deje, pero no me parece que sea el camino justo. Así es que le sugiero que mire bien lo que le dice su corazón: “Si ves que has amado con sabiduría y hasta el fondo, entonces éste es el momento de decir que tu parte está concluida, pero si ves que en ti hay todavía amor lleno de sabiduría que puedes darle, entonces sigue probando”. Se hace un largo silencio, después dice: “Creo que puedo amar un poco más”. Después del matrimonio logran encontrar un óptimo centro de recuperación con un apoyo ambulatorio externo. Pasan 14 largos meses, en los cuales ella logra mantener el compromiso “nada de drogas”. Es un camino largo para todos, pero el amor evangélico que tratamos de tener entre nosotros dos –también entre las lágrimas- nos da la fuerza de amar a nuestro hijo en esta delicada situación. Un amor que tal vez ayuda también a él a comprender cómo amar a su esposa»

Chiara Lubich: “Tengo un solo Esposo en la Tierra”

Chiara Lubich: “Tengo un solo Esposo en la Tierra”

ChiaraLubichDurante el verano de 1949, Chiara Lubich, con sus 29 años, vive una experiencia de luz y de vida. Dejar aquel “paraíso” en la montaña no es fácil pero advierte que Dios la quiere inmersa en los dolores de la Humanidad, “enjugando el agua de la tribulación” en aquellos que más sufren. Con ese espíritu brotan de ella estas palabras: «Tengo un solo Esposo en la Tierra, Jesús Abandonado. No tengo otro Dios fuera de Él En Él está todo el Paraíso con la Trinidad y toda la Tierra con la Humanidad. Por eso lo suyo es mío y nada más. Es suyo el Dolor universal y por lo tanto, mío. Iré por el mundo buscándolo en cada instante de mi vida. Lo que me hace daño es mío. Mío el dolor que me acaricia en el presente. Mío el dolor de las almas a mi lado (ése es mi Jesús). Mío todo lo que no es paz, gozo, bello, amable, sereno…, en una palabra: lo que no es Paraíso. Porque también yo tengo mi Paraíso pero es el que está en el corazón de mi Esposo. No conozco otros. Así será por los años que me quedan: sedienta de dolores, de angustias, de desesperaciones, de melancolías, de separaciones, de exilio, de abandonos, de tormentos, de… todo lo que es Él y Él es el Pecado, el Infierno. Así enjugaré el agua de la tribulación en muchos corazones cercanos y – por la comunión con mi Esposo omnipotente – también lejanos. Pasaré como Fuego que consume todo lo que ha de caer y deja en pié solo la Verdad. Pero hace falta ser como Él: ser Él en el momento presente de la vida». De: Chiara Lubich, El Grito, Ed. Ciudad Nueva (Págs. 60 – 61)