(…) ¿Cuál es la Palabra que el Espíritu ha grabado como un sello en esta casa, en nuestro Movimiento, cuando el Cielo pensó en él, al dar comienzo aquí en la Tierra a su realización?
Nosotros lo sabemos. La palabra es “unidad”. Unidad es la palabra que resume toda nuestra espiritualidad. Unidad con Dios, unidad con los hermanos. Es más, unidad con los hermanos para alcanzar la unión con Dios.
En realidad, el Espíritu nos ha revelado un camino completamente nuestro, plenamente evangélico para unirnos con Dios,
para encontrarlo a Él. (…) Nosotros lo buscamos y lo encontramos pasando por el hermano, amando al hermano. Lo encontramos si nos esforzamos en realizar la unidad con el hermano, con cada hermano; si establecemos la presencia de Jesús entre nosotros como hermanos. Solo de este modo tenemos garantizada también la unidad con Él, lo encontramos vivo y palpitante en nuestro corazón. Y esta unidad con Dios es la que nos empuja, a su vez, hacia los hermanos, la que nos ayuda a actuar de tal manera que nuestro amor por ellos no sea ficticio, insuficiente, superficial, sino radical, pleno, completo, un amor substanciado de sacrificio, dispuesto siempre a dar la vida, capaz de realizar la unidad.
Nuestros Estatutos ponen la unidad como base de todo, como norma de las normas, como la regla que
hay que poner en práctica antes de cualquier otra regla. La palabra unidad es para nosotros la roca.
Nosotros no tenemos significado en la vida sino en esta palabra, con la que todo adquiere sentido: cada acto, cada oración, cada aliento. Y si nos concentramos en esta palabra, si la vivimos lo mejor que podamos, todo se salvará para nosotros. Nos salvaremos nosotros y se salvará la porción de Obra que se nos ha confiado.
En el futuro tal vez lleguen para la Obra, en su conjunto o en alguna zona,
momentos diferentes de los que vivimos en el presente, que está marcado por tantas consolaciones, frutos, luz, fuego.
Podrán llegar momentos de oscuridad, de desaliento; podrán llegar persecuciones,
tentaciones (…) Podrán suceder desgracias, catástrofes… Pero si nos mantenemos firmes sobre la roca
de la unidad, nada podrá afectarnos, todo seguirá adelante como antes.
Chiara Lubich in “Conversazioni in collegamento telefonico”, 2019, Città Nuova Editrice, p. 373
Te he sentido palpitar en el silencio profundo de una ermita alpina, en la penumbra del sagrario de una catedral vacía, en el pálpito unánime de una muchedumbre que te ama y llena las arcadas de tu iglesia de cantos y de amor.
Te he encontrado en la alegría. Te he hablado más allá del firmamento estrellado, mientras, de noche y en silencio, volvía del trabajo a casa.
Te busco y a menudo te encuentro.
Pero donde siempre te encuentro es en el dolor.
Un dolor, cualquier dolor, es como el sonido de la campanilla que llama a la esposa de Dios a la oración. Cuando aparece la sombra de la cruz, el alma se recoge en el tabernáculo de su intimidad y olvidando el tintineo de la campana, te «ve» y te habla.
Eres Tú, que vienes a visitarme. Soy yo que te respondo: «Heme aquí, Señor. Te quiero. Te he querido».
Y en este encuentro mi alma no siente su dolor, pues está como embriagada de tu amor, invadida por Ti, impregnada de Ti: yo en Ti, Tú en mí, a fin de que seamos uno.
Luego, abro de nuevo los ojos a la vida, a la vida menos verdadera, divinamente aguerrida, para conducir tu guerra.
Chiara Lubich en Meditaciones, Escritos espirituales/1, Ciudad Nueva, Madrid, 1995, p. 78
(…) No es un sueño, ni una utopía, ni un deseo apasionado, sino una certeza repetidamente atestiguada por Dios en la Biblia. Será la respuesta que Dios dé a las fatigas con las que sus hijos han trabajado por su Reino. Será la coronación de la fidelidad con la que sus hijos han vivido su Palabra. Será el despliegue completo de la potencia del Espíritu Santo, que Jesús ha introducido en la historia con su muerte y resurrección.
Sin embargo, desde que Jesús vino a la tierra, esta renovación, aunque sea en medio de tantas dificultades, ya ha empezado, ya está en acción. Desde ahora todos los que lo dejan vivir en sí mismos -y Jesús vive en nosotros si ponemos en práctica su Palabra- experimentan este milagro de su gracia, que hace nuevas todas las cosas: transforma el sufrimiento en paz y serenidad interior, vence la debilidad, el odio, el egoísmo, la soberbia, la avaricia y cualquier mal; hace pasar de la esclavitud de las pasiones y del miedo a la gozosa libertad de los hijos de Dios. Y no se limita a transformar al individuo, sino que transforma a través de él a toda la sociedad.
(…)
De hecho, Dios quiere renovar todas las cosas: nuestra vida personal, la amistad, el amor conyugal, la familias quiere renovar la vida social, el mundo del trabajo, de la educación, de la cultura, de la diversión, de la sanidad, de la economía, de la política…. en una palabra, todos los sectores de la actividad humana.
Pero para hacer esto, Él tiene necesidad de nosotros. Necesita personas que dejen vivir en ellas mismas su Palabra, que sean su Palabra viva, otros Jesús en sus ambientes. Y ya que la caridad es palabra que lo resume todo, plenitud de la Ley, tratemos de ponerla en práctica amando a los hermanos como a nosotros mismos, sin diluir la Palabra de Dios, sin menguarla.
Advertiremos una continua renovación antes que nada en nuestro corazón y muy pronto la descubriremos evidente en torno a nosotros.
Un momento para compartir y de intercambio que desde Trento, su ciudad natal, hasta la región de los Castelli Romani y también hasta Roma, ha trazado el camino de la Fundadora de los Focolares haciendo visibles los frutos en los territorios y en las comunidades.
Durante el evento intervinieron: Franco Ianeselli, alcalde de Trento; Mirko Di Bernardo, alcalde de Grottaferrata (cerca de Roma); Massimiliano Calcagni, alcalde de Rocca di Papa (cerca de Roma); Francesco Rutelli, exalcalde de Roma, que en el año 2000 le entregó a Chiara Lubich la ciudadanía honoraria de la capital; Mario Bruno, exalcalde de Alghero e corresponsable del Movimiento Humanidad Nueva de los Focolares; Giuseppe Ferrandi, director de la Fundación Museo histórico de la región Trentino. La exposición, instalada en el Focolare Meeting Point (Via del Carmine 3, Roma) y realizada por el Centro Chiara Lubich con la Fundación Museo histórico de la región Trentino, permanecerá abierta durante todo el año 2026.
Vea el vídeo con las entrevistas a los alcaldes presentes. Original en italiano. Para otros idiomas, active los subtítulos y seleccione el idioma.
La fraternidad universal, prescindiendo incluso del cristianismo, ha estado siempre presente en la mente de las personas de profunda espiritualidad. El Mahatma Gandhi, decía: “La regla de oro es ser amigos del mundo y considerar ‘una sola’ a toda la familia humana. Quien distingue entre los fieles de la propia religión y los de otra, deseduca a los miembros de la propia y abre el camino al rechazo y a la irreligión” [1]. (…)
Pero quien ha traído la fraternidad a la humanidad, como un don esencial, ha sido Jesús, que rezó así antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (cf. Jn 17, 21). Revelando que Dios esPadre y que por esto los hombres son todos hermanos, Jesús introduce la idea de la humanidad como familia, la idea de la “familia humana” que se hace posible actuando la fraternidad universal. Así abate los muros que separan los “iguales” de los “diferentes”; los amigos de los enemigos; que aíslan una ciudad de otra. Y libera al hombre de las ataduras que lo condicionan, de mil formas de subordinación y de esclavitud, de todo tipo de relación injusta. Realiza así una auténtica revolución existencial, cultural y política. De este modo la idea de la fraternidad comenzó a abrirse camino en la historia. Se podría ver la evolución que esta idea ha tenido en las distintas épocas, descubriendo su presencia en la base de muchas y fundamentales concepciones políticas, a veces muy evidente y otras más oculta. Una fraternidad con frecuencia vivida, aunque de un modo limitado, cada vez que, por ejemplo, un pueblo se unía para conquistar su libertad, o cuando grupos sociales luchaban para defender al más débil o en momentos en los que personas con convicciones diferentes superaban toda desconfianza para defender un derecho humano.
Chiara Lubich
[1] «In buona compagnia», de Claudio Mantovano, Roma, 2001, p. 11.
(…) «Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber…» (Mt 25,35) «¿Cuándo, Señor…?» «Cada vez que lo hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron» (Mt 25,40).
(…)
Por el amor dado a los pobres, siempre iluminador el Espíritu nos llevó a comprender la necesidad de amar no solo a los pobres, sino a todos. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 19), quienquiera que sea.
Así, tuvimos una espléndida idea y tomamos una decisión: transformar nuestra vida cotidiana, en contacto con todo tipo de personas, en un sinfín de obras de misericordia materiales y espirituales, porque también en este caso es válido: “A mí me lo hicieron”.
En cada uno de los hermanos que pasaban a nuestro lado veíamos a Cristo, que pedía ayuda, consuelo, consejo, una corrección, instrucción luz, pan, casa, ropa, oraciones…
(…)
Esperemos que Jesús un día responda, a cada uno (…) cuando le pregunte: «Señor ¿cuándo te di de comer, de beber? ¿cuándo te consolé?». «Cada vez que lo hiciste con el más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hiciste».