Desde hoy se encuentra en las librerías el último volumen, de entre los que se han publicado hasta ahora, que recoge lo que Chiara Lubich ha dejado escrito sobre su experiencia mística: Paradiso ’49 (Paraíso ’49). Es un texto bajo muchos aspectos singular , que sin duda no dejará de suscitar una viva recepción. Sobre todo porque por primera vez pone a disposición del gran público, sin velos ni selecciones, la fuente última de la aventura cristiana que hizo de Chiara una protagonista de la segunda mitad del siglo pasado y más allá. Nos ha dado así un legado que aún queda en gran medida por explorar e implementar.
Sí, la fuente última: que no es el fruto de su imaginación –por más que haya sido genial– y ni siquiera tampoco solamente de una original inspiración que le fue concedida. Por el contrario, es algo más, y algo distinto. Es algo –escribe el filósofo Jean-Luc Marion– que viene d’ailleurs: de ese «otro lugar» que en Jesús se nos ha dado para siempre, «desde adentro» o «desde debajo» de la historia que vivimos, con sus magníficas e increíbles expresiones y sorpresas, y con sus dramáticas e inquietantes pruebas.
La historia de la Iglesia a lo largo de los siglos conoce muy bien lo que Jesús vuelve siempre a proponer de manera nueva, así como él mismo prometió: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Se trata de un evento cada vez imprevisible y sorprendente. . Pues porque es obra del Espíritu que «es como el viento que sopla donde quiere y cuyo sonido oyes, pero que no sabes de dónde viene y adónde va». Sin embargo, se hace reconocible y apreciable.
El Paraíso ’49, aún una vez más y en forma inédita, es un testimonio desarmado y fiel de todo ello. Allí se reconoce de manera clara su primer valor. Y no podemos dejar de estar inmensamente agradecidos a Chiara porque al final –no sin antes haber querido garantizar cuidadosamente la cosa en conformidad con la fe de la Iglesia– ella haya querido hacernos este regalo. Pues ese don que Dios le dio no era solo para ella, sino también para todos. Aquí reside el segundo valor de estas páginas: lo que están destinadas a significar para la Obra de María. Esta Obra ha sido forjada en su ADN carismático justamente gracias a los eventos de los que allí se da testimonio: para ser el «odre nuevo” llamado a custodiar y derramar con generosidad el «vino nuevo” del Espíritu así comunicado. Al servicio del camino del Evangelio en la historia.
De aquí, el tercero y quizás resolutivo valor de este escrito: hacer que sea utilizable este recurso decisivo que el evento de Jesús representa hoy para nosotros. El cristianismo –así se ha dicho– aún tiene que florecer. . Pues en este desafiante punto de inflexión de época, en el diálogo fraterno que los discípulos de Jesús están llamados a vivir con todos los que buscan la verdad y son servidores de la justicia, es verdad que no, que aún no nos lo hemos dicho todo.
La esperanza cristiana no es huir de la realidad. Nace en un lugar sin luz, en ese punto estrecho que es una tumba amurallada, en donde Dios ha volcado el juicio de este mundo. Justamente por ello se atreve a hablar en un tiempo de guerras (Gaza, Kiev, Darfur, Teherán) y de cientos de millones de personas que no saben cómo llegar al día de mañana.
Nuestros días se encuentran entretejidos con justas esperanzas: salud, un trabajo que no sea precario, un poco de paz o una justicia que no sea solamente una palabra. Pero cuando ellas se vuelven nuestro único horizonte o las sacralizamos como ídolos o, frente a la primera fractura seria, nos refugiamos en el cinismo y en la resignación.
La Pascua no borra esas esperanzas, las quita de su centralidad. Las coloca en un “Otro” y, justamente por eso, las preserva. El amor más fuerte que la muerte no nos quita el peso de tener que actuar; más bien rompe la ansiedad de tener que salvar el mundo únicamente con nuestras manos.
La última palabra sobre la historia no es la nuestra, ni la de los vencedores de turno. Es la palabra pronunciada sobre el cuerpo de Jesús. Y la palabra de la Pascua desmiente con anticipación toda pretensión de la muerte de ser definitiva. Para Pablo, la resurrección de Cristo no es un episodio aislado en la biografía de Jesús. Es la apertura de una escena nueva a la que la humanidad entera se ve arrastrada: «Como en Adán todos mueren, así en Cristo todos recibirán la vida» (1 Cor 15,22). Los Padres siguieron ese rastro sin atenuarlo: la resurrección es la plenitud de la naturaleza humana en su totalidad, no el privilegio de pocos afortunados. En Cristo, Dios contempla ya la plenitud de la familia humana: los rostros de los refugiados en el Mediterráneo, de los que atraviesan el Sahara, de los civiles escondidos en los sótanos de Darfur. Por eso toda herida a la dignidad, todo cuerpo descartado, no es solamente injusticia social; es profanación de una humanidad que fue pensada y amada dentro de la luz del mismo Resucitado.
Pablo amplía aún más la mirada: «toda la creación gime y está con dolores de parto» (Romanos 8,22). No gime solo la conciencia humana, sino también el suelo, el aire y los mares. En 2026 el lenguaje de los “dolores de parto” ya no suena como un piadoso simbolismo: lo leemos en las inundaciones, en la cosecha incierta, en las poblaciones que tienen que trasladarse porque el agua se ha acabado. Este gemido tiene la forma de una protesta; la creación rechaza el hecho de ser tratada como material descartable, y la Pascua le da voz. En Cristo resucitado, toda explotación de la tierra se nos presenta ya como lo que es: una opción en contra del futuro de todos.
Entonces, ¿cómo vivimos entre una realización ya inaugurada y una historia aún atravesada por demasiados fracasos? No con la parálisis ni con un optimismo de fachada. Vivimos sabiendo que nada de lo que es auténticamente bueno debe perderse: un gesto de acogida, la opción por una renuncia o un trabajo honesto encarado en condiciones complicadas. Benedicto XVI recuerda que «toda acción seria y recta del hombre es una esperanza real» e incluye entre esos compromisos también trabajar por un mundo más humano, sostenido por la gran esperanza que se apoya en las promesas de Dios (Spe Salvi, 35). Podemos decir más aún: no es algo que se le añade al Reino desde afuera, sino que es ya un fragmento visible de él. La realización le pertenece a Dios, y sin embargo Dios se empecina también en pasar a través de nosotros. Cuando nos esforzamos en trabajar por los refugiados, por el desarme, por condiciones de trabajo menos deshumanas o por una paz concreta y no retórica, no estamos simplemente “preparando” algo que llegará después. Estamos dejando que la vida del Resucitado tome forma, humilde y frágil, dentro de nuestro tiempo.
La esperanza pascual no queda como una idea o un pensamiento; sino que adquiere corporeidad. La resurrección dice que las lógicas de muerte no tienen la facultad de decidir el resultado final, y por ello toda guerra, todo sistema de explotación, toda indiferencia lúcida ya ha quedado desenmascarada y desprovista de sentido último por la tumba vacía. En el sepulcro de este mundo, algo ya ha cambiado para siempre: la vida ha comenzado a remontar las grietas de la historia. No cómo consuelo vago ni como “recompensa” en otro lugar indefinido, sino como una realidad que, en Cristo, ya ha sido entregada a la humanidad y a la creación entera. En el juicio de Dios revelado en Pascua –un juicio que libera, que no aplasta– se ha decidido una vez para siempre que la muerte no podrá jactarse de tener la última palabra sobre nadie y sobre nada.
Esta es la gran esperanza.
¡Felices Pascuas!: es una esperanza que no queda encerrada dentro de una iglesia, sino que pone sus manos en la historia.
A todos les deseo ojos de Pascua, capaces de mirar en la muerte, la vida, en la culpa, el perdón, en la separación, la unidad, en las heridas, la gloria, en el hombre, a Dios, en Dios, al hombre, en el Yo, el Tú. ¡Y junto a esto, toda la fuerza de la Pascua!.
(Pascua 1993)
Klaus Hemmerle (La luce dentro le cose, Città Nuova, Roma 1998, pág. 110).
Que la soledad, en el silencio, no te asuste: ella está hecha para proteger, no para atemorizar. De todas formas, hemos de sacar provecho también de este sufrimiento. La máxima grandeza de Cristo es la cruz. Nunca estuvo tan cerca del Padre y tan cerca de los hermanos como cuando desnudo, herido, gritó desde el patíbulo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Con ese sufrimiento nos redimió: en esa fractura reunió a los hombres con Dios.
[…] Ponte a escucharla. Ponte a contemplar, dentro del silencio en el que Dios habla. Es ésta, en la jornada de la vida, la hora tardía de la contemplación, cuando las criaturas se retiran para hacer un balance del trabajo realizado y preparan el quehacer del mañana, un mañana que hunde sus raíces en la eternidad. […] Desapego del mundo, por lo tanto, y apego a Dios. No separación de los hombres, en cuanto son hermanos, miembros de la misma familia humana y divina.
Igino Giordani, Fragmentos tomados de “Città Nuova” XXIII/13 10 de julio de 1979, pp.32-33
Este año vivo la Semana Santa de una manera especial.
Ayer, Miércoles Santo, la lectura de la Pasión de Jesús me conmovió especialmente. Volví a descubrir (y qué importante es esto) el valor tan nuevo del dolor en nuestra vida cristiana. Recibí de nuevo la llamada —me gustaría decir— a esta que, entre las vocaciones de cada día, de cada hora de nuestra vida, es la más sublime. Jesús, el hombre del dolor: ahí está el culmen de su vocación.
(…) Hoy me invade una ola de ternura. Es el día del Mandamiento nuevo, de la Eucaristía, del sacerdocio, del servicio fraterno.
¡Cuántas riquezas infinitas ha reservado Jesús para el último día de su vida aquí abajo!
¡Qué deseo de hacer de cada día un Jueves Santo!
Tú, Jesús, que nos has elegido para este camino tan cercano a tu corazón, ayúdanos a recorrerlo bien, cada día, hasta el final.
Chiara Lubich (Chiara Lubich, Diario 1964-1980, a cura di Fabio Ciardi, 2023, Città Nuova, Roma, p. 324)
(…) ¿Cuál es la Palabra que el Espíritu ha grabado como un sello en esta casa, en nuestro Movimiento, cuando el Cielo pensó en él, al dar comienzo aquí en la Tierra a su realización?
Nosotros lo sabemos. La palabra es “unidad”. Unidad es la palabra que resume toda nuestra espiritualidad. Unidad con Dios, unidad con los hermanos. Es más, unidad con los hermanos para alcanzar la unión con Dios.
En realidad, el Espíritu nos ha revelado un camino completamente nuestro, plenamente evangélico para unirnos con Dios,
para encontrarlo a Él. (…) Nosotros lo buscamos y lo encontramos pasando por el hermano, amando al hermano. Lo encontramos si nos esforzamos en realizar la unidad con el hermano, con cada hermano; si establecemos la presencia de Jesús entre nosotros como hermanos. Solo de este modo tenemos garantizada también la unidad con Él, lo encontramos vivo y palpitante en nuestro corazón. Y esta unidad con Dios es la que nos empuja, a su vez, hacia los hermanos, la que nos ayuda a actuar de tal manera que nuestro amor por ellos no sea ficticio, insuficiente, superficial, sino radical, pleno, completo, un amor substanciado de sacrificio, dispuesto siempre a dar la vida, capaz de realizar la unidad.
Nuestros Estatutos ponen la unidad como base de todo, como norma de las normas, como la regla que
hay que poner en práctica antes de cualquier otra regla. La palabra unidad es para nosotros la roca.
Nosotros no tenemos significado en la vida sino en esta palabra, con la que todo adquiere sentido: cada acto, cada oración, cada aliento. Y si nos concentramos en esta palabra, si la vivimos lo mejor que podamos, todo se salvará para nosotros. Nos salvaremos nosotros y se salvará la porción de Obra que se nos ha confiado.
En el futuro tal vez lleguen para la Obra, en su conjunto o en alguna zona,
momentos diferentes de los que vivimos en el presente, que está marcado por tantas consolaciones, frutos, luz, fuego.
Podrán llegar momentos de oscuridad, de desaliento; podrán llegar persecuciones,
tentaciones (…) Podrán suceder desgracias, catástrofes… Pero si nos mantenemos firmes sobre la roca
de la unidad, nada podrá afectarnos, todo seguirá adelante como antes.
Chiara Lubich in “Conversazioni in collegamento telefonico”, 2019, Città Nuova Editrice, p. 373