Movimiento de los Focolares
La unidad en los albores del Movimiento de los Focolares

La unidad en los albores del Movimiento de los Focolares

Video de Chiara en Amsterdam 1982

«¿Qué es la unidad? ¡Ah, es algo maravilloso! Porque la unidad, la que piensa Jesús cuando dice «amaos …» hasta el punto de morir, incluso dispuesto a morir el uno por el otro, esa unidad que Jesús dice “donde dos o más están unidos allí estoy yo”, no es una mezcla de personas, no es un grupo de personas, allí está Jesús, ese es el punto. La unidad realmente manifiesta, engendra Jesús. Recuerdo, he encontrado cartas de los primeros tiempos cuando empezábamos a vivir así y en cierto modo a experimentar la presencia de Cristo en medio de nosotros. ¡Qué sorpresa! Porque antes no lo habíamos experimentado, precedentemente nuestro cristianismo era muy individual. Esto es lo que está escrito, por ejemplo: «¡Oh la unidad, la unidad, ¡qué divina belleza! ¿Quién podrá atreverse a hablar de ella? ¡Es inefable! Se siente, se ve, se goza, pero es inefable. Todos gozan de su presencia, todos sufren de su ausencia. Es paz, es gozo, es ardor, es amor, es clima de heroísmo, de máxima generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!” ¿Cómo se explica esta realidad? Vean, Jesús resucitado dijo una frase fabulosa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf Mt 28,20). Dijo que estará con nosotros todos los días. ¿Pero dónde está? Sin duda en la Iglesia, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y especialmente con los que anuncian el Evangelio porque Jesús se lo dijo; sabemos que Jesús, por ejemplo está especialmente presente en la Eucaristía, está allí, Jesús está en su Iglesia y también en su Palabra por ejemplo, las palabras de Jesús no son como las nuestras, son una presencia de Jesús y nosotros nutriéndonos de ellas nos nutrimos de Jesús; Jesús está en los sucesores de los Apóstoles, en nuestros obispos, está allí, habla a través de ellos; Jesús está en los pobres, por ejemplo, dijo que está detrás de los pobres, en fin que se esconde en ellos, en todos los que sufren. Pero Jesús también dijo: «Donde dos o más están unidos», en la comunidad, etc., está también allí. Me he dado cuenta de que hoy el mundo que no cree o que cree diversamente está especialmente impresionado por esta presencia de Jesús. «De esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos por los otros» (Jn 13,35). Hemos visto que hoy es un modo sentido de dar testimonio de Cristo, porque, mirad, ¿qué hace la unidad? Lo dijo Pablo VI en una parroquia de Roma, la unidad genera Cristo en medio de nosotros, la unidad lo expresa, lo manifiesta, lo revela. Jesús no es una realidad de hace veinte siglos, está en su Iglesia ahora y nos repite las palabras sus palabras. Jesús es actual y la unidad tiene esto de bonito, que lo muestra. Tanto es así que Jesús dijo: «Que sean uno para que el mundo crea». Es así. El Movimiento ha tratado de hacerlo así durante todos estos años de mantener fe en esta presencia de Jesús, del Resucitado en medio de nosotros. Y nosotros atribuimos a su presencia esta difusión universal del Movimiento, es él quien se ha abierto camino, es él que ha dado testimoniado el cristianismo. Y entonces, ¿qué tenemos que hacer, qué conclusión podemos sacar de este día? En estos días he tenido ocasión de tomar contacto con muchos holandeses y he admirado una cosa que no encuentro en otras naciones: que en el corazón de todos estos holandeses hay un gran amor por Holanda y un gran amor por su Iglesia. Y entonces, ¿qué hacemos? Es necesario que este amor se haga concreto. Entonces tratemos de poner la presencia de Jesús resucitado en nuestras familias, en las parroquias, por todas partes, con este amor recíproco que era el secreto de los primeros cristianos. Y si está el Resucitado ¿cuál será la consecuencia? una nueva primavera, y todo resurgirá. Este es mi deseo. Y ¿cuáles serán los frutos de esta presencia de Jesús? Los mismos que constatamos cuando empezamos el Movimiento: una gran alegría, paz, los mismos frutos del Espíritu Santo. Este es mi deseo, irnos, pero teniendo en los corazones este deseo: ¡haré de todo para que el Resucitado esté en medio de nosotros! Esto.»

La unidad en los albores del Movimiento de los Focolares

Asís 2011: entrevista a María Voce

Su impresión al término de estos días en Asís y en Roma. Una impresión muy positiva. Mi pensamiento va sobre todo a Juan Pablo II y a Chiara Lubich por su amplia perspectiva en el campo del diálogo. Ellos entendieron que valía la pena invertir en personas y estructuras para llevar adelante el discurso del diálogo. Me refiero, en especial a los organismos que trabajan en esto: los distintos Consejos Pontificios (para la Unidad de los cristianos, para el Diálogo Interreligioso, para la Cultura, para la Justicia y la Paz, y dentro de la Iglesia) y a los Centros que se ocupan de los varios diálogos en el seno de nuestro Movimiento. Se pusieron de relieve todas las relaciones que se han construido en estos años. Ésta me parece que es la novedad con respecto a los encuentros realizados en el pasado. En estos años cada uno ha hecho mucho, aunque allí podía parecer poco, con respecto al resultado obtenido. En síntesis, me parece que llegamos al punto donde existen auténticas relaciones de amor recíproco. Algunos pequeños hechos significativos que todos hemos notado. Cuando al Patriarca Bartolomé se le cayó el librito, el Primado de la Iglesia de Inglaterra, el Dr. Rowan Williams,se inclinó a recogerlo: el Papa a menudo sonreía y se dirigía a uno y al otro. Perecen pequeñas cosas, pero son actos que todos notan y dan testimonio. Después, la presencia de personas de otras convicciones no religiosas. Ésta es realmente una novedad de sustancial importancia, sobre todo por la forma como la presentó el Papa en el sentido de búsqueda de la verdad común. Subrayó que la verdad nos trasciende a todos y que nadie puede decir que la posee completamente. Fue muy bello como él lo presentó. Ésta es claramente una novedad. Asís 2011 no ha sido sólo un encuentro de fraternidad y paz, para construir algo bello, ha sido también un elevarse en una búsqueda que va más allá de esto. Junto a Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Edigio y a Julián Carrón, actual responsable de Comunión y Liberación, fueron invitados a viajar en el tren del Papa con las delegaciones oficiales. ¿Es un reconocimiento significativo para los Movimientos y, en especial, de los laicos en el diálogo? Muchos cardenales y obispos vinieron a agradecerme por las relaciones delicadas y discretas que construimos con las personas de las distintas religiones. Era, por lo tanto, un reconocimiento por lo que nuestro Movimiento y los Movimientos en general hacen en el campo del diálogo. Sentí un gran aprecio también por la forma como los laicos conocen las situaciones concretas y los distintos contextos y tradiciones de las religiones y de los creyentes. Los laicos viven más fácilmente el contacto cotidiano con quienes siguen otros credos, y por lo tanto conocen aspectos vitales y tradicionales. Esto puede ayudar también a la Iglesia institucional a moverse en las relaciones con los fieles de otras religiones. No todos pueden conocer a todos y todo. Un ejemplo. Me encontré durante el almuerzo con un representante de la delegación sikhs, que no tenía ningún reparo de decir a todos que conoce el focolar y participa en los encuentros que promueve. Y como él, muchos otros. Las relaciones que los Movimientos han construido con estos líderes religiosos se ponían en evidencia de forma espontánea. Me parece que la jerarquía de la Iglesia quedó muy contenta y agradecida. A cargo del enviado Roberto Catalano

Noviembre 2011

«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Con estas palabras Jesús nos recuerda sobre todo que Él vendrá. Nuestra vida en la tierra se terminará y empezará una vida nueva que ya no tendrá fin. Hoy nadie quiere hablar de la muerte… A veces hacemos lo que sea para distraernos, nos metemos de lleno en las ocupaciones cotidianas y llegamos a olvidar a Aquel que nos ha dado la vida y que nos la volverá a pedir para introducirnos en la plenitud de la vida, en la comunión con su Padre, en el Paraíso. ¿Estaremos preparados para el encuentro con Él? ¿Tendremos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes que esperan al esposo? Es decir, ¿estaremos en el amor? ¿O bien nuestra lámpara estará apagada porque, inmersos en las muchas cosas que hay que hacer, en las alegrías efímeras, en la posesión de bienes materiales, nos hemos olvidado de lo único necesario, que es amar? «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Pero ¿cómo velar? Ante todo sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la esposa que espera a su marido que llega tarde del trabajo o que debe volver de un largo viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque su hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado, que no ve la hora de reunirse con su amada… Quien ama sabe esperar aunque el otro tarde. Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente el encuentro con Él. Y lo esperamos amando concretamente, sirviéndole, por ejemplo, en quienes tenemos cerca o comprometiéndonos a construir una sociedad más justa. El propio Jesús nos invita a vivir así en la parábola del siervo fiel que, mientras espera a su señor, se encarga de los criados y de los asuntos domésticos; y en la de los siervos que, en espera también de que vuelva su señor, se esfuerzan por sacar provecho de los talentos que han recibido. «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora» Precisamente porque no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar, podemos concentrarnos más fácilmente en el hoy que se nos da, en el afán de cada día, en el presente que la Providencia nos ofrece para vivir. Hace tiempo me dirigí espontáneamente a Dios con esta oración que quisiera recordar ahora:

«Jesús, Hazme hablar siempre como si fuese la última palabra que digo. Hazme actuar siempre como si fuese la última acción que hago. Hazme sufrir siempre como si fuese el último sufrimiento que tengo para ofrecerte. Hazme rezar siempre como si fuese la última posibilidad que tengo aquí en la tierra de conversar contigo».

Chiara Lubich

 Palabra de vida, noviembre 2002, publicada en Ciudad Nueva nº 393.

La unidad en los albores del Movimiento de los Focolares

Espiritualidad de la unidad: Unidad

En Fiera di Primiero en los primeros tiempos del Movimiento de los Focolares

Una espiritualidad de comunión, como decía Pablo VI, es el camino nuevo de Chiara Lubich, nata dal Vangelo. Pero ¿cuáles son sus caracterísitcas? ¿Cuáles son los episodios que, desde un inicio, llevaron a la certeza de haber nacido para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre ellos? Descubrámoslo juntos. En 1944, durante el mes de mayo, en el sótano oscuro de la casa familiar de Natalia Dallapiccola, al cual ésta había trasladado su habitación para protegerse mejor de los bombardeos, Chiara y sus amigas de Trento leían a la luz de una vela el Evangelio, como ya era su costumbre. Lo abrieron al azar, y encontraron la oración de Jesús antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Es un texto evangélico extraordinario y complejo, el “testamento de Jesús”, estudiado por los exegetas y por los teólogos de toda la cristiandad; pero en aquella época estaba un poco olvidado porque resultaba misterioso para muchos. Ese pasaje de San Juan podía haber parecido difícil para jóvenes como Chiara, Natalia, Doriana y Graziella, sin embargo intuyeron que esa sería “su” palabra evangélica, la unidad. Uno de aquellos días, en Trento, en el puente Fersina, Chiara les dijo a sus compañeras: “he comprendido cómo tenemos que amarnos, según el Evangelio: hasta fundirnos en uno”. Más tarde, en la Navidad de 1946, aquellas jóvenes eligieron por lema una frase radical: “O la unidad o la muerte”. Chiara escribió en el 2000: “Un día estaba allí con mis compañeras y, abriendo el pequeño libro, leímos: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Fue la oración de Jesús antes de morir. Por su presencia entre nosotras y por un don de su Espíritu, me pareció comprender algo de esas palabras difíciles y fuertes, y nació en mi corazón la convicción de que habíamos nacido para esa página del Evangelio: para la unidad, es decir para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre sí.”. “Algún tiempo después, conscientes de la audacia divina del programa que sólo Dios podía actuar, arrodilladas en torno a un altar, le pedimos a Jesús que realizara ese anhelo suyo, sirviéndose también de nosotras si estaba en sus planes. Al principio, con frecuencia, frente a la inmensidad de ese cometido, nos asustábamos, y viendo las multitudes que habríamos tenido que atraer a la unidad, nos venía el desaliento. Pero, poco a poco, suavemente, el Señor nos hizo comprender que nuestra tarea era como la de un niño que tira una piedra en el agua y en torno a esa piedra, se producen círculos cada vez más grandes que, si se quiere, se pueden imaginar indefinidos. Entonces comprendimos que nosotros tenemos que construir la unidad a nuestro alrededor, en el ambiente donde estamos, y luego – cuando lleguemos al cielo – podremos ver los círculos que se agrandan, hasta realizar, al final de los tiempos, el plan de Dios”. “Para nosotros estaba claro desde el principio, que esta unidad sólo tenía un nombre: Jesús. Ser uno, para nosotros, significaba ser Jesús, ser todos Jesús. En efecto, sólo Cristo puede hacer de dos uno, porque su amor que es anulación de sí mismo, que no es egoísmo, nos hace entrar hasta el fondo en el corazón de los demás”. “Lo que escribía en aquellos tiempos revela la maravilla frente a una realidad sobrenatural tan sublime: ‘¡La unidad! Pero ¿quién tendrá la audacia de hablar de ella? ¡Es inefable como Dios! Se siente, se ve, se goza de ella, pero… ¡es inefable! Todos gozan de su presencia, todos sufren por su ausencia. Es paz, gozo, amor, ardor, clima de heroísmo, de inmensa generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!”.

La unidad en los albores del Movimiento de los Focolares

Asís 2011: En nombre de Dios ¡nunca más violencia!

La bruma que cubría Asís en la mañana, permaneció durante todo el día y acompañó a Benedicto XVI y a “los peregrinos de la verdad y de la paz” que se dieron cita para una jornada de reflexión, diálogo y oración en la ciudad de Francisco y Clara. Después del frugal almuerzo en el convento de la Porziuncula, adyacente a la Basílica de Santa maría de los Ángeles, Benedicto XVI y los varios líderes tuvieron la posibilidad de transcurrir más de una hora de reflexión, meditación y oración. A cada uno se le ofreció una habitación para que pudiera hacerlo según su propia conciencia y las enseñanzas de su propia religión. Mientras tanto grupos de jóvenes caminaron en peregrinación hacia la Plaza San Francisco, delante de la Basílica inferior en la ciudad alta. Allí, tal como fue en 1986 y en el 2002 se preparó un palco para el acto final de la jornada. La llegada de Benedicto XVI y de las varias delegaciones fue acogida con gran entusiasmo. La plaza estaba repleta y presentaba una gran variedad de colores, desde el naranja de los hindúes al negro de los monjes japoneses, el blanco de muchos musulmanes y zoroastrianos, el gris y el marrón de los monjes y monjas católicos: una vista realmente única. Fue un momento solemne, de compromiso a favor de la paz, marcado por breves participaciones en distintos idiomas: francés, punjabi, ruso, inglés, en árabe hablado por un obispo siro-ortodoxo y también, en chino, tailandés, japonés, para terminar con el español. Detrás de cada lengua se escondía una forma de creer y un modo de hablar a Dios y a los hombres, sobre todo de la paz. Quien asumía el compromiso de vivir por la paz provenía, a menudo, de rincones del mundo con un alto ptencial de violencia. “Nosotros nos comprometemos” eran las tres palabras con las que iniciaba la declaración, para presentar un compromiso común más allá de las religiones, de la proveniencia geográfica y cultural. Un compromiso que se refiere a la decisión de erradicar las causas del terrorismo, de educar a las personas al respeto y la estima recíprocas, y de promover una cultura del diálogo, de defender los derechos de todas las personas de vivir una existencia digna, de reconocer que confrontarse con la diversidad puede convertirse en una posibilidad para mejorar la comprensión recíproca, de perdonar recíprocamente los errores y prejuicios, de estar del lado de quien sufre, Y así hasta llegar a Guillermo Hurtado, un profesor mexicano quien, a nombre de los humanistas laicos, proclamó el compromiso de todos los hombres y mujeres de buena voluntad de construir un mundo nuevo. Benedicto XVI sintetizó el llamado coral retomando las invocaciones de Pablo VI y Juan Pablo II: “¡Nunca más violencia! ¡Nunca más guerra!. En nombre de Dios que toda religión traiga a la tierra Justicia y Paz. Perdón y Vida. Amor!”. El símbolo de la luz concluyó la jornada al igual que la del 2002. Pequeñas lamparitas fueron pasando entre los presentes, seguidas por el intercambio de un signo de paz. Todo en la más grande sencillez y sobriedad, como enseñaron Francisco y Clara por los caminos de piedra de esta pequeña ciudad simbólica, que desde hace siglos le dice al mundo que los hombres y las mujeres pueden ser hermanos y hermanas. Del enviado Roberto Catalano Lee el artículo completo: http://www.cittanuova.it/contenuto.php?TipoContenuto=web&idContenuto=331098 Entrevista de Radio Vaticana a Michele Zanzucchi, director de Cittá Nuova: http://www.cittanuova.it/audio_dett.php?TipoContenuto=audio&idContenuto=331082