Sin duda este momento que vive la humanidad es muy difícil: guerras que se prolongan, polarizaciones de todo tipo, millones de personas que abandonan su tierra en busca de un futuro mejor que se les niega, cambio climático, catástrofes naturales…
Chiara Lubich, a finales de 2001, escribió esta oración a la Virgen María, Nuestra Señora Desatadora de nudos a petición de una persona que le había enviado una postal con la imagen de un cuadro del siglo XVIII conservado en la iglesia de San Pedro de Augsburgo. Parece escrita para los momentos que el mundo está atravesando actualmente.
La noticia llegó de improviso e inesperada, la mañana del 10 de agosto. Kala Acharya acababa de apagarse dentro del campus de la Somaiya University en donde vivía y en donde, por deseo de su fundador, Shri Karamshi Jethabhai, dedicó a la institución cuarenta años de su vida. Como la definió Samir Somaiya, sobrino del fundador y actual Presidente de esa prestigiosa institución académica, Kala era ella misma una institución con su presencia y su personalidad. De acuerdo con el Doctor Shantilal Somaiya, que mientras tanto había asumido de su padre la dirección del fideicomiso que administraba la institución académica, había fundado el Somaiya Sanskriti Peetham, un instituto para la formación de docentes formales e informales a los valores morales y religiosos. Al mismo tiempo, se había involucrado junto al Doctor Somaiya en el diálogo interreligioso, colaborando, ya a mediados de la década de 1990, en el Seminario Católico San Pío X de Mumbai y con varios profesores e instituciones extranjeras, entre las cuales algunas italianas.
En septiembre del año 2000, a los pocos meses del primer viaje de Chiara Lubich a la India, Monseñor Félix Machado, subsecretario del entonces Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (hoy Dicasterio para el Diálogo Interreligioso), les pidió a Marina Pracchia y a Roberto Catalano, responsables de los Focolares en la India, que se pusieran en contacto con la profesora Kala Acharya a quien consideraba como una hermana y que esperaba pudiera participar en algún momento del viaje de Chiara Lubich. El primer encuentro en Vidhyavihar, en el gran campus de la Somaiya University, fue muy cálido desde el primer momento. Kala aceptó inmediatamente la invitación a participar en la ceremonia del otorgamiento del Premio Gandhi, Defensor de la Paz, que Chiara Lubich recibió del Shanti Ashram en Coimbatore, en los primeros días de enero de 2001. Justamente en Coimbatore, poco antes de partir para Mumbai, Chiara Lubich tuvo un encuentro personal con la académica india: se entendieron al instante. La fundadora de los Focolares escribió en su diario, al día siguiente: «Ayer, día de Reyes, he tenido un encuentro muy especial, tal vez con una criatura que posee un designio de Dios, Kala Acharya. […] Siendo muy culta, ha profundizado el diálogo hindú-cristiano, conoce muy bien el Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso y fue recibida dos veces personalmente por Juan Pablo II. Entrando en la sala donde nos encontramos, enseguida dijo que se sentía bendecida…: “El amor de Dios viene a mí. Trabajaré siguiendo la línea que tú me des. ¡Te lo prometo!”. […] ella quiere que me encuentre con un grupo de personas altamente cualificadas de varias religiones en Bombay: “tu palabra debe llegar directamente a todas las religiones –me dijo– es importantísimo el significado que tú le das al amor”. Habrá profesores, estudiantes, ‘queremos que todos ellos se vuelvan los vehículos de tu palabra’ «.
En las fotos: De izquierda a derecha: Chiara Lubich y Kala Acharya. En la segunda foto, entre Chiara y Kala, la profesora Shubada Joshi, y a la derecha, el Dr. Shantilal Somaiya. En la tercera foto: el Dr. S. Somaiya, Kala Acharya, Chiara Lubich y el cardenal de Bombay, Iván Dias.
De hecho, algunos días más tarde, en Mumbai debajo de una shamiana (una gran cortina decorada) en la explanada que está en el centro del gran campus universitario, había 600 personas que esperaban la palabra de Chiara Lubich. Ella contó su experiencia cristiana y su anhelo y compromiso en el diálogo. Poco antes, el Doctor Shantilal Somaiya le había asegurado a Chiara que quería transformarse en un soldado a sus órdenes, para llevar el espíritu de la unidad y del diálogo a todas partes. Fue el comienzo de una temporada única en la experiencia de los Focolares; y ello no solo porque todo se organizó siempre con los nuevos amigos hindúes y conjuntamente con el Dicasterio vaticano para el diálogo interreligioso y con la Diócesis de Mumbai. El Movimiento, por primera vez en su historia, se abrió a un diálogo interreligioso también a nivel académico. Y todo eso fue por mérito propio de la Profesora Kala Acharya quien le sugirió a Chiara proseguir la amistad juntas, a través de simposios para reflexionar sobre temas comunes. Justamente durante el primero de estos simposios Chiara Lubich sintió el impulso interior de compartir su experiencia espiritual más íntima. La respuesta entre los hindúes fue notable y Chiara continuó esta experiencia de comunión durante su segundo viaje a la India en 2003. En esa ocasión transcurrió toda una mañana junto a unos veinte de esos académicos para compartir realidades espirituales muy profundas en un clima de comunión difícil de describir.
Chiara y Kala se consideraron siempre ‘hermanas’ espirituales y Kala continuó, como pudo, pero con gran fidelidad, llevando adelante en su ámbito el diálogo interreligioso que había nacido de su relación con Chiara. Había comprendido –junto con otros hindúes como Minoti Aram y Suresh Uppadhyaya– la naturaleza profética del carisma que ella expresaba en estos términos: «En el hinduismo nosotros tenemos tres caminos para llegar a Dios: el Bhakti Yoga nos hace rezar, el Karma Yoga nos hace actuar, el Jnana Yoga nos hace pensar y meditar para llegar a conocerse a uno mismo y a Dios. Chiara Lubich nos propone un cuarto camino, el Prem Yoga, el camino del amor al hermano y entre nosotros «.
Tonadico, un pequeño pueblo en las Dolomitas, al norte de Italia, se convirtió en un lugar de inmensa importancia para el Movimiento de los Focolares en 1949. La experiencia mística vivida en esas montañas por la fundadora del Movimiento, Chiara Lubich, junto con sus primeros compañeros y el renombrado parlamentario y periodista italiano Igino Giordani, continúa marcando la espiritualidad del Movimiento en todo el mundo. Ahora, 77 años después, el municipio de Primiero en Italia y el Movimiento de los Focolares han otorgado el primer premio internacional “Tonadico – Ciudad del Pacto”. El premio fue entregado a Gerhard Pross, de la YMCA de Esslingen, Alemania. Evangélico luterano, es cofundador y antiguo moderador del movimiento ecuménico «Insieme per l’Europa».
Un pacto que sigue vigente.
El 16 de julio de 1949, Chiara Lubich e Igino Giordani establecieron un pacto de unidad durante una celebración eucarística en la iglesia, lo que dio origen a una experiencia mística recordada como Paraíso 49 . Los compañeros de Chiara Lubich se unieron posteriormente a este pacto. Este “momento histórico” es mucho más que un simple recuerdo, subrayó el alcalde de Primiero, Daniele Depaoli, durante la ceremonia de entrega de premios. Gracias a una espiritualidad que “penetra en el mundo secular, en la vida civil y política”, este pacto sigue vigente, afirmó Depaoli, según recoge Vatican News.
La decisión de otorgar el premio, de reciente creación, en primera instancia al alemán Gerhard Pross fue explicada por el sociólogo Bruno Turra durante el evento: Pross es un “ingeniero de relaciones”, un “maestro tejedor de comunidades”.
Un ecumenismo de corazones
Durante la ceremonia, Pross rememoró los inicios del movimiento ecuménico “Juntos por Europa”, describiendo una reunión en el centro ecuménico del Movimiento de los Focolares en Ottmaring, Alemania, inmediatamente después de la firma de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación por representantes de la Iglesia Católica Romana y la Federación Luterana Mundial en Augsburgo. Allí, cerca de 50 líderes de diversas iglesias y movimientos cristianos, en presencia de Chiara Lubich, oraron juntos y se pidieron perdón por los sufrimientos del pasado. “Después, fue como si los cielos se hubieran abierto y un mar de gracia se hubiese derramado sobre nosotros”, recordó Pross en Tonadico. Nunca había vivido un momento tan profundo. Allí nació un “verdadero ecumenismo de corazón”.
No existen fronteras entre el cielo y la tierra.
Para él, fue un momento tan místico como el pacto entre Chiara Lubich e Igino Giordani: “Aquí en Tonadico, el cielo y la tierra se han unido, porque la experiencia mística de Chiara Lubich ha abolido las fronteras entre el cielo y la tierra”.
He aquí, en resumen, el relato del acontecimiento (del 16 de julio) que se nos ofrece, recuperando su encantador espíritu evangélico. Ante la propuesta que Igino Giordani (Foco) le hace (a Chiara Lubich) de «unirse estrechamente» a ella para seguir más de cerca a Jesús ─como ocurría con santa Catalina y sus seguidores─, Chiara se siente impulsada a responder invitándolo a formular un «pacto», en fidelidad a la lógica evangélica a la que ha aprendido a modelar su vida [1]:
“Tú conoces mi vida: yo soy nada. Quiero vivir, de hecho, como Jesús Abandonado que se anuló completamente. También tú eres nada, porque vives de la misma manera. Pues bien, mañana iremos a la iglesia y a Jesús Eucaristía que vendrá a mi corazón, como en un cáliz vacío, yo le diré: ‘Sobre mi nada pacta tú unidad con Jesús Eucaristía en el corazón de Foco y, Jesús, haz de modo que se manifieste entre nosotros el vínculo que tú sabes’ […]”: Y luego añadí: “Y tú Foco, haz lo mismo”. (Párrs. 24 y 25 del texto de Chiara Lubich publicado en «Paraíso 49», Città Nuova, Roma 2026).
El relato es sobrio y extremadamente sencillo. El acontecimiento que surge de él como un don, una vez que se ha realizado el pacto y del que se da testimonio, supera toda expectativa humana. Y en esta forma, es también inédito en la historia de la experiencia cristiana.
Se puede intentar desentrañar su sentido a partir de lo que Chiara cuenta, en primer lugar, a Foco, para “explicarle” ─escribe─ lo sucedido. “¿Sabes dónde estamos?”: con esta pregunta comienza, invitándolo a abrir con ella los ojos del alma al escenario que se ha desvelado con el pacto. De aquí se intuye que el pacto crea las condiciones para que se produzca una gracia de Dios: la percepción mística de la presencia de Jesús en el hacerse Chiara y Foco (e inmediatamente después aquellos a los que se extiende el pacto) “una sola cosa” – realizada en Él y por Él, a través de la Palabra vivida y de la Eucaristía–. Y así en cada uno de ellos. Ciertamente, la identificación vivida y percibida, con Jesús, que experimenta Chiara, manifiesta la gracia extraordinaria común a todas las auténticas experiencias místicas atestiguadas a lo largo de la historia de la Iglesia. Pero lo que se pone de relieve, en la experiencia aquí descrita, es que esto ocurre para Chiara en la unidad en y gracias a Jesús que ella vive con Foco, y poco a poco con las demás personas a las que se les comunica la experiencia. Hasta el punto de que se les hace partícipes de ella.
[1] Nos encontramos ante una característica específica de la experiencia cristiana propiciada por el Carisma de la unidad: el “pacto”. Sea cual sea su origen en el pensamiento y la práctica de Chiara, es evidente que la dinámica de “pactar” implica compartir, con quienes se involucran en el pacto, la referencia fundamental a Dios de la propia existencia y la decisión de cumplir juntos su voluntad: de modo que el pacto, entre quienes lo viven, se hace expresión del pacto con el que Dios mismo estableció una alianza con su Pueblo en el Antiguo Testamento, y que “de una vez para siempre” renovó escatológicamente en Jesús. Nos encontramos, pues, ante un “fundamento” de la experiencia de la Revelación. “Anteriormente ─recuerda Chiara en una nota─, habíamos vivido otros pactos, como el del amor recíproco. Este había realizado un salto cualitativo en nuestra vida, haciéndonos experimentar la presencia de Jesús en medio con los dones del Espíritu que Él trae consigo: la paz, la alegría, la luz, la fuerza. El pacto de misericordia, después – así llamábamos a aquel pacto con el que, nosotras focolarinas, nos comprometíamos a vernos nuevas cada día, sin recordar los defectos de la otra, como si nos encontrásemos por primera vez – nos había ayudado a perfeccionar el amor mutuo” (nota 30). El pacto de unidad, suscitado por la petición de Foco y vivido según la modalidad descrita por Chiara, produce un nuevo y decisivo ─en la lógica, se diría, del desplegarse del Carisma de la Unidad como don de Dios─ «salto de calidad»: el de la identificación, donada y percibida, con Jesús y el de reencontrarse en el seno del Padre.
[…] La unidad. Pero ¿qué es la unidad? ¿Se puede realizar la unidad?
La unidad es lo que Dios quiere de nosotros.
La unidad es realizar la oración de Jesús: “Padre, que sean uno como tú y yo. Yo en ellos y tú en mí, para que sean uno” (Cf. Jn 17, 21).
Pero la unidad no se puede realizar únicamente con nuestras fuerzas. Solo la puede realizar una gracia especial, que viene del Padre, si encuentra una disposición particular en nosotros, un requisito preciso y necesario:
el amor recíproco, del mandamiento de Jesús, puesto en práctica.
Su amor recíproco, el que Él quiere y que no es –como sabemos – simple amistad espiritual o un acuerdo, o un buen entendimiento.
Se trata de amarnos unos a otros, como Él nos amó. Es decir, hasta el abandono: hasta el desapego completo, material y espiritual, de las cosas y de las criaturas para poder “hacernos uno” recíprocamente y a la perfección.
De esta manera hacemos nuestra parte y reunimos las condiciones para recibir la gracia de la unidad, que no faltará, que no puede faltar.
¡Cuánta gratitud debe nacer en nosotros, llamados a esto, ante este pensamiento! ¡Qué impulso para vivir de tal modo, que obtengamos este don que, donde no se vive así, no existe!
Debemos recordar que en nuestra espiritualidad comunitaria hay una gracia más. Que el Cielo puede abrirse en cada instante para nosotros; y nosotros, si hacemos lo que Él nos pide, invadidos por esta gracia, podemos hacer mucho, mucho por el Reino de Dios.
Sin duda, es esta gracia la que explica la gran expansión de nuestro Movimiento y de tantas estupendas conquistas vinculadas a él.
Conscientes de este privilegio extraordinario, en los primeros tiempos nos expresábamos así:
“Grábense en sus mentes una sola idea. Siempre fue una sola idea la que formó a los grandes santos. Y nuestra idea es esta: ‘la unidad’.
«Mantengan siempre este fuego encendido entre ustedes. Y no tengan miedo de morir. Ya han experimentado que la unidad exige la muerte de todos para dar vida al Uno. Hagan esto como sacrosanto deber, pero ¡les dará inmensa alegría! ¡Jesús prometió la plenitud de la alegría a quien vive la unidad!”.
Durante el próximo mes ¡esforcémonos siempre por obtener este don!
Y no lo esperemos solo para nuestra felicidad, sino para ser capaces de realizar nuestra típica evangelización. La conocen: “Que sean uno para que el mundo crea” (Jn 17, 21).
¡El mundo tiene una gran necesidad de fe, de creer! Y todos estamos llamados a evangelizar. Un día Francisco dijo a uno de sus discípulos: “Vamos a predicar”. Y con las manos cruzadas dentro de sus mangas y con la mirada baja, caminaron por la ciudad predicando con su actitud la mortificación y la pobreza total.
Lancemos también nosotros, en el mundo, nuestra predicación. Que cualquiera que observe a dos o más de nosotros unidos –en el focolar, en los núcleos, en las unidades, en nuestras reuniones o casualmente juntos– quede impactado por un rayo de nuestra fe y crea; crea en el amor porque lo ha visto.
¡Manos a la obra! Esto es lo que el Señor quiere de nosotros. Lo quiere a través de nuestro carisma grabado en nuestros Estatutos: La unidad es la premisa de cualquier otra voluntad de Dios. Después podemos también hablar para difundir el Evangelio. Pero después.
Chiara Lubich (Convesazioni, Città Nuova, Roma 2019, pp 522/4
Una sala llena, atenta y de alguna manera sorprendida. Así se veía el viernes 22 de mayo el Aula Paulo VI de la Pontificia Universidad Lateranense (Roma), en donde se presentó por primera vez al público el volumen Paradiso ’49 (Paraíso ’49) de Chiara Lubich.
No era una simple presentación editorial. La impresión general –recogida también en los pasillos y en los comentarios del público– era la de encontrarse frente a un momento histórico, pues por primera vez se entregaba a todos un texto hasta ahora poco accesible; se lo ofrecía abiertamente para el debate eclesial y cultural. Y era en una sala repleta hasta en cada rincón.
En nombre del Centro Chiara Lubich, Anna Maria Rossi –promotora de la colección de las Obras de Chiara Lubich– acogía a los presentes. Ella aclaró enseguida el sentido del evento, recordando el largo trabajo editorial que ha llevado a la publicación del volumen. «No es un texto aislado –explicó– sino que es parte de un proceso más amplio, que cuenta el surgimiento de un carisma en la Iglesia».
Hubo oradores de distintas proveniencias eclesiales y académicas que introdujeron los contenidos. Alessandro Clemenzia, decano de la Facultad Teológica de Italia Central y estudioso de la espiritualidad de Chiara Lubich, brindó una clave de lectura incisiva: «No se trata de entender lo que Chiara ha escrito, sino lo que Dios quiere decir de sí mismo a través de esta experiencia». Una perspectiva que ha ayudado a captar la profundidad del texto sin reducirlo a un simple documento.
Stefan Tobler, suizo, teólogo evangélico y él también involucrado en la reflexión sobre el Carisma de la Unidad, hizo hincapié en la figura de la autora. Se trata de una mujer que a través de estas páginas «ofrece lo más íntimo de su relación con Dios», exponiéndose con autenticidad.
Muy esperadas las palabras de Ángela Ales Bello, filósofa y estudiosa de fenomenología, única oradora externa al Movimiento de los Focolares. Con claridad puso de relieve que la mística no es algo “extraño” o esotérico, sino que es «una iluminación de la realidad vivida en la fe». Y destacó una nota original del Paraíso ’49: es una experiencia que involucra no solo a la persona, sino también a la comunidad, pues es como un “nosotros” que se vuelve sujeto.
De manera virtual dio su aporte Brendan Leahy, obispo de Limerick (Irlanda) y –así como Clemenzia y Tobler– él también miembro del centro de estudios interdisciplinarios del Movimiento de los Focolares, la Escuela Abbá. Destacó el alcance eclesial del texto. El Paraíso ’49, afirmó, no es un tratado sistemático, pero puede «inspirar nuevas perspectivas» y ayudar a comprender la Iglesia como comunión viva y relacional.
Durante todo el encuentro se percibió –junto con el entusiasmo– también una cierta cautela. O sea: ¿cómo recibir un texto tan intenso sin simplificarlo o tergiversarlo? La respuesta emergió en reiteradas ocasiones, como si fuera un hilo conductor: el Paraíso ’49 no se puede entender solo leyéndolo, sino que también hay que dejarse interpelar por él.
Quizás ese fue justamente el sentido más profundo de la jornada. Con esta publicación, el Movimiento de los Focolares realiza un paso de apertura. Lo que nació como una experiencia vivida, ahora se la ofrece a todos. No como un objeto para ser analizado, sino como una propuesta de vida.